EL HOMBRE QUE LE ROBÓ UN SUSPIRO A LA MUERTE

La obra literaria de Andrés Caicedo es como una evasión, como esa niebla que poco a poco da vida a la lobreguez, al verdor del luto, a esa flor marchita de la existencia.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“Adelántate a la muerte, precísale una cita”

Andrés Caicedo.

 

Con regularidad las novelas son como esas meretrices que te atrapan, que te exprimen, que te corrompen el alma, que se beben tu sangre. Sin embargo, la narrativa de Andrés Caicedo es, además de puta, fatal. Pues leer al escritor caleño es condenarse a la angustia, a la tortura psicológica, al vaivén existencial; es como una película snuff en la que tú eres, al mismo tiempo, la víctima y el verdugo, el héroe y el antihéroe.

Andrés Caicedo fue, para mí, uno de los mayores exponentes literarios de nuestro país ante el mundo, porque, en el universo de las letras, pocos escritores narran, de forma tan elocuente y citadina, el acontecer diario de los hombres por la ciudad. Es más, con sus palabras nos saca de esa densa prisión de la realidad, nos quita de encima el peso de la vida con sus mundos volátiles, etéreos, pero no por ello certeros, reales.

El plus de su obra no está en las descripciones, sino en la forma agitada y movible de sus imágenes, de sus escenas, porque, al igual que sus personajes y los espacios residuales por donde estos se movilizan, asimismo es su escritura: convulsionada, trémula, empantanada. “Descaotiza” y hace “desrreal” (si ambas palabras se valen) la agonía de la existencia para anticipar la vida como un caos que debe vivirse, que debe experimentarse más allá de las barricadas éticas y morales de una sociedad solapada como la nuestra.

En la narrativa caicediana yo descubro que sus relatos son grandes piezas cinematográficas que se proyectan en el tapiz blanco de nuestra memoria. En otros términos, sus ficciones no son simples cuentos o una novela cualquiera que acontece en Cali; en el fondo, son escenas technicolor que se mueven con autonomía en las salas oscuras de nuestra realidad. Incluso, sus textos son escenas dramáticas que se desarrollan en una ciudad residual que, además, tiene muchas orillas musicales en las que se profundiza, especialmente, en las raíces de la salsa y del rock.

En este sentido, la obra literaria de Andrés Caicedo es como una evasión, como esa niebla que poco a poco da vida a la lobreguez, al verdor del luto, a esa flor marchita de la existencia. Hay en sus palabras un tráfico semántico, una manera desquiciada de mover lo inamovible, de hacer que la realidad ruede en un carrete de 35 mm y se proyecte desde la lente, amplificando la luz; es decir, demostrando que la realidad es como una pompa de jabón que se revienta una y otra vez, una y otra vez.

En el caso de Andrés Caicedo (cinéfilo por naturaleza) es la literatura la que se retroalimenta del cine. Cuando uno lee Que viva la música, Angelitos empantanados, Calicalabozo, El Atravesado y otro sinnúmero más de sus cuentos, se revela en sus relatos un aliento cinematográfico; un guion épico en el que no es importante recrear la imaginación, sino que, por el contrario, es trascendental animar la realidad, propiciar esa tensión fugitiva que hay entre lo cierto y lo incierto, entre lo aceptablemente inaceptado.

En cada línea leída y descifrada vislumbro que su narración obedece a una forma extraordinaria de controlar el movimiento de la realidad a través de la ficción. A mi modo de ver, es una estrategia lingüística por medio la cual su narrativa gana en espesura, pero no pierde en movilidad. Es una especie de poética entre el signo lingüístico, el guion cinematográfico y las artes escénicas. En el fondo es el drama del hombre con la palabra y, a su vez, de la palabra con la realidad y la existencia que deben reescribirse.

Andrés Caicedo profundizó, en especial, dos géneros propios de la oralidad: el cuento y la novela; asimismo, escribió una infinitud de cartas en las que se revela un espíritu ansioso y precoz, un joven angustiado que hallaba en el género epistolar y en la literatura una manía urgente para deshabitarse de este mundo por el que tanto transitaba y del que quería huir cuanto antes, porque los rastros de la vida los borra el tiempo, pero las huellas de la muerte siempre se conservan en la memoria, en todo aquello que precede a lo humano.

El cuento, en Caicedo, es un género narrativo que pertenece, como debe ser, a la oralidad, a esa multiplicidad de voces (polifonía) que hace de estos relatos un texto atómico, climático. Sin embargo, los cuentos del escritor caleño son más nudo que inicio y desenlace, porque, para él, la mugre no está en el hollín que corroe el muro; habita como un símbolo en el que se representa nuestra humanidad.

La novela, en cambio, es una narración in extenso, un núcleo literario en el que se apuntala la tragedia como esa forma natural en la que se desvela el ser humano. La novela es, pues, un género en el que la vida gana densidad, en el que la existencia se teje mediante el tormento, la desgana; a través de ese martirio eterno en el que la vida es tan solo un aliento de la muerte.

En la novela de Caicedo, la sátira a lo vivido no es una crítica sin fundamento; es al revés: la ferocidad y el envilecimiento de su novela denuncian esa frontera maloliente que hay entre los moldes sociales y la libertad, aun distópica, que el hombre debe vivir. La novela no es una impostura ni un desdoblamiento literario; en Andrés Caicedo este género es, desde luego, esa película en la que la ficción se desvanece con la realidad, y viceversa.

En lo hondo de la narrativa caicediana percibo un autor adelantado a su época, puesto que, para entonces, el boom latinoamericano y el realismo mágico florecían en la superficie del mundo entero; sin embargo, Andrés Caicedo inaugura, considero yo, el realismo trágico, ese nuevo orden estético en el que la ciudad es un personaje novelado, un ente de acero y metal que respira, que vive, que se mueve como los hombres mismos. De una u otra manera, antepone la urbe como núcleo y sustento del destruccionismo humano, tanto físico como psicológico.

Esta disrupción en la literatura nacional es fundamental porque, con Andrés Caicedo, se anuncia un realismo trágico y sucio en el que cada sujeto es una entidad fractal, atestada de digresiones, de paréntesis en los que la sangre, las drogas, la música y la noche son apenas una obsesión que deviene de la angustia por la existencia.

En tal caso, la obra narrativa del escritor caleño es una película hilarante en la que se revela que la literatura tiene un fin determinado: socavar en la realidad hasta enseñarnos que la vida es una garra afilada en nuestra garganta, un colmillo que se hunde en nuestras vértebras, una navaja que nos descuaja el corazón; una bomba que antes de explotar nos concede unos cuantos minutos de libertad.

En relación con el uso lenguaje, Andrés Caicedo es magistral. Cada palabra en la obra narrada es un artilugio semántico que hace de lo vulgar un nicho de lo poético. Algo así como hallar la belleza en el edificio desvencijado, en la estructura arquitectónica derruida. En este sentido, Caicedo transforma el lenguaje cotidiano y citadino en un símbolo de la contracultura, de la rebeldía; en un arma narrativa para esos otros hombres inconformes ante el estatismo de la sociedad. Sus palabras son plantas carnívoras que reverdecen lo subterráneo.

Como escritor irreverente y revolucionario se permite, entonces, algunas licencias gramaticales (sintácticas y semánticas) con un único propósito: demostrar que el ser humano es en la medida de su palabra, porque culto no es aquel que se queda callado o es purista con el lenguaje, sino el hombre que sabe cuándo romper el silencio con el grito desgarrador o con el insulto que amerita la situación. Así, es fácil concebir que el lenguaje es un vehículo (metáfora) y no un ente funerario, amortajado.

Sobre la vida de Andrés Caicedo habrá que decir que lamento su suicidio, porque su vida agitada, trastornada, errabunda, salsera, roquera, livianita y absolutamente musical, es, desde mi parecer, ese punto clave y coyuntural en el que creció el hongo alucinógeno por medio del cual pudo vislumbrar que la realidad no es como la pintan; en lo profundo de la existencia, todos sabemos que esta es como se vive.

Caicedo escribe esa película en la que la muerte no es el personaje protagónico porque las narraciones de un escritor de su envergadura no son unas cuantas motas de polvo que se desvanecen con el viento, sus palabras y sus obras no cederán a la mortaja del silencio porque estas son y serán eternas, inmortales.

Andrés Caicedo vivió y escribió una cinta cinematográfica que bien podría titularse: El hombre que le robó un suspiro a la muerte, porque en la vida no es determinante amansar el pánico, sino desatar la jauría que se lleva adentro.

@wilmar12101

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