La relación con el cuerpo ha cambiado y es él centro de nuestra ideología. Sensualistas, el deseo y su calma nos dominan.

 

Por / Martín González

Los jóvenes no tenemos para decir más allá de lo conveniente. Podemos justificar nuestras pretensiones políticas (“son derechos”), sostener airados las arengas comunes, saltar y sentirnos parte de los colectivos. Los estudiantes universitarios, es un caso, defendemos la educación pública (porque la nombra una palabra limpia. No la cuestionamos) y, al menos eso creo, tenemos claro que muchas relaciones de la vida moderna están anquilosadas por las ideas conservadoras, prestablecidas y amañadas sobre estar en el mundo.

Como cada tanto se reivindica una generación, nos sentimos hastiados de la certeza reinante según la cual las posiciones de autoridad se estiman como verdaderas. Basta hablar con algunos adultos, posiblemente de la generación de los padres, para calcular su incomprensión de los actuales estilos de vida.

Y no es proeza: las generaciones cambian, pero su ebullición, la válvula de escape, el seguro contra la muerte, apenas inicia su efervescencia. El Paro Nacional en las ciudades se sostiene gracias a los estudiantes y cuando en los medios aparece el Comité del Paro no falta la pregunta sobre la legitimidad de su representación. La individualidad es tan grandilocuente que ni escuchamos a quienes coinciden con la procedencia de nuestras ideas.

No somos diferencia sustancial de los padres. Sí estamos más politizados. Entendemos que no es separable la vida de la política (mientras me dejen trabajar, la política no huele a mierda), y que es deber inaplazable combatir lo que nos hace mal. ¿Pero quién comprende por qué nos dañan? El contenido ideológico está vaciado, repleto de consignas. Duele pensar cómo la tradición –ser parte del estamento estudiantil: “estamento”: una palabra dura como las piedras– se expresa sin creatividad.

La relación con el cuerpo ha cambiado y es él centro de nuestra ideología. Sensualistas, el deseo y su calma nos dominan.

Es cierto que el paro ha sido una “fiesta”, los analistas no dejan de escribirlo. Pero en el fin de fiesta no faltarán los zarpazos de los aburridos y de quienes gozosos renuncian a la rutina de divertirse.