Hombres y mujeres presentan, de este modo, características físicas distintas, pero dichas diferencias no afectan –según otros autores centrados en el tema educativo– la capacidad de desarrollo de los estudiantes.

 

Por: Alan González Salazar

¿Qué tipo de relaciones sociales dan origen a la familia? Dentro del amplio espectro de la unión, ¿existen alternativas diferentes a la monogamia y la heterosexualidad? Haciendo alusión a esas características consideradas socialmente apropiadas para mujeres y varones, encontramos “una cultura que influye”. Si bien el término “género” proviene de la lingüística, fue aplicado, en amplio sentido, a partir de la segunda mitad de los años cincuenta a la psicología y la antropología.

Fue en Inglaterra, según Gabriela Castellanos, en el siglo XVII, “donde la palabra gender se comenzó a emplear en un sentido más amplio”, a saber, que por una de esas paradojas del léxico, la palabra se empleó para referirse a la diferencia, ya no física, sino de estilos y de comportamientos entre hombres y mujeres, aunque dicho concepto también ha servido para aludir diferencias sociales y culturales que existen entre hombres y mujeres, “mientras que se reserva el término sexo para referirse a los caracteres externos, físicos, biológicos y anatómicos que distinguen lo que es un varón y una mujer”, según Llanes Bermejo. La nueva terminología en uso distingue, así, que sexo es con lo que uno nace, mientras que género es lo adquirido.

Género refiere entonces lo cultural, es decir, los estereotipos. Para Llanes Bermejo el término “género” hace referencia “a la identificación psicológica de la persona con el hecho de ser hombre o mujer y a sus aspectos sociales”. Aunque se le atribuye a John Money (Sex errors of the body, 1968) el trasladar de la gramática a las ciencias médicas, en el año de 1955, el término de “género”. Según él, se debían separar, al menos conceptualmente, dos aspectos de la persona:

Por una parte, estaría el sexo, relativo a los aspectos anatómicos y fisiológicos, a lo corporal, que daría lugar básicamente a dos posibilidades: hembra y varón. Por otra, estaría el género, relativo a los aspectos psíquicos y sociales que darían lugar a otras dos posibilidades: femenino y masculino.

     Fue entonces, en la mitad del siglo XX, que estos modelos de masculinidad/feminidad se pusieron en duda y se comenzó a estudiar lo cultural como factor determinante en la atribución de roles sociales de varón y mujer. La definición del género como categoría surge, en aquel momento, “de la necesidad de diferenciar el sexo en el orden biológico, que incluye lo genético, hormonal, cromosómico y fisiológico, y el género como construcción sociocultural e histórica de lo femenino y lo masculino”.

Ilustración / Atandalucia

Según Money, género debía entenderse como “el dimorfismo de respuestas que generan los progenitores del nuevo individuo a partir de la forma de los órganos sexuales externos del bebé”. Se debe aclarar, no obstante, que la clásica división del trabajo productivo humano es lo que se ha llamado rol de género, que Money calificó de origen cultural. El término pasó a definir, pues, la construcción cultural correspondiente a los roles o estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos.

Al separar así el sexo y el género, es decir, el fundamento biológico de la expresión cultural (que engloba el sexo psicológico y social), se integran los conceptos a un proceso más amplio, esto es, la formación de la propia identidad. Así lo dio a entender Robert J. Stoller, médico psicoanalista, en 1968, con su libro Sexo y género: sobre el desarrollo de la masculinidad y la feminidad, en el cual la identidad de género aparece como un desarrollo personal a partir de una diferencia biológica. Esta obra inaugura la corriente de estudios sobre género que ha causado un impacto decisivo en los medios académicos.

Una definición posterior se estructura gracias a los trabajos de Joan Scott, quien en 1986 habla del género como “un elemento constitutivo de las relaciones sociales que se basa en las diferencias entre los sexos y una forma primaria de las relaciones de poder”. En este sentido el género, al igual que la clase social y la etnia, está presente de manera transversal en todas las relaciones sociales.

La autora señala, a su vez, que el género “es la forma primaria mediante la cual aprendemos lo que es el poder”. Cabe, entonces, entender la orientación sexual como “la preferencia sexual que se establece en la adolescencia coincidiendo con la época en que se completa el desarrollo cerebral”. Si bien la tendencia sexual “normal” es la heterosexualidad, se distingue esta preferencia de la conducta sexual, condición bien distinta, si se tiene en cuenta lo que señalan los estudios de género, por ejemplo Llanes Bermejo dice:

a identidad se desenvuelve en tres etapas, a saber, la asignación de género en el momento del nacimiento, la identidad de género (que se da desde los dos o tres años) y el rol de género. La socialización caracteriza a esta tercera etapa, en la que se interactúa con otros grupos, se refuerzan las identidades y se aprenden los roles de género como un conjunto de normas que dicta la sociedad y la cultura para el comportamiento masculino y femenino.

     Dichos roles varían, en consecuencia, de un contexto cultural a otro, y en buena medida están determinados por los prejuicios.

 

Ilustración / Marcianos

En la última mitad del siglo XX, como se anotó, estos modelos se pusieron en duda y se comenzó a estudiar lo cultural como factor determinante en la atribución de roles de varón y mujer, y otros estudios refuerzan esta idea al sugerir que el sexo de asignación y crianza, es decir, los factores educacionales o de aprendizaje no determinaban la identidad sexual; estudios científicos apoyaron dicha tesis y consideraron que la identidad de género viene establecida por la biología (por encima de la educación). Llanes Bermejo ha propuesto, entonces, que las hormonas sexuales, diferentes en hombres y mujeres:

realizan una impregnación sexual del cerebro. De esta manera pueden modificar y modelizar la anatomía cerebral promoviendo la supervivencia de las neuronas en unas áreas del cerebro y facilitando la desaparición en otras. Como consecuencia, predisponen, aunque no determinan el modo de la determinación genética de la identidad sexual, estilos específicos propios de la masculinidad y feminidad.

     Son pertinentes los estudios que indagan el papel que desempeña el factor cultural en la construcción de las diferencias psicológicas y de los roles sociales según el sexo, y en ello acertó Money, al sugerir que el género hace alusión a una categoría cultural en la formación de la identidad sexual.

Por su parte, Robert Stoller, quien en 1968 publica su estudio Sex and gender, y vincula a su vez el vocablo “género” como hecho cultural, cuya definición de lo masculino y lo femenino se realiza mediante el estudio de culturas. En 1975 la autora Gayle Rubin, con su libro El tráfico de mujeres, le da otro giro de tuerca a los estudios de género al develar la opresión de la mujer y explicar su origen como una construcción sociocultural, relacionando el sistema sexo/género con la producción laboral y económica. A partir de entonces el término “género” pasa a formar parte del vocabulario del feminismo radical.

Hombres y mujeres presentan, de este modo, características físicas distintas, pero dichas diferencias no afectan –según otros autores centrados en el tema educativo– la capacidad de desarrollo de los estudiantes. Por tanto, las diferencias relativas al logro entre hombres y mujeres no se explicarían por las características biológicas sino culturales.

Cabe aclarar que la diferencia biológica fue insertada por vez primera al campo de los estudios de género en 1873 por Herbert Spencer, quien, inspirado en la teoría evolucionista de Darwin, defendía la idea preconcebida del hecho biológico. Pero dichas concepciones serán rebatidas por el psicólogo y pedagogo E. L. Thorndike quien, junto a un compañero suyo, Hollingworth, explicaba que estas pequeñas diferencias observadas se debían a causas sociales y no biológicas, concluyendo que el potencial intelectual de las mujeres sólo se daría a conocer cuando tuvieran las mismas oportunidades educativas que los hombres.

 

Referencias bibliográficas

  • Castellanos Llanos, Gabriela (2003). Sexo, género y feminismo: tres categorías en pugna. Centro de Estudios de Género, Mujer y Sociedad. Universidad del Valle (p.p.30-65). Instituto Colombiano de Antropología e Historia. (2003). Familia, género y antropología: Desafíos y transformaciones. Editora: Patricia Tovar Rojas. Bogotá, Colombia.
  • Llanes Bermejo, Isabel (2010). Del sexo al género: La nueva evolución social. Ediciones Universidad de Navarra, España.