Los mitos, las leyendas y los cuentos de carácter infantil, y algunos juegos como la oca, el póker y las cartas del tarot; guardan en su médula, lo más grandes conocimientos.

 

Por / Jorge Triviño – Ilustración portada / Francesca Dell’Orto

Los cuentos infantiles encierran grandes verdades, las cuales han sido guardadas de bella manera en el inconsciente colectivo —como diría Carl Gustav Jung— para que jamás fueran olvidadas.

Algunos han sido sugeridos a la mente de los creadores mediante imágenes, como muy bien lo expresa Annie Besant, en su libro El sendero de iniciación.

        Cada uno de nosotros tiene la idea de que es el generador de todos sus pensamientos, pero estamos en un craso error.

        Algunos de nuestros pensamientos, probablemente no son concebidos por nuestro cerebro, sino que provienen de otras esferas, así lo manifiesta Marie Corelli en El Castillo de Asélzion:

El pensamiento es la voz del alma. Justamente, así como la voz humana es transmitida a través de la distancia por alambres telefónicos, también la voz del alma se transmite a través de fibras radiantes conectadas como los nervios del cerebro. El cerebro la recibe, pero no puede retenerla para sí, pues es transmitida a su vez, mediante su propio poder eléctrico, a otros cerebros; y vosotros no podéis guardar un pensamiento para vosotros mismos, como no podéis tampoco mantener el monopolio de un rayo de luz solar…. El poeta escribe a veces casi sin darse cuenta, obedeciendo a la inspiración de sus ensueños[1]

Los mitos, las leyendas y los cuentos de carácter infantil, y algunos juegos como la oca, el póker y las cartas del tarot; guardan en su médula, lo más grandes conocimientos. Los guías de la humanidad han buscado protegerlos y por eso lo han escondido de forma tal que no pudieran ser trastocados o cambiados.

Nosotros nos identificamos con el pensamiento de Luis Miguel Martínez Otero, cuando asegura:

Nos tornamos a la segura leche de religión y enseñanza materna que recibimos cuando niños, pues allí, en la parábola, en el cuento infantil, en la historia mítica y en la historia sagrada, allí está la nuez y la materia intelectiva de nuestro oro, si se sabe dar con él.[2]

Estudiaremos el cuento de Blancanieves, escrito por los hermanos Grimm, y narrado de viva voz por el pueblo, generalmente de los campesinos que los transmitieron de generación en generación.

El término Blancanieves representa el color de la pureza, la integridad, la probidad, la entereza, la honestidad y el decoro; es decir, todo aquello que personifica lo más elevado y sutil, que es en realidad el alma.

El siguiente es el inicio del texto:

Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre se destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: “¡Ah, si pudiere tener una hija que fuere blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!”. No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.

Aquí es necesario analizar la existencia de la Reina y preguntarnos a quién se refiere el autor.

Ilustración / LadyVampCruel

Dice Helena Petrovna Blavatsky, en su obra La doctrina secreta: “Las Tinieblas son Padre-Madre; la Luz su Hijo”[3], en alusión a esa Reina, aunque no aclara la existencia de un Rey, y si lo hace, es de manera velada. La Reina representa al Padre-Madre, asomada a la ventana de ébano. ¿Las tinieblas? Cosía, es decir, elaboraba algo, y justo describe el paisaje de invierno; el instante en que las fuerzas de la naturaleza dormitan; es decir, no se han manifestado aún, lo cual nos plantea el instante previo a la concreción de la materia misma; el predominio del agua.

Su hija —que llevaría el nombre de Blancanieves— tendría de sí misma la sangre, lo cual significa que poseería su esencia masculino-femenina, como realmente es y por lo tanto su divinidad. Del reino mineral heredaría el color blanco de la pureza y del reino vegetal, representado por el ébano, el color de su cabello.

De aquí se deduce que El Alma representada por Blancanieves participa de los tres reinos: mineral, vegetal y animal o humano-divino y que su esencia es masculino-femenina.

No dilucidaremos estos aspectos en este ensayo; lo haremos en uno posterior, ya que el tema es bastante complejo, pero hermoso y trascendente en su contenido.

Nos dice el autor que la Reina murió, cosa que podemos tomar como la desaparición de ella en el plano espiritual, mas no por eso inexistente.

Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba: “Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”. Y el espejo le contestaba, invariablemente: “Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país”. La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad. Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo: “Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”. Respondió el espejo: “Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella.

       Se espantó la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía que se le revolvía el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche. Finalmente, llamó un día a un servidor y le dijo:   

        —Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado. Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, se echó ésta a llorar: —¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré al palacio. Y era tan hermosa que él le dijo —¡Márchate entonces, pobrecilla! Y pensó: “No tardarán las fieras en devorarte”. Sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón por no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un cachorro de jabalí, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.

ilustración/ Mayalen Goust

El Rey se casa después de un año —tiempo simbólico—, corresponde a un período posterior a la muerte de la reina, lapso en el que han pasado las cuatro estaciones, es decir, se han materializado las cosas; pues el número cuatro representa la materialización o concreción.

La nueva Reina, corresponde a la Materia misma o Mater-Rea, quien se mira en el espejo de la imaginación y cree que no existe otra tan bella como ella, pero se equivoca al preguntarle cuando pasan siete años, que corresponden a un período completo de concreción. El número siete concierne a un ciclo mayor. Es en este instante donde pregunta de nuevo al espejo y recibe por respuesta:

       “Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella”, lo que le escandaliza, pues no cree que pueda existir otra más bella.

Ya habíamos planteado que el Alma participa de los tres reinos, por lo tanto, su belleza es resplandeciente como lo sugiere su nombre.

El autor expone que un servidor de la Materia, es el escogido para matar a Blancanieves; es un cazador, y ella se encuentra en El Bosque; que, según la psicología de Jung, corresponde al inconsciente colectivo. ¡Hasta ahí ha llegado El alma! Allí se encuentra viviendo ya. Allí se ha aposentado.

       Son infructuosos los deseos de la reina de matar a Blancanieves—, La sensibilidad—.

El cazador, que representa el deseo, es el encargado de ponerle fin; pero hay cierta afinidad con ella, por lo que la deja para que la devoren las fieras, los malos pensamientos, y regresa donde la Reina para entregarle las falsas pruebas de que Blancanieves ha muerto; pero La Reina, al comer las vísceraslo más interior—, comprueba que no ha sido verdad.

Ilustración / Florencia Evdemon

La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar. Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo. Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura. Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquito de legumbres y un bocadito de pan de cada plato, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y quedó dormida. Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.

       Dijo el primero: —¿Quién se sentó en mi sillita?

       El segundo: —¿Quién ha comido de mi platito?

      El tercero: —¿Quién ha cortado un poco de mi pan?

      El cuarto: —¿Quién ha comido de mi verdurita?

      El quinto: —¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?

      El sexto: —¿Quién ha cortado con mi cuchillito?

      Y el séptimo: —¿Quién ha bebido de mi vasito?

      Luego, el primero, recorrió la habitación y, viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:

      —¿Quién se ha subido en mi camita?

      Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:

      —¡Alguien estuvo echado en la mía!

      Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.

     —¡Oh, Dios mío; ¡oh, Dios mío!  —decían—, ¡qué criatura más hermosa!

       Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche. Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:

        —¿Cómo te llamas?

       —Me llamo Blancanieves —respondió ella.

        —¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos. Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.

El Alma ya reside en el cuerpo humano. Ha llegado hasta allí, pues los siete enanitos, son en realidad, los siete centros denominados chacras, pero en el lenguaje occidental, corresponden a las siete glándulas endocrinas:

  1. Las glándulas suprarrenales, que son dobles, masculino-femeninas.
  2. El bazo
  3. La glándula timo
  4. La glándula tiroides
  5. Glándula pituitaria
  6. Glándula pineal

Estas glándulas son los auxiliares del Alma —que es la energía misma—. Se localiza en el cráneo y la columna vertebral y se irradia a través del sistema nervioso central.

Estos preciosos subalternos —los enanitos—, le sirven para llevar a cabo la misión de trasmitir la energía a través del cuerpo humano; sin ellos, no podría verificarse el proceso de concreción del conocimiento de la acción de las fuerzas de la naturaleza. Del mismo modo, allí se realiza el metabolismo de las sustancias de carácter orgánico, y el metabolismo de pensamientos, sentimientos y emociones; además de la comprensión real, mediante el proceso de interiorización o de intususcepción—. El crecimiento real, el que realizan los seres vivos.

Estos centros magníficos, nos proveen de sustancias imprescindibles para el mantenimiento de la vida orgánica.

La glándula timo, produce la timosina, un grupo de proteínas que forma parte del sistema inmunológico.

Las glándulas suprarrenales generan adrenalina y otras sustancias que ayudan a regular el estrés, el metabolismo y el control de otras hormonas.

El bazo ayuda al cuerpo a combatir las infecciones. El bazo contiene linfocitos y otro tipo de glóbulos blancos llamados macrófagos que engullen y destruyen bacterias, tejidos muertos y sustancias extrañas eliminándolas del torrente sanguíneo cuando la sangra pasa por este órgano.

La tiroides produce hormonas, como: tiroxina, triyodotironina. También puede producir triyodotironina inversa. Estas hormonas regulan el metabolismo basal y afectan el crecimiento y grado de funcionalidad de otros sistemas del organismo.

Ilustración / Iván Alfaro

La glándula pituitaria es considerada como la “glándula principal” del cuerpo. Regula muchas de las actividades de las glándulas endocrinas. Encima de ella está ubicado el hipotálamo. Es él el que decide qué hormonas debe liberar la pituitaria enviando mensajes hormonales o eléctricos.

La glándula pineal es denominada: cuerpo pineal, conarium o epífisis cerebral. Es una pequeña glándula endocrina en el cerebro de los vertebrados. Produce melatonina, una hormona derivada de la serotonina que regula los patrones del sueño.

Como se puede ver, estos órganos son auxiliares de la energía única y eterna que circula por nuestro cuerpo.

Pero continuemos el análisis de este cuento.

Dice a continuación:

La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaría reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó: —¡Vendo cosas buenas y bonitas! Se asomó Blancanieves a la ventana y le dijo:

       —¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traes para vender? —Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores —y sacó uno trenzado de seda multicolor. “Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer”, pensó Blancanieves y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito. —¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo. Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta. —¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente. Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los siete enanos. Imagínense su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo.

       La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron: —La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes. La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó: “Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”. Y respondió el espejo, como la vez anterior: “Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella”. Al oírlo, del despecho, toda la sangre le afluyó al corazón, pues supo que Blancanieves continuaba viviendo.    “Esta vez —se dijo— idearé una trampa de la que no te escaparás”, y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos. —¡Buena mercancía para vender! —gritó. Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo: —Sigue tu camino, que no puedo abrir a nadie. —¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —respondió la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Pero le gustó tanto el peine a la niña que, olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo sobre el precio dijo la vieja: —Ven que te peinaré como Dios manda. La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible. —¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista! —y se marchó. Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron rápidamente y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie. La Reina, de regreso en palacio, fue directamente a su espejo: “Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”. Y como las veces anteriores, respondió el espejo, al fin: “Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella”. Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia. — ¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida! Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos. Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo: —No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.

Ilustración / Angela Barrett

—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una. —No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada. —¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo la blanca. La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, ya no pudo resistir. Alargó la mano y tomó la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo: —¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos. Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo: “Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”. Le respondió el espejo, al fin: “Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país”. Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse. Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron: —No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra— y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados.    La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: “Princesa Blancanieves”. Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí velándola. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita. Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano. Sucedió, entonces, que un príncipe que se había metido en el bosque se dirigió a la casa de los enanitos, para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos: —Denme el ataúd, pagaré por él lo que me pidan. Pero los enanos contestaron: —Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos —En tal caso, regálenmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.

      Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó de la garganta de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida. Levantó la tapa del ataúd, se Incorporó y dijo:

        —¡Dios Santo!, ¿dónde estoy? Y el príncipe le respondió, loco de alegría: —Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo: —Te quiero más que a nadie en el mundo. Ven al castillo de mi padre y serás mi esposa. Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor. A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez que se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó: “Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?”. Y respondió el espejo: “Señora Reina, eres aquí como una estrella, pero la reina joven es mil veces más bella”. La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda. Pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.”

Ilustración / Francesca Dell’Orto

Aquí podemos deducir que hubo tres ocasiones en las cuales Blancanieves pudo ser asesinada, es decir, perdida para nosotros:

En la primera ocasión, la Reina madrastra, llegó a las siete montañas, el asiento de los chakras en el lenguaje oriental o ruedas y llamó a la puerta de los siete enanitos. Esos centros magnéticos ya existían en el cuerpo humano; de lo cual concluimos que el cuerpo físico ya estaba preparado para recibir El alma —Blancanieves—.

Pero hay tres hechos que plantean la posible pérdida de aquella energía espiritual, pues el alma participa tanto del espíritu, como del cuerpo; ella es el eslabón entre ambos.

En la primera ocasión, la Materia, aparentemente enemiga, quiere matarla mediante un collar que anuda a su cuello, pero los enanitos le salvan de morir; presumiblemente cuando el cuerpo físico recibe el aliento divino en los inicios de la materialización de los seres humanos.

En la segunda ocasión, cuando la mente aparece en la humanidad, es salvada de nuevo por las fuerzas de esos siete centros magnéticos. El cabello representa el mundo divino según la Kábala y funciona como una antena que canaliza la energía o prana a los lóbulos frontales.

En la tercera ocasión, la malvada Reina —La Materia—, mediante el engaño de una manzana envenenada —la pasión—, buscó matar de nuevo a Blancanieves. Los enanitos creyeron que realmente había muerto y decidieron no enterrarla en la tierra, pero sí, hacerle un féretro de cristal. Este cuerpo cristalino, es denominado cuerpo de bodas por los Rosa Cruz.

Ilustración / IGN

El Amor hace su aparición en la figura de un príncipe que se enamora al verle rogándole a los enanitos que le permitan cuidarla, asunto que es aceptado por ellos; y mientras es transportada, la manzana envenenada sale de su boca y despierta.

Además, según las enseñanzas de los Rosa Cruz, El alma — Blancanieves—, se torna inmortal cuando se ha dedicado al servicio desinteresado —los enanitos—, las glándulas endocrinas se han unido a los éteres superiores y la han hecho eterna e imperecedera.

Blancanieves va a desposarse con el príncipe e invitan a la boda a madrastra, aunque ella no quiere ir; sin embargo, asiste a la celebración, pero le prestan unos zapatos candentes y muere.

Es muy importante saber que este cuento, uno de los más conocidos, tiene las enseñanzas prístinas y que cada día seduce a más personas de todas las edades.

Como podrán ver, es una narración extraordinaria que aún guarda por su belleza y sencillez, la sabiduría de todas las edades.

 

[1] CORELLI, Marie. El castillo de Asélzion. Traducción de Ramón Barahona Merino. Págs. 111, 112

[2] MARTÍNEZ OTERO. Luis Miguel. Comentarios al Mutus Liber. Luis Cárcamo editor. San RAIMUNDO 58, 28020. Madrid, España. Primera edición para la lengua española. 1986.

[3] BLAVATSKY.H. P. La doctrina secreta. Volumen 1. Tercera Edición Argentina cotejada con la 4ª Edición Inglesa. Pág. 61.