La ciudad representa ese escenario en el que suceden los hechos que deben plasmarse desde el Periodismo Narrativo (crónica literaria), género moderno que contiene la técnica periodística al servicio de la literatura.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

Através de la Historia, la literatura ha evolucionado de acuerdo con el acontecer sociocultural en el que se inscriben no solo los autores, sino, también, las obras que hacen parte y conforman una época determinada. En este sentido, la literatura no es una actividad acabada ni el libro un objeto terminado.

Durante el último siglo, y en los umbrales del que transcurre, la literatura es un fenómeno extraordinario que demuestra, por supuesto, que la creatividad literaria y la disrupción de los paradigmas establecidos apenas son un signo por medio del cual se comprende que hoy ya no es posible hablar de géneros “cerrados” o exclusivos en la literatura, especialmente en el ámbito latinoamericano.

La palabra crónica viene del griego cronos, que significa “tiempo”; en ese sentido, una crónica relata en orden cronológico los hechos sucedidos. Así, el autor de la crónica debe narrar, de forma pormenorizada, todo aquello que acontece en un tiempo determinado. Y, en cuanto a la definición del vocablo literatura, no olvidemos que su núcleo semántico lo hallamos en el latín litteratura, que, en un principio denota “actividad”.

Pero, ahondando en el significado de esta palabra, de ella también derivan litterator (que refiere a aquel que tiene la actividad de escribir) y littera (que en su origen alude al maestro que enseña letras).

A la luz de estas definiciones, la crónica literaria[1] es, entonces, un relato que expone un amplio registro de datos que giran alrededor de los hechos y es de carácter testimonial y realista, lo que aboca por una estructura periodístico-investigativa en la que no cabe el error; sin embargo, el hecho de que sea un texto riguroso no significa que carezca de una narración marcada por la estética del lenguaje y por la subjetividad del cronista-narrador, obvio está, sin llevar el discurso a la ficción o a la irrealidad.

En algunos momentos, tal vez porque los seres humanos nos adaptamos fácilmente a todo aquello que poco a poco nos van imponiendo, olvidamos que la literatura es, en esencia, una capacidad creativa a través de la cual el mundo se transforma constantemente. Y, dicha transformación va en doble vía: tanto en la escritura como en la lectura.

Por tal razón, Manguel argumenta que uno de los atributos de la literatura permite al lector apropiarse no solo de la historia narrada; asimismo, del valor y la resonancia significativa que tienen las palabras como fuente que desarrolla la creatividad humana, la cual reescribe el mundo real y literario en el que se desenvuelve el hombre.

Por otro lado, la ciudad representa ese escenario en el que suceden los hechos que deben plasmarse desde el Periodismo Narrativo (crónica literaria), género moderno que contiene la técnica periodística al servicio de la literatura.

Incluso, la ciudad es un pre-texto que exige una lectura atenta y, a la vez, una escritura innovadora en las cuales debe construirse y deconstruirse ese núcleo que une la investigación con la creatividad, lo objetivo con lo subjetivo, lo periodístico con lo literario, y lo humano con lo citadino.

Así, es indiscutible que la ciudad se reconstruye a partir de estos nuevos discursos, porque la urbe también es un cúmulo de signos que se leen y se descifran, pero, además, es una palabra que se reescribe.

En este sentido, la metrópoli es un pre-texto para reinventarse a sí misma, y para transformar, obvio está, a los sujetos que deambulamos por sus vías, porque no se trata de los lugares en que vivimos; en este caso, se trata de los espacios que nos habitan –como dice Argüello–, porque los hombres somos, al mismo tiempo, lo interno y lo externo, la carne y el metal, el muro y la calle.

En relación con los presupuestos anteriores, un conocimiento profundo de la literatura, y en especial de la que hace parte de nuestro continente, no quiere decir que en el núcleo de nuestra narrativa no haya cambios y trans-formaciones significativas.

En este sentido, por ejemplo, la crónica literaria es un nuevo género que tiene como fin el vínculo, tal vez innovador, que se da entre el discurso cronológico e investigativo del periodismo y el uso creativo y estético que demanda la literatura.

Incluso, la diferencia entre la literatura y el Periodismo Narrativo no supone una distancia entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo literal y lo metafórico, de acuerdo con Vivaldi.

Por ello, en la crónica literaria el uso del lenguaje es un plus invaluable porque pone la palabra al servicio de dos discursos que, como se enunció anteriormente, en apariencia se contraponen; pero esto no es así, pues el Periodismo Narrativo (crónica literaria) hace de la palabra un recurso que da cuenta tanto de lo sucedido como de lo imaginado.

En este punto cabe resaltar que lo imaginado no alude necesariamente a lo ficticio o a lo irreal, y que los pensamientos no se proponen en un escenario de absoluta objetividad.

En tales circunstancias, la exactitud o inexactitud del lenguaje no se fundamenta en el género narrativo que se escribe o, en el peor de los casos, asegurando que el discurso literario es menos preciso que el usado en el Periodismo Narrativo.

Bajo la crónica literaria, esta disección discursiva carece de fundamento porque, para la literatura contemporánea, el vínculo de géneros narrativos no supone un yerro lingüístico en cuanto al campo semántico se refiere; más bien, esta unión en los discursos no solo desarrolla la capacidad de la creatividad humana; también reestructura la realidad en relación con lo sucedido y, por supuesto, en función de lo expresado, lo que admite un parecido entre las cosas o entre los enunciados y la realidad que los revela, según Stevens.

Siguiendo a este autor, la palabra une la realidad a través de dos o más cosas, sean estas reales o imaginadas y, en particular, de esta unión semántica entre las palabras subyace la crónica literaria como una alternativa discursiva que narra, de forma novedosa, lo que acontece en la ciudad.

Aquí hallamos un argumento fundamental: la crónica literaria lee la urbe, los hechos sucedidos en ella y posibilita, por medio de la escritura, una reconstrucción de esa metrópoli en que acontecen las cosas, a la vez que trans-forma al sujeto que deambula por ella. En sí, para la crónica literaria, la ciudad y el ser humano son un pre-texto en doble sentido. Por un lado, pueden leerse para trans-formarse y, por el otro, son la mejor excusa para reescribir la naturaleza que los une: la condición humana.

En este orden de ideas, la realidad que retrata la crónica literaria (Periodismo Narrativo) es mucho más compleja que la realidad misma, puesto que el hecho narrado no obliga a una contemplación simple y reduccionista; más bien, exige estudiar el orden implicado que subyace de la crónica literaria. En otros términos, lo implicado es aquello que no es evidente y que, por obvias razones, exige una mirada profunda a lo normal.

 [1] En la crónica literaria o Periodismo Narrativo latinoamericano puede hallarse algunos autores fundamentales, entre los cuales pueden referenciarse a Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez, Carlos Monsiváis, Roberto Arlt, Carlos Droguett, Clarice Lispector, entre otros.

 

Referencias

Argüello, R. (2004). Ciudad gótica, esperpéntica y mediática. Bogotá: Ambrosía Editores.

Manguel, A. (2013). Una historia de la lectura. México: Editorial Almadía.

Stevens, W. (1994). El ángel necesario. Ensayos sobre la realidad y la imaginación. Madrid: Editorial Visor.

Vivaldi, G. (1998). Géneros periodísticos. Reportaje, crónica, artículo. Análisis diferencial. Madrid: Editorial Paraninfo.