Entre hombres y dioses: reflexiones sobre literatura

La literatura es el arte con el que hemos aprendido a suspender el yo sobre el oscuro y misterioso abismo de la vida.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“La literatura es siempre una

expedición a la verdad”

Franz Kafka

 

Dios no escribe literatura porque la eternidad es una capa densa y oscura donde no cabe al menos un resplandor de luz; es más: la eternidad no tiene pliegues ni desvíos; tampoco agujeros o resquebrajaduras a través de las cuales pueda vislumbrarse algo distinto a la monotonía.

En tal caso, ni a la literatura ni al lenguaje le importan describir esas llagas eternas que siempre sangran de la misma manera; en realidad, el fin de la literatura como arte, y del lenguaje como medio, es mucho más fecundo de lo que pensamos porque la obra literaria es, en sí misma, una herida que cicatriza y que tiene la posibilidad de ser de nuevo un día, pero ya no será la misma magulladura sino otra, muy distinta, por cierto. De hecho, es posible que nunca jamás cierre del todo.

Esta es, pues, la razón por la cual ningún dios escribe literatura, porque, a diferencia de los hombres, sus dolores son eternos mientras que para el ser humano apenas son pasajeros. En este sentido, el relato de la Voz Cósmica creando el universo es monotemático y unilateral; en cambio, la narrativa del hombre crucificado en el Gólgota (monte de El Calvario) puede variar tantas veces como sujetos pretendan escribir alrededor de su crucifixión.

En su condición natural, los dioses viven y los hombres, por supuesto, mueren. Y es así porque esta es su condición para existir. De ahí que los dioses siempre estén tras la barricada y los seres humanos en la arena, capoteando al toro, zigzagueando sus cornadas, resistiendo las peladuras.

Estas acciones multidimensionales son las que hacen posible que el hombre transforme el universo y su mundo personal en un escenario que no deja de ser polifónico y multifacético mediante el cual se anudan, de una u otra manera, la realidad y la imaginación para referenciar esos espacios ilusorios o reales en los que puede el ser humano habitar e, incluso, de forma inmaterial, morir, porque las ideas no están en la lógica del tiempo ni, mucho menos, en la silueta de las formas; las ideas residen en la memoria de las palabras, de la literatura.

A mi modo de ver, la literatura no es un objeto que impide; es un móvil (metáfora) que traslada, que transforma, que desnuda lo encubierto, porque, en el fondo, la literatura hace creíble lo increíble y se justifica a sí misma.

La obra literaria, no cabe duda, se convierte en arte cuando demuestra que el crimen y la vulgaridad humanas se sobreponen, por obvias razones, al glamour pastoso y acartonado de los relatos divinos. Por ello, Vladimir Nabokov nos advierte sobre el peligro que corremos si no sabemos, como sujetos del mundo, provocar la excitación para desprendernos de ese modo habitualmente monótono en el que existimos.

Nuestro deber consiste en comprender que la literatura es una manera diferente de arrancarle un suspiro a la muerte porque, finalmente, el asco por la existencia no obedece tanto al ruido de los hombres, sino a la sordera de los dioses; por lo tanto, la literatura es el arte con el que hemos aprendido a suspender el yo sobre el oscuro y misterioso abismo de la vida.

Así las cosas, si la literatura es un abismo y la filosofía es la forma de dicho precipicio, es preferible caer antes que aferrase a la soga que, de igual manera, se reventará. Con esta analogía pretendo indicar que la literatura es umbral, pasadizo secreto, transición entre la realidad y la ficción.

Y esa transición es la que nos permite descubrir por qué la literatura es una actividad exclusivamente humana: porque cada obra literaria y el lenguaje que la produjo no son conceptos cerrados en sí mismos, puesto que, ni la literatura ni la palabra dependen de la intencionalidad que plantean los problemas en la vida, sino de descubrir el mecanismo que los originó.

Por tanto, el conocimiento, como problema que gana en densidad, no tiene por qué dejarse única y exclusivamente a la resolución de la razón; a veces, el saber se manifiesta con esa tentación cruel por el deseo, por la locura, por lo enajenado, y es allí, precisamente, cuando la literatura nos demuestra que el fracaso no es desesperación e impotencia, pues, en muchas ocasiones, fracasar es mirar con otros ojos la llagadura que ya sanó.

Reflexionar sobre la literatura, entonces, no exige que se la etiquete para la eternidad, porque su estado ideal no es el de sostenerse sobre la monotonía del tiempo y de la palabra; es todo lo contrario: la literatura es atemporal porque funda al ser contantemente, sin necesidad de usar arriesgados experimentos o menjunjes diabólicos a través de los cuales obtiene datos cuantificables del hombre. Es paradójico, pero en la literatura, nos dice Maurice Blanchot, no están presentes, a plenitud, ni el ser humano ni la obra literaria; menos aún, sus posibles lectores.

La verdadera fuerza de esta concepción sobre la literatura radica en que su núcleo no está forjado por la unidad temática; es al revés: existe una especie de no-unidad en la literatura que la encumbra, incluso, a un arte libre de ataduras o subyugado a métodos e instrumentos exageradamente verticales, lo que significa que, en la literatura, como la ciencia de la palabra, no puedan usarse, en algún momento crucial, ciertas técnicas para la elaboración de las obras.

En este caso, por ejemplo, un tema como el asesinato puede tratarse, desde la literatura, a partir de muchas vertientes y variables; es decir, en ninguna obra hallaremos este hecho atroz de forma homogénea; así podemos descubrirlo en Crimen y castigo, de Dostoyevski; en El extranjero, de Camus; en El túnel, de Sábato; en La perla, de Steinbeck o en Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, solo por citar unos cuantos textos que sustentan el argumento sobre el cual he apuntalado esta reflexión.

Si lo eterno está allí para la posteridad y jamás se reevaluará para las generaciones futuras, ya sabemos por qué la literatura, como panorama del fracaso humano, continuará siendo esa realización apocalíptica en la que se descubren, al mismo tiempo, la vida y la muerte, la esperanza y la incertidumbre, el optimismo y la desilusión; en sí, la literatura hace de lo eterno algo temporal y del caos funda, principalmente, la razón del ser.

Así, la literatura es una actividad humana que ha triunfado contra esa condena amarga y espesa de los dioses: el tiempo. De hecho, en las obras literarias se ha patentado, una y otra vez, que la estrategia destructiva de los dioses está delimitada por su eternidad y por la finitud del hombre; sin embargo, el ser humano descubrió que la única huella que resistía a los embates del tiempo era la literatura, y por ello se abandonó al lenguaje, a la palabra, a ese lugar intangible en el que siempre es, no importa si es pasado, presente o futuro.

Hoy, la gran obra no es la creación del universo; es ese mundo multidimensional de la literatura en el que el hombre se ha atrevido a reconstruir la arquitectura etérea de los cielos e, incluso, a rehacer el infierno con el fuego que arde en el interior de las palabras. En este sentido, descubro que los relatos divinos solo prometen aridez, esterilidad, privación; en cambio, la literatura no solo es ese golpe con el que se cincela la roca, sino que, además, es ese rumor en el que se encarna el espíritu de la humanidad.

@wilmar12101

waospina@utp.edu.co

 

Referencias

  • Blanchot, M. (1992). El espacio literario. Barcelona: Editorial Paidós.
  • Nabokov, V. (2009). Curso sobre literatura europea. Barcelona: Editorial Zeta.