EL DESARRAIGO DE UN SADISTA

Para Eduardo López Jaramillo el individuo español es obra madura a fuerza de crisis, que reconoce su paisaje violento, la influencia de su historicidad…

 

Por / Elbert Coes

Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto

Niebla, Miguel de Unamuno

 

Como él mismo escribiera sobre Álvaro Mutis, «ha asimilado esta angustia: diez años lejos de la patria compensado solo con la evocación que destroza como un taladro enloquecido», es probable que Eduardo López Jaramillo se sintiera también un exiliado, en signos y enigmas que plasmaría sobre la novela con referencia directa a la literatura francesa, y evidenciados en su conexión con Cervantes, Quevedo y Miguel de Unamuno.

Esta reflexión me lleva a preguntar por qué no hemos leído esa novela de la que Gustavo Colorado escribiera «… más allá del reconocido virtuosismo del autor en el manejo del lenguaje, lo que nos queda es su capacidad de utilizar una figura histórica y literaria para mostrarnos una percepción de la historia en su condición de teatro del absurdo…». Esa preocupación por la crítica local nos exacerba al punto en que posamos invidentes ante un trabajo que dialoga de manera directa con la literatura universal. ¿Tendría en esto responsabilidad el sello del certamen que en su segunda impresión la hace visible colocándola en el mismo escaño de decenas de obras renombradas aunque vacuas?

Desconozco hasta qué punto el texto de Antonio Molina referente al premio Ciudad Pereira sobre La casa del Marqués de Sade, «una muy buena noticia para alguien que lleva varios años sufriendo traspiés de todo tipo…», configura un elogio o una ofensa. ¿«Buena noticia» en qué sentido? ¿Qué quiere decir con «traspiés»? ¿Hablamos de reconocimiento a la obra —apenas sí otorgado— o de oferta metálica?

Sin embargo, me sumo al interrogante: ¿Por qué no se ha enseñado a Sade en las universidades? Dirijo este por qué exclusivamente al Sade nuestro, al construido por Eduardo López Jaramillo. Temo acaso le estemos viendo con el mismo prisma que la aristocracia europea del siglo XVIII vio al Marqués, marginándolo del mismo modo, proscrito, prisionero de unos regímenes literarios ortodoxos. La respuesta podría darla el mismo Molina, «Esto no ha cambiado en 250 años» (el uso de la cifra numérica es deliberado), así que cualquiera que referencie a Sade, también sería perseguido. En Pereira, liberal y mojigata, siendo esta su tierra lo negamos tres veces, igual que Pedro al nazareno, para que no nos crucifiquen junto a él.

Eduardo López no solo deja entrever su carácter desterrado a través del sadismo, en la novela donde el Marqués revalida los caminos más ásperos hacia el reconocimiento y exploración de la condición humana, y también de su primer ensayo «Introducción a Sade» —y primer acercamiento al autor—, sino que este atributo se evidencia en sus observaciones sobre Miguel de Unamuno, cuya obra narrativa, teatral y ensayística está permeada por cuestiones filosóficas muchas veces sin respuestas: la identidad, el otro, la realidad, la locura y el escepticismo.

Me detengo aquí por varias razones. Una de ellas tiene que ver con el enunciado que abre «Unamuno, paisaje espiritual de España», relativo al determinismo histórico de las naciones, que observo con las formas del karma, llevándome a reflexionar sobre la política y la cultura de Colombia, dada su notable carencia de alma —si acaso se le atribuyera un cuerpo—. Es que cuando analizamos las circunstancias del país bajo la premisa que lanza Eduardo López, pese a que contamos con grandes nombres en términos literarios, al final encabezamos el listado de las naciones menos favorecidas por la historia, como para el autor España encabeza la lista de favorecidos gracias al legado de sus poetas; y es que ese país, a diferencia del nuestro, «ha sabido responder al imperativo categórico de su destino en diferentes épocas». Nosotros, hoy adaptados, naturalizados, a la violencia, volvemos a la masacre y el terror político y sociocultural, sistemático por demás, tanto físico como moral, que va de un bando ideológico al otro con la complicidad pasiva de quienes alardeamos hallarnos en medio.

Para Eduardo López Jaramillo el individuo español es obra madura a fuerza de crisis, que reconoce su paisaje violento, la influencia de su historicidad, pero lo vuelve reliquia con el fin de recordar los pasos andados por los cuales no hay modo de regresar; no quiere dos García Lorca fusilados, aunque apuesta porque el espíritu revanchista de la naturaleza le otorgue otro Machado u otro Quevedo. Me pregunto por ello qué área usaría Eduardo López para extraer lo más meritorio de Colombia. Dudo que apuntara a la cultura, dudo que hiciera su reconocimiento a nuestra literatura (¿la hay?), aunque invencible siguiera anhelando que se le recordara como poeta.

En su visión profética sobre el destino del país, ¿qué adjetivo usaría en términos espirituales? Si, en efecto, cual nación degradada por la historia, ¿qué tipo de karma nos atribuiría? Extrapolando el crisol que aglutina Don Quijote para los españoles, ¿se la jugaría por García Márquez, Cepeda Samudio, Álvaro Mutis, Tomás Carrasquilla? Para Eduardo López, Miguel de Unamuno tiene una identidad tan definida que resulta inevitable la correlación directa con su país de origen: Unamuno equivale a España tanto como España es relativa a Unamuno. A partir de esto me pregunto si, desde lo regional, no caeríamos en la vanagloria de ensamblar un ícono poco fiable para tierras poco gratas.

Desde su sadismo hasta esta caracterización, Eduardo López se da licencia no solo por su formación académica extranjera, más concretamente europea, sino también por la calidad y erudición al usar el lenguaje; mas si hubiese elegido a Colombia como objeto de examen, repito, difícilmente encontraríamos figuras definidas con la impronta necesaria para representar nuestro paisaje espiritual. Y quizá esta no sea una inquietud relevante como tal vez sí el hecho de que los lectores o el auditorio tomásemos en serio sus afirmaciones, a la vez que las asumiéramos del mismo modo en que asumimos las que expone sobre los visionarios de la península ibérica.

Más dudas surgen de estos atributos insalvables que nos gobiernan como colombianos demasiado colombianos: la rabia, la envidia, la ambición por el poder, además de la impotencia ante la idea de admitir que hay hombres como él, de estaturas tan altas, equiparables al Marqués de Sade, que apenas sí se les puede ver el rostro; altos por poseer la valentía de acudir a formas heterogéneas, como diría Gustavo Colorado, «los placeres de Venus, los meandros del poder y el laberinto de una biblioteca», con el fin de mostrarnos los «caminos inequívocos para asomarse a lo inefable de la condición humana».

A pesar de los «varios años sufriendo» —la literatura no se impone, y por antonomasia es un goce, con todas las renuncias que ello implica—, Eduardo López Jaramillo es un optimista, un creyente de que la cultura es capaz de forjarle un destino a la más derrotada de las naciones —incluida la nuestra, por cierto—; sin ella es imposible construir el mundo. Esto debe trasladarse a todo sujeto sociopolítico, pero es obligado consultar con quienes hoy llevan el estandarte: dónde reside el implante cultural de un individuo; porque es hallando ese punto ínfimo del ser y activando los valores positivos desde lo más profundo del carácter que se logra sembrar el deseo de encauzarnos en un destino colectivo favorable.

 

Notas extratextuales

  • Las observaciones de este ensayo parten de Glosas de ver pasar, de Eduardo López Jaramillo (Colección de escritores pereiranos).
  • Artículos referenciados: «In memoriam: Eduardo López Jaramillo», Gustavo Colorado (La Cebra que Habla) y «El Sade de Eduardo López Jaramillo», Antonio Molina (LA COLA DE RATA)