No son rocas, son palabras

Por lo tanto, y, en definitiva, el universo no es hasta que se nombra con el lenguaje, con la palabra adecuada, aquella que no es rígida y fría como la roca, sino dinámica y plástica: flexible como el hombre mismo.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“De las palabras no conocemos

su último destino”

José Saramago.

 

El ser humano abstrae la realidad y la escribe con unos signos que, más allá de ser simples sonidos y letras (conjunto de grafías organizadas), se vuelven un relato especular en el que deposita toda su capacidad para significar el universo con el fin de transformarlo según las correspondencias, consecuentes o no, entre las palabras, los hechos y el mundo en sí, pues, en esencia, nada se hace a nuestra medida, sino que, por el contrario, es y se concibe en la medida del lenguaje, de las palabras.

La diferencia entre nuestros ancestros y nosotros, los “hombres modernos”, consiste en que la naturaleza de antes era un infinito caos verde; la de ahora es un indescifrable embrollo gris. Sin embargo, la adversidad que trae consigo lo incierto se combate con la potencia del lenguaje, con esa fuerza semántica que permite desenmascarar el caos de la realidad usando el término preciso para todo aquello que deba nombrarse. En el fondo, es importante nominar las cosas porque, de esta manera, el ser humano las identifica, las interioriza, lo que evita, por supuesto, las ausencias, el olvido. Por ello, las águilas no están en la palabra águila, pero, paradójicamente, viven en la enunciación del término que las designa.

Si retrocedemos en el tiempo, llegando a un pasado muy anterior, descubrimos que los primeros hombres, nómadas innatos, apenas concebían la posibilidad de mirar los rasgos geográficos que se cruzaban, ipso facto, ante su desconocido sendero.

Para el individuo andariego de aquella época se tornó imposible nominar las cosas porque solo se nombra lo que es familiar, lo que se ancla en la memoria y nos moviliza, de una u otra forma, hacia los signos e indicios lingüísticos que, en algún momento, parecen insignificantes pero que luego reconocemos como decisivos, fundamentales.

Por consiguiente, aquel momento en que el hombre se detuvo un instante y por primera vez conjeturó la posibilidad de asentarse en un único lugar fue primordial para que los objetos y cosas que en el contexto se hallaban fuesen nombradas. Sin el sedentarismo, jamás en los sujetos hubiese surgido la pasión por las cosas y, mucho menos, la obligación moral de identificarlas con un nombre, para conservarlas en la memoria con una imagen ideal (significante y significado). De hecho, Wittgenstein decía que las palabras, una vez proferidas con sentido, no solo tenían superficie, sino que, asimismo, marcaban una huella mental determinante.

Así, es esencial concebir dos funciones principales que subyacen del lenguaje. Por un lado, nos acerca a los objetos que nos circundan; y, por el otro, mantienen vivo el recuerdo por medio de los significados profundos que pueden extraerse de la memoria de las palabras. Por lo tanto, y, en definitiva, el universo no es hasta que se nombra con el lenguaje, con la palabra adecuada, aquella que no es rígida y fría como la roca, sino dinámica y plástica: flexible como el hombre mismo. Incluso, el universo siempre se renueva por ese vínculo lógico que existe entre la materia y la realidad: por ese hecho lingüístico indiscutiblemente necesario.

El apalabramiento del mundo hizo del hombre un ser más humano. Por esta razón, el universo solo necesita de una grieta como excusa para nombrarlo todo a partir de esa red semántica y nodal que subyace de las palabras. Y expongo red porque nombrar el mundo también exige vincular dichos términos a sus significados, a sus usos; a esa otra alternativa que posibilita el lenguaje: crear por medio de la palabra. Al respecto, Lyons considera que el lenguaje es una enorme tela de araña multidimensional en la que nada está aislado porque todo aquello ausente y solitario se encuentra conectado por la imagen auditiva que lo convoca (la palabra).

El universo es paradójico: existe justo en el momento en el que se le llama estrella, lucero o astro; nunca jamás por la forma geométrica de sus estructuras materiales, sino por las múltiples significaciones del lenguaje. En términos más simples, no se destruye la materia mientras las cualidades que la componen afloran en las palabras con las que el hombre puede enunciarla. En tal caso, la miseria no deviene necesariamente de las ruinas, sino a partir de esa imposibilidad que surge para expresar lo miserable.

A la luz de estos presupuestos, podemos inferir que el lenguaje es paradigmático porque al designar la carne con el vocablo carne la solidez de la materia no se desvanece; es todo lo contrario: amplía su abstracción lingüística y pasa de lo material a lo ideal, a ese complejo campo semántico, por ejemplo, en el que la ferocidad y la violencia trascienden el límite de lo caótico y se instauran, metafóricamente, en el umbral de la locura.

Como lo hizo Dios un día, el hombre le insufló, con un soplo lingüístico, el espíritu al universo, a las cosas. Es más: el lenguaje cumple una función determinante: acortar, a través de las palabras y de su trama significativa, esa distancia que hay entre el ser humano y la realidad-ficción que le circunda. En este sentido, Bajtín expone que cualquier sujeto debe tener una actitud sensata hacia la cosa nombrada y hacia el sentido oculto en el vocablo expresado.

En este punto es fundamental comprender que las palabras no atan ni muerden a las cosas, desvirtuándolas; es al revés: nos aproximan todo aquello que es, en apariencia, innominado, lo que nos acerca mucho más a lo extraño, a lo distinto; en sí: hace que esas cosas lejanas se vuelvan, poco a poco, más íntimas, más humanas, más nuestras.

Nombrar algo es inmortalizarlo en el tiempo. Y, con el uso de esa palabra, dicho vocablo inventado y asignado para cada cosa no es una ruina lingüística que desmitifica el objeto nombrado; el hecho de que esas cosas permanezcan en el tiempo no significa que las palabras, al igual que estos objetos o entidades, también se alteren desde la semántica y el uso pertinente de su significado.

Lo extraño aquí, en este proceso de nombrar las cosas, es que los objetos denominados sí se arruinan con el devenir de los días; pero las palabras no, porque no son rocas inflexibles que se las devora el tiempo, sino esa materia blanda que se embellece con el uso. En tal caso, las palabras siguen vigentes y, aunque parezca inverosímil, no se devastan: mantienen fieles a lo que designan. Así, todo lo que alguien quiere que sea es, indiscutiblemente, en la hondura semántica de las palabras, porque el lenguaje es, en esencia, orgánico. En este sentido, las palabras -nos dice Albano- no deslindan al hombre del mundo, sino que los une por medio de una fuerza significativa que se impone a través del lenguaje mismo.

Es muy posible que el universo se nos vaya de las manos, que se escape de nuestro ser, que quede colgando de la punta de nuestra lengua cuando no es pronunciado correctamente con las palabras y el significado exacto que ellas otorgan a las cosas. Por ello, es imprescindible pensar que, si en verdad hay un rito transparente y puro, es el ofrecimiento del lenguaje al mundo. Diríase, la palabra como culto fundacional del universo.

Por lo tanto, utilizar inadecuadamente el lenguaje es caer en lo funerario, en una mortaja lingüística que desdibuja no solo al hombre, sino, también, al mundo que le rodea. Si el cosmos no se renueva con el lenguaje -argumenta Platón-, seguramente la especie dominante se condenará a desaparecer en la hondonada de lo establecido, en lo paupérrimo de lo convencional. En relación con lo enunciado, el universo y la palabra no se contraponen; se reinventan por esas mismas necesidades semánticas que los convoca.

Expongo este concepto platónico en torno al lenguaje porque, el ritus, como fue denominado por el pueblo griego, es el proceso a través del cual se transforma el contexto mediante una enorme incertidumbre universal. En otros términos, es hallar en lo demostrado y aceptado un punto frágil, una fisura que permita entrever que del otro lado de la luz existe un campo atestado de cosas que enseñan sus sombras y las siluetas de sus figuras, lo que exige establecer un vínculo indiscutible entre lo nuevo y la palabra con la cual se designará dicha novedad. Ritualizar consiste en actualizar, incansablemente, lo expresado. Sería algo así como buscar un pequeño pretexto para reescribir el universo entero. Es más: desde el primer atisbo lingüístico perpetuado por el hombre de antaño queda claro que lo nombrado permanece vivo para lo porvenir y, además, recordado para lo anterior, para el pasado.

El problema filosófico de un orbe desordenado, caótico o enmarañado no es cuestión de visión; es un asunto legítimo del lenguaje, de las palabras y de esa misma renovación que posibilita el rito lingüístico cuando presupone la unicidad y la encarnación del mundo por medio de la ideación que trae consigo las palabras.

Por argumentos como este, muchos lingüistas han elaborado sus teorías y han abocado, vox pópuli, que esa capacidad única y exclusiva del ser humano llamada lenguaje no solo se potencia en lo popular; también desde los ámbitos por los que discurre el hombre. Si un evento discursivo se construye una y otra vez por el contacto de sus partícipes, se está hablando de un verdadero ritual. Esto es lo que sucede, constantemente, con el lenguaje.

Sin embargo, no solo basta con nombrar las cosas. Hay algo en el lenguaje que conserva la quintaesencia de esos objetos que devorará el tiempo: el significado; aquello que, en el fondo, verdaderamente permanecerá (quizás, para siempre). De hecho, el nombre estatiza las cosas, las individualiza; el significado, en cambio, las dinamiza, las moviliza, anuda esa lejanía física o emotiva de los objetos a una semántica general previsible tanto en las estructuras profunda y superficial de esas mismas cosas y del mundo en el que se descubren. En sí, denominar el universo consiste en no cosificar el sentido que hay oculto en los objetos y en las palabras.

A mi modo de ver, el lenguaje antecede al contexto, lo que implica desligar la comunicación de lo ininteligible. Esto es: descifrar lo real, trascender el escenario hosco y habitual de las cosas para llevarlas a un espacio más blando, más flexible, más lingüístico: a un punto nodal que conectará lo aparentemente desconectado.

El binarismo realidadreal exige comprender que el universo es estático hasta que se nombra, pues el significado de las cosas existe exclusivamente en las palabras y no en la materia; por consiguiente, cada lengua en su particularidad (propiedad sintáctico-semántica) tiende a manifestar los universales lingüísticos que pueden rastrearse en los vestigios de sus palabras.

Verán: el camuflaje o alumbramiento permanente de las cosas en los discursos nos permite conjeturar que una guerra es innecesaria cuando las situaciones que la propician no pueden tocarse con las manos porque los síntomas que la provocan son puramente argumentos retóricos, armas lingüísticas. Al respecto, Jakobson propone que lo particular y lo universal del lenguaje reafirma los aspectos interno y externo de cualquier signo verbal.

En relación con estos argumentos, nominar las cosas es un proceso fácil y limpio: despejado, ausente de recovecos y de obstáculos. El problema radica en nombrar esas cosas y después calificar, alguna, por ejemplo, de azul. Es ahí, en el vocablo azul, cuando la mente arde tratando de hallar, por doquier, un vestigio de aquel color. Al no encontrarlo, la soledad aprisiona los sentidos y la imaginación despunta, como es lógico, en la fría imagen de un cielo o en la lejana profundidad del mar, que al ser concebidos con el lenguaje ya son propios e, incluso, semánticamente azules en esa red lingüística que une el cielo con el mar.

En síntesis, el hombre crea un aposento seguro con las palabras y allí, con ellas, se guarece del peligro, del temor, de lo desconocido, porque la roca que tiene en su lenguaje (memoria) no es la misma que halla en su camino.

Referencias

  • Albano, S. (2006). Wittgenstein y el lenguaje. Buenos Aires: Editorial Quadrata.
  • Bajtín, M. (2005). Estética de la creación verbal. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
  • Jakobson, R. (1981). Ensayos de lingüística general. Barcelona: Editorial Seix Barral.
  • Lyons, J. (1998). Lenguaje, significado y contexto. Madrid: Editorial Paidós.
  • Platón, (1972). Obras completas. Madrid: Editorial Aguilar.
  • Wittgenstein, L. (2088). Investigaciones filosóficas. México, D. F: Editorial Crítica.