La simbología enmascarada de los mitos

En el andamiaje de cualquier mito se desvela un camino que va en doble vía. En primera instancia, el relato mitológico es vigente porque su simbología trasciende lo puramente fantástico, postulándose como ese discurso (simbólico) precientífico en el que germina la razón.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“¿Qué sería, pues, de nosotros, sin

la ayuda de lo que no existe?”

Paul Valéry.

 

Afuera, de la ventana hacia el infinito, el mundo se presenta como un inmenso rostro que nos mira, oculto, detrás de mil velos. Velos que, al descorrerlos con nuestra inquieta mano, permiten ver que ese universo al cual nos abandonamos no es solo un cuerpo o una máquina; también es una palabra o un símbolo en el que puede posar su sombra tanto lo extraño como lo cotidiano, pues, en la realidad, afuera todo se mueve con una riqueza inaudita, con una estética tan dúctil y texturada que lo mecánico deja de ser artificial.

En la vorágine del mundo las cosas no se presentan como una placa radiográfica: inmóviles y monocromáticas. Si hay algo realmente paradójico en nuestro cosmos es su actividad vertiginosa e involuntaria, la múltiple simbología que se desprende de sus células y fibras, de la carne de su materia.

Como símbolo, el universo debe complacer la variedad estética de los sentidos humanos y, al mismo tiempo, desautomatizar el conocimiento para promover, así, otras percepciones que hagan posible la reinvención de esos escenarios que habitamos, lo que requiere de un análisis exhaustivo en torno a lo simbólico porque sus enigmas son, apenas, un destello por descubrir.

En la actualidad, es importante trenzar un diálogo inter y transdisciplinario capaz de propiciar una vitalidad académica tolerante ante las diferencias; una vitalidad académica que nos lleve a comprender las relaciones simbólicas que se forjan entre todas aquellas cosas que, en apariencia, se contraponen. Es más: el mundo y el hombre son hechos a imagen y semejanza: confluyen en ese punto frágil que hay en el equilibrio de los contrarios porque, por un lado, son opresivos y crueles y, por el otro, libres e independientes.

Hoy, el auge de lo moderno, de las ciencias tecnológicas y de la cultura en general, ha calado hasta lo más profundo de nuestra mente, exigiendo que el cosmos sea leído desde una postura tan audaz e innovadora que lo más sensato sería evitar, a toda costa, el incontrolable malestar provocado por los prejuicios y las estigmatizaciones.

En el fondo, si el orbe es un gran texto atiborrado de simbologías y paradigmas por desencriptar, entonces una lectura única y absoluta de él se volvería imposible porque, incluso, en las sombras proyectadas se hallan múltiples perspectivas, acciones y movimientos que requieren de una interpretación más dinámica por medio de la cual es indispensable la sospecha como estrategia de inteligencia y profundidad.

Por principio simbólico, el mundo es un escenario de signos plásticos opuestos al Rigor Mortis del concepto anestésico. Todo lo sucedido en el universo es un misterio en el que se halla, invisible, la sabiduría; en sí, todo aquello que a partir del símbolo se manifiesta como multidimensional.

Representación figurativa de mitos chibchas. Foto / Cortesía.

El argumento planteado es el siguiente: en el andamiaje de cualquier mito se desvela un camino que va en doble vía. En primera instancia, el relato mitológico es vigente porque su simbología trasciende lo puramente fantástico, postulándose como ese discurso (simbólico) precientífico en el que germina la razón. En segunda medida, en cada mito (analizado) se descubre una realidad humana desprovista de toda huella instaurada por la certeza; es decir, en los relatos míticos la veracidad ciega y absoluta es inexistente, lo que nos hace conjeturar que las sagas mitológicas son, precisamente, esa potencia en la que se actualiza de manera permanente la verdad.

En tal caso, el mito de Ícaro, por ejemplo, no es tan simple como parece. Esta narración va mucho más allá del joven desobediente y nos demuestra que su fuerza científica es más vital que la fantasía, puesto que la simbología encubierta en su médula no es el lecho de un río reseco, sino que, por el contrario, es ese caudal invisible a través del cual cada época se actualiza constantemente. Para Paul de Man, el discurso mitológico no huye de la realidad ni empaña la visión del discurrir lógico, pues todo lo de antaño será de nuevo un día, porque la admiración por los mitos del pasado es inútil si no heredamos ahora, en la actualidad, el nervio que los creó.

Así, el mito, como relato precientífico y simbología del universo presente, implica que la necesidad del recuerdo sea tan obligatoria como la del olvido, porque de ese vaivén pendular surge uno de los requisitos más fundamentales del mundo contemporáneo: el constante fluir de las cosas y del conocimiento hacia la transformación de los principios en que se fundamenta, con gran elocuencia, lo de ahora y lo de ayer, la ruina y el vestigio, la vida y la muerte.

El flujo transicional de lo mitológico no promueve el aniquilamiento de la realidad ni, mucho menos, la desaparición de su propio discurso, porque el mito en lugar de destruir, ilumina. De hecho, en su estructura profunda subyace el placer de esas nuevas miradas que exige el relato mítico, al desvelar que la luz oculta en su núcleo no es un chorro lineal que apunta hacia el mismo foco en la oscuridad; es todo lo contrario, porque estos discursos, en su corazón, tienen un pálpito multidimensional en el que se demuestra, simbólicamente, que lo lógico no es tan lógico.

Nada dura inmune para siempre. En ese desgaste que sufren las cosas se encuentra una infinitud de razones para pensar y desconfiar que el objeto de análisis no es, en definitiva, lo que se cree. Aunque el mundo se exhiba indisociable en algunos momentos y, en otros, caótico, es casi imposible prescindir de él, pues la potencia de sus consecuencias es, de manera simbólica, la misma que forja las diferencias y similitudes observadas en sus causas y efectos.

La virtud del hombre que percibe el universo como un símbolo radica en no sacrificar las múltiples apreciaciones de sus ideas al ordenamiento estático de lo acabado. Ningún postulado que se elabore es producto de una única elucidación; en el fondo, es el resultado de una contradicción constante, de un relampagueo permanente, de un secreto que desemboca en la ilusoria sensación de la evolución.

Con el análisis simbólico del mito no se denuncia la injusticia de los tiempos modernos, la hambruna sufrida por ciertas poblaciones, los atropellos y desfalcos ocasionados por la guerra, la xenofobia o la corrupción política; lo que se divulga en los argumentos de cualquier texto mítico es que el riesgo más noble a asumir por el hombre consiste en ser consciente de que las cosas y los sistemas no dependen de la época que los forjó, sino de la transformación de las ideas que, por supuesto, pueden hallarse en el futuro (hipótesis) o en el pasado (demostración) que las concibió. De acuerdo con Robert Graves, los mitos no son fabulaciones de antaño; en realidad se convierten en la predicción de un futuro próximo, cercano.

La simbología que subyace de los mitos puede ser el medio para luchar, con escudo y espada, contra el fatalismo de lo absoluto; en otras palabras, la vivacidad de la razón tiene perspectivas distintas para obrar y, una de ellas, consiste en desenterrar esa estética moderna que se encuentra inmersa en la sensibilidad humana. De la caverna solo salieron, a la gratitud de la luz del día, quienes se preguntaron por su sombra; los demás apagaron el fuego y se internaron en la oscuridad total, perdiendo, de manera paulatina, el dominio de sus cuerpos, la conciencia de su materia.

En este sentido, si el mito es el símbolo en el que se mira el mundo, entonces, lejos, en el reflejo del espejo, las grietas detalladas no son las resquebrajaduras que ha resistido el cristal; son, más bien, las roturas de ese universo en el que se desvelan, míticamente, las fisuras que nos han impedido descifrar el absolutismo de la verdad. Quizás, por ello, Platón argumenta que el mito dice lo indecible y se justifica a sí mismo.

En relación con lo enunciado, la aparente nulidad del mito, en la época actual, es una valoración vaga y sucinta, atestada de nimiedades y desbarajustes. Hoy, el don verdadero que caracteriza al discurso mitológico es su profundo sentido estético y el nervio sensible con el cual despoja a la realidad de sus ataduras convencionales.

Uróboros, la serpiente de la mitología egipcia que se come así misma.

La mirada atenta de un individuo inteligente hacia los mitos permite considerar que la inmoralidad humana solo es un asunto de ceguera, del encadenamiento de nuestras volubles ideas al rígido espectro de la razón. Las sagas míticas advierten, en la esencia de sus simbologías, que la realidad es un rostro mil veces enmascarado. Y esta verdad (la multiplicidad de los rostros) continúa siendo la más exigente porque, precisamente, es la más relativa.

Lo interesante es esta nueva relación que traen consigo los símbolos, esa reconciliación mediante la cual es evidente que las narraciones míticas no están fuera de la realidad. ¿O acaso la ciencia no fabula sus invenciones? ¿No las descubre en la interpretación más sensible de los mitos? En otros términos, el asombro, como fuente de sabiduría se halla, sin discusión alguna, en lo inesperado, en esas sombras que se mueven libremente en la oscuridad.

De hecho, la tesis más valiosa de un análisis simbólico sería esta: no existe, en ningún parámetro ortodoxo, unidad en la unidad, solo multiplicidad, diversidad: simbologías que se abren hacia la movilidad del mundo, hacia la ilegibilidad de todo aquello que se encuentra fuera de nosotros. Por tanto, la estructuración de lo simbólico, en relación con el mito, nos muestra el universo como un síntoma y no como un método de la superchería; tampoco como un cliché de lo acabado. A propósito, Paul Diel expone que la mitología clásica es un cosmos plagado de símbolos en los cuales se descubre que hay tantas verdades como puedan ser demostradas.

Las narraciones de la mitología clásica no tratan de perturbar la vida con su crueldad y crudeza; exigen ilustraciones más inquietantes y asombrosas sobre esa realidad constitutiva de la naturaleza humana. Aquí, el vínculo mito-hombre revela que ningún símbolo se opone radicalmente a la verdad, pues la sensación con la cual se recubre todo lo humano es el misterio y nada más enigmático que la infinita simbología arcana detrás del mito. Por ello, surge la necesidad de configurar una genealogía sobre la acción de leer el mundo y, de este modo, cosechar una plasticidad de los sentidos mucho más amplia y sugestiva en cuanto a la linealidad del pensamiento moderno.

Analizar un relato mítico obliga a descifrar el rastro de sus símbolos, a introducirse en una serie de vestigios que matizan la comprehensión del orbe desde una óptica pensada para el encuentro del dato cualitativo como principio de sabiduría. En este sentido, la simbología del mito no resuelve los problemas del conocimiento; es al revés: abre un abanico aún mayor alrededor de sus enigmas. En tal caso, el relato mitológico no está destinado a explicar una particularidad local y limitada -nos dice Pierre Grimal-, sino a patentar una ley orgánica y universal de las cosas.

En lo profundo del mito descubro que el hombre es esclavo de sí mismo, de sus teorías demostradas, cuantificables; en sí, de ese carácter inflexible de lo ortodoxo que lo define como sujeto racional. Sin embargo, el discurso mítico le exige cambiar el paradigma: lo exhorta a ser un reco-lector de signos naturales y reales que ha de convertir placenteramente en saber porque, si el mundo es un escenario atestado de símbolos, es fundamental predecir y conjeturar, con una actitud sensible, todo aquello que se nos revela en la aparente ilegibilidad del universo, en ese extraño vitalismo que hay en la ordenación extraordinaria de las cosas.

En síntesis, es primordial despojar de toda ligadura racional al discurso mitológico, porque aquellos relatos de antaño no se levantaron sobre la dureza de la roca ni se cincelaron a base de molduras y mazazos; los mitos aparecen por la visión de lo fantástico, por el simbólico enigma que cada cosa trae inherentemente en su condición de ser.

Referencias

  • De Man, P. (1996). Escritos críticos. Madrid: Editorial Visor.
  • Diel, P. (1985). El simbolismo en la mitología griega. Barcelona: Editorial Labor.
  • Graves, R. (2004). Mitos griegos 1. Madrid: Editorial Alianza.
  • Grimal, P. (2008). Diccionario de mitología griega y romana. Barcelona: Editorial Paidós.
  • Platón (1972). Obras completas. Madrid: Editorial Aguilar.