OTRA FORMA DE VER

El reclamo por la aparente distorsión es la sempiterna cantaleta del pensamiento correcto, del que reclama por la dislocación en las formas pintadas…

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Ver en la forma en que un poema ve”, dice el primer verso del poema 43 de Amor y ciencia, de Theodore Enslin. Enslin fue un maravilloso poeta menor del grupo formado alrededor del Black Mountain College en Carolina del Norte, y del que también hizo parte el poeta Robert Creeley, que era mejor poeta, más extrovertido, fotogénico y complejo.

Creo que Enslin disfrutaba cumpliendo el papel de último de la fila: tranquilo, sosegado, escribiendo en el estudio, ubicado en su propio bosque en Maine, en medio de los árboles y plantas que había sembrado en honor de sus escritores preferidos y muy cerca del loto que rendía tributo al adorado William Carlos Williams.

A veces, el poeta abandonaba su estudio para desempeñar trabajos esporádicos, y cada tarde la dedicaba a tallar y pulir bastones de madera, convencido, seguro, de que la fortuna estaba con él: “¿…Y habrá suerte mejor que ser la ceniza, / de que está hecho el olvido? / Sobre otros arrojaron los dioses/ la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas, / de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera; / contigo fueron más piadosos, hermano”; habrá sabido que escribió Borges.

Pero esta columna, aunque también va de Enslin, va más sobre el poema y el verso que cité arriba: “Ver en la forma en que un poema ve/ y que podría ser mejor que la forma usual de ver”. Los poemas ven, claro que ven, y no es el poeta el que ve en este caso, tal como tampoco ven los pintores o los músicos, sino sus propias obras, que ya no son ellos, sino una entidad diferente y autónoma.

Las obras de arte perciben de una manera especial y particular, y gracias a esa condición, precisamente, enriquecen nuestro conocimiento del mundo, que en principio es ñoño, directo, sin matices y sin sombras.

El arte o la literatura no son el reflejo de la simple realidad, tienen que ver con ella, por supuesto, en la medida que la elevan, pero no son su representación, mucho menos su réplica; ni siquiera cuando se les califica de realismo, naturalismo o hiperrealismo. No, la literatura define y comprende el universo desde una dimensión alterna a la que los sentidos tradicionales nos permiten acceder. El arte nos permite sentir de una forma diferente.

Irving Layton, el poeta rumano-canadiense, escribió un poema a la muerte de Fred Smith; otro poeta, el escocés Gel Turnbull, quiso halagarlo diciéndole: debes haber sentido mucho la muerte de tu amigo, a lo que Irving le contestó que tal amigo nunca había existido, que solo había sentido ganas de escribir el poema. Habría que precisar que Fred Smith sí existió, tal como han existido todos los seres literarios, solo que no en el sentido corriente del término, es decir, no ocupó una cama, ni se casó o trabajó o tuvo hijos. Existió, sin embargo, por y en el poema de Layton.

Volvamos al poema de Enslin, “Ver en la forma en que un poema ve/ y que podría ser mejor que la forma usual de ver/ no una forma fácil de ver/ algunos podrían llamarla turbia nunca enfocada”. El reclamo por la aparente distorsión es la sempiterna cantaleta del pensamiento correcto, del que reclama por la dislocación en las formas pintadas, en los colores inadecuados, en las disonancias de Schöenberg o en la mirada turbia de Monet. Pero no hay tal, o mejor, es que no importa la distorsión porque es otra forma de ver, o de sentir. Difícil, por supuesto, porque implica una negación de la natural conformidad.

Ver, entonces, cómo ve el poema es difícil, y preferible, incluso sin importar su éxito, porque, dice luego el poeta, la falta de enfoque puede llevarlo al fracaso; aunque ese es, aun menos, un problema.

Así que no importa la realidad, ni la sinceridad en el sentido tradicional del término, y que abofeteó Layton, ni la veracidad, ni la turbiedad en el enfoque, ni el fracaso, y ni siquiera la búsqueda de la verdad; lo que importa es enriquecer la capacidad de sentir.

Eso es lo que permite el arte; esa es la posibilidad que arroja ver, por ejemplo, el paso de una mujer que lleva el almuerzo a su esposo obrero, tal como sucede cada medio día al frente de mi ventana, y como seguro sucede a menudo frente a la suya, lector, y que un poema de Enslin vio así: “Todo arruinado/ este mundo. Sí/ todo arruinado. / Pero. ¿dirías eso/ viéndola subir la colina, / embarazada de ocho meses, pesada, / para traerle un sándwich/ cuando él tiene que trabajar hasta tan/ tarde?”.

Qué importa ser un poeta menor, o ser un lector, o un mero observador, si cabe la posibilidad de ver en la forma que un poema ve: “To see in the way a poem sees”.

Nota: los poemas de Theodore Enslin han sido traducidos al español por el poeta, traductor y editor Eric Schierloh, y publicados por la editorial argentina Barba de Abejas.

@PabloFArango