POE: EL CUERVO Y LA NECROFILIA

Poe, al igual que Caronte, nos enseña que el Leteo no se agita como un demonio en el inframundo, sino que, por el contrario, burbujea en nuestra sangre con ese deseo eterno de la destrucción.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“El terror de mis relatos proviene de la

densa oscuridad de mi corazón”

Edgar Allan Poe.

 

En la noche acechan las sombras, los sonidos extraños, los gatos negros, las siluetas deformes agazapadas en la penumbra. En la noche, ese momento enigmático y crudo que subyace al caer el día, nos espera la muerte, el fuego que lacera la vida, la soga de la que pende nuestra paupérrima existencia. Por ello, Edgar Allan Poe, al igual que muchos de nosotros, fue un alma en pena, porque para él no existían fronteras entre la vida y la muerte, entre la lágrima que atormenta y desgarra el espíritu y la sonrisa que apenas descuaja una felicidad censurable, punible.

Hay en el escritor norteamericano un gusto por lo extravagante y una afinidad por volver serio lo ridículo. Sin embargo, nada más elocuente en su narrativa que la tragedia, esa anemia que reseca el cuerpo pero que, de una u otra manera, enaltece el espíritu, lo interior, esa congoja que nos consume desde adentro, sin darnos cuenta, como si fuese una sanguijuela que nos corroe las venas.

Y es así porque Poe no relata el hecho en sí, sino el efecto que lo forjó. En este sentido, se antepone a la trama y obra, con sus palabras, ese golpe psicológico que se clavará en la mente del lector como si el relato fuese una cuchilla afilada que todo lo desmembrará. Por ello, este autor no escribe por alabanzas ajenas o por aplausos hipócritas que desnudan a la humanidad; lo hace porque romper la mente del otro es mucho más gratificante que recibir sus adulaciones mal infundadas.

Cuando leo a Edgar Allan Poe, cualquiera de sus cuentos, de sus poemas o de sus ensayos, descubro que sus narraciones son cortas, atroces y fulgurantes porque, precisamente, así fue su vida: un relato lleno de horror, atestado de pánicos y peligros, de quejidos existenciales, de ese grito atormentado que no ensordece al cuerpo, sino que destroza el alma.

Inmerso en el dolor, Poe se descubre en las noches solitarias porque en su interior se mueve un extraño monstruo que ansía la sangre, lo agónico, aquella materia que está a punto de expirar y, por estas circunstancias, observo que la melancolía en él deviene única y exclusivamente de ese ambiente gótico en el que lo incluyó la ciudad, en especial New York. Así, la belleza no habita, obvio está, en lo novedoso, sino en la capacidad de convertir las formas viejas en cosas nuevas, en cuestiones que, aun siendo desgarradoras, conserven siempre la impresión de lo cotidianamente real.

A mi modo de ver, Poe escudriña en los senderos más oscuros del alma las temáticas de sus escritos porque la vida de las personas tiene esa tintura renegrida que los caracteriza en función de las demás especies. Por lo tanto, solo el hombre podrá asesinar y emparedar a aquel que no desea mirar de nuevo a los ojos. Y ello es lo que sucede en la prosa de Poe: desnuda el mundo subterráneo que nos ha forjado como seres humanos.

El crimen, entonces, es un tema recurrente en Poe porque, en el fondo, nada produce más intriga y psicosis que la muerte, esa idea maquiavélica a través de la cual alguien le arranca el hálito de la vida a algún semejante desprevenido a la vera del camino o a la sombra de la noche. En tal caso, no es delirante lo que hallo en Poe; es todo lo contrario: vislumbro un matiz espeluznante y una mirada criminal que rompe el equilibrio existencial al que estamos acostumbrados. De hecho, ni siquiera es absurdo o venenoso, es más bien una copia casi fiel de la realidad: el hombre siempre renace de sus conductas censurables.

En cuanto al uso del lenguaje, Poe es fenomenal porque utiliza la misma fórmula de su vida: del terreno árido y moribundo hace que broten frases atestadas de ingenio, así como algunos cuentos en los que la muerte del personaje no es una tragedia que se llora, sino un efecto que embellece y que sacude, incluso, la mente del lector.

Es posible pensar que sus relatos son alegorías que lo convertían en un demente sin límites; no obstante, Poe jamás estuvo fuera de lugar y de su tiempo, puesto que, ninguno como él plasmó en las letras ese raro espíritu de la época en que tuvo que vivir. Y digo raro porque el auge de la industria, el alumbramiento de la metrópoli y el resquebrajamiento de la psique no fueron artilugios propios de los hombres, sino una escabrosa estrategia mediante la cual la ciudad se perfiló como un ser más. Y eso fue lo que hizo Poe: describir cómo la urbe vomitaba bocanadas de humo sobre la humanidad.

Con estos antecedentes, es fácil detallar, en la narrativa de Poe, un tormento sádico que siente el escritor por la necrofilia, pero ello no obedece a un regusto literario; va mucho más allá de la imaginación porque a Edgar Allan Poe la muerte y la enfermedad lo acosaron a lo largo de su vida. En este sentido, cómo no querer más a la muerte que a la vida, pues su existencia era una pesadilla mórbida y cruel que solo hedía a lejía, a formol, a muerte.

Poe, el escritor enfermo, era tan macabro como las patologías que lo aquejaban; por ello, la resolución de sus asesinatos literarios supuso para él una manera espeluznantemente bella y artística por medio de la cual evidenciaba que la humanidad en general florece al fragor de las bajas pasiones, al calor de esas pulsiones que convierten al hombre en animal.

De hecho, esa cercanía con la muerte y con la enfermedad solo tienen un fin en la vida del escritor atormentado: denunciarlo y desnudarlo como un ser humanamente mortal. Incluso, bebía y consumía opio para estimular los días amargos en el infierno de su existencia. El suicidio, a raíz de ese mundo de tinieblas y de los lugares lúgubres en los que habitó, no le fue indiferente. Pero, como Caín, sabía que las rocas tenían más historia que las flores. Por ello, se reponía y retornaba a sus andanzas y a sus palabras; en sí, a ese lenguaje agónico en el que vislumbraba esa lozanía moribunda en la palidez de su piel.

Edgar Allan Poe es el cuervo que le canta a la necrofilia, el hombre que escribe y observa en la escritura una estrategia, quizás sombría, para huir de sí mismo, de la muerte y de la ciudad, ese hogar de piedra y metal en el que puede deshacerse y delirar para reformarse una vez más, porque Poe no era la silueta del espantoso tornado; era algo mucho peor: el nervio mismo del huracán en el que se hallan, al tiempo, el vigor y la destrucción, la fortaleza y la desgracia.

En este sentido, cada uno de sus cuentos es una larva que se hace monstruo y que nos deja sin aliento porque el drama en sus narraciones no está lejos del hombre que los vive. Así, la carne del lector no se estremece por el exceso casi ficticio de realidad; en otros términos, la mente y la piel son trémulas porque sus relatos se sobreponen a los límites de la verdad y nos enseña, en el fondo, a combatir, con garras y dientes, esa contienda frontal que tenemos con la muerte.

El misterio en sus palabras era un rito satánicamente oscuro y artístico que terminó por encumbrarlo como ese cuervo de alas negras que daría luz a ese romanticismo memorable que se expandió por el mundo. Por ello, quizás, pensar en lo lúgubre, en lo fantasmal, en lo diabólico, en lo criminal, en lo bestial, no disuelve las obras de Poe en la privación y la aridez; es al revés, porque el propósito de la literatura consiste en volver lo vulgar, lo enfermo y lo exhibicionista en una pasión que trasciende el arte y la belleza misma.

Hay un doble desequilibrio en Poe: por un lado, su vida atormentada y, por el otro, la embriaguez de sus palabras, situaciones que lo alejan de lo banalmente cotidiano para que reescriba, alrededor de esa cotidianidad que lo devora, un relato que supere esa conmoción terrible que exige la obra cuando transgrede esa delgada línea que separa el bien del mal.

La corta vida de Edgar Allan Poe está plagada por la niebla, una niebla que al abatirse solo deja ver una imagen: a Poe abrazando a la muerte, abandonándose a su fin, a ese fuego infernal en el que arde, sin duda alguna, su corazón delator.

Leer a Poe es sentir que un zarpazo nos demuele la razón, porque nada apoteósico sucede sin la desesperación, sin esas fuerzas ocultas que revelan la muerte como una angustia absolutamente vital. Así, Poe, al igual que Caronte, nos enseña que el Leteo no se agita como un demonio en el inframundo, sino que, por el contrario, burbujea en nuestra sangre con ese deseo eterno de la destrucción.

Twitter: @Wilmar12101

waospina@utp.edu.co