Sin la escritura la mente se vuelve simple, dócil y doméstica, fácil víctima para ser sometida y dominada por aquellos que manipulan las emociones y sentimientos con estímulos que bloquean la capacidad reflexiva. Última entrega de la serie.

De regreso a la oscuridad

Por Iván Rodrigo García Palacios

B asicamente, desde la emergencia del Homo Sapiens, los humanos se comunicaron entre sí, reprodujeron y conservaron los productos de su imaginación y de su pensamiento de manera oral, es decir, una trasmisión de generación en generación.

Ese medio de comunicación y trasmisión del conocimiento y de los saberes duró por más de sesenta mil años hasta la invención de la escritura por parte de los sumerios, pero, aun así, habrían de pasar otros tres milenios para que la escritura se convirtiera en el medio que hoy conocemos y que se utiliza para producir, trasmitir y conservar esos productos de la imaginación y del pensamiento que son las artes, las ciencias, las filosofías, es decir, para que se diera la transición de la cultura y de sus medios de la expresión oral a la escritura.

Pero lo más asombroso de esa transición no fue tanto el cambio de formato para la comunicación y la trasmisión del conocimiento y del saber, sino la evolución epigenética que ello significó para el cerebro.
Resulta que en el cerebro no existen áreas especializadas para le lectura y la escritura y que tales habilidades son el resultado del desarrollo de inventos recientes en la evolución.
Pero el cerebro sí está dotado de una extraordinaria habilidad, la de adaptación, resultado a su vez de una cualidad especial: la plasticidad neuronal, la posibilidad de modificar las funciones neuronales y la de formar nuevos circuitos neuronales con habilidades y capacidades propias, es decir, de cambiar la organización cerebral, “el efecto Baldwin”.
Gracias a ello fue posible desarrollar las habilidades y capacidades de la lectura y la escritura, las que, a su vez, le han permitido al cerebro ampliar la capacidad de pensar y, con ello, a la humanidad para desarrollar las más poderosas formas de generar nuevos conocimientos y saberes y evolucionar por su cuenta y riesgo.

Como el psicólogo ruso del siglo XX Lev Vigotsky decía, el acto de poner la palabras y los pensamientos por escrito estimula y en sí mismo cambia las ideas. Fotografía / Getty Images

Un suceso universal

De los descubrimientos sobre estos asuntos escribió Maryanne Wolf en su libro Cómo aprendemos a leerHistoria y ciencia del cerebro y la lectura.

Si echamos un vistazo global a la historia, vemos que lo que ha fomentado el desarrollo del pensamiento intelectual de la humanidad no fue el primer alfabeto, ni siquiera la repetición óptima de un alfabeto, sino la escritura en sí. Como el psicólogo ruso del siglo XX Lev Vigotsky decía, el acto de poner la palabras y los pensamientos por escrito estimula y en sí mismo cambia las ideas. A medida que los humanos fueron aprendiendo a utilizar la lengua escrita cada vez con más precisión para trasmitir sus ideas, su capacidad para el pensamiento abstracto y las ideas novedosas se incrementó.

Y así vuelvo a recordar el epígrafe con el que arranqué esta serie de Lecturas lúdicas, para mostrar el por qué la escritura y la lectura han sido un suceso extraordinario para la humanidad en su conjunto y no para un hombre en particular.

Porque para lograr lo que se ha logrado en este breve intervalo de tiempo evolutivo, ha sido necesaria la participación de cada vez un mayor número de humanos que aprenden la lectura y la escritura y que, a su vez, producen cada vez una mayor cantidad de conocimiento y saberes, o sea, una mayor cantidad de productos de la imaginación y del pensamiento para que así cada vez más humanos, los trasciendan y generen a partir de ellos más de esos productos en una espiral infinita.

Eso supone una solución al enigma del por qué antes del invento de la escritura y por los más de dos mil quinientos años después de ello, el incremento del conocimiento y el saber fuera tan lento y escaso, porque eso explica que para que estos aumenten es necesario que más individuos participen y lo produzcan, pero aun más, que lo trasciendan, que lo hagan cada vez más complejo, amplio y profundo.

Desde entonces, los saberes y el conocimiento de las civilizaciones occidentales se amplió exponencialmente en el curso de unos pocos siglos. Fotografía / Getty Images

Eso fue lo que sucedió en esos más de dos mil quinientos años que siguieron al invento de la escritura y del dinero por parte de los sumerios, porque, si bien, como lo dijo Yuval Noah Harari en su libro Homo deus, que ya cité antes, las civilizaciones que emergieron utilizaron la escritura y el dinero para conquistar y consolidar grandes imperios.

Lo que no dijo, fue que el aprendizaje de tales habilidades de la mente se mantuvieron dentro de ámbitos cerrados y exclusivos, lo cual explica el porqué y por todo ese tiempo la cultura de la humanidad continuó siendo oral y que la escritura fuera solamente de uso para la economía doméstica, para los asuntos de gobierno y del Estado y, por supuesto, para el mantenimiento de las creencias religiosas y las religiones “del Libro”.

Es por eso que aquellas civilizaciones antiguas fue poco lo que agregaron al patrimonio colectivo del saber y del conocimiento de la humanidad. Y digo poco en comparación con lo que sucedió luego.

Pues esa situación cambio a partir de la invención del negocio de los libros y la trasformación en la enseñanza y uso de la escritura y de la lectura, por parte de los griegos.

Desde entonces, los saberes y el conocimiento de las civilizaciones occidentales se amplió exponencialmente en el curso de unos pocos siglos.

Y quizás hubiera podido ser mucho más de no haber ocurrido la caída del Imperio Romano y la tragedia de la ascensión de los oscurantismos religiosos judeo-cristianos que volvieron, esta vez, a censurar el negocio de la escritura, la lectura y los libros, hasta su más mínima expresión y, con ello, a los productos de la imaginación y del pensamiento, pues las habilidades de los intelectuales quedaron circunscritas exclusivamente a asuntos teologales y los temas científicos fueron condenados a la clandestinidad y, sus autores, a la muerte, si los pillaban.

Ello porque únicamente el arte, pensamiento y ciencia de los libros sagrados eran “la verdad absoluta y única” y no se necesitaba ninguna otra verdad que la controvirtiera o la subvirtiera.

En consecuencia, se puede decir que el saber y el conocimiento se expanden en la medida en la que mayor cantidad de cerebros imaginando y pensando, participan y se expresan y ponen en circulación sus productos e ideas para que otros los trasciendan con su propia lectura trascendente.

Y eso es precisamente lo que provoca el negocio de los libros, la escritura y la lectura, al poner al alcance de todos el conocimiento y los saberes de los otros.

…las nuevas tecnologías digitales están provocando una nueva evolución adaptativa del cerebro: el cerebro procesador de datos. Fotografía / Getty Images

El cerebro procesador de datos

Sin embargo, esos logros están de nuevo en peligro, un peligro mayor que el del oscurantismo medieval: las nuevas tecnologías digitales están provocando una nueva evolución adaptativa del cerebro: el cerebro procesador de datos.

Según esto, el cerebro está volviendo a reorganizar los circuitos neuronales. Aquellos circuitos neuronales que se habían desarrollado con los inventos de la escritura y la lectura y que le daban la habilidad para realizar una lectura en profundidad, o sea, aquella que le permite trascender a partir de la materia de lo leído, lo que, a su vez, le permitía explorar en lo desconocido para así descubrir nuevos conocimientos y saberes, están siendo reorganizados hacia el simple procesamiento de datos, a la simple acumulación y repetición de los saberes ya establecidos.

Y eso es una gran tragedia, porque ello significa limitar la imaginación y el pensamiento.

De acuerdo con lo expuesto por Maryanne Wolf, la neurocientífica cognitiva especializada en la lectura, en sus libros Cómo aprendemos a leer y el más reciente, Reader, come home, aun no traducido al español, las nuevas tecnologías están atrofiando esas habilidades superiores del cerebro, pues, si bien el cerebro está desarrollando la habilidad de procesar simultáneamente grandes cantidades de información con los nuevos medios tecnológicos, también está perdiendo la habilidad del trascender de la lectura, la de dar sentido a lo que se lee y en consecuencia, a la invención de nuevas ideas y conocimientos.

Para cerrar el círculo de estas Lecturas lúdicas donde lo empecé , vuelvo a citar a Maryanne Wolf:

No pongo en duda la forma extraordinaria en que el mundo digital da vida a la realidad y la perspectiva de otras personas y culturas. Lo que sí me pregunto es si los lectores jóvenes típicos no consideran el análisis de texto y la búsqueda de niveles más profundos de significado como algo cada vez más anacrónico, a causa de lo tremendamente acostumbrados que están a la inmediatez y aparente globalidad de los datos que aparecen en pantalla, a los que pueden acceder sin que medie esfuerzo crítico y sin necesidad de ir más allá de la información recibida. Pregunto, por consiguiente, si nuestros niños están aprendiendo lo esencial de la lectura: trascender el texto. Muchos estudiantes a los que les han salido los dientes accediendo con relativo poco esfuerzo a Internet puede que todavía no sepan pensar por sí mismos. Sus miradas se han estrechado a lo que ven y oyen con rapidez, y sin esfuerzo, y tienen demasiadas pocas razones para pensar apartados de nuestras cajas tontas más flamantes y sofisticadas. Estos estudiantes no son analfabetas, pero tal vez nunca lleguen a convertirse en lectores expertos. Puede que durante esa fase del desarrollo lector en que la capacidad crítica es guiada, modelada, se practica y se pule, no hayan sido estimulados a explotar el súmmum del cerebro lector totalmente desarrollado: el tiempo para pensar por su cuenta.

Y, a manera de agregado: “pensar por su cuenta”, para mi, significa elaborar nuevas ideas, conocimientos, saberes y, lo más importante, saber trasmitirlos a los demás.

Estos estudiantes no son analfabetas, pero tal vez nunca lleguen a convertirse en lectores expertos. Fotografía / Getty Images

La escritura se va muriendo

Esa es la otra gran tragedia que está ocurriendo: ya tampoco se desarrolla y realiza la buena escritura. Son muchos los científicos que estudian el cerebro lector y promueven la lectura como la gran habilidad y capacidad del desarrollo de la mente.

Pero son muy pocos los que hacen lo mismo por la escritura, como si la escritura fuera apenas un apéndice de la lectura. Nada más falso. La escritura es mucho más que eso, pero es poco lo que se sabe. Valdría la pena estudiar y divulgar ese conocimiento y saberes.

O, para empezar a “desfacer ese entuerto”, es necesario intentar responderse a las preguntas: qué, cómo y por qué son y funcionan tanto la lectura como la escritura.

A manera de intento. La lectura es un proceso que funciona de afuera hacia adentro y la escritura en sentido contrario.

En la lectura se trata de desentrañar los sentidos y los significados que quiere compartir y comunicar un escritor.

En la escritura se trata de darle sentidos y significados con palabras a lo que se quiere expresar, compartir y comunicar.

En fin, la cosa es compleja y merece un mejor estudio que desentrañe los propósitos, las intenciones, la mecánica cerebral y la mecánica cultural del funcionamiento de la lectura y la escritura como acciones superiores de la mente humana.

Y esto nos conduce a los motivos de los peligros y a las alarmas que nos advierten de esos peligros. Resulta que el lenguaje y los idiomas están siendo erosionados por la velocidad y la simpleza de los medios digitales.

Se escribe sin pensar y lo que se quiere expresar se expresa con memes tan simples que apenas si invocan emociones y sentimientos simples y superficiales de placer o dolor, desatando emociones casi primarias que impulsan a la acción irreflexiva.

…la escritura es una función que implica, además de los circuitos y procesos de la lectura, otros que le son propios y necesarios. Fotografía / Getty Images

Me llama la atención, por ejemplo, que la misma Maryanne Wolf destaca la importancia de la escritura, pero, a partir de allí se olvida de la escritura y concentra su investigación en la lectura, en el cerebro lector, dejando de lado la escritura, el cerebro escritor, lo que me lleva a pensar que ella, como muchos otros neurocientíficos cognitivos, consideran a la escritura como algo similar, un apéndice de la lectura, algo que está ahí porque ese es su lugar y porque sus aportes son parte del paisaje.

Sin embargo, si se mira bien, la escritura es una función que implica, además de los circuitos y procesos de la lectura, otros que le son propios y necesarios, pues, en primer lugar, no es lo mismo organizar el pensamiento y la imaginación a partir de la lectura, que, en segundo lugar, organizar la imaginación y el pensamiento para escribir lo que se imagina y se piensa.

Y, para acabar de ajustar, el escribir exige habilidades motoras que es necesario coordinar con lo que se imagina y se piensa.

En la lectura, por otra parte, se usan los ojos y los procesos visuales de otra manera de como lo hacemos al escribir.

Así que se puede deducir que tanto la lectura como la escritura contribuyen a desarrollar una nueva organización de los circuitos neuronales y del cerebro, pero cada una en áreas y funciones propias y especializadas. Habrá que esperar a que se realicen las investigaciones adecuadas.

Mejor dicho, tanto la lectura como la escritura son fundamentales en el desarrollo de la imaginación y del pensamiento, pero tanto la una como la otra lo hacen de manera diferente, al igual que lo son sus aportes al descubrimiento de conocimiento y la acumulación de saber que también son diferentes. Basta con reflexionar un poco sobre el asunto.

Por eso llamo la atención sobre las teorías de Lev Vigotsky, quien, hace cerca de cien años y sin las herramientas de los neurocientíficos actuales, pero sí con la genialidad de su capacidad de observación, deducción, intuición y síntesis, fue capaz de anticipar la importancia que la escritura tiene para la evolución del cerebro humano y para el desarrollo de las habilidades superiores de la mente.

O dicho de otra manera, la escritura es la mejor herramienta para producir conocimiento y saberes. El libro de Lev Vigotsky, Pensamiento y lenguaje, está dedicado a esto:

Nuestras investigaciones han demostrado que el desarrollo de la escritura no repite la historia evolutiva del habla. El lenguaje escrito es una función lingüística separada, que difiere del lenguaje oral tanto en estructura como en su forma de funcionamiento. Aun su desarrollo mínimo requiere un alto nivel de abstracción. Es habla en pensamiento e imagen solamente, a la que le faltan las cualidades musicales, expresivas y de entonación del lenguaje oral.

Sin la escritura la mente se vuelve simple, dócil y doméstica, fácil víctima para ser sometida y dominada por aquellos que manipulan las emociones y sentimientos. Fotografía / Getty Images

Sin la escritura… la oscuridad

La escritura es el ejercicio mediante el cual la mente elabora los productos de su imaginación y de su pensamiento para ser compartidos con los otros y así sumar y multiplicar los saberes a la cultura de la humanidad.

Sin la escritura la mente se vuelve simple, dócil y doméstica, fácil víctima para ser sometida y dominada por aquellos que manipulan las emociones y sentimientos con estímulos que bloquean la capacidad reflexiva.

Sin escritura no se desarrolla el buen sentido crítico y, peor, se pierden el conocimiento y los saberes en el olvido de la memoria oral.

 

El imaginar y pensar conectados a la “nube”

En medio de esas tragedias, otra más. Se están perdiendo las habilidades de imaginar y de pensar, así como también las habilidades para descubrir conocimiento y producir saberes.

Denunciar esa nueva tragedia, es en buena parte el propósito de Maryanne Wolf al investigar y divulgar los perversos efectos que la Internet está teniendo sobre los cerebros de los humanos.

Pero, también, lo peor, el que la sociedad no se preocupa de que sus sistemas educativos están contribuyendo a ello, pues, en su afán de producir mano de obra barata y calificada para alimentar la codicia del sistema capitalista, se considera un desperdicio el que se invierta cualquier recurso y el que se realice cualquier esfuerzo por desarrollar adecuadamente las habilidades más superiores de la mente de los estudiantes en todos los niveles, o sea, la imaginación y el pensamiento.

Por todo ello vuelvo a insistir en mi cuento: no hay nada tan placentero como la lectura y la escritura lúdica, la naturaleza enseña sus maravillas por medio de los juegos, pero no esos juegos mecanizados, sino los juegos que hacen pensamientos por medio de los sentimientos y de la imaginación para ser pintados, escritos y divulgados.

Y ahí es donde interviene el negocio de los libros, sean estos en papel y tinta o en pixeles y luz, son campos de juego maravillosos para desarrollar las habilidades de la imaginación y el pensamiento.