La metrópoli es, metafóricamente hablando, eso deshabitado que habita en el hombre. Y todo individuo es aquello descorporizado que vive en la urbe. En la incertidumbre de las calles. De los zaguanes. De los rincones.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón*

“El animal en sus apariencias esconde

una fuerza misteriosa”

Hoffmann.

 

La ciudad es, más que muros y calles, rumores y desesperación. Ocultamiento. Prohibición. Materia que se diluye en el placer. En la grata sensación del temor. Del miedo. De lo que psicológicamente nos sugestiona. Y nos sugestiona porque, aun siendo una cicatriz, ansiamos la herida. La llaga. Incluso, mucho antes apetecemos el puñal. La navaja. Aquello que desmembrará el miedo de la psique, transformándolo en lujuria. En vida. En existencia.

Lo mismo debe decirse del ser humano. El hombre es mucho más que huesos y piel. Es eso que no se ve, porque es aquello que apenas se siente. Así, cualquier sujeto, al igual que la urbe, es como un susurro. Como esos ruidos de la ciudad en la que ha crecido. Y en la que seguramente morirá.

La metrópoli es, metafóricamente hablando, eso deshabitado que habita en el hombre. Y todo individuo es aquello descorporizado que vive en la urbe. En la incertidumbre de las calles. De los zaguanes. De los rincones. Y, justo en ese límite, casi imperceptible, se unen hombre y ciudad.

Entonces, el ser humano descorporizado que deambula por la metrópoli la hace vivir con su presencia, llenándola con su cuerpo y, a la vez, dicho sujeto es poseído (habitado) por lo deshabitado: por un muro, un ladrillo, una calle: por esa materia fría e inflexible de la que, en apariencia, está hecha la ciudad.

En este sentido, eso deshabitado que habita en el ser humano se hace una idea, un recuerdo, una imagen. Una memoria. Un relato o, tal vez, miles de ellos. En tales circunstancias, estos dos organismos que se habitan y se deshabitan, que se atraen y se repelen, permiten concebir que lo monstruoso no es un engendro de la mente.

Tampoco una idea mal formada que subyace desde lo recóndito de nuestro pensamiento quimérico (imaginativo). Al contrario, este vínculo entre el hombre y la ciudad ya no es aberrante porque ambos cuerpos mutan al vaivén de sus necesidades, al vaivén de sus correspondencias. Quizás, por ello, Rodrigo Argüello expone que la urbe es una madre enferma que nos engendra una y otra vez, una y otra vez.

Y en ese ir y venir: del muro a la calle, de lo material a lo inmaterial, de lo visible a lo siseante, de la piel al dolor, o del hueso al tuétano, se sobreentiende que lo monstruoso es más que una perturbación de la mente: es, en sí, un desarraigo de lo cotidiano: una mirada sensata a lo anormal, a lo atípico. A eso que nos causa temor, pero que ya pasó.

Lo profundo ama la máscara, dijo Nietzsche, y es exactamente lo que descubro en el vínculo que hay entre el hombre, la ciudad y la literatura: un amor fuerte no solo por lo profundo, sino, también, por las máscaras, lo que hace que lo monstruoso sea cada vez más cotidiano, más cercano. Más propio del ser humano.

De acuerdo con estos argumentos, el abismo que nos mira hoy no será el mismo precipicio que nos acogerá mañana. De hecho, en esta relación constante (hombre, ciudad y literatura) el abismo ya no es esa profundidad oscura a la que tememos.

Ahora, la lobreguez que nos aterrorizaba se ha anclado en nuestro ser, en nuestras ciudades; y ha sido así porque la literatura, en su esencia, debe transformar, a través de la palabra, aquello que es monstruoso en algo natural.

Ilustraciones / Bernie Wrightson

Así, llega un momento en el que lo monstruoso ya no es monstruoso. Y se convierte en paisaje, en panorama. En ese horizonte que día a día descodificamos en la literatura y que, de una u otra manera, interiorizamos hasta transformarnos como seres humanos.

Algo aparentemente normal habita nuestro ser mediante la literatura. Hoy, por ejemplo, no existe una aversión tan evidente hacia Frankestein; y no la hay porque, en el fondo, todos somos un poco como el hombre-monstruo creado por Mary Shelley.

Por tanto, esos lazos complejos e implicados entre el hombre, la urbe y la literatura, desmarcan la lejanía que hay entre las ruinas y la muerte, para evidenciar que nuestra existencia se teje desde las grietas, desde ese principio fundamental de la vida llamado muerte. Esto es: aprendemos a aceptar lo monstruoso. Lo monstruosamente humano. Lo monstruosamente citadino.

Los argumentos planteados sugieren que la literatura posibilita al hombre, por medio de la ciudad, transgredir lo paradigmático. En otros términos: establecer lo novedoso. Lo que causa furor, terror, miedo. Congoja, si se quiere.

Porque esa es la función principal de la literatura: anticipar lo por-venir, todo aquello que conmueve y fascina, sin importar que lo cotidiano deba aceptar tanto lo bello como lo feo; en sí, aquello que es horrendo, pero que, al tiempo, puede ser horrorosamente bello. De acuerdo con Kant, se dirá que lo tenebroso y lo infernal no caben en el concepto de belleza porque, en definitiva, estas acepciones solo refulgen en el núcleo de lo sublime.

La tesis que planteo es simple: si el miedo agudiza los sentidos, entonces es funcional para el hombre: crecen sus ideas, se transforma su pensamiento, se moldean sus comportamientos. Asimismo, sucede con la metrópoli: en el terror se expande, se reconstruye, se metamorfosea.

En este sentido, ambos cuerpos, hombre y ciudad, se diluyen y confluyen en la literatura porque solo la palabra los une y los separa; sin embargo, dicha separación no los escinde de la necesidad natural que los convoca: la condición humana; el cambio de lo estereotipado, de lo paradigmático.

A mi modo de ver, es indiscutible que la literatura les brinda nuevas posibilidades de ser. Por ello, es imposible percibir al hombre y a la ciudad como una materia inmóvil que fenece. Es todo lo contrario: tanto el sujeto descorporizado que deambula por la metrópoli como la urbe deshabitada que habita a la persona se transforman en la hondura de las palabras.

Y viven para la eternidad en esas tramas dramáticas, enmarañadas, monstruosas, que solo la literatura puede permitirles. Por estas circunstancias, lo monstruoso deja de ser extraordinario: porque cada monstruo que vive se hace y se deshace en ese foco común que une al hombre con la ciudad: la literatura.

Otro aspecto fundamental que no puede obviarse es el tiempo, concepto que va en doble vía. Por un lado, cada urbe tiene y vive su propio tiempo; y, por el otro, cada sujeto también lo posee, viviéndolo de manera particular.

Esto supone que esa sustancia tan compleja carece de una secuencia lógica, pues, en lo profundo de su acepción, el tiempo es tan móvil y voluble como los son, precisamente, el hombre y la ciudad.

Escribo este argumento sobre el tiempo porque, de manera paulatina, ha acercado al monstruo a la cotidianidad de la urbe. A esos espacios por los que deambula el ser humano. Y esta cercanía se legitima porque el individuo sabe en qué momento debe ser monstruoso y en qué situaciones volverse humano.

Por tanto, el tiempo de los hombres no se libera de los muros de la ciudad. Y, aunque las personas vivan otro tiempo, al parecer distinto al de la metrópoli, ello no significa que puedan desmarcarse de los mandatos inexorables que les exige esa ciudad por la que circulan.

Esta es la razón por la cual lo monstruoso (terrorífico) ha dejado de ser extraordinario: porque en la urbe nada es imposible y todo es necesario, y porque, de una u otra forma, hay algo que caracteriza exclusivamente a los seres humanos: el olvido.

Pero no me refiero a esa capacidad de borrar de nuestra memoria lo vivido. El olvido que referencio es aquel mediante el cual lo experimentado se hace un relato del recuerdo, puesto que el lenguaje es acción, potencia, remembranza, argumentos. Un foco lingüístico con el que –nos dice Pinker– traemos a colación, a través de la memoria de las palabras, algunos discursos “olvidados”.

El olvido es, entonces, aquello que el tiempo, con su transcurrir infalible, desvanece a una pequeña sombra, a un término que conserva el vigor del relato guardado. Por consiguiente, de olvido en olvido el monstruo se hace hombre y habita entre nosotros. Es más: babea en nuestra consciencia y boquea, con o sin náuseas, en el umbral de nuestra puerta, en ese límite misterioso que hay entre el ser y el no-ser.

De hecho, con la literatura el monstruo deja de ser una utopía y se vuelve real. Una realidad de la que no podemos huir y, si lo hacemos, la bestia ya tiene vida. Y camina entre nosotros como un ente. Como una entidad que poco a poco pasa de la extrañeza a la cotidianidad, de la oscuridad a la luz.

En síntesis, el hombre, la ciudad y el monstruo se van configurando desde esa hondura semántica que hay en la palabra y, por supuesto, en la literatura. Y ello es así porque lo monstruoso ya no es utópico, sino real, frankensteiniano: humano. Inclusive, el monstruo también está hecho de carne y hueso, de acero y cemento, de ideas y mutaciones. De sangre y fetidez.

Es decir, los individuos se movilizan así: de las aceras de la urbe a las arterias del monstruo, y viceversa; lo que demuestra que el ser humano se hace hombre-lobo. O engendro en la isla del doctor Moureau; tal vez, vampiro en esas montañas góticas de Transilvania y, por qué no, un holograma mutante proyectado por la invención de Morel.

En tal caso, este sujeto, zurcido y remendado, es la antesala del hombre fragmentado. De ese individuo compuesto por remiendos in-visibles, por ideas foráneas, por actitudes desconocidas. Pero, aun así, erguido, consciente de sus posibilidades, de sus roturas.

Ahora bien, lo monstruoso deja de ser extraordinario porque, en esencia, el hombre no es uno, sino dos –como lo enunció Stevenson–|, y porque, tanto la literatura como la ciudad tienen una función primordial: desenjaular al monstruo que se encuentra encerrado en nuestro ser, tras esa proxémica semántica que vuelve lo ficticio real, cotidiano.

* Twitter: @wilmar12101

 

Referencias

  • Argüello, R. (2004). Ciudad gótica, esperpéntica y mediática. Bogotá: Ambrosía Editores.
  • Kant, I. (2013). Observaciones sobre lo bello y lo sublime. México, DF: Fondo de Cultura Económica.
  • Nietzsche, F. (2011). Más allá del bien y del mal. Madrid: Editorial Edaf.
  • Pinker, S. (2012). El instinto del lenguaje. Madrid: Editorial Alianza.
  • Stevenson, R. (2017). El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde. Madrid: Editorial Visor.