En el rock de América Latina palpita el corazón de nuestra tierra

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“La música es el territorio

donde nada nos hace daño”

Andrés Calamaro.

 

Hace unos días escribí un ensayo musical sobre el rock. Después de la lectura, alguien, con cierta inquietud, me preguntó el por qué no referencié la escena rockera de América Latina. Solo tuve una respuesta: nuestro rock, el que se ha compuesto desde la Baja California hasta la Patagonia, y, asimismo, el que ha surgido en Colombia, merecen capítulos aparte.

Respondí de esta manera porque, si bien es cierto que el rock de Centro y Sur América tienen sus raíces en el núcleo del rock anglosajón y norteamericano, también es sensato indicar que contamos con algunas variables que hacen de esa música, en apariencia estridente, mucho más que un género.

En este sentido, el otro rock está más emparentado con la máquina, con la onda Martenot, con la electricidad. En cambio, es indiscutible que nuestro rock subyace de la tierra, huele a humedad, a rocío, a línea ecuatorial, a trópico, a etnia, a esa fusión característica que transversaliza tanto a la cultura como a la música.

Así, por ejemplo, Caifanes concibe esa unión casi perfecta que se da entre el rasgueo de la guitarra eléctrica y el boom de las cuerdas frotadas y de la percusión caribeña, tan propios de la música mexicana y los países cercanos. De hecho, la esencia del jazz no se pierde; simplemente se potencializa con esos otros sonidos, quizás un poco más tropicales. Por ello, encontramos, en esta agrupación, temas tan importantes como Afuera, Aquí no es así, Detrás de los cerros, Aviéntame, La negra Tomasa e, incluso, La llorona. Un rock que, en definitiva, no nos impide perder nuestro ojo de venado.

En esa misma onda está Café Tacvba, una banda originaria de Ciudad Satélite y que, a diferencia de sus coterráneos, apostó por una composición mucho más vanguardista y, quizás, futurista, en cuanto al uso de los sonidos ambiente para recrear su escena musical, legando temas que se pueden inscribir en el rock alternativo, el experimental, el New Wave, el funk, el grunge, incluyendo el mambo y el bossanova. Asimismo, la poética en sus temas tiene un tratamiento metafísico, aspecto que puede comprobarse con el álbum titulado Re.

Si nos acercamos al Caribe, Cuba, para sorpresa de muchos, celebra festivales de rock, a diestra y siniestra, en muchas de sus localidades, entre ellas Matanzas, Cienfuegos, Holguín, Pinar del Río, etcétera, y lo hace porque ese rock no se ahoga en las aguas azules del Atlántico, sino que, por el contrario, lleva a la cima esa fusión fantástica que se da entre el rock y el blues, entre la percusión de las olas marinas y las melodías metálicas, casi mohosas, de instrumentos como el saxofón.

De hecho, Habana Blues Band marcó la historia cinematográfica de la isla al convertirse en la banda sonora de la película dirigida por Benito Zambrano, y a raíz de la cual se forma la agrupación que rompió la sal del océano con temas tan emblemáticos y melódicos como Habana Blues. En el rock cubano no solo descubro la gran isla del caribe; también hallo el registro de sus construcciones coloniales y la rotura de esa enorme muralla de sal y de agua que no les impide ver el mundo como es.

Un poco más al sur, donde termina la Cordillera de los Andes, el rock toma una tonalidad más urbana, más capitalina, más acerada, si se quiere; porque en Colombia el rock tiene esa extraña tintura que mezcla lo ancestral con lo industrial y lo tradicional con lo progresivo, pues en nuestro país el folk rock se vincula con el hard, el funk, la cumbia o el currulao. No obstante, es en la década de los 80 y, en especial en los 90, cuando el rock nacional pone el grito, la estridencia y el sonido sintético en el ojo del huracán de las grandes casas disqueras.

Agrupaciones como Estados Alterados, Kraken, Aterciopelados, La Derecha, Bajo Tierra, 1280 Almas, La Pestilencia, Ultrágeno, y muchísimas más que no alcanzo a nombrar, irrumpieron la escena rockera de América Latina con esa búsqueda tan variada, fértil e inclasificable que puede fundarse a través de la crudeza de sus letras y de las composiciones musicales, demostrando que no es un alarido en la penumbra, sino ese grito de batalla que exige la libertad de un pueblo oprimido como el nuestro, porque es mejor morir libre que arrodillado en la mazmorra del silencio.

Entre la línea del Ecuador y el Trópico de Capricornio el rock se ha centrado mucho más en la calidez mística de sus habitantes con profundas raíces ancestrales y ese despertar citadino que convoca a la música para representar, mediante sus composiciones, esas necesidades que subyacen de una sociedad emergente y que despiertan la ciudad con esas sonoridades que pueden hallarse entre el rock y el pop, entre esos vientos de la cordillera que se fusionan con la moda y con los sonidos foráneos que, de una u otra manera, Charly García le legó a América Latina.

En Chile, justo en ese país que casi cae sobre el Polo Sur, que es prisionero por la forma intempestiva del océano, por la resequedad del desierto y por la niebla que viene más allá del mar, no puede pasar desapercibido, pues su música rock está atravesada por la rudeza de la montaña y por la dictadura aberrante que gestó, en el fondo, un rock más duro al desarrollar, en sus estructuras internas, matices de punk y poéticas que desafiaban el yugo al que estaban sometidos los chilenos.

En sí, el rock chileno rompe, con fuerza y vigor, la sociedad del momento y la pone contra las cuerdas con una música intensamente re-sentida e irónica que catapultó la cultura de masas y las tribus urbanas que se oponían al régimen; así, con un género tan revolucionario como el rock fusionado con las consolas sintéticas, enfrentaron el poder absolutista hasta hacer tambalear a los criminales al mando de la política del país.

 

En relación con Argentina, debo aclarar que podría hacerse una monografía muy extensa en torno al rock, puesto que allí este género no solo es una forma musical, sino un principio de vida, una manera de ser argentino ante el mundo. Tal es el caso, que dicho género también es denominado Rock Nacional.

Muchas cosas habrá que escribir sobre el rock que se gestó en esa gran metrópoli llamada Buenos Aires; y, una de ellas, quizás la más importante, es que en este país del cono sur echó raíces, por primera vez, el rock, floreciendo y reverdeciendo un continente reprimido social y políticamente por unos gobernantes inescrupulosos a quienes les importaba más la fachada capitalista que la estabilidad económica y socio-cultural de sus pobladores.

Fue allí, en Argentina, donde el rock traído del extranjero se fusionaría con los elementos autóctonos de la región y, por inercia, ese mismo proceso se ejecutaría en las demás naciones de América Latina. De hecho, el rock tuvo un papel protagónico al retratar con sus composiciones poéticas y musicales la idiosincrasia de los pueblos de nuestro continente. En este sentido, el rock en español trasciende las fronteras y el éxito no se hace esperar, porque sus temáticas son tan variadas que van desde el pesimismo, el amor roto, la pesadumbre, la melancolía, hasta la ira y la rumba.

Hacia la década de los 50 el beat, inicios del rock en Argentina, pronto adopta el auge de la música progresiva y, posteriormente, se acoge a la escena underground; esa filosofía de la contracultura que se considera una alternativa en relación con los movimientos culturales instituidos. Y eso es, con toda seguridad, el rock en América Latina: un género que rompe, con fuerza, el paradigma de lo establecido, de lo formado a partir de la norma, de la ley; en el fondo, es un género que habita, definitivamente, tanto al espíritu de los hombres como al de la ciudad.

En todo caso es en Argentina donde el rock se hace experimental, pues se fusiona con la pampa, con lo lunfardo, con lo malevo, con el bolero, con el tango, con la cumbia y con otros géneros como el rock and roll, el blues, el country, el western, el swing. Incluso, el rock argentino pone en la palestra la manera tradicional de hacer música en el continente y revoluciona, sin precedente alguno, la música que a media tinta nos representaba como sociedad.

Para finalizar, solo quiero decir que el rock de América Latina contiene la esencia del folk rock al fusionar, de forma magistral, los instrumentos autóctonos y tradicionales de cada una de las regiones de nuestro continente, que es, al igual que su música, multiforme y multicultural.

En el rock de América Latina palpita el corazón de nuestra tierra y, por sus temas y géneros experimentales, la sangre de nuestra raza corre con un rumor tan envolvente que no deja de desvelar que el futuro es imposible sin la lumbre de nuestro pasado, sin esos sonidos que burbujean al interior de nuestro ser. Así, pues, parafraseando a Molotov, solo diré: ¡Viva el rock de América Latina, cabrones!

@wilmar12101

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