A la sombra del Minotauro ha prosperado la política como sistema del horror y del terror porque, en esencia, todo régimen se alza sobre las llagaduras de la humanidad.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón[1]

 “Quien hace política pacta con los poderes

diabólicos que acechan al poder”

Max Weber.

En la antigüedad, una de las civilizaciones más próspera y estable fue, sin duda, la minoica. Se dice, incluso, que el rey Minos gobernó a los habitantes de Creta con justicia y bondad, a la luz de unas leyes honestas y equitativas, fruto de la inspiración que el dios Zeus había obrado en el dirigente.

Sin embargo, al escudriñar por qué Minos toma el poder en la isla cretense y en gran parte del mar Egeo, región en la que instaura la talasocracia como modelo político y económico para explotar el mar, hallamos que, en sus orígenes como gobernante, hay un pasado sombrío y turbio que años más adelante lo señalaría como un tirano, como un déspota que prefiere el poder, aunque la sangre y el horror se vuelvan el pan de cada día.

A la muerte de Asterión, su padre putativo (al parecer), Minos ostentó la intención de preceder al rey muerto; no obstante, sus hermanos (Sarpedón y Radamantis) se opusieron, pero Minos, mucho más pícaro y malicioso, los convenció con una petición que había hecho a los dioses: rogó a Poseidón que le otorgara un toro del mar para sacrificar en su honor, petición que el dios de las aguas concedió sin imaginar que Minos, contagiado por la perversidad, no ejecutaría dicho sacrificio y, en cambio, adoraría al animal con tal vehemencia que lo encumbraría como tótem y emblema de su reinado.

Minos. Ilustración / Tattered Dreams

Poseidón, iracundo por el engaño, hizo que la mujer de Minos, Pasifae, se enamorara del toro divino y concibiera, así, una horripilante bestia: el Minotauro. Después del alumbramiento sádico y cruel, el mismo Poseidón ordenó a Heracles asesinar al toro blanco que le había ofrendado a Minos.

Avergonzado por el deshonor al que lo somete su esposa, Minos solicita a Dédalo, el más importante de los creadores e inventores atenienses, la construcción de un palacio con un laberinto subterráneo para encerrar allí al monstruo, que, en el fondo, no es más que el reflejo oscuro, irracional y criminal que habita en el subconsciente del nuevo rey.

Enfermo de poder, y con el espíritu cundido en la avaricia, Minos lleva la talasocracia a su máximo esplendor y se hace soberano de un gran número de islas que circundaban a Creta. De hecho, muchos historiógrafos coinciden en que Minos fue el artífice de varias expediciones bélicas y militares que no solo buscaban desangrar a Atenas, sino que, además, eran una forma de vengar la muerte de su hijo, Androgeo, quien, tras vencer en todas las justas atléticas realizadas en la capital griega, fue asesinado por sus contrincantes cuando se dirigía a los juegos deportivos de Tebas. Una variante de este suceso atroz, dictamina que Egeo, organizador de los juegos en Atenas, lo envió a enfrentarse con el toro de Maratón, la bestia ante la cual sucumbió Androgeo.

La furia del gobernante minoico es tal, que ninguna de las tropas griegas pudo contra la sed de sangre que se fraguó en el alma de Minos. Asolados, hambrientos y con una horrenda peste que se abatía sobre la ciudad, los atenienses interrogaron al oráculo la posible solución. Este les respondería que el poder, la capacidad guerrera de los cretenses y la ira titánica de su amo solo menguaría haciendo lo que él quería. Minos exigió que cada año le fuese pagado un tributo que consistía en 7 jóvenes y 7 doncellas vírgenes que serían pasto para el monstruo del laberinto.

Esta, grosso modo, es la historia de uno de los gobernantes más emblemáticos y temidos de las culturas prehelénicas, anteriores a la civilización griega; hoy, legado de nuestro mundo occidental.

De acuerdo con esta narrativa mitológica en torno a Minos y a su hijo-monstruo, el Minotauro, no quiero centrar mi discusión en relación con la simbología sombría que representa la bestia enjaulada; tampoco deseo hacer una disertación profunda sobre el universo tenebroso y maligno que lleva el hombre a cuestas; mucho menos, ahondar en los deseos irracionales, los crímenes y los peores vicios a los que se abandona el ser humano.

Y no estoy dispuesto a hacerlo porque el Minotauro, en el común de las teorías, es el símbolo de la sombra que cada uno de nosotros tiene oculta y que, por razones absolutamente psicológicas, no queremos ver ni aceptar, aunque proyectemos nuestra lengua bífida y venenosa hasta las narices de los otros. Cautivos en el mal, al igual que el Minotauro, ni siquiera sospechamos que la existencia de la bestia es también la nuestra.

El laberinto de Creta. Ilustración / Freepik.

Con este texto pretendo dar una mirada distinta y, tal vez, mucho más profunda al mito que inmortalizó la época minoica. En efecto, mi intención consiste en desvelar cómo, a través de la imagen alegórica del hombre-toro que se engulle a cuanto ser habita en el laberinto, no se inaugura solamente el mundo subterráneo y demencial del ser humano, más conocido como el subconsciente, sino que, asimismo, dicho universo malévolo puede mutar al discurso político con el que se somete a una sociedad.

Así, es importante reconocer que la figura del Minotauro, más allá de ser una realidad, se convirtió en un relato terrorífico que año tras año atormentaba a la población griega y a cualquier territorio al que llegase la historia del hombre-toro que devoraba todo a su alrededor. La bestia, corría el rumor entre los hombres, nunca pudo saciar su sed de sangre en la carnicería de su horror.

Este artificio sanguinario potenció la imagen de Minos como un gobernante que obraba bajo un instinto asesino, primitivo y feroz, impidiendo que otras posturas, quizás más sensatas, tuvieran la posibilidad de avanzar como nuevas estrategias de gobierno. Y fue así porque las leyes no las dictaminaba el hombre mesurado, el rey benevolente, sino el monstruo ávido de terror, de poder.

En este sentido, el dirigente es ciego y la opción concreta de autocrítica, de diálogo, de mesa de trabajo con otros pares, se ve desvanecida por toda la maldad que traen consigo el dominio y el poder, porque, la política, y cualquiera sea su forma de gobierno, prefieren aferrarse a la tortura, al martirio, al suplicio y al desangramiento de la sociedad antes que reconocer sus errores para refundar la nación, al aceptar que la legislación y la actuación en torno a ella son, por supuesto, diabólicas e ilegales.

De horror en horror, el imperio minoico se posicionó como la única civilización dominante en las aguas del mar Egeo (actualmente es la parte del Mediterráneo que se halla entre Grecia y Turquía). Sin embargo, es importante hacer la siguiente pregunta: ¿existió el Minotauro, esa bestia con cuerpo de hombre y cabeza de toro que habitaba en los senderos intrincados del laberinto, debajo del palacio monárquico ubicado en Cnosos, la ciudad más importante de Creta?

Hoy, en pleno siglo XXI, se han hallado vestigios del palacio; incluso, del laberinto; no obstante, del monstruo antropofágico no existe rastro alguno. ¿Acaso fue un relato inventado por Minos y sus hordas milicianas para encumbrar en lo más alto un régimen político que apostaba mucho más por la tortura y el derrumbamiento psicológico de sus pobladores para que estos no se sublevaran y fueran mano de obra rentable para el Estado?

De eso, finalmente, trata la política: de un control que no solo atemoriza al individuo, sino que, además, de forma metafórica cuelga la vida de la horca, o la pone bajo el filo de la guillotina; quizás la electrocute con una descarga que achicharra, incluso, el alma. En tal caso, un ciudadano cualquiera se somete a los vejámenes gubernamentales que lo rigen porque, de una u otra manera, está protegiendo lo más sagrado: su vida, su capacidad de existir para producir y ser feliz; un discurso que, en realidad, está atestado de sofismas y de telarañas que en lugar de enaltecer el espíritu antes lo envilecen, encadenándolo a la política, a esa horrible bestia minotáurica.

Teseo enfrenta al Minotauro. Ilustración / Freepik

El argumento expuesto no es descabellado y considero, en lo particular, que allí está el núcleo de los sistemas políticos modernos: promover una cultura del miedo, de ese horror externo, de acuerdo con Noam Chomsky, en el que ya no hay una política secreta de Estado porque cada ciudadano es consciente de su destino: o es un borrego de su país o es una víctima de su nación y, en ambos casos, obra el relato imaginario del Minotauro, transformado y acoplado a las necesidades de cada pueblo en particular.

De hecho, Nicolás Maquiavelo rompe la relación insana que tenía la política con la teología y con la filosofía, llevándola a un nivel más abrumador y despiadado, porque si el hombre en compañía de Dios es un déspota, ahora sin Él es un asesino, puesto que el fin último de la política es la codicia y el poder, y no interesa la ferocidad o la virtud, la perfidia o los valores, el atropello o la resolución; en otros términos, el poder, desde tiempos inmemoriales, siempre ha estado coaccionado, obligatoriamente, por la muerte y el horror de la sociedad.

En función de estos argumentos, cabe resaltar que el mito del Minotauro, como discurso opresivo, represivo y monstruoso no solo fue la estrategia para que el rey Minos impusiera sus políticas carnívoras, sino que, en la actualidad, también pueden rastrearse las huellas del monstruo minoico en algunos sucesos que han devastado al mundo entero, como, por ejemplo, el Gran salto Adelante ejecutado por Mao Zedong, la Gran Purga a manos Josef Stalin, el Holocausto instigado por Adolf Hitler, la carnicería Ustacha a cargo de Ante Pavelić, el Terror Rojo promovido por Mengistu Haile Mariam y la Masacre del Perejil auspiciada por Rafael Trujillo; estas son, apenas, unas cuantas de las horrorosas fechorías políticas que se han realizado en siglo XX y en las que, particularmente, descubro la sombra sanguinaria de ese Minotauro milenario que se supone residió en Creta pero que, de alguna manera, aún respira en el hombre moderno.

En el caso colombiano, encuentro que no tenemos un solo hombre-toro que nos devore y nos destruya, sino muchos de ellos, como el paramilitarismo, las guerrillas, las bandas criminales, el narcotráfico, el bandidaje; en fin, esa guerra intestina que no se sacia con la sangre ni con la muerte y que es necesaria en nuestra nación para que la política de seguridad ciudadana pueda sobrevivir a través de la cultura del miedo y del terror, de la bala y del fusil, a partir de esos relatos que nos quitan la vida o nos marchitan el corazón.

Así las cosas, en Colombia todavía resopla esa ira milenaria del Minotauro y nos desvela, por supuesto, que las leyes de la patria solo se escriben con la sangre de nuestra sociedad, porque el poder es un golpe sistemático que, poco a poco, nos revienta el hígado, el páncreas, el cerebro; es decir, nos mutila desde adentro.

A la sombra del Minotauro ha prosperado la política como sistema del horror y del terror porque, en esencia, todo régimen se alza sobre las llagaduras de la humanidad. Incluso, la estrategia de amurallar al pueblo con discursos y acciones terroríficas tiene un solo fin: encadenar las necesidades que arden en el espíritu de la sociedad a las soluciones tragicómicas que brinda una cúpula gubernamental inoperante e ineficiente.

Mucho tiempo después, Teseo, un héroe griego, se internó voluntariamente en el laberinto de Cnosos con un ovillo de hilo, que hacía las veces de lazarillo en el intrincado y oscuro camino; no llevaba armas ni armadura, tan solo su inteligencia y esa voluntad férrea de pelear, hasta la muerte si era necesario, para liberar a su nación del sometimiento minoico.

En el crepúsculo de una tarde, Teseo salió del laberinto avante de la contienda en la que había enfrentado y aniquilado al Minotauro. Con este acto de valentía, un solo hombre demostró que el ocaso de la barbarie es posible cuando se tiene la voluntad de creer y pensar en un futuro mejor. Así, Teseo nos enseña que, si el Minotauro está en la arena, ninguno de nosotros debemos estar tras la barricada, porque ninguna tragedia es más cruel e inhumana que la cobardía misma.

@wilmar12101

waospina@utp.edu.co

 

Referencias

  • Chomsky, N. (2010). ¿Quién domina el mundo? Madrid: Ediciones B.
  • Grimal, P. (2008). Diccionario de mitología griega y romana. Barcelona: Editorial Paidós.
  • Maquiavelo, N. (2008). El príncipe. Buenos Aires: Editorial Losada.

[1] Para la reescritura de algunos apartados sobre el mito minoico he utilizado como fuente a Pierre Grimal.