GENEALOGÍA DE LA MIRADA

(o cómo el ojo se encarna en un espejo)  

La primera vez que supe que no era hombre fue por culpa de los otros –donde vive el infierno, propone Sartre–. Los otros tan cercanos a mí. Lo supe y actué como si nada hubiese pasado.

 

Por / Mateo Ortiz Giraldo

Hay una cierta disposición, una forma de callar. Hay otras formas de habitar el terror: mirarse al espejo y ver un extraño. Mirarse otra vez y encontrarse ido. Una forma borrosa, si acaso una sonrisa no del todo lograda.

Cuando hablo del espejo, hablo de mí, y con esto quiero decir que hablo solo de mí; no de los otros. Cuando hablo de mí me ubico en un lugar, no un físico, limitado, cercado por medidas, no; yo hablo del lugar como posición, como “locus de enunciación”, para hablar en el mismo lenguaje a esta academia políglota, enferma de idiomas.

Por eso, cuando hablo de mí solo hablo de mí, porque nadie más cabe en este lugar, porque los otros que pasan solo me miran. Por eso nadie sabe nada de esto; por eso lo que digo solo puede ser dicho por mí.

Así como el horror indecible del exterminio pudo ser dicho, pero solo en el lenguaje de quijada quebrada del que lo padeció. Por eso digo que hay una forma de callar; pero también hay una forma de habitar el terror. Primo Levi lo vivió y volvió de él con la boca llena de dolores, pérdidas, miradas.

Una mirada dislocada, sí; pero solo dislocada por los otros. Levi vio el vidrio quebrarse: ese vidrio donde colinda el humano y el otro humano. Levi vio como el vidrio no era vidrio sino reflejo, que no estaban viéndose a través de una superficie transparente, sino que se estaban viendo así mismos.

Con ese descubrimiento nos descubre, nos interpela y luego comenta “Si esto es un hombre…”. Eso es lo que en realidad atemoriza: los asesinos eran humanos y en su tantísima humanidad ultimaron a millones de otros humanos.

De allí que pueda volver a decir: lo que digo, solo lo puedo decir yo. Mis lecturas, construcciones. Mis verdades, ficciones. Mis enunciaciones, fantasías políticas. Mi episteme, ¿dónde queda? ¿la creo? ¿existe? ¿pre-existe? Si digo que todo es en última una ficción, entonces en ese “todo” me incluyo. Aunque también no lo hago. Porque solo haciéndome nulo soy parte de todo.

Entonces, ¿hacia dónde giro la mirada? Acepto que soy producto de múltiples ficciones. Por tanto, esto que diré es una más. Soy una invención entrando en otra y desde dentro produzco más. Alimento a la bestia. Le corto cabezas a la hiedra.

Collage “Autorretrato en la oscuridad”

Dejaba que otros me habitaran[1]

La primera vez que supe que no era hombre fue por culpa de los otros –donde vive el infierno, propone Sartre–. Los otros tan cercanos a mí. Lo supe y actué como si nada hubiese pasado. Me dije muchas cosas, entre susurros, debajo de las cobijas, a media noche, cuando no podía dormir y tenía la edad suficiente como para poder decidir no dormir. Esa primera noticia: “Cállese que usted no es un hombre”, me dejó intranquilo. Siempre fui un hombre hasta ese momento. Mi mamá me lo decía, mi papá me lo decía, mi abuela me lo decía. Pero ya no. Ya no era más un hombre. Entonces me lo callé. Debía seguir siéndolo.

Por eso, a los 9 años, dejé de ser hombre. En adelante fui: marica, mariposo, mariposón, loca, desviado, farifafá –como decía mi abuelo–, amanerado, jugador del otro equipo, el cáncer de la sociedad. Eso en boca de los demás. Por eso dije que “dejé de ser”, como si me hubiese quitado una ropa, una ropa que para ser sinceros no me pertenecía. Efectivamente me la quité, pero para las instituciones yo seguía – y lo sigo siendo– un hombre.

Pero eso no lo sabía a los 9 años. A esa edad jugaba con manuales para hacer repujados, tejidos y remiendo. A los 9 solo me interesaba ver televisión y leer a regañadientes libros para “niños”. Aunque, sin proponérmelo, poco a poco empecé mi proceso de “deshombrización”. Preciado habla de esto en unos términos más certeros, pero en últimas es lo mismo: dejar de ser y movilizarse hacia otra cosa.

Empezó con ese grito donde me decía que no era un hombre y continuó con mi familia; mi papá, que sí era un hombre, me presentó la barbarie y con ello la masculinidad; mi mamá, que sí era una mujer, me mostró el miedo y con ello la feminidad.  Así, mi vida se transformó en una lucha de fuerzas. Yo estaba en el centro: con el uniforme de diario de los niños y quebrando la cadera, como las niñas. Estaba en el centro de la lucha. Configuraba mi miraba. No lo sabía…

En esa puja de fuerzas, en esa torsión, como la llama Quintana, en ese “écrat”, como lo llama Rancière, me di forma, me dieron forma. La voz de los otros me la dieron. Nunca supe cuándo. No me lo peguntaron. Solo me decían que así estaba bien. Yo tenía miedo, pero también era bárbaro. Entonces no era hombre ni mujer. Ni macho ni hembra.

Eso tampoco lo sabía. Eso lo sé ahora que me siento a mirarme y con ello a mirar a lo otros. Ese niño no sabía sobre su cuerpo, solo sabía que debía hacer una cosa y la otra, sin decepcionar a nadie, sobre todo a mamá que ya ha tenido suficiente dolor. En ese momento los otros me habitaban. Yo no existía.

 

En ese momento los otros me habitaban. Yo no existía. Fotografía / Cortesía

El mal viene de afuera

Los campos de concentración, como espacio físico, delimitan el nacimiento de una ruptura temporal. La contradicción tiene propósito: aquí tiempo y espacio no son dimensiones, son voluntades. La muerte, los gritos entre láminas de concreto, las huellas sobre la nieve borradas con sangre, dieron origen a un tiempo roto. Por eso cuando hablamos de Auschwitz hablamos del mal, del monstruo… del desconocido, porque nos gusta la comodidad de no pensarlo como humano. Lo primero que hace la sociedad burguesa con quien desprecia es relegarlo a lo de afuera; lo primero que hizo el mundo griego con los bárbaros fue ponerles un muro; en el siglo XV a los locos los montaron en una barca, según Foucault. Nos gusta saber que el mal viene de afuera y nos gusta dejarlo allá.

En medio de esa tranquilidad ocurren las más atroces injusticias. Mate propone “No olvidemos, en cualquier caso, que cuando hablamos de memoria de Auschwitz nos estamos refiriendo a las víctimas”. Con eso dice que hablar de ese espacio es hablar del silencio, necesariamente. Es hablar de la ausencia y por tanto darle una forma.

En esa misma medida, hablar de cuerpos trans, de referirme a mí mismo como un cuerpo no normatizado, es necesariemiente hacer memoria de las víctimas. Víctimas que fueron sometidas desde la intimidad de su identidad. Victimas que son sometidas a unos campos de concentración que llamamos hospitales, a unas políticas nazis que convenimos llamar “medicina” y lo peor, a unos carceleros –que habitan en la “banalidad del mal”, según Arendt– que decidimos llamar “sociedad”, “género”, “sexo”, “normalidad”… “hombre” y “mujer”.

Siguiendo a Mate, “las víctimas que reclaman un re-conocimiento, es decir, ser significativas a la hora de comprender nuestra realidad”. Estas víctimas reclaman lo mismo. Reclaman una memoria, una voz, un lugar en el mundo. Un lugar que fluya como sus cuerpos en constante tránsito. De allí que hablar desde esa categoría, inquieta, plástica, es también pararse en una nueva situación de mundo. Es saber que todo se trata del movimiento, no la alegoría desgastada “del río”, sino mejor la presencialidad inevitable del cuerpo.

Así, como en un pabellón de fusilamiento, las personas que vivimos en marginalidades identitarias ponemos primero al cuerpo. El cuerpo recibe la fuerza apabullante de la anatomopolítica que traslada la coerción de la vida hasta su dimensión molecular. De allí que esta mirada, esta reconfiguración, merezca también una epistemología que dé cuenta de la fluctuación.

Foucault, en Las palabras y las cosas rastrea el surgimiento del “hombre” o de la mirada de este en la pintura de “Las Meninas” de Velázquez.

Experiencia = dejarse habitar[2]

Hasta los 17 años dejé que los otros me habitaran. Me dejé llamar de todas las formas posible. Me dejé decir por los demás. Pero a esas edad comprendí que hace mucho había dejado de ser hombre, gracias al insulto de los demás. Pero, llegó la pregunta ¿si no soy hombre, entonces soy mujer?

Quise serlo. Quise poder decir “sí, soy esto”, tener el poder ontológico y seleccionador del dedo que acusa y nombra: tú eres esto, tú eres aquello. Pero no, no me pude acusar de hombre, ni de mujer. Aunque ser mujer trans sea una categoría políticamente tentativa. Poderme parar frente a un grupo de personas y decir “Sí, tengo tetas y estrógenos, ahora soy una vieja”.

Es tentador, no porque sea deseable, sino porque es lo que esperan que pase. Todos me lo preguntan, desde que me pongo en la visión que habita un género fluido. Estoy en medio de la disputa del género –Butler–. Pero no selecciono ningún bando. Constituyo mi propia “anormalidad”, como lo propone Foucault.

Collage: “Trayectoria de miradas”.

Por eso siento que lo trans me explica. Me permite la fabulosa posibilidad lingüística de poder emplear el prefijo trans como metáfora de lo que se mueve, de lo que cambia. Habla de esos cuerpos barrocos –Escobar –, performativamente exagerados, inesperados, volátiles, móviles. Una epistemología “trans” me explica en cuanto me habla directo a los ojos y me dice “Tu experiencia de mundo cuenta”. Tu mirada de ciego o de “esposa del doctor” –Saramago – es importante. A pesar de mí.

Por eso, dentro de esa dislocación en la mirada –Bourridaud– que significa emplear una opción de mundo desde lo trans y, más específico, desde lo transformista, moviliza, necesariamente, una deconstrucción –Derrida– de los contenedores de realidad. Significa darle cabida a la voz, así como lo menciona Mate al señalar que cuando se habla de Auschwitz, se habla de las víctimas. Se habla de su voz. De la voz para que el horror no se repita, como propone Adorno, pero de su voz también para que su experiencia cobre sentido.

Experiencia, como lo propone Larrosa, en tanto ese posicionamiento en el mundo habla de él y sus límites; pero también experiencia en cuanto a rastro biográfico, autobiográfico e íntimo, a teoría encarnada  a carne productora de teoría. Experiencia como ruptura, como tránsito. No veo nada fuera del texto.

Parmigianino es quien se refleja en una esfera: su anatomía se despliega y transforma sobre ella y él (artista, yo, las personas trans) retrata lo que ve. Fotografía / Cortesía

Mirarse

 Foucault, en Las palabras y las cosas rastrea el surgimiento del “hombre” o de la mirada de este en la pintura de “Las Meninas”[3] de Velázquez. Dice que en este juego de trayectorias de la mirada[4] se descubre la genealogía del sujeto moderno. Al final del texto, también anuncia su muerte.

En eso, yo me apego a la metáfora y veo el nacimiento de la mirada dislocadora y abarcante en la pintura “Autorretrato sobre espejo convexo”[5] de Parmigianino. Esta pintura, como lugar ilustrativo del ojo que observa, pero también del ojo que narra e incide en el mundo; es a su vez una metáfora de la experiencia vista por quien la vive. En ese caso, Parmigianino es quien se refleja en una esfera: su anatomía se despliega y transforma sobre ella y él (artista, yo, las personas trans) retrata lo que ve.

En ese juego surgen dos maneras que configuran la epistemología trans: el cuerpo replegado sobre la norma (en este caso sobre la proposiciones) y el espejo como regreso de una observación externa. Así, el espejo mira desde su reflejo, pero le devuelve una forma diferente a la que emite ese cuerpo que está frente a él. Hablamos, entonces, como lo propone Ashbery:

 

Pero hasta dónde puede saltar desde los ojos

y regresar a salvo hasta su nido? Al ser convexa

la superficie del espejo, la distancia aumenta

significativamente; o sea, lo bastante para mostrar

que el alma está cautiva, tratada con humanidad,

suspendida, incapaz de avanzar mucho más lejos

que tu mirada al tiempo que intercepta el cuadro

 

Entenderse desde lo trans es esta misma forma de configurar la mirada: verse desde lejos, entenderse desde la distancia que requiere verse en un espejo convexo, reconocerse en sí la historia de la biopolítica, sus cicatrices y hallar en ese cuerpo “anormal”,  la dimensión de esa “alma cautiva” de la que habla Ashbery.

Por eso busco en mi cuerpo y en sus surcos la fuerza moldeadora y trato de dialogar con el espejo convexo, reconocer mi anatomía enrarecida, no binaria, en camino hacia la politización de la diferencia. Con esta búsqueda me planteo una poética del reflejo, del ojo que observa con una sonrisa involuntaria los cambios, el maquillaje que me invita a una performancia que soporta años de invisibilización y, sobre todo, en el espejo busco vestigios de ese niño de 9 años que supo que no era hombre.

@prettyfkup

Referencias        

Adorno, T. (1967). La educación después de Auschwitz. Recuperado de:

 Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén. Barcelona: Lumen.

Ashbery, J. (2009). Autoretrato sobre espejo convexo. Recuperado de: https://core.ac.uk/download/pdf/83569949.pdf

Bourridaud, N. (2013). Estética relacional. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Butler, J. (2008). El género en disputa. Barcelona: Paidós.

Derrida, J. (1998). De la gramatología. México D.F: Siglo XXI.

Escobar C, Manuel Roberto (2013). La politización del cuerpo: subjetividades trans en resistencia. Nómadas (Col),  (38),133-149.[fecha de Consulta 17 de Agosto de 2020]. ISSN: 0121-7550. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=1051/105127475009

Foucault, M. (1998). Historia de la locura en la época clasica (Tomo I). Bogotá: Fondo de cultura económica.

Foucault, M. (2010). Las palabras y las cosas. Madrid: Siglo XXI.

Larrosa (2006). La experiencia y sus lenguajes. Recuperado de: http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL001417.pdf

Levi, P (2002). Si esto es un hombre. Madrid: Planeta Libros.

Mate, R. (20003). Auschwitz, acontecimiento fundante del pensar en Europa (o ¿puede Europa pensar de espaldas a Auschwitz?). Recuperado de: https://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&cad=rja&uact=8&ved=2ahUKEwiSncjforzrAhXPs1kKHUtHAK8QFjAAegQIBxAB&url=http%3A%2F%2Fproyectos.cchs.csic.es%2Fsscv%2Fsites%2Fdefault%2Ffiles%2FMarch1.pdf&usg=AOvVaw0RXlhDmIOgcB1nVclPngZs

Preciado, B. (2008). Textos Yonqui. Madrid: Espasa.

Quinta, L. (2020). Política de cuerpos. Madrid: Herder.

Saramago, J. (1997). Ensayo sobre la ceguera. Bogotá: Santillana.

 

[1] Collage “Autorretrato en la oscuridad”

[2] Video-ensayo: Tostadas.

[3] Pintura: “Las meninas”, Velázquez.  (1656)

[4] Collage: “Trayectoria de miradas”.

[5] Pintura: “Autorretrato sobre espejo convexo”, Parmigianino. (1524)