Tres autoras, tres cuentos

La literatura, en su juego de espejos, muchas veces se ha contado a sí misma, a través del artificio de dos o más que dan cuenta de un mundo que quien lee desconoce.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha

A manera de presentación

Antes de que nos gustara la lectura, nos gustó la voz de los nuestros, cantándonos y contándonos lo que aún no conocíamos. Mientras conocimos los objetos y los espacios de la casa, fuimos acostumbrándonos a sus nombres y a los relatos que venían con ellos. Desde la niñez nos hemos movido en una sola conversación con la eternidad, el vacío o la muerte –según sea el sistema de creencias–, a través de pequeños diálogos que nos llevan a escoger un ritmo, unas pausas, cortas o prolongadas, y unos temas monocromáticos o ecléticos, para interrogar, proponer y narrar.

Las lecciones prácticas o abstractas que interiorizamos o abandonamos, están mediadas por las interlocuciones que tenemos a diario con el bullicio de las redes que nos convidan, las voces interiores en las páginas que buscamos, y las que somos con nuestros semejantes. Estos pequeños relatos de la cotidianidad entraman nuestra identidad.

La literatura, en su juego de espejos, muchas veces se ha contado a sí misma, a través del artificio de dos o más que dan cuenta de un mundo que quien lee desconoce. Pienso en el recurso del diálogo para esta pequeña antología: somos observadores, mejor aún, escuchas de lo que los personajes se dicen. Esta selección no corresponde a ese tipo de cuentos en los que estamos frente al escritor o la escritora que nos mueve entre lo que enuncia, lo que calla, lo que esconde o desconoce que se aproxima. Estos tres cuentos que he escogido bien pudieran aparecer en un programa de artes escénicas para hablar de monólogo, dramaturgia, guion cinematográfico. Pero mientras eso pasa, quiero presentarlos o redescubrirlos para quien sigue el texto, con un segundo propósito, hablar de tres autoras “pereiranas”: Susana Henao Montoya, Albalucía Ángel y Ana María Jaramillo.

 

Será que ese es el consuelo mío

Bajo el pretexto de responder la encuesta que le realiza una joven que anota en sus papelitos las respuestas, Susana Henao Montoya permite que Trinidá Aristizábal, su personaje, practique esa forma de la justicia que es la memoria. El ritmo cortante que le dan los puntos, en las primeras líneas, nos coloca delante en contexto: “Me llamo Trinidá Aristizábal. No. Aristizabal no más. Sí. Tres. Mujercitas las tres. Muchos. Aquí hay muchos problemas”. Y así como en el nombre de la mujer notamos la transcripción fonológica que omite la “d” al final, a lo largo del mismo encontraremos expresiones como diuno (de uno), diai (de ahí), dilusión (de ilusión), que nos permiten experimentar la oralidad en su más pura expresión. Esto sumado al uso de diminutivos como cuadrita, banquita, que se unen al argot montañero paisa en palabras como pispiretica (bonita) o antesitico (un momento antes) nos ubican en el paisaje de influencia antioqueña. La oralidad es sometida a un trato estilístico con el uso acertado de los signos de puntuación que permiten seguir los núcleos del relato sin perder la secuencia.

Estos núcleos construyen un marco geopolítico que nos ubica en el territorio: la carrilera en desuso, a la que llegan familias campesinas que construyen sus casas y tejen lazos de solidaridad que se ven amenazados por focos de delincuencia. Ahí es cuando aparece el Tragabalas, el personaje que da título al cuento y que es el centro del relato de Trini: un joven que de niño se tragó una bala y que desde entonces, aunque salvado gracias a una intervención celestial, parece destinado a convertirse en asesino.

No solo por darle la voz narrativa a una mujer, este cuento dialoga políticamente aspectos de la inequidad de género, pues Trini sentencia sobre las diferencias entre hijos e hijas: “pero yo prefiero mis muchachas. O será porque ninguna me ha traído todavía barrigones pa que se los críe”; se queja de su madre por haberle dado poco estudio: “desde los diez años la mula de mi mamá me puso a hacer oficio y a los quince ya estaba casada”; y cree que un mejor futuro para ella y una de sus hijas está en migrar al extranjero: “y si una de las niñas se me va pa los Estadosunidos {…} pues la situación se mejora aunque sea pa la vejez”.

Ideas sobre el rol de la mujer, estereotipo. El único momento en que Trini denuncia la violencia de la que es objeto es cuando describe cómo su esposo evita que ella se acerque al cuerpo del difunto para humedecerle los labios con café. De ahí en adelante, su esposo se opone ferozmente a que ella se convierta en la vieja chismosa que cuenta sin que le pregunten el asesinato que cometió el Tragabalas.

Con el recurso del monólogo, pues todo el tiempo hemos estado escuchando/leyendo el discurso en primera persona de Trini, Susana Henao Montoya, convierte la tradición oral en un proceso liberador para la memoria colectiva: para consolarse de esa muerte que ella no pudo impedir, Trini cuenta.

Susana crea el lazo solidario. Ella, como mujer de la academia, permite que la mujer rural, con tradición oral más que del canon impreso, se cuente, con sus perspectivas espirituales, económicas y elementales como el cambio de un televisor a blanco y negro por uno a colores, porque en esa radiografía, insisto, la memoria cura lo que la prohibición masculina no permitió.

Sin duda, un gran cuento de nuestra tradición.

 

¿Ni siquiera la crucifixión respetan…?

Si considerar el cuento del “Tragabalas” como un monólogo –en términos de posibilidad dramática–, parece algo apresurado, “La crucifixión de Jairo Orlando García” de Albalucía Ángel, no da lugar a dudas. O mejor dicho, las dudas vienen desde que pensamos el libro del que lo tomamos, porque, ¿cómo debe leerse un libro como ¡Oh gloria inmarcesible!?

Cualquier persona interesada en la narración, por temas de estudio o de creación, debería tenerlo en su biblioteca. Algunos lo hemos leído como un libro de cuentos, y después nos hemos “topado” (para ir entrando en materia) con un crítico que nos hace pensar que hay relatos, fábulas, cuadros de costumbres, reportajes, aforismos. En fin, creo que la lección más grande de este libro es la de ofrecernos una mirada enriquecedora sobre las muchas formas de narrar, los ángulos, los matices. Pensemos en que el título del libro es de uno de los cuentos, contado a partir de recortes de periódicos y titulares que hablan sobre un cargamento de cocaína incautado en el buque insignia Gloria, noticias que aparecen desde el 22 de julio de 1976 y que terminan con el enfrentamiento entre estudiantes y policías que dejan muertos y heridos, el 28 de julio.

Y pensemos en lo complejo de incluir un guion dramático en un libro de “cuentos”, pues prácticamente, después del epígrafe, lo que sigue es el anuncio de asistir a un “Drama en tres actos”. Pronto aparecen las acotaciones que nos ubican en Semana Santa, en Sáchica, Boyacá, y las acotaciones sobre los tres personajes principales: un yesero, un agricultor y una ama de casa.

El evento religioso es un evento turístico: como en la antigüedad, la representación de la tragedia convoca a la catarsis de un gran colectivo, que es el motivo que reúne a este trío de boyacenses, que no son en sí los personajes protagónicos, como Trini, ya que como espectadores, lo importante no parecen ser ellos, sino lo que describen de la ceremonia a la que han asistido.

Siguiendo con la idea inicial del juego de espejos, en este cuento vamos a dos obras de teatro, el diálogo describe: al leer los argumentos de los personajes (obra 1) conocemos las acotaciones que tienen los extras (obra 2).

Y es que la confrontación que se evidencia no es la del relato bíblico de Jesús, su condena, sus aliados, su traidor, sino la de los rasgos de parentesco que tienen los actores que encarnan la familia bíblica: “Y culifruncida y presuntuosa. Ni que fuera la Virgen. Eso sí es buenamoza, Elizabeth. Es la novia de Pilato, ese que está lavándose las manos. Se ennoviaron el año pasado en los ensayos y la culifruncida de la Samaritana se está muriendo de pique, porque además él es un muchacho preparado. Lleva la contabilidad en el almacén Tía de Bogotá, un partidazo”.

Quien hace las observaciones es la Ama de Casa, natural de Sáchica, que –según las acotaciones– debe tener unos cuarenta años. La edad le da un conocimiento de los habitantes de la población y la posibilidad de juzgar sus comportamientos. Al evento religioso, más que por piedad, se asiste con un afán de fisgonear, toparse con, atisbar… y en esa búsqueda visual, aparece el cuerpo como desacralizador de la manifestación religiosa. El cura que aparece permanece mudo y desaparece sin ninguna relevancia para nuestro trío de narradores. Describir los cuerpos, cuando son personajes que representan lo sagrado, es una manera de la transgresión:

 

“Agricultor.

Pues yo opino que sí. Que es más elegante, eso es verdad. Lo que pasa también es que no se le puede quitar a la Virgen que es mucho más buenamoza y no tiene peluca, como nos dijo la señora…

Yesero

Bueno… yo, con perdón de aquí misiá, a mí las hembras bien tetonas, compadre. Harta pechuga, ¿no?

Agricultor

Lo que pasa compadre es que eso está por ver. La Virgen lleva un manto que se lo tapa todo, a lo mejor también…”

 

Ahora bien, el humor, el gran componente del libro, está presente en esta ocasión no sólo con el chisme sobre los actores y sus enredos sentimentales, sino, ante todo, con expresiones como las que se refieren a Judas: “Es la vez que más bonito se ha ahorcado Luis García, la más emocionante. Lleva con esta veintiséis veces que se ahorca”; o a Jesús: “Además Jairo Orlando con esta son seis veces que lo crucifican. Es el mejor que hemos tenido. Acaba todo entumido por las ligaduras y hasta morado de latigazos, a mí me hace llorar todos los años”.

 

 Son los amantes que al fin se han encontrado

Muchas de nuestras conversaciones están plagadas de modos y maneras que hemos aprendido en otras charlas, con otros interlocutores, códigos cifrados que repetimos hasta el cansancio y que terminan siendo un referente para que nos reconozcan los demás. La marca de algún cantante, la forma de hablar de la protagonista de una serie, la pobreza y la riqueza de cierta jerga en las pantallas que frecuentamos, terminan incidiendo de alguna manera en nuestro lenguaje.

Reconociendo esa posibilidad, la de construir nuestras conversaciones con giros prestados, presentamos este tercer cuento, “Casablanca”, de la narradora pereirana Ana María Jaramillo. Ya desde el título estamos ante un juego intertextual, el nombre de la famosa película que en 1944 se llevara tres estatuillas de la Academia por guion original, dirección y mejor película.

Ana María parodia ese lenguaje del amor con que el cine ha alimentado nuestra alma melodramática y nos entrega un cuento en el que vuelve y juega la estructura del guion como eje articulador. Aparte de unas pocas acotaciones, el cuento se centra en el diálogo entre dos personajes anónimos, un actor –40 años– y una ama de casa –35–, casada y con un bebé que no desea abandonar.

La fuerza del cuento radica entonces en la descripción que los amantes hacen de sus sentimientos, de su capacidad de entrega, de su sacrificio. Y cuando las palabras no dicen lo suficiente, aparecen las acotaciones para explicar la vehemencia de la pasión con que se besan.

Acotaciones y parlamentos nos dan la sensación de collage, escenas de una y otra película parecen recortadas y cosidas sutilmente en una nueva narración que no puede escapar del tratamiento clásico, en blanco y negro, del romance.

Sin embargo, es allí donde está el filón de esta narración, Ana María tiene un interés particular por cómo se narra el amor y cómo ha sido la recepción de estas ficciones. De ahí que no nos extrañe el que se inmiscuya en la descripción de lo que pueden sentir los lectores/espectadores: “En este punto el público suspira conmovido, recuerda a Humphrey Bogart en Casablanca y quisiera que ella dijera: “Tócala otra vez, Sam”.

En un recorrido por su narrativa, el tema del amor y su imposibilidad de realización en la vida cotidiana, signan sus cuentos y novelas breves. Desde Las horas secretas, su primera publicación y en la que vibra la Colombia de la primera década de los años 80, pasando por sus dos antologías de cuento: Crímenes domésticos (Premio Nacional de Cuento, 1993) –de donde está tomado “Casablanca” – y Eclipses (Premio de Cuento, Secretaría de Cultura de Pereira, 2007), hasta sus obras más recientes –El sonido de la sal y La dama, el poeta y el ropavejero– las mujeres que se cuestionan frente a lo que han hecho por amor, los estragos que han cometido por creer la ficción de sentirse reconocidas y esperadas, las dudas y las frustraciones porque el amor no fue lo prometido,

Existe entonces en “Casablanca” la oportunidad de una relectura de la película en la anécdota del sacrificio que hace el amante por el bienestar de la amada, al lado del hombre que es su legítimo esposo. Aunque el film permite una lectura política en el contexto de la segunda guerra mundial en el que debió hinchar los corazones de esperanza frente a la invasión nazi, para Ana María en esta ocasión es más atrayente la resolución del conflicto.

Y así como Rick construye la simulación del viaje a Portugal con Ilsa, para terminar favoreciendo el viaje de la mujer que ama con su esposo Laszlo, pues es su forma de contribuir con mantener la tea encendida de la resistencia, en el cuento de Ana María, cuando el amante se da cuenta de la presencia del esposo, convierte la escena idílica en un final abrupto en el que se sacrifica para que ella no pierda la familia a la que pertenece.

Ana María visita un clásico del cine y del celuloide extrae una posibilidad para alimentar su proceso de escritura, la veta del discurso amoroso.

 

Bibliografía

Albalucía Ángel. “La crucifixión de Jairo Orlando García” en: ¡Oh gloria inmarcesible! Alcaldía de Pereira – Secretaría de Cultura. Colombia, 2019 Pp. 76-88

Susana Henao Montoya. “El tragabalas” en: Antesala del Paraíso y otros cuentos. Risaralda Cultural, 1993 Pp. 1-10 Colección de Escritores de Risaralda, No. 12 “El tragabalas” fue Finalista en el Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra, 1990

Ana María Jaramillo. “Casablanca” en: Crímenes domésticos. Colcultura. Santafé de Bogotá, 1993 Pp. 55-64. Premio Nacional de Cuento, 1993