Kafka, el hombre bicho

El hombre kafkiano es fragmentario, roto, porque la inconclusión humana es esa pulsión obsesiva que nos lleva a concluirlo todo, a destruir para hacer otra vez

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“¿No es increíble que el más duro de los conservadores

sea capaz de aceptar el radicalismo de la muerte?”

Franz Kafka.

 

Para Franz Kafka el mundo, en su condición natural, es perfecto, está dotado de su propia belleza y los ciclos de vida y muerte son tan dinámicos que ellos mismos equilibran y regulan la estadía de las demás especies en la tierra. En este sentido, nada sobra, porque nada hace falta. Todo se haya en armonía, justo en ese límite entre lo que es y lo que no es.

Cada cosa se encuentra, entonces, con un pie en la tierra y con el otro en el abismo. En otras palabras, es importante indicar que todo en el universo observa el horizonte, lo porvenir, pero, del mismo modo, presiente el precipicio que poco a poco les devora las espaldas. En tal caso, para Kafka la perfección está ahí: en determinar cómo la oscuridad también tiene la misma proporción de luz.

¿Y a la humanidad? ¿Qué le queda? ¿Hace parte de esa perfección universal? En realidad, no. Al ser humano, lo descubro a la luz de las obras kafkianas, solo le queda la imperfección, el error, el desliz, la culpa, esa transformación del sujeto en monstruo; o en bicho, si se quiere, como lo demostró el mismo Kafka con Gregorio Samsa.

Esto supone que el equilibrio está logrado en el mundo; sin embargo, el desequilibrio es, por supuesto, esa forma creativa-destructiva que halló el ser humano para posicionarse en el universo como una especie dominante. Por ello, el hombre kafkiano es fragmentario, roto, porque la inconclusión humana es esa pulsión obsesiva que nos lleva a concluirlo todo, a destruir para hacer otra vez.

Pero la imperfección del hombre, por curiosa que parezca su forma y la manera de llevarse a cabo, también demuestra algo sorprendente: lo perfecto no se anida solamente en lo bello, en lo estable, en lo invariable; asimismo, florece en las hendijas, en las fisuras, en el descascaramiento de la piel; en sí, las ruinas anuncian que la perfección solo puede surgir de eso que un día fue imperfecto, humano.

Esta paradoja, la perfección de lo imperfecto, es una de las estrategias literarias y lingüísticas con las que Franz Kafka teje, a lo largo de su vida, una obra narrativa esplendorosa y genial a través de la cual nos señala que el hombre es tan oscuro como la luz. De hecho, es Kafka quien nos pone en jaque al indicarnos que la muerte no es un imaginario de la vida; es todo lo contario: la vida es, filosófica y existencialmente hablando, un ensayo de la muerte.

La paradoja puede definirse como una figura literaria lógica, como un tropo que sentencia un equilibrio de contrarios. Esto es: vincular, de una u otra forma, aquellas cosas que, en apariencia, son antagonistas, inconciliables. En el fondo, se trata de desvelar que la verdad no está detrás del antifaz, sino que, en muchas ocasiones, se halla en la máscara misma.

Para comprender a plenitud la paradoja como recurso literario, el propio Kafka usó una de ellas antes de morir. A punto de fallecer, consumido por los dolores de la vida y de la enfermedad que lo aquejaba, el escritor checo solicitó a su médico la inyección de opio que este le había prometido para evitar esa decadencia atroz y terrible a la que nos conduce la muerte. Al notar la vacilación del doctor, Kafka le dice: “máteme; si no me mata, es usted un asesino”.

Kafka no solo utilizó el lenguaje al servicio de la literatura; además, nos enseñó que la existencia humana es esa palabra que nos libera de nuestro encierro o que nos condena a ese mundo inútil de la futilidad al que estamos tan acostumbrados a caer. De hecho, La metamorfosis, su obra más célebre y conocida a nivel mundial, no deja de sorprenderme porque, en lo profundo del bicho no está el monstruo, sino el hombre que un día fue Gregorio Samsa.

En el gran legado literario que el escritor checo le heredó a la humanidad, también descubro otro recurso literario con el que Kafka anticipa el desarrollo crítico del pensamiento moderno al que se vería abocado el hombre del futuro. Lo más paradójico, en este caso, consiste en que Franz aborda un discurso milenario, antiguo, para apuntalar al sujeto de la modernidad en la base del porvenir. Hablamos, por supuesto, de la parábola.

A semejanza de la paradoja, la parábola es un texto por medio del cual se denuncia un hecho real a través de otro suceso que, con regularidad, solo obedece a la insinuación o a lo que podemos denominar acto fingido. Es decir: la descripción de un evento nada tiene que ver, en apariencia, con el otro; sin embargo, sus raíces son tan intrincadas y el núcleo que los forjó tan parecido, que eso aparente termina denunciando lo real de manera inequívoca.

La parábola es, desde luego, una alegoría, un símbolo mediante el cual se cultiva lo aparente y se convalida lo real. Por ello, Franz Kafka vivió su vida como una parábola, pues para él aquellas personas incapaces de desnudar su vida a través de la existencia eran apenas sujetos que se hundían, hasta el cogote, en la inexistencia. Porque existir es comprender que somos el todo y la nada, el sistema y la parte, el camino y la piedra.

El uso de estos recursos literarios tiene una razón de ser en la obra kafkiana: el autor nos revela que el mundo y el hombre son así. Por un lado, el universo es cíclico, perfecto, dinámico; por el otro, el ser humano es producto de su imperfección, de sus roturas, de esa extraña fragmentación que hay entre el cuerpo y el espíritu, entre la carne y el alma. Por tanto, ello no significa que ambos (el mundo y el hombre) tiendan a ser como nosotros queremos que sean.

En las obras de este autor asombroso vislumbro algo extraordinario: Kafka desnuda la hostilidad que se anida en el corazón del ser humano, el caos y las vaguedades en las que nos gusta vivir y habitar, abandonándonos a la perversidad y la inutilidad, a esa estupidez de la que tanto huimos, pero a la que siempre regresamos estúpidamente.

Franz Kafka no es el hombre bicho porque haya sido una musaraña, una sabandija; lo denomino de este modo porque, como escritor y como persona, descubrió en él lo que las demás personas eran: sujetos que existían en su inexistencia.

@wilmar12101

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