La educación odia los datos; pero los profesores amamos los números. Craso error. Porque anteponemos los resultados, la memoria y la información al saber. Y el proceso es muy distinto: para formar al hombre del futuro es necesario hacer sabio al niño de la escuela. 

 

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

Si juzgas a un pez por su habilidad

de trepar árboles, vivirá toda su

vida pensando que es un inútil”

Albert Einstein.

 

Escribir sobre la educación siempre será una tarea ardua, dispendiosa, porque, con regularidad, se hace para teñir con el escepticismo esa bella labor que llevan a cabo algunos seres humanos.

Sin embargo, en esta ocasión no quiero polemizar sobre cuál método o metodología favorecen en mayor o menor medida tanto a los estudiantes como a los maestros. En realidad, solo deseo contribuir en relación con una actividad fundamental a la hora de educar a un niño: la evaluación.

De acuerdo con la Ley General de Educación 115, la evaluación es un proceso dinámico, significativo y permanente. Pero ¿evaluamos así a nuestros estudiantes? Y si no lo hacemos en dichos términos, ¿debemos eludir la evaluación porque, quizás, no tenga sentido? ¿O, acaso, para evitar la reprobación escolar tenemos que regalarles la nota a nuestros chicos? ¿Tal vez erramos el camino y confundimos calificar con evaluar? O, algo peor: ¿consideramos que la única forma de evaluar a un niño, a un joven o a un estudiante universitario es a través del examen escrito?

Considero que estas inquietudes son frecuentes para algunos docentes, padres de familia y, en especial, para todos los educandos. Es más: la mayoría de las veces se vuelven sospechosas. Y ello sucede porque en ocasiones equivocamos la metodología de nuestras evaluaciones al no tener un propósito claro y, más aún, preciso.

La evaluación en nuestro país es, en la mayoría de los casos, un ejercicio heteroestructurante y poco significativo para los estudiantes, porque dicha actividad aún no se ha despojado de las cadenas que arrastra consigo lo tradicional.

El modelo heteroestructurante –nos dice Louis Not– reprime el potencial creativo del alumno, manteniendo el orden social-militar que exige una escuela pensada como factoría. En este sentido, olvidamos que la razón de educar no es enseñar a caminar; es, más bien, brindar las alas para volar.

En cuanto a la Literatura, por ejemplo, ¿es importante preguntar, en una prueba escrita, sobre la narrativa Precolombina? ¿O es una obligación para los escolares explicar quiénes fueron Tepeu y Gucumatz? ¿Sería este un examen significativo para el educando? ¿Obtendríamos un alto porcentaje de aprobación en dicha evaluación?

Esto, en realidad, es lo que debe cambiarse en función del proceso de evaluación porque una cosa es calificar al joven o examinarlo por medio de un examen y, otra muy distinta, es evaluar el saber, cualificar y potenciar todo aquello que pueda hacer el estudiante con lo aprendido.

Por lo tanto, evaluar no es una acción tan simple y sencilla como poner una nota; este proceso va mucho más allá, y exige sembrar, en lo profundo del ser, esa semilla en la que germinará el saber a través de lo actitudinal y de lo procedimental.

En relación con lo expuesto, es apremiante cambiar el paradigma evaluativo en Colombia, puesto que evaluar no significa hallar o verificar resultados en una hoja de cálculo; finalmente esto es lo que se hace año tras año, convirtiendo al alumno en un sujeto (“ente”) pasivo, repetitivo, descontextualizado del acontecer de su país, de su cultura, del conocimiento que le hará libre.

Y, de forma indirecta, los involucramos en lo dogmático, en ese naufragio del idealismo del que no nos hemos podido recuperar como maestros.

De hecho, la educación odia los datos; pero los profesores amamos los números. Craso error. Porque anteponemos los resultados, la memoria y la información al saber. Y el proceso es muy distinto: para formar al hombre del futuro es necesario hacer sabio al niño de la escuela.

Qué tedio y qué impotencia para un alumno que presentó su primer examen escrito en grado Tercero (Básica Primaria) y en Undécimo, ad portas de graduarse, aún no ha podido salir del papel, porque sus evaluaciones no cambiaron a lo largo de su vida escolar.

En definitiva, solo nos queda un estudiante desahuciado, aburrido, reseco por un proceso en el que ni siquiera fue un “conejillo de indias”, en el que nunca pudo plantear cuánto sabía y qué podía hacer con todo aquello que había aprendido. En Colombia, parece que el fin de la educación es la certificación y no la proyección del ser, del saber y del saber-hacer.

Mi propuesta es simple: pasar de la Evaluación Pronóstica (muy dada en la Básica Primaria) y de la Evaluación Formativa (propia de la Básica Secundaria y la Media Vocacional) a la Evaluación Proactiva. En esta última no es el profesor quién evalúa a partir de sus perspectivas, sino el mismo estudiante de acuerdo con lo que sabe.

En este caso, según Linda Allal, es fundamental madurar la consciencia del alumno porque será él quien oriente, en compañía de su maestro, una tarea a su medida. Además, agrego yo, dicha labor tendrá que emparentarse con las aptitudes, las competencias y las posibilidades creativas del educando, lo que hará de su evaluación una actividad potencialmente fecunda.

Si la evaluación se realiza por medio de un diálogo constante con los jóvenes esto propicia una estrategia metodológica distinta y, quizás, más interesante para los estudiantes, porque, al ser ellos mismos los proponentes de su evaluación, con seguridad el proceso de enseñanza-aprendizaje será diferente, tal vez más significativo, más dinámico: más eficiente porque a sus espaldas no llevan el peso de la nota, esa angustia que se refleja en un uno (1) o esa felicidad que deviene de la suerte al obtener un cinco (5), en algunos casos.

A mi modo de ver, la evaluación debe ser un conjunto de acciones tan cotidianas y flexibles como la vida misma, puesto que, nuestros niños y jóvenes evalúan cada día, incluso en la tienda escolar, qué alimentos consumir.

Y dicha elección les demanda un proceso evaluativo que, en lo profundo, es más proactivo que formativo, porque esta acción tan sencilla suscita en el alumno un discernimiento en relación con el costo del producto, la calidad y la necesidad alimenticia.

En sí, el desafío de la educación actual consiste en erradicar la certificación porque, en realidad, la Evaluación Certificativa certifica que el estudiante sabe que no sabe; en cambio, la Evaluación Proactiva moviliza al educando hacia el saber a través de sus pasiones, de sus inquietudes, de todo aquello que para él es inesperado, sospechoso, enigmático, lo que promueve un pulso interior por medio del cual el alumno demuestra que no es importante superar a sus compañeros ni a sus maestros, sino a sí mismos. Por lo tanto, la Evaluación Proactiva no solamente sería el núcleo del conocimiento (saber), sino, también, del ser y del saber-hacer.

A la luz de estos postulados, el docente debe evaluar a sus estudiantes con un propósito de vida y no con un objetivo académico. Esto es: realizar una evaluación por medio de una praxis reflexionada, como lo sugiere De Zubiría.

Con la praxis reflexionada el maestro no ejecutará una evaluación pronóstica (diagnóstica) sobre lo que sabe o no el alumno, sino que, por el contrario, promoverá, estimulará y facilitará la aprehensión de los conocimientos necesarios, lo que se traduce en el desarrollo de las competencias cognitivas y actitudinales que cada educando podrá potenciar a partir de sus gustos, sus posibilidades y, en especial, de su creatividad.

Así, la praxis reflexionada estimula la ejecución de una Evaluación Proactiva en dos direcciones: por un lado, es vital mejorar el proceso formativo de los estudiantes al facilitarles el aprehendizaje del conocimiento para que puedan tomar decisiones propias con argumentos y criterios de causa (saber qué hacer con el saber). Por el otro, optimiza los programas curriculares en función de las temáticas y necesidades socio-culturales y académicas de nuestra región, de nuestro país.

Si la evaluación en Colombia se estructura en lo actitudinal (saber-ser), en lo cognoscitivo (saber-saber) y en lo procedimental (saber-hacer), entonces es transcendental considerar a nuestros estudiantes como sujetos que sienten, piensan y actúan, lo que demandaría una meta precisa al evaluar: desarrollar un proceso a través del cual lo valorativo, lo cognoscitivo y lo procedimental (praxis reflexionada) sean acciones sustanciales para formar al ser que hay en cada hombre; en otros términos, es apostar por una pedagogía diferenciada que instaure sus bases en lo multidimensional.

Desde mi punto de vista, la Evaluación Proactiva permite al joven una consciencia no solo del conocimiento, sino, también, de sí mismo como sujeto en el mundo. Y en esa consciencia del saber hay, por supuesto, un proceso ejecutivo en la medida en que una persona educada comprendería cómo utilizar ese conocimiento en función de sus comportamientos y actitudes; esto es: en relación con sus capacidades y competencias en pro no solo de sus semejantes; asimismo, del mundo y de la naturaleza.

Con estos argumentos no pretendo juzgar la Evaluación Certificativa en la que se edifica la educación colombiana; sin embargo, es nuestra obligación pensar que esta metodología evaluativa es un artilugio del ayer, de lo tradicional, de ese pasado que reprime lo porvenir; y, por ello, es determinante transformar el paradigma evaluativo en nuestro país.

Este escrito, en primera instancia, es un llamado a la reflexión en cuanto a un tema tan fundamental en la formación de los seres humanos como lo es la evaluación. Y, en segunda medida, remarca un hecho ineludible, y tal vez atroz: evaluar es aprender que certificar a un estudiante no garantiza el éxito del hombre, porque la esperanza de formar mejores seres humanos no depende, obligatoriamente, de unas notas, sino de ese proceso inter y proactivo que realiza el estudiante para optimizar la autonomía como una actitud voluntaria en función de las situaciones que le exigen su aprehendizaje y la vida que desea vivir.

Si las causas de la Evaluación Certificativa residen en medir el conocimiento por medio de exámenes escritos, los efectos académicos de la sociedad colombiana no dejarán de ser devastadores, mediocres, porque desde la escuela se antepone el resultado al proceso.

Y es justamente todo lo contrario lo que se propone con la Evaluación Proactiva: comprender que el proceso es lo más sustancial porque educar no consiste en apagar el fuego, sino en encender la hoguera.

 

Referencias

  • Allal, L. (1993). Evaluación formativa y didáctica en Francia. París: Editorial Kluver Academic Publisher.
  • De Zubiría, J. (2014). Los modelos pedagógicos. Hacia una pedagogía dialogante. Bogotá: Editorial Magisterio.
  • Not, L. (2014). Las pedagogías del conocimiento. México D. F.: Editorial Fondo de Cultura Económica.