Ese comodín recorrió la antigüedad pasando por Aristóteles y Cicerón, y empalmó con el cristianismo con la consagración del imago dei: la idea de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios…

 

Por / Santiago Sabogal

El ser humano proclamó su bajeza cuando se elevó sobre los demás animales. Como poco le convenía seguir a Pitágoras, que los reconocía como semejantes, prefirió a Platón, que no. Así no arriesgaba su condición de ser especial.

Iniciaría entonces con el discípulo de Sócrates una práctica que seguiría hasta hoy y que seguirá mañana: inventarse concursos que sólo él pueda ganar, obligando a los demás animales a participar y poniéndose como premio tiranizarlos. ¡De cuántos comodines no ha echado mano desde entonces! ¿El que corra más rápido? No le servía, pues corre lento. ¿El que vuele más alto? Menos, pues avanza a pasos rastreros. ¿El que mejor nade? En el agua es un chiste. ¿Qué nos inventamos? ¡La razón!, gritó Platón para tranquilidad de sus congéneres, llenando sus oídos de reconfortante sentido, y hoy, gracias a ese atributo, corren con carros, vuelan con aviones, salen disparados a la luna en cohetes impelidos con gases de combustión y se deslizan por el agua embarcados.

Ese comodín recorrió la antigüedad pasando por Aristóteles y Cicerón, y empalmó con el cristianismo con la consagración del imago dei: la idea de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, nuevo comodín al que se uniría en una especie de híbrido que fundamentaría mejor el mecanismo de autopremiarse con la posibilidad de señorear a las demás especies.

Así está en el Génesis (1:26; 1:28), como anota Peter Singer, así que es patrimonio común del judaísmo y el cristianismo esta consagración de la tiranía con fundamento creacionista del primer libro de la Torá y del Antiguo Testamento —la chispa del Pentateuco—, un ardid sostenido en la Edad Media por San Agustín y Santo Tomás mediante desvaríos revestidos de la genialidad que otorgaba la adscripción al pensamiento hegemónico y respaldados por sus únicas luces, los haces llameantes de la Santa Inquisición.

Ideas como la categorización agustina (La ciudad de Dios. Libro IX. Cristo mediador) que comprendía a las bestias, los hombres y los angelitos, entes de existencia improbable como no sea dentro de la febril y tonsurada calamorra del santo; o la participación de los hombres en la prudencia universal tomista, siendo la de los animales parcial, extraña conclusión, pues son aquéllos y no éstos los capaces de quemar al prójimo por herejía, por poner un ejemplo de prudencia: el buen fin y el buen medio (Suma Teológica, Cuestión 57, artículo 5).

Elevado estaba el hombre; convenía rematar la concomitante degradación de los animales que había iniciado el propio Platón con categorizaciones de especies en su cosmogonía (Timeo) y su ultramundo (Fedón), en las que el hombre ocupa el primer lugar, y que Descartes extremaría en 1637 al considerar a los animales simples cosas.

Sostuvo el padre de la filosofía moderna en El discurso del método su posición en la inmortalidad del alma humana y en los atributos de la razón y el discurso como propiedad de todos los humanos, atributos de los que carecen los animales (Quinta parte). Y apuntaló esos elementos en una grosera presuposición de la existencia de Dios y del alma (Cuarta Parte), según la cual no se puede negar su existencia porque, de lo contrario, se podría negar también la de otras cosas como los astros y la tierra.

Es decir, como es posible que todo sea una farsa, un engaño, hay que aceptar las farsas y los engaños que hábilmente elige Descartes, que remató con esta sentencia, como entresacada del cuchicheo rabioso de un oscuro monje averso al conocimiento que, filtrando una mirada aviesa por entre la sombra de su cogulla y apretando un crucifijo, echa maldiciones entre vaharadas podridas: «Y que estudien sobre ello los más inteligentes cuanto quieren, que yo no creo que puedan dar razón alguna que baste para quitar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios».

La excelencia del ser humano sería reformulada por Kant, quien resolvió montar otro concurso con un ganador claro de una vez y para siempre. Para eso equiparó la dignidad a la humanidad. Los seres racionales son fines en sí mismos y, por tanto, personas; los irracionales son cosas. Es decir, la dignidad se la gana el que sea humano, ¡qué mérito y qué coincidencia que la especie ganadora sea la que proclama la norma!…

Tal vez previó que el génesis y los angelitos y la prudencia universal podrían ser desmontados fácilmente por la ciencia, así que le devolvió la primacía al comodín manido de la razón sacudiéndole la teología, y para zanjar debates futuros, recurrió a una remisión directa a la especie humana.

Esa sucesión de concursos acomodados con ganador elegido de antemano ha tenido grandes opositores en todos los períodos, pero se ha impuesto. Dos instituciones particulares han coronado su obra: la dignidad humana y la categorización de los animales como cosas.

La dignidad humana, ¡qué bonito suena!, es un comodín grosero que encubre una remisión injustificada a la especie humana para discriminar al resto negándoles la titularidad de derechos —titularidad que en la carpintería jurídica se conseguiría con el reconocimiento a los animales de la personalidad o, con mayor precisión técnica por ser un término más amplio, la calidad de sujetos de derecho—, discriminación equiparable a la de raza o sexo, lo que en 1970 Richard D. Ryder denominó especismo, término discutido y desarrollado posteriormente, pero que en lo esencial enmarca esa idea.

Un libro corto de Schopenhauer, Los dos problemas fundamentales de la ética, infravalorado como pocos, señala la falta de fundamento de la consagración kantiana, una floritura sin contenido, una «hipérbole huera» de «sublime sonido» que se impone por la conveniencia de la especie que la formula, para lo cual se vale del mecanismo más deshonesto y acientífico: el imperativo categórico, nada distinto a un mandamiento del Decálogo de Moisés: un ejercicio de pura autoridad.

Darwin, que sí basó con fundamento científico su idea de las especies, evidenció que el ser humano tiene un origen común con los demás animales y está emparentado con ellos, posición corroborada por demostraciones científicas de diversos tipos que derrumba al imago dei creacionista y la consecuente especialidad del ser humano, sin que «derrumbar» sea una exageración dado que en la actualidad a su teoría no se opone ninguna otra considerable. Ese derrumbamiento lo había previsto Schopenhauer, que ridiculizaba el desconocimiento de las similitudes con los animales como monstruosidad religiosa curable con la ciencia, atribuible sólo a la ceguera o a estar «cloroformado de foetor judaicus» (hedor judío). La previsión la consignó en ese libro, escrito apenas unos cuatro años después de que Darwin regresara de la expedición del Beagle en 1836, en la que se formó como evolucionista.

Sobre la razón, en 1780 Bentham había denunciado el carácter arbitrario de su elección como criterio de consideración moral, proponiendo como alternativa la capacidad de sentir placer y dolor, lo que retomó Singer, agregando que hay seres humanos sin el atributo de la razón que no por ello pierden su dignidad (constatación de que el verdadero factor encubierto es la mera pertenencia a la especie humana), y planteó que si ese fuera el verdadero criterio, habría humanos que podrían dominar a otros.

Ahora bien, uno tampoco vive para razonar ni tiene condicionada la calidad de persona a alcanzar cierto nivel cognitivo. Ojalá fuera así para entrar a una corrida de toros en la Santamaría y salir con quince mil esclavos. A Salud Hernández y Antonio Caballero los pondría yo a limpiar los trastos y calentarme el tinto mientras escribo estas cosas.

Pero tampoco es claro por qué del atributo de la razón tendría que seguirse la consecuencia gratuita de tiranizar a las especies que no la tienen, en vez de usarla para reconocer lo que con ellas tenemos en común —que es lo que la evidencia nos enrostra— y respetarlas.

La generalización de Descartes tampoco es correcta. Como dijo Singer, sí hay humanos sin razón y sin la facultad discursiva, debido a daños cerebrales o retrasos mentales profundos. Y su categorización de los animales como cosas o máquinas fue derrumbada por Darwin y por estudios posteriores que han evidenciado que todos los vertebrados sienten dolor (National Research Council (US) Committee on Recognition and Alleviation of Pain in Laboratory Animals) y ciertas especies de animales tienen incluso los sustratos neurológicos de la conciencia (Declaración de Cambridge sobre la conciencia).

Todo esto lo desatiende el Ser Superior, que con el instrumento de la ley se eleva hoy degradándose. En primer lugar, con el principio fundante de la dignidad humana (Constitución Política, artículo 1), una acientífica remisión a la especie que sirve  para todo, un comodín que fundamenta la titularidad de derechos, inflado a imperativo categórico por cuya falta le es negada a los animales, pero desinflado a requisito superable tratándose de las personas jurídicas, que no tienen dignidad humana pero sí derechos, incluso por vía directa (Corte Constitucional, SU-182 de 1998), sin que en esa distinción medie ninguna justificación.

En segundo lugar, con la categorización de los animales como cosas (Código Civil, artículos 655 y 658), fundada en una presuposición escolástica cartesiana que hoy resulta ridícula, pues los animales no son cosas, como indica el sentido común y demuestran estudios como los mencionados, monstruosidad disimulada desde el 2016 con la adición de la categoría de seres sintientes, de suerte que hoy los animales son cosas-seres sintientes, un oxímoron vano, una contradicción y una recomendación inútil, puesto que las cosas son por definición mercancías disponibles, como anota Gary Francione. Por eso la adición es tan eficaz como recomendarle a alguien que procure tratar bien a su televisor.

Hay otras teorías interesantes que defienden el respeto a los animales, como la de Martha Nussbaum, que se propone comprender a partir de la ciencia las diversas formas de vida en su complejidad y reconocer una especie de florecimiento o dignidad a todas las especies, pero ese debate poco le importa al Ser Superior, experto en concursos que para elevarse seguirá echando mano de comodines groseros, autoencumbramientos baratos que no se imponen sino como imperativos, degradaciones de los animales contrarias a la evidencia científica y el otro recurso milenario: la banalización del debate.

¡Qué extraño!, ¡quien esgrime la razón para elevarse sobre los animales en realidad la niega y se degrada! Disfraza de concurso justo una imposición. El concurso está arreglado… ¿Quién ganará? ¡Ya se sabe!

 

Fuentes

  1. Aristóteles. (Trad. en 2007). La política. Madrid, España: Espasa Calpe.
  2. Bentham, J. (1789). An introduction to the principles of morals and legislation. Oxford, England: Basil Blackwell.
  3. Descartes, R. (1637). El discurso del método. Barcelona, España: RBA Editores.
  4. Francione, G. L. (1999). El error de Bentham (y el de Singer). Revista Teorema, 18 (3), 39-60.
  5. Jámblico. (Trad. en 2003). Vida pitagórica. Madrid, España: Editorial Gredos
  6. Kant, I. (1785). Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Madrid, España: Alianza Editorial.
  7. Laercio, D. (Trad. en 2007). Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. Madrid, España: Alianza Editorial.
  8. Nussbaum, M. C. (2006). Las fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión. Barcelona, España: Paidós.
  9. Pelé, A. (2006). Filosofía e historia en el fundamento de la dignidad humana. (Tesis doctoral).
  10. Platón. (Trad. en 1976a). Diálogos. México: Editorial Porrúa.
  11. Russell, B. (1945). History of western philosophy. Great Britain: George Allen And Unwin.
  12. Sabogal, S (2017). El ser humano y los animales en el ordenamiento jurídico colombiano: una supremacía injustificada (tesis de grado).
  13. San Agustín. (Trad. en 1958). La ciudad de Dios. Libro IX. Cristo mediador. Madrid, España: La Editorial Católica. Biblioteca de Autores Cristianos.
  14. Santo Tomás de Aquino. (Trad. en 2001). Suma de teología. Madrid, España: Biblioteca de Autores Cristianos.
  15. Schopenhauer, A. (1841). Los dos problemas fundamentales de la ética. Buenos Aires, Argentina: Aguilar. Biblioteca de iniciación filosófica.
  16. Singer, P. (1999). Liberación animal. Madrid, España: Editorial Trotta.