Con la implosión del edificio Mónaco no se acabará el fenómeno del narcotráfico, ni la sociedad paisa realizará una reflexión sobre su herencia de sangre ni los extranjeros dejarán de asociar a la capital paisa con “mujeres disponibles” y “buena coca”.

 

Por Wilmar Vera Zapata

Lo voy a confesar: mi familia participó en el narcotráfico de los años 80. Creo que ahora que el edificio Mónaco, símbolo visible del poder contaminante de la venta de drogas y sus capos, será destruido, y aunque queden restos polvorientos o se levante un parque en honor a las víctimas, en Medellín y en Colombia quedan muchos “edificios Mónaco” por implosionar.

Quienes superamos los 40 años y vivimos en Medellín protagonizamos lo que para otros está representado en telenovelas y series de TV. Alguna vez un alumno me preguntó si estaba viendo a “Escobar, el patrón del mal”. Le contesté, casi sin pensar: “¿Para qué? A mí me tocó padecerlo”.

En efecto, lo que para unos son acontecimientos entretenidos, edulcorizados por la versión romanticona de un narco con ínfulas de héroe y villano, a nosotros nos tocó padecer la zozobra del toque de queda todos los días, de la revisión exhaustiva al ingresar a cualquier supermercado como si entráramos a la embajada de EEUU, padecer la idea de que coincidir con un policía era retar a la muerte y hasta contar con algo de risa nerviosa la última vez que uno se salvó de un carrobomba. Son recuerdos que no me gusta recordar.

¿Eso representa el edificio Mónaco? La memoria es la instrumentalización individual del pasado. Una memoria colectiva es una construcción donde hay “peso” y “elección” que tienen gran incidencia en el presente, como expresa Henry Rousso frente al síndrome de Vichy.

Francia, con la invasión nazi de 1940-1945, tuvo un gobierno títere que se encargó de atacar a su propio pueblo y que, con su desaparición, quedaron heridas abiertas frente a cómo abordar, juzgar y superar ese periodo doloroso y vergonzoso en la historia nacional. Colombia tiene sus momentos de dolor y su herida parece gangrenarse y hacer metástasis inexorablemente. No hemos podido ni siquiera empezar la cicatrización.

Con la implosión del edificio Mónaco no se acabará el fenómeno del narcotráfico, ni la sociedad paisa realizará una reflexión sobre su herencia de sangre ni los extranjeros dejarán de asociar a la capital paisa con “mujeres disponibles” y “buena coca”. El espectáculo de la caída de esa estructura solo será una forma de recalcar que nuestro pasado nos avergüenza y más que superarlo por medio de una recordación constructiva, lo metemos por debajo del tapete y pretendemos que ese bulto no se ve ni estorba.

Albie Sachs, juez sudafricano que se enfrentó al apartheid, propone que la memoria “es la manera en que en el presente se vive el pasado y que esa manera de vivir el pasado depende de la manera en que pensamos la existencia, es decir, del tipo de valores con que nos dirigimos al pasado para interrogarlo”. De esa manera, es incongruente rechazar un lugar físico si somos tolerantes con los factores simbólicos que lo representan y eternizan. Los valores (antivalores) que el narcotráfico pregona son imposibles de derribar con decenas de kilos de explosivos.

En Medellín, cada vez que se resalta la vía violenta para solucionar los problemas, cuando de forma fácil es mejor llegar a aparentar lo que no se es que buscar con sacrificio la felicidad, idolatrar a los promotores de lo negativo sin chistar o comprender sus verdaderas causas, todas estas concepciones representan macabras edificaciones instaladas en un lugar más importante que la confluencia de una calle con una carrera: están en el corazón de la sociedad y de allí es casi imposible erradicar. Es más bien algo cosmético, superficial.

Por eso, la memoria no es un simple vistazo al pasado sin conexión con el presente. Como sociedad, es responsabilidad de sus individuos decidir de forma responsable qué se quiere recordar y qué se quiere recordar con responsabilidad. El alumbrado navideño o el desfile de silleteros pueden ser ejemplos del primero; el narcotráfico o la influencia paramilitar son muestras de lo segundo. Como lo expresa Sachs, “somos responsables de lo que queremos que hoy aparezca como recuperación del pasado, porque de esa responsabilidad surge nuestro existir contemporáneo” y añado yo: implica entenderlo para superarlo y cambiar así el futuro de los individuos, de la sociedad.

Nuestra participación con el narcotráfico paisa de los años 80 se concretó en un pequeño pino que fue regalado en una de las actividades que realizaban los áulicos de Escobar tras un encuentro masivo. Como a otros, nos pareció buena idea sembrar el árbol en el antejardín de la casa de mis abuelos. Ahí sigue todavía. De su pequeño tamaño no queda nada, pues cada año debe ser podado para que no destruya las líneas de energía eléctrica que lo coronan. Parece una metáfora de la lucha entre la cultura narcotraficante y la sociedad antioqueña o colombiana, que prefiere mirar a otro lado que encarar a su pasado sin miedo, morbo ni fascinación.