Debo declarar, para no imponerle al lector falsas comprensiones, que apenas me inicio en la obra de Joyce. Llego a ella con la reverencia que su grandeza impone. La abordo progresivamente en sus primeras obras narrativas –Dublineses, en la traducción de Cabrera Infante, y Retrato de un artista adolescente, en la traducción de Dámaso Alonso–. En torno al escritor como suma de voluntades.

 

Por / Carlos Alberto Villegas Uribe*

James Joyce pertenece a ese amplio número de nombres literarios sobre los que se asiente vacunamente, pero cuyas obras de frontera muy escasos lectores tienen la valentía de enfrentar. El mito literario como paga irrisoria a la férrea voluntad de instaurar universos insospechados. La angustiosa soledad de los demiurgos que anhelan ojos para sus palabras y aventureros en sus fabulosos territorios. Pero, también, la solidez de una obra escrita con voluntad de trascendencia reservada para los lectores del futuro.

Antes de continuar, debo declarar, para no imponerle al lector falsas comprensiones, que apenas me inicio en la obra de Joyce. Llego a ella con la reverencia que su grandeza impone. La abordo progresivamente en sus primeras obras narrativas Dublineses, en la traducción de Cabrera Infante, y Retrato de un artista adolescente, en la traducción de Dámaso Alonso.

Subrayo las traduccciones en mi deseo de evidenciar los puentes que tendieron los escritores iberoamericanos para acercar los lectores “hispañoles” a la propuesta revolucionaria del creador irlandés. Sin embargo, aún me acerco a obras posteriores desde la lejanía de un mapa trazado por otros, porque ayudan a explicar al escritor como suma de voluntades.

Una de las voluntades esenciales del escritor –y del artista en general– es sin duda su Voluntad de poder. No entendida desde la falsa propuesta nietzscheana que cambiaba cielos inexistentes por retornos improbables –propuesta mesiánica que justificó de alguna forma los horrores de los hornos de gas, desenmascarada ya por Jorge Luis Borges en 1944–, sino como una Verdadera Voluntad entendida desde Michel Ende en su Historia sin fin.

La Voluntad creadora del demiurgo capaz de superar las dificultades existentes en el entorno, conjurar los elementos y dar vida a una obra que instaura mundos. Una actitud retratada en la sentencia de Gabriel García Márquez: “Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad”.

Ya hace parte de la mitologia del Nobel colombiano, ratificada en Tras las claves de Melquiades, del periodista y escritor Eligio García Marquez. Según Eligio, su hermano Gabriel “le contaba a sus amigos cercanos –Mutis, Buñuel, Fuentes–, antes de dar a luz a Cien años de soledad, que estaba escribiendo un libro más grande que la Biblia. Esa voluntad de escribir El Libro –así, con mayúsculas–, que encarna quizás como ninguno el también autor de Ulises y Finnegans Wake.

En un lejano ensayo de la Revista Iberoamericana (Vol XXXVI, número 72, julio septiembre de 1970) Guillermo Sucre subrayaba la admiración de Borges por ese enorme prestidigitador de signos, confesada en su poema “Invocación a Joyce”: “En ese poema recordamos, Joyce, el verdadero solitario, el desterrado, el hombre de los “infiernos espléndidos”, es el gran símbolo de la aventura creadora del arte contemporáneo. Por ello Borges dice no poder escribir ya “El libro que lo justificará ante los otros”. Ese libro es de alguna manera el Libro, pero quedará siempre inconcluso. Cada hombre, cada generación, asume incesantemente la tarea de escribirlo o reescribirlo. La muerte no lo detiene. Pero la muerte es también un comienzo. Ese libro es circular como el universo”.

Y allí radica la esencia del acto escritural, una demanda filogenética que se perpetúa de generación en generación, signo tras signo. Una exigencia que no se agota en la palabra escrita, que concita e involucra la narrativa vital de cada ser humano como escritor y como lector de historias únicas e irrepetibles. Ningún Ulises es igual a otro.

Aunque la novela Ulises es un referente del imaginario del hombre ilustrado de nuestro tiempo, en pocas mentes la mención de Finnegans Wake crea la huella acústica que el arduo trabajo de Joyce pretendía. Francisco García Tortosa, catedrático del la Universidad de Sevilla, en el Departamento de Filología Inglesa, con especialidad en Literatura Inglesa y Norteamericana, dirigió, a principios de la década del noventa, la traducción de un fragmento de Finnegans Wake: “Ana Libia Plurabelle”. Una obra que sin duda hubiese ocupado un lugar de excepción en los anaqueles hexagonales de La Biblioteca borgesiana. Libro de culto que no tiene lectores sino estudiosos.

García Tortosa enfatiza que es tal la pretensión de totalidad de Joyce en esta obra que para abordarla se requiere una preparación previa, una vocación y un carácter determinado. Y recupera la anécdota de uno de sus fanáticos (freakis o frikis, los llaman ahora los jóvenes madrileños) que confesaba con cierta desesperación y desengaño, en un simposio celebrado en la Universidad de Sevilla en 1982, que después de 20 años de dedicación exclusiva a interpretar Finnegans Wake seguía sin saber de qué se trataba.

Contra viento y marea y con una firme voluntad de poder, Joyce creó dos obras monumentales, dos Everest Literarios reservados a muy pocos, valientes y bien dotados expedicionarios. Luego de su arduo esfuerzo de traducción, que considera realmente un acto de creación, Garcia Tortosa, otro iberoamericano que tiende puentes de acercamiento a los lectores hispañoles con las creaciones del “Cervantes Irlandés”, declara: “Finnegans Wake continúa representando el desafío ante el que se estrella nuestra vanidad, pero a la larga dará lugar a un nuevo lector y, por consiguiente, a una nueva crítica capaz de explicar el vacío, o el silencio, en la plenitud de la lengua”.

El trabajo serio, juicioso, responsable de Garcia Tortosa, impensable en una sociedad que sólo se dedicara a cuestiones pragmáticas, nos deja al final un texto musical que, si no reproduce las significaciones originales de Finnegans Wake, si nos devuelve la esencia de la voluntad creadora de Joyce: llevar al límite su experimentación lingüística; escribir una obra con un lenguaje de umbral superior sustentado en el inglés, pero enriquecido eufónicamente con imbricaciones de otros varios idiomas. Esta traducción nos deja finalmente a las orillas del “Glígligo” patentado en “Rayuela”, que sin duda escancia en los directos alambiques de este irlandés sin fronteras.

Para provocar el encuentro de los lectores hispañoles con la traducción de Finnegans Wake de Garcia Tortosa, transcribo las eróticas sugerencias del único texto de “Glígligo” conocido hasta ahora, consignado en su totalidad en el capítulo 68 de la obra del franco-argentino Julio Cortázar:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

*Escritor y artista colombiano (Calarcá, Quindío, 1961). Ph.D. (sobresaliente cum laude) en Lengua, Literatura y Medios de Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid, UCM (España). Tiene estudios de Maestría en Escritura Creativa en University of Texas at El Paso UTEP (Estados Unidos). Fue profesor universitario. Creó la cátedra Psicogénesis de la Risa en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana. Director de la revista Termita Caribe y del Boletín de la Red de Estudios Interdisciplinarios sobre la Risa —Reir—, T.A. en la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea en la Utep. Autor de los libros de ensayo La caricatografía en Colombia: propuesta teórica y taxonómica y Caricatografía y periodismo, y el libro de relatos Cuento contigo. Ha publicado en revistas de Colombia e internacionales.