Regresar a la caverna

No es solo la salud sino nuestra cultura la que se encuentra en estado de emergencia, pero esta última no nos alarma. No hay alerta amarilla ni noticiero ni mandatario que nos advierta la importancia de cuestionar o hacer aduana de lo que vemos.

 

Por / Diego Hernández Arias*

Mi nacimiento no trajo ningún bien al mundo.
Mi muerte no disminuirá ni su esplendor ni su grandeza.
Nadie pudo jamás explicarme para qué he venido
ni por qué he venido, ni por qué me iré

Omar Khayyam

 

Nuestra sociedad, además de tener enraizada en su genética la individualidad (debido a procesos socioculturales y psicoemocionales complejos que motivaron la búsqueda de su supervivencia), quedó fragmentada por las utopías deshumanizantes del siglo XX (dictaduras militares, guerras mundiales, terrorismo, etc.).

Fue así como se engendró un nuevo malestar moderno: la neofobia, que bien puede considerarse como un mecanismo de defensa que hemos desarrollado para hacer frente a la incomprensión de los múltiples pliegues en que se abre el mundo contemporáneo.

No es que ya nada nos asombre, sino que, en parte, todo nos aterra. Es natural. Hasta bioquímicamente nuestro cerebro opera como un arcano. O como bien pensaba el filósofo moderno Descartes –en la actualidad de su siglo–, la psicología cognitiva estima los riesgos con atajos mentales (la mente nos engaña mediante un proceso conocido como heurística de la disponibilidad) para tratar de procesar los hipertextos que nos rodean y leemos a diario. En esencia, los sesgos individuales y las falacias colectivas nos generan tranquilidad.

Steven Pinker, con tono orwelliano, estima que los noticieros se reúnen –noche a noche– para decidir sobre qué pánico debemos sentir mañana y así redactar sus titulares. “Las noticias son sobre cosas que ocurren, no cosas que no pasan”. Esa es la llamada política de programación… si sangra, sirve.

Los aparatos ideológicos se aprovechan de nuestros sesgos cognitivos, generando a su vez falacias para animar la histeria colectiva, mientras los sistemas de gobierno –antidemocráticos– ven una oportunidad de negocio, al tiempo que amplían sus fronteras económicas y restringen nuestras libertades individuales.

Existe entonces un culto, pero también un miedo a lo nuevo, asociado a otros terrores occidentales: la soledad y el silencio –amantes de Leopardi–. Así las cosas, la llegada de un nuevo virus a las esferas del mundo hipermoderno genera microcataclismos que, al contener tan altas dosis de sublimación, no dejan más alternativa que el desasosiego y es este último, el que aprovechan los medios de comunicación hegemónicos para hacer del copo de nieve una quimérica bola de fuego. Le hemos dado las suficientes licencias a los entornos hipermediáticos para que hagan de las hormigas gorgonas efervescentes.

Pensamos en los virus como agentes extra mundanos, pero realmente hacen parte de nuestro ecosistema. De hecho, la especie humana es un virus superior que se propaga cada tantas lunas con más intensidad. Sloterdijk, lector y crítico de Heidegger (1927-Erschlossenheit) entró a copernizar la filosofía; a fundar nuevas lecturas del mundo con su teoría sobre las esferas y los imaginarios.

Nos recordó que estamos anillados al aire –como los virus–, al agua, a las estrellas –lo cósmico–, así como ombligados al útero y a la madre tierra –lo íntimo–|. Sin embargo, la armonía esférica encuentra sus escollos en nuestra egomanía, en los intereses particulares: esa ancestral indiferencia que nos habita al estar plegados en nosotros mismos, como madera torcida (hominide curvus in se).Ejemplos de nuestra individualidad son las guerras, los experimentos científicos con afanes bélicos, que demuestran nuestro nivel de infestación y letalidad. No obstante, la educación también es una evidencia de la posibilidad que tenemos para contagiar al otro de criticidad o afecto para que sobreviva y no sea súbdito de sus dirigentes o al menos, no sea presa de lo que Argullol denomina, «la ignorancia autosatisfecha».

Ante la soledad, el desierto: la plasticidad de la nada que tanto atrajo a los artistas románticos, incluso al mismo Pascal, quien encerrado en un laboratorio y aferrado a un rosario, manifestaba que: «El silencio eterno de los espacios infinitos» le espantaba. Occidente carece de esperanzas, pues hoy leemos simbióticamente la contingencia a través de nuestro temperamento y tal vez es así como nace la filosofía, de un estado emocional, el asombro.

Quizá fue un deseo erótico o una idea suicida lo que impulsó el Arte. ¿Fue la curiosidad –forzosa cuarentena– o el mismo miedo –angustia metafísica– lo que armó a Homero de valor para zarpar? O sin ir muy lejos, preguntémonos, ¿qué nos llevó, de golpe, a interesarnos por la Ciencia y a depositar confianza en la Tecnología? Pensemos, por ejemplo, en el cambio climático. No debe ser una campaña sino un estado de conciencia y sensibilidad. Seguimos siendo especies, reptiles de a pie que buscan supervivir en un ecosistema.

Los patógenos serán en adelante, igual de comunes a los libros de distopías y tan virales como los memes en las redes. Extinguir a más de 7 mil millones de personas ya pasó por la mente de muchos animadores de videojuegos (Plague Inc. 2012 – Ndemic Creations p.e.) y por los estudios de Hollywood. De hecho, esas ideas asediaron a los escritores de ciencia ficción y distopías sociopolíticas; al mismo Schopenhauer y a los hoy aclamados Dufour, Finkielkraut o Lipovetski, pesimistas tecnológicos –al fin y al cabo, hijos de Descartes y herederos del racionalismo francés–.

No es solo la salud sino nuestra cultura la que se encuentra en estado de emergencia, pero esta última no nos alarma. No hay alerta amarilla ni noticiero ni mandatario que nos advierta la importancia de cuestionar o hacer aduana de lo que vemos. ¿Para cuándo el desciframiento, la comprensión y la crítica? La desinformación mediática tiene sus peligros, uno de ellos es el fatalismo entumecido e impotente al que nos conduce. No olvidemos que el pesimismo irreflexivo deriva en radicalismo. Resuenan los interrogantes del mismo William Ospina, en cuyo aliento, late con furia la voz de Estanislao Zuleta:

¿En qué parte de la educación formal está incluida la formación de la sensibilidad y del criterio? […] ¿Quién nos enseña a tener opiniones propias, serias, razonadas? ¿Quién nos educa para no ser veletas bajo la manipulación de tantos poderes e intereses que hoy controlan el mundo? ¿Cómo formar parte de una civilización y no de un reducto de intereses o de un campamento de supervivencia?

Hoy, por ejemplo, se contagia más la “infoxicación” y el pánico antes que un virus. De seguro sobreviviremos a este y hasta a decenas de hongos, parásitos y plagas –como se ha visto a través de los tiempos–. Indeseables son los escenarios donde prosperen nanovirus, priones o bioarmas.

En ese punto, ¿habrá Scheherazade, Filostrato o Pánfilo o historia que ayude a desintoxicarnos? Ahí sí no habrá retorno. Pero, por ahora, que nuestro asombro a lo desconocido no sea hiperbólico. Entremos en cuarentena. De ser necesario, regresemos a la caverna, pero no a revivir providencialismos. Tal como arguyó Borges:

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

Leamos –con mayor razón– para soportar la contingencia, para combatir los avatares mediáticos y las peripecias de nuestros mandatarios que, en tiempos de oleadas migratorias, guerras civiles, impunidad, inequidad, privatización y esclavitud laboral –verdaderos éxodos–, demuestran su indiferencia y su alto grado de analfabetización en asuntos de orden geopolítico y ambiental. Tal parece que hoy conviene más pantallizar sus ilegítimos discursos premodernos y hacer de sus vidas públicas un espectáculo.

El siglo XXI aún se siente atraído por las falsas promesas. El progreso, por ejemplo, no es una fuerza mística o una dialéctica que nos eleva; tampoco es la historia que se inclina a la justicia sino el resultado de un esfuerzo humano por una idea triádica: razón, ciencia y bienestar humano (Durkheim). El progreso es naturalmente susceptible a los problemas –que nunca desaparecerán –. ¿Problemas a resolver o apocalipsis en espera? (Pinker).

La contingencia perdurará porque hemos nacido en un universo despiadado. A diario enfrentamos el orden que posibilita la vida con gran dificultad. Gaĩa nació de Χάος. Somos seres despiadadamente competitivos. Somos vulnerables a las ilusiones. Desde tiempos inmemoriales nos hemos sentido seducidos por la estupidez asombrosa y el espectáculo como medios de distensión.

Demasiada neurastenia y paranoia generan estragos. De esas afecciones se valió la ficción gótica y hasta el realismo mágico para hacer carrera. ¿No fue acaso Poe quien imaginó que “las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo”? Este siglo es el de los superlativos: la superabundancia ideológica, la escasez de conciencia crítica. Aunque muchos fenómenos estén representados de forma alegórica y metafórica en las obras artísticas, lo más preocupante va a ser que ya no habrá quien lea ni interprete. Hay fractales, mas se habla de un solo espejo. Existen múltiples miradas, pero se apela a una sola visión (Vásquez Rodríguez).

Pensar que nuestro siglo no es romántico es como creer que el corazón es sólo un órgano. En principio todos somos inteligentes –infiere la neurociencia –, pero nuestra capacidad para sobredimensionar cualquier hecho e incluso para sublimar lo bello, lo horrorífico y en el mejor de los casos, lo siniestro permitió a Lovecraft identificar el miedo como “la emoción más fuerte y antigua de la humanidad”. ¿No fue acaso esa misma disertación la que sostuvo Schenk al indagar sobre el espíritu romántico de los europeos?, ¿no fue esa sensación, aunada al misterio, la que dio aliento a la novela negra y al relato psicológico, en el que sobresalen las apuestas de Poe, Baudelaire, Hoffmann, Dostoievski y otros lectores –antes que escritores– modernos?

¿Será esta aparatosidad la que sedujo a Susan Sontag para ensayar ideas sobre la fantasía y el misterio presentes –a manera de metáfora– en las enfermedades del siglo XIX?, ¿qué lectura hacemos hoy de los fenómenos que nos circundan?, ¿qué está eclipsando nuestra interpretación del nuevo panorama iconosférico?, ¿en qué clave se nos habló de la razón sensible o de elogiar la dificultad?

Tenemos la posibilidad de imaginar e intuir. Podemos estar de acuerdo con Pinker, cuando afirma que el lenguaje no está desapareciendo sino aumentando en la cultura de la palabra escrita, impresa y electrónica. La historia, el periodismo investigativo, las narrativas contemporáneas y el arte han multiplicado nuestras facultades racionales y creativas.

¿Dónde la curiosidad intelectual, el debate abierto y público?, ¿se discuten en la academia temas de actualidad con escepticismo y sin paranoia?, ¿dónde las conjeturas: nuestra apertura –aunque mínima y precaria– a la lectura –propia de los románticos– del cosmos exterior e interior? Necesitamos pequeños placeres, dosis mínimas de serotonina. Hay que estimular el cerebro a través del ejercicio de la lectura intensiva y extensiva, para combatir el estrés emocional que producen los titulares sensacionalistas que se leen en nuestros medios.

Queda mucho sufrimiento e ideas ortodoxas por combatir. No tendremos un mundo perfecto, sospechoso y conspiracional –la Nasa aún sueña que sí–. No es posible un mundo perfecto, pues no hay límite para las mejoras posibles. ¿Para qué tantas luces y certezas para legitimarlas y luego desacreditarlas? Necesitamos nuevas convicciones, no tradiciones arcaicas.

Somos neobarrocos en un mundo neorromántico. Todavía nos interesa idealizar, caer en paroxismos. Aún no se ha extinguido el gusto por lo siniestro y el interés por los misterios que encierra el fenómeno de la muerte.

Aunque ya no nos cautiven los laberintos de la reflexión, el sueño, la locura o el inconsciente, seguimos siendo románticos, en la medida que no nos mantenemos idénticos, si no que somos multiformes. Como expresaría Safranski: añorantes y cínicos; irónicos y exaltados; enamorados de nosotros mismos, los sujetos neorrománticos tendremos que regresar a la caverna, bien sea para purificarnos de una peste o para seguir leyendo y hacer frente a nuestra miopía intelectual.

*Publicado originalmente en la Revista Abril. Publicado con autorización del autor.

 

Bibliografía y webgrafía

Argullol, Rafael (2012). Sin crítica no hay libertad. El País. Recuperado de: https://elpais.com/elpais/2012/12/19/opinion/1355943007_915008.html

Borges, Jorge Luis (1998). El libro IN Borges Oral. Buenos Aires: Alianza editorial.

Lovecraft, H. P. (1984). El horror sobrenatural en la literatura y otros escritos. Madrid: Alianza editorial

Ospina, William (2009). Educación. Discurso leído en la clausura de Metas 2021, de la Organización de Estados Iberoamericanos. El Espectador. Recuperado de: https://www.elespectador.com/opinion/educacion-columna-159750

Pinker, Steven (2018). Los ángeles que llevamos dentro: El declive de la violencia y sus implicaciones. Barcelona: Paidós.

Safranski, Rudiger (2009). Romanticismo: una odisea del espíritu alemán. Barcelona: Tusquets.

Schenk, Hans Georg (1983). El espíritu de los románticos europeos. México: FCE

Sloterdijk, Peter (1998). Esferas I. Madrid: Siruela.

Sontag, Susan (2012). La enfermedad y sus metáforas | El sida y sus metáforas. Madrid: Alianza editorial.

Vásquez Rodríguez (1992). Más allá del ver está el mirar: pistas para una semiótica de la mirada. Signo y Pensamiento. Recuperado de: https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/signoypensamiento/article/view/3468