LAS PARADOJAS DE LA POSMODERNIDAD

Dirán que no comprendo la posmodernidad y están en lo cierto; nada más desconcertante que una certeza para alguien que no es más que un cúmulo cada vez más amplio de incertidumbres.

 

Por / Gustavo Agudelo

La posmodernidad es un acto de prestidigitación. El concepto es cada vez más recurrente en discusiones académicas y ronda las facultades universitarias a lo largo y ancho del planeta. Unas veces como un espectro que reclama atención, como en Hamlet, y otras como un punto obligado de pare y siga: una aduana, un límite fronterizo. Desde que Lyotard escribiera sobre ella en el 79, el tema ha servido de excusa no sólo para reflexionar sobre su definición, sino para enumerar una serie de características históricas, filosóficas y dispares que conforman sus presupuestos. No es una cuestión sencilla, así que vamos por partes. La existencia de algo llamado posmodernidad implica que en algún punto existió algo llamado modernidad. La posmodernidad sería entonces la superación de ese estado previo conocido como modernidad. Ya está.

Lo mejor que tienen las definiciones es su carácter concluyente, como un gol al minuto noventa. Y no hay nada más desconcertante que un gol al minuto noventa. Uno no entiende cómo, en qué momento filtraron ese balón si el partido estaba bajo control y la clasificación era un hecho. Tiene que haber un error; que alguien ponga el VAR porque estaba en fuera de lugar, no se entiende de otra manera.  La mayor virtud de una definición es también su peor defecto. Toda definición es temporal; por eso los diccionarios siguen en imprenta.

El asunto se torna mucho más complejo si tenemos en cuenta que el concepto de modernidad todavía es objeto de acalorada polémica por cuanto no hay unanimidad al respecto. No hay unanimidad porque algunos identifican la modernidad con la crisis producida a finales de la Edad Media y con la irrupción del Renacimiento y una nueva forma de entender el mundo basada en la ciencia y el humanismo. Es decir, un cambio de centro con respecto al objeto de discusión. Tipos como Nietzsche o Wittgenstein lo habían advertido. El primero cuando dijo que todo cambio en la estructura gramatical era un golpe a la teología; el segundo cuando afirmó que «los límites de mi lenguaje eran los límites de mi mundo».

Ilustración / Cultura Genial

Hay quienes ven la modernidad como un asunto derivado de los avatares de la Contrarreforma que sumió a los individuos y sociedades del siglo XVII en una crisis sin precedentes que derivó en un sentimiento de derrota y escisión, además de un debilitamiento de las estructuras económicas europeas y la decadencia imperial de países como España. Quevedo lo expresó mejor que nadie: «soy un fue, y un será, y un es cansado».

Un grupo amplio de teóricos vincula el concepto de modernidad con acontecimientos vinculados a la Revolución Francesa y la transición entre monarquías absolutas y la participación popular característica de las democracias liberales. Es decir, la modernidad surge cuando se establece una nueva forma de relación con el poder. Lo anterior sin mencionar que algunos consideran la Revolución Industrial como responsable de la misma.

Hay un asunto que salta a la vista pese a la falta de consenso. La modernidad, independiente de la postura que tomemos para explicarla, surge como respuesta ante una sociedad en crisis, exhausta, agotada. Si el asunto de la modernidad es complejo, ya no digamos el de un concepto como el de posmodernidad.

En primer lugar, hablar de posmodernidad implica que los presupuestos de la modernidad han sido superados y nos encontramos en una etapa posterior. No es una cuestión menor y no está exenta de problemas. Muchas de las características de la posmodernidad pueden encontrarse en la modernidad.

En segundo lugar, el hecho de que los límites de la posmodernidad sean difusos no ayuda en su conceptualización y hace que la discusión adquiera el adjetivo de bizantina. Hay similitudes, claro, pero también diferencias. Unas veces Jekyll, otras Hyde.

La posmodernidad surge como punto de inflexión entre el estancamiento de los postulados de la modernidad y el fracaso de esa idea de mundo que se alzaba sobre el progreso técnico y científico, las vanguardias artísticas y la economía del capital. En otras palabras, la posmodernidad surge del agotamiento de las estructuras básicas que sostienen la idea de modernidad. Y decir agotamiento es tanto como decir que la modernidad quedó al margen de una sociedad en constante evolución.

Gómez Dávila lo dijo, «El mundo moderno parece invencible. Como los saurios desaparecidos». No era para menos. Con una economía que fluctúa entre la crisis y la incertidumbre; con un progreso técnico e industrial que nos ha llevado al borde de la extinción, amenazando el bienestar del planeta y nuestra continuidad como especie, derrumbando la confianza en la razón cartesiana y en lo que el método de las ciencias prometía a la humanidad, y donde la corrupción de la idea de democracia ha dado paso al totalitarismo, la censura y la represión; el concepto de modernidad ya no estaba en crisis sino en transición.

Lo paradójico de todo esto es que la posmodernidad no es tanto la solución a los problemas anteriores como una exacerbación de estos, filtrada muchas veces por la banalización. De nuevo Gómez Dávila, «ser moderno no es haber superado los problemas de ayer, es creer haberlos superado».

Ahora. Es posible que la posmodernidad no sea tanto la superación de la modernidad como una condición intrínseca a la especie humana que habita los límites del mundo; es decir, la posmodernidad no como un momento histórico exclusivo de nuestros tiempos, sino una condición que resulta de habitar en los límites de la historia, una forma de estar y reconocer el mundo; una dialéctica.

De ser así, tanto los marineros que iban con Colón a bordo de las carabelas como los hombres y mujeres que del otro lado del Atlántico escuchaban los relatos del Nuevo Mundo, experimentaron la condición posmoderna. Así sólo haya sido por un instante.

Ilustración / Dialektika

Los pueblos nativos de América no lo fueron menos e incluso, pudieron serlo más que los primeros. Después de la sorpresa y conmoción que el Descubrimiento de América trajo consigo, Europa volvió a dejarse arrastrar por los marcos hegemónicos y quiso imponerse a la nueva realidad exótica que se alzaba desconcertante. La hegemonía como una forma de imponerse a la otredad hasta sofocarla.

Los habitantes del Nuevo Mundo plantaron cara, pero intentaron reconocer la nueva realidad que aparecía ante sus ojos. No fueron los únicos. Cuando Jerónimo lamenta la destrucción de Roma por el ejército visigodo al mando de Alarico en 410 y se cuestiona sobre lo que será del mundo a partir de ese momento, el santo católico, uno de los tipos más radicales de la Alta Edad Media, está habitando la condición posmoderna.

No lo fue menos Hipatia al hacerle frente, a través de la ciencia, la discusión académica y la filosofía, al dogmatismo cristiano que comenzaba a tomarse el imperio y alborotaba los ánimos en Alejandría. Ni hablar de Averroes, Avicena, Maimónides, Spinoza o Servet.

Dos de los tipos más posmodernos que hayan habitado el mundo podemos encontrarlos en el siglo XIII, el primero, y en el XVII, el segundo. Dante no sólo subvierte la tradición medieval, sino que hace del amor una búsqueda. En la Comedia, Dante recorre todo el imaginario medieval, pero ya no en la búsqueda de Dios sino del amor representado en Beatriz. Un cambio de centro. La aventura caballeresca de Cervantes ocurre en un mundo demasiado racional; la búsqueda del Quijote es un anacronismo por cuanto lo que busca ha dejado de existir en la realidad y sólo existe en los libros y en su cabeza; es decir, en una realidad alternativa y completamente mediada por la imaginación y el espíritu.

En el debate entre modernidad y posmodernidad está expresado lo que Popper denominó como el «mito del marco común». La tensión que resulta de ambos conceptos ha alimentado el debate filosófico, incluso político, en las últimas décadas.

No terminamos de entender de qué va la modernidad y ahora nos empeñamos en hablar de posmodernidad. Las preguntas surgen más rápido que las respuestas. Un tipo como Gutiérrez Girardot tendría mucho que decir al respecto. Diré que, si la modernidad surge de la masa iracunda que destruye La Bastilla en nombre de la igualdad, la libertad y la fraternidad y que luego haría ingentes esfuerzos por perseguirse y destruirse a sí misma por cuenta del miedo, la desconfianza y la guillotina; la posmodernidad surge como respuesta a la paradoja del totalitarismo democrático, pero en su afán de romper con el establecimiento, termina ridiculizando lo que antes no alcanzaba a ser tomado con seriedad.

Una de las grandes paradojas de la posmodernidad es que, al alzarse sobre la ruina de los grandes relatos de la modernidad, termina convirtiéndose en un relato más. Si la modernidad fragmenta al individuo, la posmodernidad lo disuelve, lo hace polvo, como el chasquido de Thanos en Infinity War.

Dirán que no comprendo la posmodernidad y están en lo cierto; nada más desconcertante que una certeza para alguien que no es más que un cúmulo cada vez más amplio de incertidumbres. La discusión nos lleva de las antorchas revolucionarias de Robespierre a las reproducciones infinitas de Warhol; a medio camino entre la incertidumbre del futuro y la ingenuidad medieval. Lo paradójico de todo esto es que estábamos más seguros en la Edad Media.