Textos: Juan Pablo Roldán Mejía

Pinturas y dibujos: Juan Carlos Salcedo Ante

Entonces percibes la incomodidad de esa máscara que fue perfecta. Mutan sus formas mientras la realidad se pudre con música de fondo. No es nuevo decirte que tener alma es lo mismo que convertirte en tajadas rojas, en partículas que fueron parte de una ciudad negra, en aves que te escalan por las venas, en sistemas que son como charcos de aceite sobre el cadáver de un mar: inquieres todo hasta alojar cada aparato, cada diáfano sistema. De todos los que te habitan, aunque a veces se trate de ratas, aunque a veces sean luces, aunque con frecuencia se comporten como perfectos escalpelos… Soy.

Ahora rasguñas el mundo, pero no lo vistes de sangre. Rayas la piel de la tierra, pero apenas para calmar una sed que nació antes que las gotas de mercurio en el vacío. No puedes irrumpir en los templos como una criatura inocente, animal; ahora, la vergüenza te impide rugir fuego sobre techos de catedrales. El final del canto inocente y bárbaro de las almas transparentes ocurre, simplemente. No serás ya el destructor que bendice a las moscas o el sagrado demonio o la sólida resolución de lo verdadero… no serás como esos dioses que no hacen preguntas.

 

Cuando los otros, devenidos fantasmas, se insinúan en el pavimento, mis límites se desdibujan; rizomáticos abrazan grises geografías sin horadarlas, esculpen el contorno de cada carne eléctrica hasta hacerla isla. Todo espacio es posibilidad para las deidades que contengo en el cráneo.

Traerás en tu bolsa azules tiquetes que tienen escrito como destino el país de las bestias. En voz baja me propondrás que viajemos juntos hasta el lugar donde las flores son de sangre blanca y los panoramas violentos. Dime tus últimas palabras oscuras para abrir el secreto y ver surgir simétricos los jardines de dudas y las danzas caleidoscópicas. Esta es la luz adecuada para que me corones con la nada bajo el cadáver de los ahoras.

El de padre e hijo:

Cae la música de los relojes sobre la región taciturna que habitamos. En la estancia contigua reverbera una multitud de estrellas. Aquí los dos soñamos ahoras, hilvanamos tiempos y repetimos el ancestral relato que nos hace uno. Estoy en ti, como en un juego de espejos paralelos. Estás en mí. Eres en mi desierto, grano de arena que destinado perla. Eres espera de los rostros que te pueblan.