Miguel de Unamuno leyendo en su casa de la calle de Bordadores. Salamanca, 1925.

La inmortalidad es de carne y hueso

Solo un genio como Unamuno podría legarnos esa visión diferente a través de la cual nos invita a sabernos muertos vivientes que reflexionamos alrededor de la vida y no como siempre ha sido: vivos que tratamos de entender la muerte.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“Ese pensamiento de que me tengo que morir

y el enigma de lo que habrá después,

es el latir mismo de mi conciencia”

Miguel de Unamuno.

 

Miguel de Unamuno fue un pensador y filósofo extraordinario porque se opuso radicalmente a cualquier sistema absolutista que sometiera, de una u otra forma, al hombre. Sin embargo, lo extraño no recae en su postura negacionista de las cosas y de las causas; tampoco en la imposición de sus postulados o en el establecimiento de una doctrina unamuniana, sino en esa fe que lo abocaba a la fe misma.

El caso es especial y, si se quiere, hasta estrambótico, pues el imaginario que tenemos del filósofo es el de aquel sujeto loco, desamparado, ausente de Dios, incrédulo, suspicaz ante el conocimiento y la razón porque, precisamente, su estructura cognitiva con regularidad se alza sobre las bases del racionalismo, pensamiento en el que lo divino termina siendo un desmadre de lo humano.

Su originalidad la descubro en ese nodo esencial: Unamuno pregonaba en su obra escrita la necesidad, casi la obligación, de creer voluntariamente en Dios. Pero tampoco impulsaba esa fe rancia y moralista del pecado como un anticipo de la reconciliación, del resarcimiento y arrepentimiento de nuestras conductas censurables.

Lo que proclamaba este pensador en relación con Dios obedecía a algo más bello y sensato: en sus palabras sugería que la entidad divina no estaba para otorgarnos la sabiduría ni para suplir nuestras necesidades ante las ausencias materiales; Dios no existe para señalarnos lo bello o lo feo; es más, la ética y la moral no se desprenden de sus mandatos celestiales, como tampoco el camino que debemos seguir está remarcado por las huellas que Él dejó. Según Miguel de Unamuno, Dios está únicamente para dejarnos morir.

Con este preámbulo descubro, entonces, el argumento que transversalizó toda la obra filosófica del pensador español: la inmortalidad del ser humano está en la pudrición de su carne, en la descalcificación de sus huesos. Esto presupone que el ser humano no es una entidad para la intelectualidad; es, más bien, un animal para la descomposición, para la muerte, que es el fin último de la vida.

Con esa voluntad férrea que lo caracterizaba y, a veces hasta obsesiva, Unamuno retorna al origen de la existencia, al hombre primitivo y, en su estudio profundo en torno a aquellos seres, revela que, detrás de la niebla de la vida, solo está la muerte, ese suceso que en la Prehistoria trascendió los límites del dolor y se forjó, para beneplácito nuestro, como un hecho que, por su naturaleza, simplemente exigía desarrollar el pensamiento reflexivo y crítico del hombre de antaño y, por supuesto, del hombre moderno.

Ese hecho, el de considerar la muerte como un acto significativo para repensarse en el mundo es, desde toda óptica, fenomenal. Solo un genio como Unamuno podría legarnos esa visión diferente a través de la cual nos invita a sabernos muertos vivientes que reflexionamos alrededor de la vida y no como siempre ha sido: vivos que tratamos de entender la muerte.

A toda luz, es fácil comprender por qué la inmortalidad no está en el más allá, sino en el más acá. En otros términos, no es inmortal quien muere, quien se hace una entidad, un ánima sobre la cual se cierne el cielo, el infierno o el supuesto purgatorio; el asunto, desde la filosofía de Miguel de Unamuno es diferente: inmortal es aquella persona que vive consciente de la carroña en la que se convertirá su cuerpo.

En este sentido, un no-hombre es ese sujeto ávido de eternidad, anhelante de inmortalidad. Un individuo al que, en definitiva, le sobraría eso que el filósofo español concibe como humanidad y que alude, desde luego, a la inconcreción, a la contradicción de ser sin ser. En sí, el hombre concreto e inmortal es, ciertamente, aquel que es sujeto y, al mismo tiempo, objeto de sí mismo. Algo así como la puerta y el umbral.

El complemento ideal para el desarrollo del pensamiento filosófico en Unamuno será el lenguaje, la palabra como núcleo y principio del cual subyace el hombre de carne y hueso que se hace inmortal con su capacidad de Verbo. En este caso, es el uso del lenguaje lo que hace del hombre un ser abstracto y contradictorio o, por el contrario, lo gesta como un hombre concreto que se desvanece y se rehace en la palabra.

A mi modo de ver, el hombre nace, pero la palabra lo hace o lo deshace, lo recuesta sobre la orilla de lo racional o de lo irracional y, aunque sea paradójico, lo transforma en un mero producto social: o el hombre es un sujeto que se abisma con hambre sobre la inmortalidad y la niebla del más allá o se forja como el individuo que se comprende y se experimenta a partir del dolor, a través de la enfermedad, con la muerte anclada en las pupilas de sus ojos.

Como hilo conductor del hombre, el lenguaje supone que la objetividad no necesariamente florece en la base de los conceptos preconcebidos a nivel social y cultural porque, en lo profundo de los objetos o de los fenómenos estudiados, se revela también nuestra forma particular de interactuar con el medio. Es más: nosotros no somos el objeto que analizamos; somos, en definitiva, el objeto que nos habita, el abismo que nos mira.

El Verbo deslegitima, a partir de su uso, la insensible convicción de establecerlo todo por medio de la razón y del positivismo. Es decir: en lo profundo del hombre solo una acción puede transformarlo ante la verdad: la duda, esa angustia existencial que hace de la incertidumbre el terreno perfecto para sembrar la inquietud en el corazón de los hombres.

¿Por qué arrojar la semilla de la duda en el corazón y no en la razón? La respuesta es sencilla, pues en el corazón del hombre Dios evita esa agitación mundana que se cuece en la capacidad de racionalizar todo lo que nos circunda. En tal caso, la verdad que se demuestra no puede desprenderse de ese lugar en el que se anida la credibilidad y lo racional; es al revés: el desarrollo del pensamiento surge del corazón, de ese lugar en el que Dios sobrepasa los límites de la fe y se hace real.

Entender a Unamuno consiste en comprender que el universo visible es apenas una jaula en la que el hombre solo avista los barrotes y las hendijas por las que podría ser. En este sentido, la jaula que nos impide volar es esa necia creencia de querer vivir después de la muerte, de dejar a un lado el dolor de la existencia al curarlo cuando nos transformemos en esas entidades etéreas que jamás podremos ser.

El hombre libre es, entonces, una paradoja: se distingue porque es un muerto viviente que piensa menos en la muerte y ahonda mucho más en la vida; sin embargo, esa reflexión constante y profunda en relación con el más allá, con la lejanía, con lo que prácticamente es imposible, se convierte en el aliciente que lo atesta de consciencia, que lo hace concreto.

El hombre que planteó Miguel de Unamuno es como la sal: con la palabra adecuada se sazona la carne a la perfección; no obstante, con el exceso del condimento la llaga deja de ser una duda existencial y se transforma en una tortura racional, en esa imagen volátil en la que lo acabado tiende a la eternidad.

Para finalizar, es importante advertir que ese deseo inmortal de lo eterno, de lo efímero, simplemente le resta realidad a la inmortalidad, a esa muerte a través de la cual vivimos. Que se pudra la carne, que se rompan los huesos, y que ese olor de nuestra podredumbre nos lleve a pensar, por medio del dolor y de la angustia existencial, que el hombre concreto no es en la razón, sino en ese corazón que se devorarán los gusanos y las alimañas al morir. Solo así la muerte será inmortal: cuando sea de carne y hueso.

@wilmar12101

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