LA PERSONALIDAD DEL PECADO

La decadencia, tan propia de la especie humana, se restringe ante los buenos modales que remarca una época que se olvida de un principio fundamental: somos en la medida en que caemos, somos el harapo que nos forja.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón   

 

“Lo menos frecuente en este mundo es vivir.

La mayoría de la gente existe”

Oscar Wilde.

 

Oscar Wilde fue un escritor atormentado, perseguido, hostigado, cazado, prácticamente, como si fuese un animal que desprestigiaba la brillante época victoriana en la que tuvo que existir, porque, en verdad, al dandi inglés le gustaba más vivir. Esa vida desenfrenada le granjeó una discriminación social abrumadora, inconcebible y, ante todo, carnicera y mordaz.

Wilde, el dandi de aquel momento, sufrió los embates de una sociedad mojigata, ávida del rumoreo que se instiga tras la mirada camuflada por la cerradura de la puerta y que, para colmo, descalificaba los comportamientos liberales a nivel social, aunque, al interior del hogar, se encumbrara el infierno mismo, esas actitudes pecaminosas que, en el fondo, sí son la cárcel del cuerpo.

El pecado, entonces, no es aquello que hacemos con libertad, sino toda esa represión a la que sometemos nuestro ser para que, ante la sociedad, seamos hombres aparentes del bien. En tal caso, la decadencia, tan propia de la especie humana, se restringe ante los buenos modales que remarca una época que se olvida de un principio fundamental: somos en la medida en que caemos, somos el harapo que nos forja.

La personalidad del pecado tiene rostro de dandi, se aboca a la perfección literaria y se abandona al decadentismo del ser; en otras palabras, es Oscar Wilde quien rompe ese positivismo cruel y amargo de la bonanza económica, de las relaciones perfectas, y lo hace con un solo fin: demostrar que la literatura no deviene, con regularidad, de la ficción o de la imaginación; es al revés: el poeta dandi nos muestra que las letras emergen de una realidad cruda y cruel: la vida, las pasiones internas.

El caso del escritor inglés va mucho más allá de su vida escandalosa y descarriada, del homosexualismo por el cual fue condenado –bajo el cargo de sodomía– a trabajos forzados y al ostracismo. Wilde sorprende porque produce una relación umbilical entre su forma de vivir la vida y la manera particularmente fértil de fundar las ideas, la narrativa y, en especial, esa poesía que le legó el estatus de escritor inmortal.

Así las cosas, es fácil comprender que Wilde representa con fidelidad las dos características nucleares del artista consagrado. Por un lado, en sus letras no habita el presente, sino algo más profundo: el futuro, lo porvenir. En segunda instancia, el arte, como expresión de lo más recóndito del ser no puede ni debe sucumbir ante los excesos éticos y moralistas que desconocen el arte como una actividad excelsa de la vida, de esa existencia que anuncia al mundo y al hombre a través de la mugre, de los vicios, de ese corazón subterráneo atiborrado de hollín y de sangre, de raíces que un día florecerán.

Con una obra sólida, que va desde la poesía hasta el teatro, el dandi inglés desmenuza, de muchas maneras, el melodrama de la decadencia moral y apuntala el pecado, si es que así se denomina, como un comportamiento no censurable, puesto que es más corrupto y degradante reprimir al ser antes que dejarlo ser.

Oscar Wilde tiene una obra prolífica porque retrata con un lenguaje bello y cadencioso esa dureza y crueldad a la que constantemente se someten los seres humanos sin voluntad. De hecho, su fecundidad literaria hizo que otros artistas se interesaran en sus escritos, los cuales fueron llevados a la ópera y a expresiones como el dibujo y la pintura.

Ilustración / Claudia Matamala

En cuanto al lenguaje, la literatura de Oscar Wilde es prodigiosa en la medida en que sus palabras, sutiles y brillantes, se transforman en figuras literarias que desvelan, en lo hondo de la semántica, el erotismo y la perversidad que anteceden al hombre como sujeto social. Incluso, se apropia de la paradoja y de los refranes populares como recursos que desmiembran y ponen en jaque a una sociedad culturalmente insana, enferma, dañina e insalubre, además de perjudicial e ignorante.

En este sentido, la inmoralidad en la escritura no está remarcada por la historia que se narra o por la idea escabrosa que se apuntala; con Wilde la inmoralidad y el pecado nos habitan desde la ignorancia, a partir del desconocimiento de lo que somos como especie y de lo que podremos ser como individuos tragados por la desesperanza y esas bajas pasiones en las que nos recrudecemos para poder ser.

En lo recóndito de la obra del dandi inglés descubro un recurso más elocuente aún: el epigrama, esa forma de reescribir lo ya escrito para dotar el enunciado de una fuerza semántica tan encantadora que la denuncia y el desprestigio hacia lo referenciado se asume como una acción reflexiva que puede ser o no censurable, condenatoria, pero que, si se ahonda en la estructura profunda solo se halla un asunto incuestionable: la reprobación del hombre como individuo que prevalece a partir de su ignorancia, de esa ausencia de conocimiento.

Oscar Wilde, el esteta revolucionario de la época victoriana, fría y desmedida, por demás, sobrepone a las condiciones culturales de aquel entonces la búsqueda de la belleza, aunque en dicha actividad creadora la moral y la ética deban sucumbir ante la realidad que, por obligación, remarca la literatura en relación con la condición humana que solo subyace en la decadencia y de ese espíritu feroz que nos hace pensar en las estrategias del mal para posicionarnos como especie dominante.

Ese negacionismo de la ética y la moral, además de sus fiestas orgiásticas y su inclinación hacia el homosexualismo, arrastraron al dandi inglés al más penoso de los olvidos, pues, en verdad, los hombres de bien no tendrían por qué leer esa basura en la que se retrataban, de forma tan elocuente, sus comportamientos facinerosos.

Otro género que cultivó Wilde, y que además es poco conocido en el ámbito de las letras, obedece al ensayo. Sin embargo, como excelente pensador y esteta que fue, el dandi no se preocupó por hacer del ensayo un escrito cerrado, atestado de notas y referencias que notificaban a un escritor vanidoso, presumido, academicista.

Wilde retoma el diálogo platónico para escribir sus ensayos. Y lo hace porque en su búsqueda de la belleza la idea no es un pensamiento profundo que se abstrae; es al contrario: las ideas obedecen a opiniones que se discuten, que se debaten para que, de esta manera, el conocimiento sea una fuente inagotable de sabiduría. En este sentido, el ensayo es como una máscara que no miente, es como un antifaz que no oculta.

Así, pues, es fácil detectar que toda la obra de Oscar Wilde es un drama en el que la tragedia desvela los recovecos mundanos que dominan al hombre y, por antonomasia, la comedia es, desde luego, esa sonrisa sarcástica e irónica en la que, de una u otra manera, el ser humano también descubre que su finalidad en la tierra es el morbo, la barbarie y esa tenebrosidad con la cual recubre la verdad de ficción.

Lo que debe quedar claro en esta disertación sobre la obra literaria de Oscar Wilde es, a todas luces, básico y elemental: así como la vida fusiona arte, existencia, decadencia, morbidez y exquisitez, así mismo la literatura debe retomar estas connotaciones de la condición humana, abordándolas lejos de esas mentiras desgraciadas y decantes como lo son la ética y la moral, artilugios con los cuales el hombre se hunde aún más en la ignorancia.

A mi modo de ver, Wilde, desde muy joven, supo que la vida es un drama poco agradable de vivir; sin embargo, por esa misma condición de crueldad es importante vivirla, porque en esa contradicción (vivir lo cruel) el emblema más decadente no es evadir el pecado ni la orgía de la existencia, sino reprimir esas bajas pasiones en las que florecen, al mismo tiempo, tanto el cuerpo como el espíritu. La catástrofe, entonces, no está en lo que soy; indiscutiblemente habita en lo que me impide ser, porque nada más cruel que existir con el corazón poroso, reseco.

@wilmar12101

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