Hemos de concluir entonces que la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y el sustitutivo de los juegos infantiles, que las ficciones poéticas traen al presente, y por ello sentimos un elevado placer que afluye seguramente de numerosas fuentes…

 

Por: Alan González Salazar

¿Cómo logra el poeta conmovernos tan intensamente y despertar en nosotros emociones de las que ni siquiera nos juzgábamos acaso capaces? Es la pregunta con la que Freud abre su conferencia El poeta y los sueños diurnos en 1907, en los salones del publicista Hugo Heller –miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena–, en la que afirma que sería injusto, en el caso del poeta, pensar que este no toma en serio su mundo, por el contrario, el poeta toma muy en serio su juego, juego que parte necesariamente del recuerdo de los mejores años de la infancia, donde podía fantasear a su antojo.

En el caso del adulto promedio, dichos juegos se transforman en un intenso placer en la parodia y el humor, ya que no puede abandonar el placer –¿infantil? – de fantasear. Nada le es tan difícil al ser humano como la renuncia a un placer que ha saboreado una vez; en el proceso de hacerse adulto lo que parece ser una renuncia es, en realidad, una sustitución, según Freud. El adulto se avergüenza de sus fantasías y las oculta a los demás, como algo pueril e ilícito, ya que, como adulto, debe obrar en el mundo real y evitar ilusiones. La elocuencia de la fantasía adulta resulta en consecuencia de una profunda insatisfacción. Una persona feliz jamás fantasea, sí el insatisfecho: Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías y cada fantasía es una satisfacción de deseos, señaló Freud en muchas de sus investigaciones.

Los deseos del poeta son deseos ambiciosos, tendentes a la elevación de la personalidad o deseos eróticos, deseos egoístas y ambiciosos, solo que el creador de ficciones le añade, por el propio rigor del sueño, la formalidad del tiempo, la formalidad estética que reúne el pretérito, el presente y el futuro, que aparecen a su vez en la obra como engarzados al hilo del deseo que pasa a través de ellos.

La multiplicación y la exacerbación de las fantasías crean, según el médico vienés, las condiciones de la caída del sujeto en la neurosis o en la psicosis, por lo que el oficio de la creación fantasiosa no escapa tampoco a la enfermedad, por el contrario, son propensos a sufrir de alguna psicopatología nerviosa, siempre que la fantasía sea la inclinación de un deseo insatisfecho, deseo de un yo imperioso que guía la voz poética, sea esta expresada en cuentos, novelas, versos… en este signo delator se encarna el héroe o el yo de la voz poética de la gran mayoría de escritores. En estas narraciones se revela, entonces, el egocentrismo en la medida de la satisfacción erótica. No es de extrañar que muchas de las mujeres que aparecen en estas narraciones estén enamoradas del protagonista, como un elemento necesario del ensueño.

Así llega Freud a distinguir en la ficción moderna un cambio en la focalización, en la perspectiva, y aún a fuerza de luchar consigo mismo, acepta y distingue el poder curativo de la cultura y el arte en su empeño por diferenciar las particularidades del comportamiento y la sensibilidad. En este sentido, el poeta moderno –el poeta romántico, para ser exacto– está en su alma y contempla por fuera a los demás personajes, y acaso la novela psicológica deba, en general, como bien lo destacó Freud en esta conferencia, su peculiaridad a la tendencia del poeta moderno a disociar su yo por medio de la autoobservación en yoes parciales, y personificar en consecuencia en varios héroes las corrientes contradictorias de su vida anímica.

Hemos de concluir entonces que la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y el sustitutivo de los juegos infantiles, que las ficciones poéticas traen al presente, y por ello sentimos un elevado placer que afluye seguramente de numerosas fuentes… Así, en la técnica de la superación de aquella repugnancia que se relaciona indudablemente con las barreras que se alzan entre cada yo y las demás, supo Freud encontrar la verdadera ars poetica, pues el poeta mitiga el carácter egoísta y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece a exposición de sus fantasías. A tal placer, que nos es ofrecido para facilitar con él la génesis de un placer mayor, procedente de fuentes psíquicas más hondas, debemos el verdadero goce de la obra poética, el cual procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma.

Así la poesía y el psicoanálisis encuentran un fin común y esto lo afirma Freud en su conferencia a inicios del siglo XX, cómo contribuye, y no poco, el arte a este resultado positivo de enseñar a gozar de sus propias fantasías al ser humano, sin reproche alguno.