HEREJES Y ASESINAS. LAS MUJERES DEL SIGLO XIX

La posibilidad de lo voluble no implica una puerilidad que brota de la inferioridad y la indecisión. No, implica el desapego de las formas de lo invariable

 

Texto / Juanita Porras Sepúlveda – Collage / Lo gótico tropical 

Qué otra figura es el epítome de lo desconocido más que la mujer. Esa de la que dicen, como masticando un cliché perezoso, que no se puede conocer ni predecir, que es un misterio. El varón, por el contrario, es un cuento infantil abierto a la luz del sol, un mundo sin fisuras ni detalle que se expresa en la típica imagen de felicidad contenida en una cerveza en la mano y en un grupo de amigos a punto de disfrutar un partido de fútbol. No, señores y señoras, no somos ninguno de los dos. La mujer a la que nos referimos aquí es un símbolo, una figura, que lejos está de una mujer de carne y hueso, pero que indudablemente se cuela en nosotras y en la forma en que somos concebidas. Puestas en ese marco aparece la femme fatal, la princesa, la bruja, la loca, la amada, todos espectros que encajan sin contradicción con la concepción de minoría de edad y puerilidad. ¿De qué va esa increíble versatilidad para ser monja y pecadora, niña y adulta?

Si la mujer es símbolo de lo voluble, el varón lo es de lo invariable. La fricción entre ambas figuras es especialmente interesante en dos momentos de auge del discurso masculino: el positivismo y la consolidación de las identidades de las naciones suramericanas en el siglo XIX. En el caso de la ciencia, el XIX fue un momento determinante para el método científico y el paso a la ciencia moderna. El positivismo adoptó un discurso rígido en tanto desestimó toda experiencia que no estuviese sostenida sobre la razón y, por tanto, sobre el conocimiento científico. Paradójicamente, coincidió con el apogeo de una variedad de teorías que hoy son consideradas pseudociencia. Prácticas como el mesmerismo y la frenología llegaron a las naciones americanas y generaron debates no solo en el campo de la ciencia sino en la literatura. A la par se debatía en torno a la identidad nacional de cada territorio. Este ethos que buscaba la élite criolla va en sincronía con la figura masculina de lo invariable en tanto desestimó la experiencia diversa de los indígenas, los negros y las mujeres para la consolidación de un discurso identitario. No obstante, en ese momento había mujeres que ingresaban en el mundo de la política y la escritura, y a partir de ella, al mundo de la ciencia.

En Quien escucha su mal oye, confesión de una confesión Juana Manuela Gorriti narra la confesión que hace un hombre a una mujer, aludiendo a cierto gusto femenino por la escucha pasiva de desvaríos y penas ajenas. Se trata de un conspirador, un revolucionario que cuenta cómo en las paredes de la casa en que se ocultaba tiempo atrás escuchaba una suave voz de mujer. En busca de la fuente del encanto descubre un armario, y en el armario una puerta que da al edificio contiguo, que fue antaño un convento y la habitación de una monja enamorada de quien ordenó construir el pasaje. Este camino a oscuras a través del armario lleva al conspirador al otro lado. Allí observa una pequeña habitación en la que figuran libros de científicos importantes ⸺Andral, Huffeland y Raspail⸺ entre grabados de anatomía y cráneos de estudio. Ese cuarto que parece ser el espacio de estudio de un hombre de ciencia, como dice el narrador, pronto se transforma en un cuadro femenino al ver la labor de tejido, una falda de “gasa cargada de cintas”, flores “colocadas con amor”, perfumes y sahumerio. Es la alcoba de una excéntrica, dice la escritora, una que parece fusionar la delicadeza con el conocimiento científico.

Desde la oscuridad del pasaje el conspirador corrobora dicha excentricidad al atestiguar una sesión de hipnosis. Ante él, la mujer ⸺a la que cree pertenece la voz que ha escuchado⸺ es una maga que celebra los misterios de un culto desconocido. Ella hace del varón hipnotizado un vehículo para conocer el paradero de su amor y al leer por medio de ese hombre el corazón de su amado descubre que le ha traicionado, que se ha enamorado de otra mujer. Como lo mostrarán otras ficciones de la época esa excentricidad producto de la simbiosis entre ciencia e intimidad es peligrosa. Si la ciencia positivista es representante de lo invariable no lo es en el sentido de que no hay progreso sino de que se fundamenta en axiomas incólumes y exige resultados claros y sin fisuras. Por otra parte, la intimidad es el espacio en el que la razón se juega a la par con la sinrazón, y se presenta la posibilidad de fracturar lo inamovible. Es por eso que la ciencia al servicio de la intimidad, en la que se cuelan flores y perfumes, que se mueve por amor, se convierte en herejía.

Es especialmente curioso que Gorriti elija reescribir el espacio que anteriormente le perteneció a una monja. Aparece ahí nuevamente la versatilidad de la figura mujer, que es onda a la vez que partícula, mística y también monja. Es por eso que no hay tal cosa como La mujer, aquello no existe, como dijo Lacan. Como símbolo es una metonimia de lo múltiple, y para una mujer esa posibilidad que se abre con el símbolo es la posibilidad de ser más que un solo sujeto y agrietar con ello esa idea de que existe una personalidad inamovible.

La posibilidad de lo voluble no implica una puerilidad que brota de la inferioridad y la indecisión. No, implica el desapego de las formas de lo invariable. A quienes se les ha asignado la rigidez, a quienes se les ha dicho que deben conformarse con la felicidad de la cerveza en la mano, también en ellos está la posibilidad del desapego, también en ellos está el símbolo, así como en nosotras está su rigidez. Y, por tanto, en la ciencia y en sus axiomas también están las fisuras y en ellas la posibilidad de una herejía.

Herejes y asesinas, las mujeres del siglo XIX by Viajes en barca

En Todos los viajes se hacen en barca nos embarcamos hacia lo desconocido. Hablamos de literatura fantástica latinoamericana, de ciencia, historia y filosofía. Y abrimos los cuartos secretos, los sótanos y los áticos, de esta casa que somos.

Esta convivencia entre lo invariable y lo voluble aparece en un personaje peculiar para la época: Eduardo L. Holmberg, que no solo fue escritor de fantasía científica a finales del siglo XIX sino una de las principales figuras de la ciencia natural en la Argentina. En La bolsa de huesos Holmberg relata el misterio de dos bolsas de huesos que, como descubrirá el científico protagonista, pertenecen a dos estudiantes de medicina. Gracias a la frenología ⸺que para el momento se creía que determinaba las facultades mentales de acuerdo a los relieves del cráneo⸺ el científico descubre que se trata de dos estudiantes ejemplares, con una “inteligencia equilibrada”, con un toque de prudencia, destructividad y veneración. El protagonista juega al detective haciendo uso de la ciencia, pero claramente se encuentra en el terreno de la ficción, por lo que sus descubrimientos están al servicio de la literatura, de su femenina versatilidad. Y la fricción entre ciencia e intimidad, pues la literatura es producto del espacio privado, es palpable en su escritura cuando el protagonista alude al fantaseo de poeta que aparece cuando debería estar escribiendo “con la severidad de un geólogo”: “establecióse una lucha entre las acciones de la razón, de la voluntad y el lirismo, y comprendí que el numen científico me abandonaba”. Así, las ficciones de Holmberg fusionan lo voluble del lenguaje poético, lo incierto de la fantasía y lo invariable de las formas del discurso científico.

El misterio de las bolsas de huesos se resuelve cuando el protagonista descubre que ambos estudiantes han sido asesinados por una mujer, Clara, que se trasviste para atraer a sus víctimas por medio de sus amplios conocimientos en medicina. Cuando el narrador se enfrenta a ella, cara a cara, le dice que quiere hablar con la mujer, no con la máscara, así que ella reaparece con un vestido de satén y labios carmesí, dice el narrador que como una Friné, una hetaira. Para él ese es el papel ‘real’ de la asesina, pero lo que ignora es que allí reside otra máscara, que todas son máscaras: el estudiante versado, la madre, la asesina y la hetaira, que Clara es la posibilidad de ser hombre para ocupar el espacio público de la medicina y ser mujer para ocupar el íntimo de la maternidad y el despecho. Esa versatilidad, como vemos, no solo está en Clara sino en Holmberg, con lo que ese discurso, asociado a una forma estereotípica de ser hombre y ser mujer, se derrumba. No obstante, los símbolos permanecen y su fusión –puesta en el encuentro entre la ciencia y la intimidad, en la figura de la mujer mística y la mujer asesina– no solo es peligrosa sino también subversiva, pues es lo que hace posibles nuevos discursos, y qué otro espacio más propicio para lenguajes herejes y fantásticos que la literatura.

Instagram: @juanita_entrecomillas y @viajesenbarca

Este ensayo hace parte de Todos los viajes se hacen en barca, proyecto subvencionado gracias a la beca de crítica cultural y creativa del Ministerio de Cultura de Colombia.

 

Bibliografía

Gorriti, J. (2019). Sueños y realidades. Eudeba.

Holmberg, E. “La bolsa de huesos”. En Deautier, A. & David, J. (1967). Antes que la ciencia fuera ficción (pp. 117-189). Ediciones de la Flor.