LUCIFERIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA

Hoy, más que nunca, debemos, por identificación cultural, valorar y comprender, en el silencio de nuestras ruinas, las voces de nuestro fulgurante pasado.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra.

Y nos dijeron: cierren los ojos y recen.

Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra

 y nosotros teníamos la Biblia”

Eduardo Galeano.

 

Cierto es que la tierra, por excelencia, es cuna del desarrollo y evolución de la vida. En este planeta toda especie goza de una forma particular de florecer y el ser humano no es la excepción. Incluso, el lecho reseco de un desaparecido río es un ecosistema tan vivo como la roca en la que germinan el moho, el musgo y los parásitos. Así es la tierra: ese lugar en el que todo nace y todo perece, porque unos y otros siempre se muerden en la garganta.

Hace unos 500 años, como en una escena apocalíptica, en nuestras costas americanas encallaron sendas carabelas que los indígenas mexicanos confundieron erróneamente con la aparición del gran dios Quetzalcóatl. El oráculo indicaba que el dios llegaría a través de la niebla del mar; sin embargo, de esos armatostes inverosímiles para nuestra cultura no descendió la serpiente emplumada, era algo mucho peor: monstruos con armaduras que no solo hundirían sus dientes en la yugular de nuestras comunidades, sino que, además, escupirían su baba venenosa sobre una tierra virgen que había reverdecido siglos atrás, y que, para ellos, apenas era esa ilusión mesiánica de la Tierra Nueva.

Este texto tiene un propósito fundamental: describir, grosso modo, cómo las culturas indígenas mesoamericanas, después del mal llamado Descubrimiento de América[1], se fueron cristianizando, que no es otra cosa que una luciferización del ser; en otras palabras, el cambio de paradigma consistió en someter al hombre a través de una deidad terrorífica y malévola que castigaba con el fuego del infierno hasta que paulatinamente unas tradiciones fueron suplantadas por otras.

De los habitantes precolombinos que habitaron en nuestro continente habrá mucho que decir; no obstante, describiré algunas características generales en función de los incas, los mayas y los aztecas, civilizaciones emblemáticas de nuestro continente.

Es indiscutible que los incas desarrollaron un conocimiento amplio de la arquitectura y supieron aprovechar el suelo de la cordillera, venciendo las adversidades del abrupto terreno y, asimismo, la rigurosidad del clima para cultivar, en sus terrazas artificiales, el sustento de su población.

Aquellos indígenas sobrevivieron en tales circunstancias y, a nivel socio-político, establecieron una centralización administrativa por medio de la cual dominaron sus clanes familiares. Grandiosa y monumental, la ciudad de Machu Picchu evidencia el desarrollo social, cultural, tecnológico y cognitivo desplegado por ese imperio que cinceló la roca e hizo del terreno indomable su bastión para vivir.

Otra sociedad prodigiosa que encontró en América Latina su origen fue la de los mayas. Los avances científicos alcanzados por este poblado, especialmente en astronomía y matemáticas, ubicaron su comunidad en lo más alto del desarrollo precolombino.

Inventaron un sistema numérico que incluía la noción del cero, ese número incierto que, a veces es nada y, en otras ocasiones, lo es todo. Para lograr esta hazaña es necesario desprenderse de la lógica de la razón y festejar, con holgura, la imaginación, fuente de toda sabiduría.

En cuanto a la astronomía, fueron observadores sagaces, detallistas de las estrellas y los planetas. Su mayor atención se centró en el Sol, astro al que siguieron en su trayectoria y al que adjudicaron como centro de la Vía Láctea, denominada por ellos el árbol del mundo y simbolizada por un majestuoso árbol floreciente: la Ceiba.

También concibieron, en el universo, infinitud de galaxias, demostrando que ellos, los indígenas de nuestra América Latina, sospecharon que en el inmenso espacio sideral otros soles legaban sus rayos de luz a otros sistemas planetarios. Sabían, por sus conocimientos en astronomía, que la tierra era esférica y que giraba, como un satélite, en torno al astro luminoso.

En relación con la medicina, esta sociedad indígena desarrolló un vasto legado de saberes y operaciones alrededor de la sanación que las hierbas curativas proporcionaban. Los Dzac Yahes (especialistas herbolarios) eran quienes proveían a los Pul Yhob (brujos) los recursos a emplear en sus tratamientos, los cuales incluían cataplasmas, infusiones, sangrías y hasta el consumo de alucinógenos. Incluso, fue una cultura que trascendió la oralidad y le apostó a la escritura por medio de sus códices, pues dejó, para la posteridad, el Popol Vuh, ese texto que narra, en sus páginas de piedra, la cosmogonía y cultura del pueblo maya quiché.

Por otro lado, el origen mítico de los aztecas señala que el dios Huitzilopochtli ordenó la creación de un reino en el lugar donde se hallara un águila parada sobre un nopal (cactus), devorando a una serpiente. Según la leyenda, siete tribus aztecas partieron de Chicomóztoc (Lugar de las siete cuevas, en lengua náhuatl).

Varios años después se asentaron en el lago Pátzcuaro, luego en el Coatepec y, finalmente, hacia el siglo XII, los migrantes quedaron atónitos. Ante su vista se reprodujo la venerable premonición en las inmediaciones de un asombroso lago llamado Texcoco. De inmediato, procedieron a fundar allí, en medio del agua, su nuevo centro urbano y ceremonial: la ciudad de Tenochtitlán.

La metrópoli flotante constaba de seis ciudades-isla artificiales que se unían por medio de una eficiente red de canales y puentes perfectamente diseñados. Sobre un enorme islote se alzaba, majestuoso, uno de los centros sagrados más encantadores de los pueblos amerindios; además, contaba con un amplio recinto de residencias especiales para el uso de nobles y sacerdotes. En este espacio había, también, campos para el ejercicio físico y aulas para la enseñanza de la cosmogonía y la astronomía.

Tenochtitlán, la ciudad que crearon los arquitectos del agua, fue la primera fantasía del universo hecha realidad. La ciudad azteca vive, siempre, en las evocaciones de lo eterno, en la memoria del tiempo, en los sueños de los hombres.

En la actualidad, el único rastro que aún subsiste de nuestros pueblos ancestrales es, apenas, una extraña hibridación entre su concepción mística del universo y la visión práctica del mundo que propicia occidente al hombre moderno.

La sociedad que hoy habita nuestro continente desechó el legado de los pobladores de otros tiempos y heredó, después del hundimiento del alma en las fauces del inframundo, la intelectualidad que va configurando la modernidad. Esa herencia no es otra cosa que una noción racional y lógica del mundo, a través de la cual todo puede ser controlado, determinado, manipulado: pre-dicho.

Con la occidentalización, que en un principio fue producto del descubrimiento, y que ahora nosotros aceptamos sin desafíos y por simple inercia, porque Dios, en compinchería con Lucifer, castigaría en la olla candente del infierno a aquellos sujetos que se resistieran a aceptar la ruptura inapelable entre la razón, la naturaleza y sus respectivas leyes; en sí, nos cambiaron la vida como una aspiración al universo por una materia que solo es espíritu solidificado, materia que se pudre, carne que se devoran los gusanos en ultratumba. De alguna manera, acomodamos, por sustitución, nuestra mente y nuestros sueños a la estructura de la hiperrealidad que se ha gestado en Occidente.

En este sentido, garantizar el desarrollo intelectual, científico e industrial en el orbe implica que cada pueblo se reconozca en sus diferencias y que comprenda que cada sociedad tiene una mirada particular del mundo y, al mismo tiempo, una manera exclusiva de reconstruirlo. Lo que la evolución ha exigido, desde siempre, es el desarrollo de la humanidad y no, como se ha visto a lo largo de la Historia, su esclavitud.

Pero dicha esclavitud y destrucción de los pueblos mesoamericanos se ejecutó, lastimosamente, en nombre de Dios. Y estos regimientos religiosos fueron, a la vez, la caricia y el golpe, la piedad y el latigazo, una forma cruel mediante la cual se plasmaron las huellas europeas en las pieles indígenas de América Latina. De hecho, ninguna de aquellas culturas se ahondó en una empresa tan disparatada, inhumana e insensata como en la que nos embarcó el cristianismo: mil años de torturas, de atrasos, de desparpajos divinos, de asesinatos, de hijos bastardos, de envidias.

Mil años de mísera oscuridad en los cuales el saber se nos presentó como un tormentoso pecado ante el cual el mismísimo Dios desconocía el por qué, pues los hombres son en lo que saben o conocen y no en lo que se les obliga a creer.

Durante esta época el ser humano y el dogma cristiano no indicaron que la tolerancia hacia otras formas de habitar y aprehenderse del universo era, desde la ética y la filosofía, la manera más significativa de acercarse al conocimiento: ese saber que siempre está entre la duda y la certidumbre, entre el error y la verdad.

El eslabonamiento de estas dos épocas y de estas culturas marcaría, para siempre, el nacimiento de una sociedad global moderna donde no solo se transformaría el entorno, sino que se podrían redimir los pecados y las conductas erróneas por medio de unos rezos que ni siquiera apelan a la consciencia.

Así, la noción de culpabilidad que trae implícita la aparición de la máquina, se justificaría con la presencia de los seres humanos en los ritos sagrados, acción redentora que los exculpa de cualquier acto de barbarie y que, por supuesto, les impide vivir, después de la muerte, en las grutas oscuras y lacerantes del infierno.

Nuestras comunidades indígenas de ayer sucumbieron ante la implacable cristianización que se llevó a cabo durante el período de la conquista y, asimismo, ante el auge voraz de la industrialización, de la modernización. Paulatinamente, nuestros pueblos de antaño se fueron occidentalizando en todos sus ámbitos y perdieron el encanto de su cosmovisión, el despliegue de su cultura.

Los pueblos de América Latina dejaron de leer en su universo místico y se ahondaron, por desgracia, en el pensamiento europeo, en ese terror bíblico que nos invade con Lucifer como una metáfora que predispone la piedad y las buenas conductas en el ser humano.

Los vestigios que aún quedan de nuestros antepasados tienen una ventaja y un beneficio inimaginable: con el transcurrir de los días, sus ruinas, antes que destruirse y desaparecer para siempre, sufren ese mágico proceso de envejecimiento que los hace eternos y mucho más significativos ante la mirada minuciosa de la ciencia y del hombre actual. Hoy, más que nunca, debemos, por identificación cultural, valorar y comprender, en el silencio de nuestras ruinas, las voces de nuestro fulgurante pasado.

@wilmar12101

waospina@utp.edu.co

[1] En torno a este hecho hay un sinnúmero de teorías conspiratorias, intrigas, hordas indígenas rebeldes que se aleccionaron al comando español y que, en este escrito, no referenciaré porque solo me interesa destacar la cruda occidentalización de América Latina.