En la constante evolución de nuestra forma de ser, sobre todo en ese punto de rebeldía obediente que es la infancia, el entorno cercano nos moldea a su antojo: somos como ellos desde los gestos, la forma de hablar, de caminar; somos ellos hasta en las ideas medianamente complejas que podamos tener.


Por / Sebastián Castañeda Palacios

una mañana, aún en el mes de noviembre, Tragy se despierta con una percepción del mundo. Realmente. Y esta ya no se deja desmentir; está aquí, todos los indicios hablan a favor. No sabe muy bien a quién pertenece, pero como la ha encontrado dentro de sí, la presupone suya.”[1] ¿Y qué más podríamos haber hecho nosotros en el lugar de Tragy? Lo mismo que hacemos siempre: pensar que nuestras ideas son nuestras. ¿Lo son?

Anteriormente (ver), aseguré que no poseemos ideas ni deseos totalmente propios o libres de influencia: todo lo que somos es una colcha de retazos, un collage. Pero ¿todos influyen de igual forma en lo que soy o existen grados de influencia para con-formar mi identidad? Bueno, no creo que tenga que escribir este texto para responder esa pregunta: sí, existen grados.

Piénsalo, no todo el mundo influye del mismo modo en la conformación de tu personalidad y de tu forma de vivir. Yo me aventuraría a formular el siguiente orden de influencia: familia-amigos-sociedad-instituciones. Esta formulación basta para marcar la hoja de ruta a seguir en estos diálogos textuales. Sin embargo, debo advertir de entrada que ese orden es meramente metodológico porque, en la existencia concreta de cada uno de nosotros, se puede comprobar que todas estas influencias se dan al mismo tiempo y su intensidad varía dependiendo de los casos particulares: a algunos los influyen más unas cosas; y a otros, otras.

Tan pronto uno es arrojado al mundo, tirado a las manos del obstetra, ya está condenado a tener una familia, sea del tipo que sea: ya habrá alguien que siempre nos acompañará de una u otra manera. Acto simple y hasta bello que tiene unas consecuencias que no logramos sospechar, el parto ha traído un nuevo ser al mundo, un nuevo humano para reproducir la vida, para re-producir la cultura, si es que existe solo una.

Tan pronto se nace, se recibe el primer recorte de la libertad: la madre pregunta ¿es niño o niña?, de ahí para allá será obligación comportarse de acuerdo a la respuesta que el médico dé. Y claro, es lo normal, ¿quién va a ser tan idiota de no preguntar eso, si de eso depende el color de la ropa, el cuarto y los juguetes? El cuerpo que ha nacido ya ha adquirido una obligación primordial: convertirse en niño o niña. ¿La cumplirá? La familia que ha recibido un nuevo integrante ya ha adquirido una obligación primordial: vigilar la coherencia del recién nacido con respecto a lo que debe ser ¿La cumplirá? Dicen que este esquema ya está abolido y superado en el siglo XXI. ¿Lo está?

Parece ser un acto inocente y obvio pero la determinación de la identidad sexual en el momento del nacimiento es uno de los instantes más importantes de nuestra vida, en el cual no podemos dar nuestra opinión, paradójicamente. La decisión de ese instante, de esos segundos, le dará el fundamento a las exigencias que recibiremos por parte de la familia y la sociedad por el resto de nuestras vidas. ¿Me equivoco? Hasta ahora me he dedicado a describir una serie de hechos, mas no he dicho que así debería ser.

Así comienza nuestra vida. Luego, uno empieza a crecer y desde la más tierna infancia ya le han programado la vida. La familia, inevitablemente, habrá elegido casi todo para uno: la ropa, el peinado, los momentos fotografiables, los juguetes, las ideas y los pensamientos. Hasta ese momento, uno no ha elegido prácticamente nada, ni siquiera a la misma familia. Porque precisamente lo chistoso (por tanto, lo filosófico) de todo este asunto es que la familia nos fue impuesta para recortarnos a la medida de la cultura y elegirnos un camino.

Ciertos teóricos[2]proponen que la familia es el bastión de la propiedad privada, y no es algo tan loco; yo añadiría que para que eso suceda, al niño se le debe introducir en la cultura y ese, a mi juicio, es el papel principal de la familia, inclinándome más por la postura de un señor griego, de esos antiguos[3]. La familia es el elector impuesto que tiene el deber de recortarnos a la medida de la sociedad. Tener una familia resulta un punto de referencia en la vida, tanto que el huérfano es tomado en brazos de un imitador de la familia que buscará encontrarle una que haga las veces de.

El papel fundamental de la familia se ha venido incrementando en la medida en que la sociedad se ha centrado en el modo de vida citadino. Es sobre todo a finales la edad media, como lo señalaría Philippe Ariès[4], en donde se enfatiza el papel central de la familia en la educación del niño porque es precisamente donde empieza a nacer la idea de infancia.

¿Dudarías hoy de que existe la infancia? El sentido que todo esto posee no es un pormenor más de la vida; todo lo contrario: mi familia está en mí, dentro de mí, en la forma que soy; pero yo no seré solo mi familia. ¿Entonces qué papel termina jugando ese Otro que llamamos familia en mi identidad?

En la constante evolución de nuestra forma de ser, sobre todo en ese punto de rebeldía obediente que es la infancia, el entorno cercano nos moldea a su antojo: somos como ellos desde los gestos, la forma de hablar, de caminar; somos ellos hasta en las ideas medianamente complejas que podamos tener. Y si por casualidad hay algún forastero que esté disputando el tipo y grado de influencia permitida, entonces la familia procederá a censurarlo. ¿Será quizá todo esto la causa de la rebeldía desobediente de la adolescencia?

Un día nos levantamos como Tragy, el que nombré al inicio, encontrando una idea del mundo que creemos que es nuestra y resulta ser la idea que la familia puso dentro de nosotros. Pero el punto más filosófico de todo esto, lo más charro aún, es que el resto de la vida consistirá en deshacer lo que la familia hizo de nosotros o en continuar su obra con leves modificaciones.

Una vez hemos adquirido el hábito de la conciencia y el pensamiento, un proceso violento de rebeldía inicia: justo es aquí donde se hace evidente lo que dije al principio: el nexo de mis influencias es múltiple y simultáneo: ya no soy solo mi familia, sino que soy otros más.

Ahora cargo con otras ideas y mis sentimientos se han modificado, pareciera que ya no hay nada en común con lo que fui de niño, pero “encuentro en la Familia el terreno por excelencia para examinar la dialéctica de ideas y sentimientos, y en ella los ejemplos más precisos para mostrar esa relación en vivo y tratar de ponerla al descubierto” [5]. Esto que acabo de escribir resulta un poco oscuro y difícil de entender, pero es de lo más claro que pueda haber porque cada uno lo ha vivido. Miremos.

Cuando ya no soy solo mi familia, sino que soy una red compleja de influencias andante, llego al círculo familiar y encuentro que hay cosas con las que no estoy de acuerdo, tanto de sus pensamientos como de sus actos. El darme cuenta de esto pone de relieve el lazo de influencia que han tenido sobre mí a través de mi existencia, lo pone al descubierto: la familia es el lugar y el tiempo más preciso para darme cuenta de que en mí se enfrentan distintas visiones del mundo que voy eligiendo.

Es fácil enterarme de esto cuando ya no soy solo mi familia, porque al salirme del dominio familiar propio de la infancia, me puede quedar clara la huella que han dejado en mí, sobre todo cuando tratan de recuperar la situación infantil. Lo mejor de todo esto es que llega un punto familiar donde somos dominantes y dominados a la vez.

Con todo esto, a lo que me referiré cuando diga “yo soy…” será una combinación entre la influencia inacabable de mi familia y las otras tres que nombré al inicio. ¿Qué lugar tiene mi amigo en mi forma de ser, en mi identidad? Ese será un buen tema para que dialoguemos en nuestro próximo encuentro. Por ahora es un deber existencial ineludible que te pienses a ti mismo con el intento de responder una cuestión central en la vida: ¿hasta qué punto has dejado de ser un humano moldeado al gusto de tu familia?

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[1] Rilke, R. Ewald Tragy. Página. 76

[2] Sería bueno revisar a : Engels en  El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

[3] Pueden consultar este punto en el libro Política de Aristóteles, sobre todo en el libro I, capítulo 2

[4] A quien interese, es bien profundo en análisis que se hace en  El Niño y la Vida Familiar en el Antiguo Régimen.

[5] Agustín Garcia Calvo. Familia la Idea y los Sentimientos. Página 11.

 

Referencias bibliográficas

Aries, P (1992)  El niño y la vida familiar en el antiguo régimen. Madrid: Taurus

Aristóteles (2017) Política. Ed. bilingüe, trad. Julián Marías y María Araujo. Madrid: CEPC.

Engels, F. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. El mundo: editorial barata.

Garcia Calvo, A (1992).  Familia. la idea y los sentimientos. Madrid: Lucina.

Rilke, R. (2015) Ewald Tragy. Barcelona: Navona