«Valdría la pena escribir dos o tres veces una vida: una vez como la escribiría un amigo muy entusiasta, otra como lo haría un enemigo, y luego como la escribiría la verdad misma. »
G. Lichtenberg

 

Por / Diego Firmiano

El libro autobiográfico del filósofo francés Louis Althusser El porvenir es largo, que originalmente se llamaría Dos palabras, contiene la confesión sincera, y a la vez cómica, del asesinato de su esposa, la socióloga Hélène Rytmann, un frío noviembre de 1980 a las 9:00 de la mañana en los apartamentos de la Escuela Normal Superior de París, o l´École Normale.

El autor de Para leer El Capital, Maquiavelo y nosotrosCurso de filosofía para científicos confiesa los pormenores del uxoricidio en un libro de casi 500 hojas:

«De pronto me veo levantado, en bata, al pie de la cama en mi apartamento de l’École Normale… Frente a mí: Hélène, tumbada de espaldas, también en bata. Sus caderas reposan sobre el borde de la cama, las piernas abandonadas sobre la moqueta del suelo. Arrodillado muy cerca de ella, inclinado sobre su cuerpo, estoy dándole un masaje en el cuello…Apoyo los dos pulgares en el hueco de la carne que bordea lo alto del esternón y voy llegando lentamente, un pulgar hacia la derecha, otro un poco sesgado hacia la izquierda, hasta la zona más dura encima de las orejas. El masaje es en V… La cara de Hélene está inmóvil y serena, sus ojos abiertos, miran al techo. Y, de repente, me sacude el terror.»

Ante esta sinceridad, uno siente la tentación de preguntar, ¿Qué dio a entender el filósofo con la frase «… y de repente me sacude el terror» porque lo que sigue es el primer drama de su voluntad emitido por su conciencia: «Me levanto y grito: ¡He estrangulado a Hélène!» Y así es que, en esa silenciosa mañana de domingo, uno de los más brillantes pensadores del siglo XX, se entera que ha roto las vértebras cervicales de su esposa.  La mirada de la occisa es como la de una muñeca sin vida, y esta tiene, como los muertos por inanición, la lengua afuera.  El filósofo al ver la horripilante escena, busca ayuda con urgencia y telefonea a un médico llamado Étienne Balibar, al cual le dice: «¡He estrangulado a Hélène! …venga urgentemente a verla si no, prenderé fuego a l´École Normale.» En este instante, Althusser está alienado, fuera de sí, el síndrome de Amok ha embotado por entero su intelectualidad, y ha matado (no asesinado) a su pareja.

 El médico, ya en el lugar de los hechos, no necesita revisarla, pues con tan solo verla afirma: «No hay nada que hacer, es demasiado tarde.» Entonces el doctor se ausenta unos minutos, quizá para llamar, o a la policía, o al director de la l´École Normale, o al psiquiátrico.

 

“La ideología es una ‘representación’ de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia.” Althusser.

 

Mientras espera como un condenado (porque la suerte ya está echada), Althusser sufre un cuadro asociativo demasiado curioso. Una cortina roja de dos alas hecha jirones cubre la ventana de su apartamento y un lado de ella (sin saber cómo) llega hasta el borde de la cama donde está la occisa. Esta cortina u objeto, que no es una simple cosa sino un producto de la cultura, un símbolo, sale al encuentro de la imaginación del filósofo y contemplando su forma recuerda la muerte de Jacques Martin.

«Vuelvo a ver a nuestro amigo Jacques Martin a quien, un día de agosto de 1964, encontraron muerto en su minúscula habitación del distrito XVI, tendido en la cama desde hacía varios días y con el largo tallo de una rosa escarlata sobre el pecho: un mensaje silencioso para los dos, que le apreciábamos desde hacía veinte años, en recuerdo de Beloyannis, un mensaje de ultratumba.»

Althusser, aparte de enajenado, y de estar parcialmente conmocionado por la muerte de su esposa, al ver la cortina sobre el cuerpo de ella, recuerda otro muerto. ¿Pero quién es este Jacques Martin? ¿Por qué el confeso homicida piensa en fantasmas en vez de aterrizar en su terrible realidad? Se sabe que aquel hombre que evoca, era un filósofo homosexual, apodado por Merleau-Ponty «El príncipe de la inteligencia». Un amigo íntimo de Althusser, pero también de Michel Foucault, que llevó una vida errática, torturada por la pobreza y que, sin esperanza de recuperarse, se suicidó en soledad en agosto de 1964 en París.

El economista francés Yann Moulier-Boutang diría acertadamente sobre este personaje: «Martin era secreto y como si fuera una historia de Borges su ausencia de obra producía los efectos de una obra.[1]» y el hecho de que el muerto haya tenido una rosa escarlata en el pecho como un símbolo romántico por un lado, y revolucionario por el otro, era un claro indicio de una intelectualidad sufrida y también el recuerdo honorífico del legendario comunista griego, Nikos Beloyannis, apodado el «Hombre del clavel.[2]»

Althusser, con parsimonia, reproduciría los últimos instantes de aquel filósofo suicida sobre el cuerpo de su esposa: baja una cortina, y a modo de banda (figurando una Rosa), la pone a través del pecho de Hélène desde el hombro derecho pasando por el seno izquierdo. Un acto aparentemente incomprensible; sin embargo, un hecho que ese domingo a primera hora deja a Althusser sin luz y con esa sensación de hallarse solo, no en su apartamento o frente al cuerpo inerte de la mujer que amo en vida, sino en el universo, en medio de la nada. «Me hundo en la noche.»  Diría como una expresión de locura, cuya conciencia, él entiende, es la más cambiante de las reglas.

 

“En 1948, a los treinta años, llegué a ser profesor de filosofía y me adherí al Partido Comunista Francés. La filosofía me interesaba: trataba de realizar mi profesión. La política me apasionaba: trataba de ser un militante comunista.”

 

Esta pasión desordenada que experimenta, este Amok del que sufre momentáneamente, le han enseñado de forma práctica la naturaleza de la razón: junto al diástole del amor está la sístole de la muerte.

El doctor Étienne le aplica una inyección, quizá Secobarbital, y el filósofo despierta en el hospital Sainte-Anne de París que es famoso por especializarse en psiquiatría, neurología, y donde Jacques Lacan fue pasante en 1927.  Ese mismo establecimiento que recibió personajes de la talla del escritor Antonin Artaud, el poeta Paul Celan y la diseñadora surrealista Unica Zurn. «De manera que…» dice el periodista colombiano Antonio Caballero a propósito de esta escena «Althusser, apenas terminado su acto liberador, pasó a manos de la justicia y la psiquiatría, para su desconcierto y el escándalo de sus admiradores.[3]»

Lo que sigue sería un drama en segundo acto:  Althusser no puede hablar. El que enseñaba a pensar en libros como Introducción a la filosofía para no filósofosElementos de autocrítica, ahora no es capaz de pronunciar una sílaba, aunque cinco años después, en 1985, empezaría a redactar su libro confesional El porvenir es largo donde narra, como ya se dijo, la crónica de la locura que pretende explicar y justificar el asesinato de su esposa.

Y no habla porque quiera esconder su crimen (el cuerpo es evidente) sino que una especie de afasia se apoderado de él. Así que mucho antes de que se entere de su delito, una voz pública, que viene curiosamente de entre sus amigos, declara «eres un asesino.»  Una lógica colectiva que espera la aceptación de culpa y castigo, confesión y condena, pero que Althusser no comprende en el momento por estar pausado en el tiempo, hasta el instante en que despierta y siente el peso de la culpa, arrobado por un sofisma irrefutable: «He matado, luego soy un asesino.» 

Una bomba cae en el patio de los filósofos y entre la comunidad intelectual, pues lo que sigue es un intento de explicación de un acto aparentemente irracional. Por eso, ante la estrangulación de su mujer, algunos osan decir que Althusser quería, como Electra, asesinar a su madre; otros, que realmente lo que pretendía era eliminar el peso inmisericorde del Partido Comunista; los demás, que tal uxoricidio era un acto de amor; y los peores, (la derecha francesa), aseguró que el dogmatismo marxista conducía irremediablemente a excesos como este.

 

“Como todo ‘intelectual’, un profesor de filosofía es un pequeño burgués. Cuando abre la boca, lo que habla es la ideología pequeñoburguesa: sus recursos y artimañas son infinitas”

 

Pero realmente, ¿qué ha sucedido? Nada extraño. Una acción emprendida sin reflexión, concebida y llevada en la intimidad secreta y silenciosa en que se refugia con frecuencia, acaba de confirmar su locura. Ese es el drama en mayúscula. Y este será el escenario que definirá toda su vida, cumpliéndose así la máxima de ese bello orate, Antonin Artaud cuando afirmó que «Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social.»  Pero hasta acá, el profesor de  l´École Normale se rehúsa a creer la acusación evidente dictada por sus amigos, y rechaza igualmente su nueva etiqueta social de insano.

«Ciertamente, después de la experiencia de tan larga prueba, ¡qué poco me cuesta comprender a mis amigos! Cuando hablo de prueba, no sólo me refiero a lo que había vivido en mi internamiento, sino a lo que viví posteriormente, y también, soy consciente de ello, a lo que me condenaron a vivir hasta el fin de mis días si no intervenía personal y públicamente para hacer oír mi propio testimonio.»

Así es que una ley francesa, que data de 1838, contra todo pronóstico, lo declara inimputable, con orden de confinamiento en el psiquiátrico Sainte-Anne de París. Entra en juego la llamada «Responsabilidad subjetiva», es decir, el dilucidar la estrecha relación entre derecho penal y psicología individual que suscita preguntas como: «¿Ha matado Althusser?» «¿Ha sido premeditado o es un simple reflejo psicológico desligado de la intención?» «¿Lo hizo él o fue provocado por el “otro”?»

Este tipo de justicia trata de encontrar en el filósofo un Archibaldo de la Cruz, el personaje de Ensayo de un crimen de Luis Buñuel, o quizá un Pablo Ibbieta, preso español en la narración El muro de Jean Paul Sartre, y por qué no la situación mental de Los siete ahorcados del ruso Leonid Andreiev, es decir, hallar el grado de culpabilidad de Althusser dentro del llamado «Circuito de la responsabilidad». Un proceso que según el aparato jurídico se enmarca en tres tiempos: primero, la acción del sujeto, el acto en sí; segundo, la interpretación que recibe del otro; y tercero, un tiempo conjetural, que implica preguntar por la responsabilidad del sujeto resignificado, distinto al primer tiempo, es decir, el acto en sí[4].

En contexto del filósofo y su situación en este «circuito de responsabilidad» sería: Primer tiempo: Althusser masajea a su mujer y de un momento a otro se percata que la mata por estrangulación; segundo tiempo: el dictamen jurídico lo beneficia dentro del artículo 64 del Código Penal Francés de 1838, que, luego de tres pericias medico legales, lo envían al manicomio; y tercero tiempo, la resignificación subjetiva de Althusser en sus palabras: «al cabo de dos años de confinamiento psiquiátrico, soy, para una opinión que conoce mi nombre, un desaparecido.» Logrando con su libro confesional El porvenir es largo encontrar ese sujeto con el que lograría ser absuelto.

 

“La filosofía como arma revolucionaria”

 

¿Por qué Althusser no fue condenado como cualquier persona? Realmente la deferencia francesa hacia sus intelectuales era tal, que el ministro de Justicia de ese entonces, Alain Peyrefitte, ex alumno del filósofo, para salvaguardarlo, coadyuvó a declararlo automáticamente desequilibrado mental. Y el mismo acusado, en el juicio y con tono melancólico confesaría:

«Gravemente afectado (confusión mental, delirio onírico), yo no estaba en condiciones de aguantar la comparecencia ante una instancia pública; el juez de instrucción que me examinó no pudo sacarme una palabra.»

Tiempo después, hablar de Althusser se convertiría en un tema tabú, y paulatinamente su obra sería ignorada, relegada, pues estudiarla, según nuevos círculos intelectuales emergentes, constituía una apología del crimen cometido. Nada más desacertado, porque a decir del periodista español Javier Valenzuela, el teórico que había cuestionado los aparatos ideológicos de estado, siempre andaba buscando refugios sólidos donde lamer una herida abierta desde la infancia. Una vía que nadie había explorado hasta entonces, ya que, en la historia familiar, su madre, enamorada de un piloto llamado Louis Althusser, y tras la muerte de este en la guerra europea, se casa con su hermano Charles Althusser, y en honor del novio, nombraría a su hijo como el piloto muerto.

La impresión de suplantar la personalidad del tío fallecido angustió desde pequeño a Althusser: «Louis era él, mi tío, al que mi madre amaba en vez de a mí.» Así entonces Louis, en su psiquis individual, era una palabra que le daba horror, un nombre irregular y fantasmal con el que convivió 72 años hasta el final. El anti-humanista, teórico social y el pensador original del siglo XX, moriría el 22 de octubre de 1990 en un asilo, abandonado, declarado loco, y de un paro cardiaco fulminante. Aunque, a decir verdad, ante el mundo, este había dejado de existir el día del drama, ese domingo, en los apartamentos de l´École Normale.

 


[1] Boutang, M. (2002) Louis Althusser: Une Biographie. Editorial Grasset. París. P, 457

[2] Olarieta, J. (2007) “El hombre del clavel: retrato de Nikos Beloyannis”, de Pablo Picasso. Blog: La Espina Roja. [En línea] Recuperado de: http://espina-roja.blogspot.com/2017/10/el-hombre-del-clavel-retrato-de-nikos.html

[3] Caballero, A. (1997) Paisaje con figuras. El estrangulador filósofo. Editorial: Elmalpensante. Bogotá. Colombia. Pág 169.

[4] Camargo, L. (2005) Encrucijadas del campo psi-jurídico. Diálogo entre el derecho y el psicoanálisis. Argentina. Editorial Letra Viva. Sujeto y Ley. Pág 115.