¡Maldito seas por siempre, Villon!

François Villon fue mucho más que eso: tras su decadencia nunca hallé a la muerte resoplando en mi nuca y, en cambio, descubrí que la vida es una burbuja de sangre que pronto se estalla al tocar el corazón

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“Quien quiera ser feliz, que lo sea;

del mañana no hay certeza”

François Villon

 

Como lector, debo aclarar que no camino sobre el filo del poema intentando vislumbrar la hondura del precipicio que lo originó, los pensamientos inconscientes o aberrantes del poeta antes de su construcción y, menos aún, insuflar mi ego de engreimiento al decir que sé descifrar si los versos de un poema están cincelados con palabras tan limpias y translúcidas como el agua o, quizás, sean estas ardientes a raíz del fuego interno que las hace vivir; o, tal vez, y por qué no, sugerir que son frías, rudas y crueles a semejanza de las rocas que hieren o construyen un hogar, una guarida. Mis pretensiones poéticas no son así de elevadas y tampoco llegan a dicho nivel.

Sin embargo, tengo la obligación moral de decirles, por medio de este ensayo, que he leído a un puñado de poetas, especialmente aquellos que han puesto en la oscura luz del universo un brillo en el que no resplandece la belleza sino lo maldito, la perversidad de la existencia hecha carne, línea, zaguán, forma o pus. Y es de este modo porque, a decir verdad, así es nuestra vida: malditamente bella.

En este sentido, Poe me sacó los ojos para que su cuervo negro me picoteara el alma y Baudelaire le entregó mi cuerpo putrefacto a la inclemencia del sol para que aguijoneara con su rancio olor el ambiente y las fosas nasales de los entrometidos. Con Rimbaud no fue preponderante reinventarse el amor sino hundirse en ese barco ebrio de la melancolía, en ese naufragio del ser o del no-ser. Con Mallarmé descubrí que el mar es un inmenso desierto de sal, un grano de arena que hace de la visión un espejismo decadente en el horizonte.

Así, podría referenciar otros poetas, entre ellos Rilke, Keats, Verlaine, Nerval, Maupassant, Artaud, quienes, con sus versos, jamás encadenaron al hombre; por el contrario, sus metáforas mostraron al monstruo el camino, el resplandor vacilante en la noche cerrada; en sí, las creaciones de estos poetas no nos hacen más malditos sino más humanos, más libres; menos existenciales.

Pero es François Villon, por supuesto, el poeta más maldito de todos los malditos y es él, en especial, quien merece mis palabras esta vez. Y las merece porque Villon no me rasguñó el espíritu ni amorató mi piel con sus dardos venenosos; tampoco fue la bestia que se sentó a la mesa a roer a mis huesos; François Villon fue mucho más que eso: tras su decadencia nunca hallé a la muerte resoplando en mi nuca y, en cambio, descubrí que la vida es una burbuja de sangre que pronto se estalla al tocar el corazón. En tal caso, me enseñó a vivir feliz porque nada es seguro, sino lo incierto.

Solo por esa ausencia del mañana Villon vivió una vida desenfrenada. Su prontuario es abrumador porque fue ladrón, asesino, agitador, pícaro, rebelde y se empeñó en agraviar a sus admiradores e injuriar a los poderosos de esa París de 1431, año en el que nació. Así, es fundamental indicar que este poeta maldito entendía el golpe del hierro o el susurro del desierto.

Al revisar la vida de Villon uno se sorprende porque sus hechos son más delictivos que poéticos; sin embargo, fue precisamente la calle, la basura, la decadencia social y las alcantarillas del alma humana las grietas a través de las cuales descubrió un mundo al borde del ocaso y que lo sedujo para vivirlo y plasmarlo con esa belleza maldita que solo él pudo evocar por medio de un lenguaje tan cotidiano y sensato como amargo y ponzoñoso.

Ahora bien, no podemos pensar, por lo enunciado anteriormente, que Villon fue un hombre vulgo y sin estudios. En realidad, se licenció en Artes; además, obtuvo su respectivo doctorado en la Sorbona de París. De hecho, su inteligencia sagaz y desbordante le permitió concebir que la justicia de los hombres es burda e ineficaz, como el cerillo que expuesto ante la humedad en lugar de encender se descabeza.

Para algunos de la alta sociedad era un pobre un diablo, un antihéroe que debían expatriar, pero para esa París derrotada por las pestes y la hambruna, para esa ciudad que merodeaban los lobos, las alimañas, las ratas y las moscas era, sin discusión alguna, el prototipo de hombre a seguir, el héroe que se había echado el mundo a sus espaldas y que, además, lo tallaba a su imagen y semejanza, sin importar que sus fechorías lo descuajaran de tajo. Incluso, asesinó a un sacerdote por líos de faldas y sexo. Pero Villon no lo mató porque el cura hubiese mordido a la mujer ajena, sino porque el sujeto le había sido infiel a Dios y a la sociedad del momento.

También es importante resaltar que la ciudad tiene un papel protagónico en la formación de Villon como hombre y como poeta maldito, puesto que, la noche, los cabarets, las prostitutas, el exceso de alcohol y las juergas se transformaron en placebos que hundieron su espíritu atormentado por la sociedad en un enorme vacío de angustia y transgresión.

La morada del poeta maldito, entonces, no era la cuadratura monótona y empapelada de una habitación de hotel, sino algo más perturbador: las calles y zaguanes de París eran la lumbre y el hogar de Villon. Por lo tanto, y a mi modo de ver, al poeta andrajoso y a la ciudad subterránea los unía el arrabal, el agujero, la humedad, el rugido agónico de la última expiración.

Antes de concluir, debo resaltar dos aspectos importantes sobre Villon. Por un lado, su obra poética se apuntala en el concepto de balada, una especie de poesía que en su origen se escribía para ser acompañada por la música. Esta forma cantada y acompasada instrumentalmente, que data del siglo XIV, alcanzó su mayor esplendor con Villon, el poeta que refundó a París por medio de su malditismo. En segunda instancia, tengo la obligación de señalar que gran parte de su vida quedó registrada en Pantagruel, esa obra monumental de su amigo y discípulo François Rabelais.

El mérito de su poesía radica en la subjetividad vital de su obra, pues sus versos denuncian, con fidelidad, las bajas pasiones que tanto ansían los seres humanos, independientemente de su clase o estrato social. En este sentido, sus obras son inmortales porque desnudan a la sociedad de aquella época y a la de nuestros días, lo que demuestra que el hombre ha cambiado poco o nada porque su único fin sobre la tierra es su destrucción.

El concepto de subjetividad vital no puede emparentarse, bajo ninguna circunstancia, con el de una mirada particular y emocional del mundo que nos rodea. Villon es subjetivo porque no encubre la obscenidad ni la traición ni, mucho menos, el hecho de concebir que el amor es una llaga purulenta en el corazón y que el placer, en cambio, es la saliva y el mordisco en la piel. Por lo tanto, la subjetividad vital, maliciosa y amarga, es una máscara que el poeta maldito nos arranca del rostro, para demostrar que la sombra que siempre proyecta el ser humano en el suelo es la del lobo al acecho.

Su poesía, delirante y feroz, irónica y mordaz, retorcida y hundida en la hiel, le exigió a Villon cultivar el lenguaje y el espíritu del hombre inteligente a través de las patrañas y el destierro de las conductas nobles para darle paso a lo que verdaderamente representaba al ser humano de antaño y de ahora: la crueldad, la sevicia, el cinismo; en sí, la inmoralidad, esa capacidad atroz que el hombre no podrá reivindicar ni siquiera con la muerte. Porque, como bien lo dijo Villon, […] en el extremo de una soga tensa, ¿sabrá mi cuello cuánto mi culo pesa?

François Villon es un mito por el legado de su poesía dispersa, por la tendencia de su lenguaje hacia el doble sentido y porque, de una u otra manera, demostró que la culpa que trae consigo lo prohibido es el origen de todos los placeres. Asimismo, Villon es el poeta de la autodestrucción, porque, aunque parezca paradójico, enfrentó a la muerte cuantas veces pudo, pero, al morir, nadie supo cómo ni cuándo feneció, pues el poeta maldito simplemente desapareció, como lo hace un punto de luz en el repliegue de la oscuridad.

@wilmar12101

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