Ante la avalancha editorial la crítica literaria pareciera de tal modo morir aplastada; faltan críticos, no hay críticos netos, nadie hace crítica, era mejor (¿se acuerdan?) cuando teníamos a aquel siniestro cura anti-estructuralista soltándonos el sermón…

 

Por Martín Cinzano

Empezar por aquel tiempo, cuando la crítica literaria se vio a sí misma habitando un espacio entre la literatura y el lector. Lugar difuso, sospechoso cuanto más legitimado aparecía; zona de la escritura, vigilante, pero también oral, celosa de la institución al participar entusiasta del comentario a la pasada, los susurros desaprobatorios o la adulación.

Cuando la literatura, a través de la novela, se establecía como artículo de consumo, la crítica, asumiendo una suerte de papel ancilar, ajustado formalmente, de igual modo se legitimaba, peroratas mediante. Luego dicha formalidad subalterna se rebela mediante recursos más propios de la narrativa que disponen aquel espacio como una organización: la crítica se exhibe en pequeños capítulos, en fragmentos, situándose como una obra; el crítico se expande, la crítica es la coartada para dar a conocer su propio trabajo con el lenguaje; era un escritor.

Historieta no sólo parcial, sino además mezquina; en todo caso: la crítica como protagonista en el entramado de la circulación de los discursos y su control; delimitación entre voz autorizada y boca banal, ahí donde la escritura especializada sobre literatura se erige y se separa de la volatilidad del comentario cotidiano (el dictum ante el escaparate: este libro me gusta, este no) para pasar a discutir la cuestión en términos más amplios o hacer leña del árbol caído, insertando fórmulas tipo anzuelo editorial: “por fin un talento en el mapa desolador de la literatura actual”. Tendencia, se diría inevitable, al ridículo, arriesgando, en su voz, un ajuste de cuentas con la cultura en general a través de la literatura como síntoma social; callejón oscuro, entonces, donde al crítico, por asumir el exhorto de Baudelaire (“La crítica debe ser parcial, apasionada y política”), le llueven a mansalva los golpes de los ajusticiados convertidos, ahora, en críticos de la crítica, rondines asimismo de un lugar (la Creación Literaria) para el cual resulta de algún modo inadmisible esta nueva forma insolente de la crítica como ficción.

Las arterias se obstaculizan, si no es que se tapan, y la crítica deambula y se refugia hallando buen abrigo en la crónica, el ensayo, la autobiografía. No responde por la falta de una ontología de la literatura, más bien aprovecha este vacío de la palabra como posibilidad abierta para experimentar y lanzarse, no ya guarecida en un inofensivo prólogo (“especie lateral de la crítica”, según Borges), por fin al mercado.

Se hace libro, Obra crítica. Pierde, con todo, su carácter de apunte jugado, de apuesta rápida, su dosis necesaria de odio contra la cultura; opta mejor por una reflexividad analítica más acorde al nombre que ostenta y defiende mientras los otros son más bien periodistas, sólo periodistas.

De pronto, a veces, recuerda la existencia de un sujeto reflexionante frente a un objeto susceptible de desentrañar, pero la distancia y el desinterés (más aún: el genio) kantianos es cosa de un pasado moderno, esto es, totalizante, y tal como están las cosas ya no resta sino escribir parciales historietas completamente interesadas de la literatura, reducida su autonomía a un suceso cultural más, despedidas las genialidades inefables.

¿Pero ha olvidado asimismo que es una lectura? Lee, sin duda, pero mientras lo hace sólo piensa en escribir; es su fatalidad, ha dejado de gozar con el lenguaje. Los novelistas contraatacan con un ardid exitoso: hallan la fórmula: narradores versátiles que parafrasean y citan y continúan parafraseando omitiendo por ahí más de alguna comilla, condonándose las deudas.

Ante esto, ¿responde la crítica con nuevos paradigmas de recepción en los planes de estudios? (¿Hay planes de estudios?) Alternativas, a continuación: “podemos elegir entre ser reaccionarios trabajando con modelos anticuados aunque fructíferos, comprometidos formalistas que perfeccionan las metodologías de los viejos maestros; o bien actuar como bricoleurs, adaptando la rica pluralidad de teorías y produciendo magníficas aunque frágiles construcciones.” [1]

Los lectores, por su parte, no están dispuestos a elegir; si no son críticos ellos también, la olvidan, la dejan discurrir en el suplemento del diario golpista del domingo o en las revistas fomes, sin fotos, de los departamentos académicos, ocupados en adaptar, enredándolos al máximo, modelos anticuados, armando anticuchos magníficos con paciencia nostálgica de formalismo ruso, rebanadas de postestructuralismo, trozos de hermenéutica y saldos queer; total, tampoco hay tanto drama porque eso, la retirada del lector, del lector a secas que no escribe más que leyendo, ya ocurrió en torno a la forma de arte más alta de todas, según Hegel, la poesía.

En esta salvajada (reparto donde la crítica, tal vez, no figuraba sino como parte del advenimiento trunco de la Filosofía), la crítica literaria roe el mismo hueso embrutecedor de la literatura: o bien está en el mercado, atenta al ranking, o bien en la universidad, despreciándolo, jugando al tonto grave, culposa en tanto producto neto de ese vanagloriado “análisis crítico”, tono flemático, clasemediero únicamente moldeado en y por la institución: “Contradicción insalvable: si la Universidad desapareciese, desaparecería la posibilidad de la crítica; al mismo tiempo, su existencia es una prueba —y más: una garantía— de la permanencia del objeto de la crítica, es decir, de aquello cuya desaparición se desea.”[2]

¿Bombas molotov entonces desde la calle hacia la Facultad? Los poetas, que ya con Lihn, “patéticamente”, fungían “convertidos en pequeñas agencias de autopublicidad”[3], se mantienen atentos a estas dos bandas de la crítica, vía Google o Facebook: quieren y no quieren su desaparición, hay pega en la crítica, en la cátedra y en la provincia; hay fondos del Estado para traducir y publicar, pero cualquier mención, por denigrante que sea, es a fin de cuentas eso: una mención, un like, publicidad bienvenida para robustecer el perfil.

Y si la derecha y la izquierda tienen sus propios críticos y sus propias revistas, ¿para qué pelearse, pues? Enseñanza de Paz (y del PRI): las anomalías, los excesos, finalmente siempre se pueden encajar en el juego de esa “contradicción insalvable”, la tradición de la ruptura.

Ante la avalancha editorial la crítica literaria pareciera de tal modo morir aplastada; faltan críticos, no hay críticos netos, nadie hace crítica, era mejor (¿se acuerdan?) cuando teníamos a aquel siniestro cura anti-estructuralista soltándonos el sermón, aventuran entre dientes los críticos y poetas desde la academia o desde donde sea.

Nos acostumbramos a no debatir, seguimos en este consenso sanguinario, dicen todos. Pero la crítica parloteadora no considera entre sus planes ni mucho menos callar. Algo, una incontinencia de comentario, suerte de vómito romano, farandulero, la vincula siempre a la “actualidad”, a un decir urgente que de vez en cuando, apelando a la biografía del autor (¿no era de papel?), recordando alguna yayita escondida por ahí, logra levantar un polvo fugaz.

Es la copucha como matriz de sentido, forma curiosa de ganarse los porotos, legítima cuanto más consciente lo es de su accionar: husmeando formatos, pactando y traicionando, la crítica literaria no ha dejado de ser ese chisme de balcón abierto a las tergiversaciones corruptas que la propia literatura y la política le ofrecen.

Alguien le dice a otro lo que hace un tercero, agregándole datos picantes o aburridos de su cosecha, y ese chisme, ese cuento, sólo le interesa a un barrio chico y tan presumido como para creer que en realidad le atañe a todo el orbe.

Esa manía, ¿no? Decir, comentar, patear la perra; pero comentar lo próximo, lo de ahora, no lo añejo; si pasa más de un año, ya la crítica no tiene chiste porque su gracia está en la publicidad, ¿y a quién le interesa lo ocurrido hace más de un año? A la universidad tal vez, a condición de que no se haya leído tanto (si no se leyó, mejor aún), pues lo más leído es vulgar, vale decir: esencialmente culpable.

 

Referencias

[1] Raman Selden, en: Raman Selden (ed.), Historia de la crítica literaria del siglo XX. Madrid, Akal, 2010, p.19 (introducción).

[2] Octavio Paz, “Olimpiada y Tlatelolco”, en: Posdata. México DF, Siglo XXI, 1970, p.24.

[3] Enrique Lihn, “Encuentro de poesía chilena en Rotterdam” (1983), en: El circo en llamas. Santiago, LOM, 1996, p. 163.