Millones de seres humanos que en primavera y verano recorrían el mundo, calificados por las compañías de aviación como «viajeros frecuentes», hacen parte, ahora, de un universo suspendido, semejante a la era del hielo.

 

Por / Alberto Antonio Berón Ospina

La nostalgia no es solamente la añoranza de un tiempo y un hogar perdidos, sino también de los amigos que los habitaron, y que en la actualidad se encuentran dispersos por el mundo. Esa definición de la palabra nostalgia realizada por la ensayista rusa Svetlana Boym (1966-2015) en su libro El futuro de la nostalgia, nos permite valorar en toda su intensidad lo experimentado por la humanidad en tiempos convulsionados de violencia, guerras o pandemias: la añoranza respecto a un mundo que de súbito pareciera desplomarse aceleradamente. Todo aquello que era costumbre se suspende: encuentros en los parques, caminatas de amigos, paseos, viajes.

Ante una excepcionalidad de este tipo nos preguntamos ¿qué pensaría uno de esos viajeros europeos, pioneros de los viajes del siglo XIX, ávidos de mundos por descubrir, si les dijeran que ciento cincuenta años después, la posibilidad de un peregrinaje prolongado, de caminar, pasear, quedarían suspendidos en gran parte del planeta?  Es de recordar que toda una serie de escritores europeos entre los años de postguerra y la década de los ochenta del siglo XX, hicieron del viaje, un legado que ilusionó y marcó a las futuras generaciones.

Basta evocar el legado de páginas inolvidables acerca de cómo moverse por las calles de Lisboa en tardes de otoño en las novelas de Antonio Tabuchi (1943-2012) quien, de joven encontrara, en una estación de tren de París, el poema Tabaccaria de Fernando Pessoa (1888-1935) y desde ese momento hizo de las calles o rúas de Lisboa, con el fantasma tutelar de Fernando Pessoa, su escenario de poesía: «Me asomo a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta. Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan, veo los entes vivos vestidos que se cruzan, veo los perros que también existen».

Las observaciones de Lawrence Durrell (1912-1990) en su Cuarteto de Alejandría, acerca de una ciudad de luz marina que respira junto al mediterráneo …en Alejandría, las bocanadas del mar nos salvan del peso inmutable de la nada del verano, trepan por encima de la barra, entre los barcos de guerra, y agitan los toldos rayados de los cafés en la Grande Corniche  La ciudad, a medias imaginada (y sin embargo absolutamente real) empieza y termina en nosotros, tiene sus raíces plantadas en nuestra memoria. El cielo protector de Túnez y Marruecos, desplegado en las páginas de Paul Bowles (1910-1999); los escritos de Viajero trotamundos en los cuadernos Moleskine del narrador inglés Bruce Chatwin (1940-1989); la imagen de México que Malcolm Lowry (1909-1957), ebrio hasta la muerte por amor, dejo en su novela Bajo el volcán. La París del refugiado judío Walter Benjamin (1892-1940), paseando por calles literarias, entre una arquitectura de hierro y vidrio.

Estos escritores, entre otros, fueron escasos, privilegiados y perfilaron el modelo de un creador sin ataduras: el viajero culto moderno, usuario de trenes internacionales y barcos transatlánticos, sin restricciones de visado, protegido por su condición de descendiente de las potencias coloniales.

Después de la experiencia del escritor culto viajero, la aventura existencial del hombre contemporáneo occidental se convirtió progresiva y masivamente en la excursión programada del turista. Viajar nunca fue tan fácil para la humanidad como a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, una experiencia accesible a cuotas para millones de seres humanos. A tal punto que la generación «milenial» hizo del anhelo por viajar el imperativo más importante de nuestra época, más importante, incluso, que la idea de estabilidad.

Con una velocidad avasalladora, todos los lugares de la tierra se han poblado de más y más turistas caracterizados por un afán compulsivo de registrar paisajes exóticos como África, Asia y América Latina, convertidos en depredadores del equilibrio de territorios y ciudades. Turistas que han sido recibidos por los lugareños como paliativo económico para la situación desigual de muchos de los lugares escogidos en sus rutas.

Millones de seres humanos que en primavera y verano recorrían el mundo, calificados por las compañías de aviación como «viajeros frecuentes», hacen parte, ahora, de un universo suspendido, semejante a la era del hielo. En este momento las redes sociales como Facebook e Instagram conservan la nostalgia que ilustra el desplome de una ilusión.

La virtualidad que retiene miles de rostros entusiastas en los lugares de peregrinación del siglo XX –­la Torre Eiffel, Machu Picchu, Disneyland– se ha convertido en el único espacio posible de viaje, matizado por los sentimientos de riesgo y prohibición. En este momento el súbito drama de los viajeros propagadores no intencionales del virus se iguala a la larga historia de los refugiados y emigrantes. En todos esos cuerpos humanos provistos de ilusiones y esperanzas, pareciera habitar, oculta, una sensación de terror que desafía con letalidad al mundo.