Brave New World de Aldous Huxley es una novela que está escrita como ficción, pero que sirve como obra de reflexión para describir cuál ha sido el destino del hombre como ser sapiente desvinculado cada vez más de su naturaleza trágica y finita.

 

Por Jhonatan Valencia Torres

Publicada en 1932, Un mundo feliz de Huxley suele presentarse como una novela distópica, es decir, una ficción en la que se plantea una sociedad indeseable en sí misma. Sin embargo, dicha “distopía” no puede ser más que una radiografía completa de nuestro mundo actual. Siglo XXI de nuestra “era fordiana”, este es evidentemente un mundo feliz en el regazo de la estimulante cultura del entretenimiento, la industrialización y las redes sociales. Si bien no es este un mundo donde los seres humanos nacen en frasquitos gracias al método de “bokanowskyficación”, como se da en la novela de Huxley, sí es uno en el que cada vez más se da una estandarización de los individuos que están inmersos en la homogeneizada cultura de masas.

Nuestro mundo moderno (feliz en la ignorancia de sí mismo, desvinculado de su origen, y abocado en la artificiosa maquinaria de las luces del mundo del espectáculo), ha elegido el camino del placer equiparándolo con el de la felicidad y ha abandonado la senda de las preguntas fundamentales que son el sello característico de su legítima humanidad.

Para el hombre moderno, igual que para el de la novela de Huxley, basta solo con ocho horas de trabajo, un poco de deportes y cine, algo de soma[1] y jornadas esporádicas de copulación sin trabas para hallar en ello la fórmula del sumo bien.

En esta sociedad que iguala y a veces hasta supera la misma ficción (¡qué diría Poe de ello!), hemos abdicado de nosotros mismos, al punto en que truncada está nuestra idea de lo sagrado; no tememos a la muerte puesto que no existe salvo como una historia de ficción que se da solo en las pantallas; vivimos en la bendita ignorancia de la pasión y la vejez; y en la que la enfermedad no es algo para lo que el hombre esté dispuesto a mostrar en sus perfiles y estados en redes sociales[2].

El tiempo, substancia de la que estamos constituidos, se reduce a un eterno presente  y, como niños, desligados estamos del pasado en la tiranía del instante que brinda el placer, y en esa medida no hay una proyección real hacia lo que pretendemos como futuro.

En este mundo feliz en el que nuestra pleonexia crónica ya ha hecho metástasis gracias a nuestro afán por lo nuevo, descartamos paulatinamente todo lo viejo, todo lo que de suyo nos describía como seres menesterosos y trágicos, en suma, todo lo que nos plantaba como seres finitos merced al reino de la necesidad.

En las antípodas del recuerdo, como justo se da cuenta el “salvaje” protagonista de la novela, quedan las líneas de Shakespeare, la sabiduría del mito, las reflexiones filosóficas y científicas serias, para dar paso a un tipo de “saber” motivacional resumido en pequeñas sentencias carentes de profundidad[3] y unos ensayos de ciencia que en nada se diferencian de un recetario de cocina.

Así, entre la dicha que da el placer fugaz y lo que antaño llamábase arte sublime, ha sido el arte el sacrificado en aras de las llamadas “creaciones postmodernas”, pastiches de la creación artística, muerte del arte mismo. La felicidad, o mejor, la tiranía de lo efímero consumible en la que estamos sumidos ha sido preferible a los afanes que brinda la angustia del existir.

La estabilidad y comodidad de nuestros espacios vitales (virtuales) con sus series televisivas y toda su contracultura, son preferibles a la inestabilidad y los vaivenes de nuestras constantes y “antiguas” luchas contra la fortuna, las desgracias, las tentaciones de las furibundas pasiones y las profundas dudas de nuestra existencia.

Se podrá objetar que este es justo el momento donde la ciencia avanza a pasos agigantados y donde ha habido más posibilidad en la historia para la difusión del conocimiento. Sin embargo, sublime paradoja, la ciencia misma hoy en día se ha burocratizado y dogmatizado; ya lo dijo el mismo Feyerabend, se ha aceptado como paradigma un mismo método de investigación y todo lo que no pase por la criba de dicho estándar no se considera científico.

Y para el caso de la difusión del saber ocurre otro tanto: el exceso de información de esta mal llamada “sociedad del conocimiento” contribuye a un extravío del mismo conocimiento, y es lo que en la obra de Huxley vendría a identificarse con el “Horror instintivo a los libros y a las flores” característico de estos nuevos ciudadanos del mundo.

En efecto, al educarnos y al educar desde pequeños a las nuevas generaciones sometiéndolas a esos constantes choques eléctricos de vértigo de información, tenemos como efecto a un individuo inmune y apático al saber, y no uno que genuinamente vaya en búsqueda de una verdadera sabiduría que solo puede dar una lectura con detenimiento y un reflexionar hacia sí mismo.

Nuestro afán por estar a la vanguardia de la nueva información ha creado un vacío que ya ni los saberes antiguos pueden colmar. Las viejas voces del pasado, que bien dijo Bernardo de Chartres eran las voces de gigantes[4], han sido acalladas y en su lugar han quedado los simulacros del saber, placebos para el alma.

Es por eso que de suyo la esencia misma de la novela de Huxley acierta de manera contundente en la descripción de nuestros tiempos modernos; el futuro no es la ficción que describe Huxley, el futuro es el ahora en el que vivimos. Esta es una de las licencias que bien pueden tomarse la literatura y el arte; no tienen precisión científica, pero sí poseen la contundencia crítica para describir el estado espiritual en el que se encuentra una sociedad.

En el caso de la nuestra –gracias al ojo predictivo de Huxley y al de muchos otros, empezando por Platón–, asistimos a la desaparición cada vez más refinada de nuestra individualidad y heterogeneidad en función de un comportamiento más homogéneo y estandarizado.

Cortesía / James Pascual.

En este “futuro-ficción” que no es más que un ahora, nuestra visión del conocimiento está amparada en una visión matemático mecanicista que solo tiene en cuenta los efectos de los fenómenos, pero no las causas de los mismos. Sabemos para qué sirve algo mas no por qué sirve y cuáles son las leyes y principios que lo rigen.

El saber ha quedado bajo la celosa custodia de unos pocos y  así, la autonomía del pensar que reclamaba Kant, y que es la que nos describía como seres humanos y pensantes, no ha podido ser parte nuestra en esta época. Por contraste, el hombre de nuestros tiempos solo debe encargarse de ser feliz y tiene a merced un sistema económico y cultural que le brinda esas posibilidades.

Reza el principio del utilitarismo de Jeremy Bentham: “el máximo bienestar para el máximo número”. En este sentido el fin del hombre gira entorno a la satisfacción de dicha búsqueda y a adaptarse como un engranaje a un sistema colectivo de adquisición de bienes y satisfacción constante de necesidades. Impera en nuestra sociedad el “principio del egoísmo colectivo”, y así cada cual, independientemente de los medios que elija, se procura su propio bienestar en esos pequeños y fugaces placeres que brinda el medio.

Como consecuencia, “he aquí un hombre” hecho a imagen y semejanza de un paradigma que ha desmitificado sus imágenes sagradas y ha roto el vínculo con su “physis” elemental; un hombre vacío espiritualmente abocado en la presurosa carrera por adquirir más en la selva artificial que ha erigido. Este es el hombre moderno, el hombre sin Dios, el hombre sin vejez, el hombre sin muerte, el hombre sin arte, el hombre sin tragedia, el hombre sin humanidad.

No sirve pues para los fines prácticos de una sociedad como esta un individuo con preguntas, un curioso, un nefelibato incauto, un idealista, un poeta anquilosado en viejos sonetos, un amante de antiguas tragedias que las siente como un espejo de sí mismo, un sifilítico, un canceroso, un inmoral, un ferviente creyente en viejos dioses.

Ese tipo de individuos, a fuerza de la presión colectiva que ejerce la masa homogeneizada y dada la inconveniencia para el sistema, son los que se hacen acreedores del ostracismo social y precisamente son los que metafóricamente Huxley manda a vivir a islas lejanas donde no signifiquen un peligro para la “civilización fordiana”.

¿Hacia dónde se dirige este hombre? El arte tiene la respuesta. El Bosco también dio una de esas respuestas en su universal pintura El carro de heno (1512 – 15): la humanidad abocada en sus afanes, en la vanidad por los bienes materiales y deslumbrada por las trampas de su ego, cultiva su propia caída, su propio extravío que en el cuadro está representado por el heno, la paja inútil que el hombre en su ceguedad atesora y considera como la más valiosa de las piedras preciosas y la mayor de las fortunas a alcanzar[5].

“Siglo XX cambalache, problemático y febril” es el mundo que una vez soñó Huxley, pero no como una plácida fantasía onírica, sino como la gran escena de un vidente que advierte en los recovecos más profundos de su alma el preludio de una destrucción.

Esta es la herencia de las guerras (1914-1918; 1939 -1945) y del afán de la humanidad por superar el trauma del no querer sufrir, mas como terapia colectiva hemos elegido justo el extremo más inconveniente, y es precisamente la negación de todo dolor, la negación de nuestro ser más profundo.

Ante todo, somos muerte desde que nacemos, pero en nuestras luchas trágicas, purificadoras, catárticas, humanas demasiado humanas, en la comprensión y realización de nosotros mismos podemos alcanzar la altura de los dioses y la grandeza de los héroes de antaño. Porque “es más noble sufrir en el alma/ los golpes y saetas de la suerte, / o tomando las armas contra un piélago / de desgracias, triunfar de ellas al fin…[6]

 

Citas

[1] El Soma es la droga que consumen constantemente todos los personajes de la novela de Huxley para evitar la depresión. Esta droga se basa en el soma que utilizaban los brahmanes en la época védica en la India hace mucho tiempo. En la novela se dice que un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos y que tiene todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, sin ninguno de sus efectos secundarios.

[2] Cap XVI.

[3] “Amigos míos, amigos míos ¿Qué es esto? ¿Por qué no estáis unidos? ¿Por qué no sois felices y buenos?” “Felices y buenos”, repetía la voz. “En paz, en paz”. Ibid.

[4] “Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura”. Citado por el discípulo Juan de Salisbury en su obra Metalogicon de 1159 (III, 4).

[5] Si bien es un contexto completamente distinto y las pretensiones del Bosco pueden servir a un periodo histórico particular, esta obra sirve como metáfora de la constante lucha en la que se ve sumida la humanidad. He ahí la atemporalidad de la obra de arte y la universalidad de su espíritu.

[6] Hamlet, III, 1.