Lo subterráneo y lo miserable no hacen parte de la memoria del subsuelo, o de esa condena inexorable a la cual está abocada la derrota y la suciedad; también habitan la superficie: se revelan con la luz del día; se desatan en la oscuridad de la noche.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“Dios hizo el primer jardín,

y Caín, la primera ciudad”

Abraham Cowley.

 

La carne es blanda y su única condición de vida con el tiempo es la pudrición. La materia, en cambio, es dura y en apariencia inquebrantable, pero, aun así, se agrieta, se fisura, se erosiona, semejante a la tierra ácida en la que, al parecer, nada germina. Y así es la ciudad: un ente inorgánico en el que todo se agita, en el que todo pulula, como ese rumor terrorífico de las alimañas al moverse. En este sentido, cada metrópoli es un desierto a su modo: cambian las dunas en la superficie; viven los hombres al interior de sus arenas.

La urbe, endurecida y fijada para siempre, no deja de festejar el vínculo que existe entre la carne y la transformación de la piedra. Y esta unión, precisamente, no se da afuera de la ciudad ni aflora en la cara externa del ser humano; es todo el contrario: al hombre y a la metrópoli los relaciona lo subterráneo, lo visceral: el fluir de la sangre y de la suciedad. En sí, esos no-lugares en los que se anudan, pero que, de manera paradójica, también los separa. Por tanto, es una interconexión que se fragua entre las ventanas y las soledades ocultas, tan recurrentes en la ciudad.

Una metrópoli subterránea no necesariamente es la que se ha edificado bajo tierra, en las redes de las alcantarillas o en los vertederos de la periferia; tampoco la que ha elevado sus tentáculos de piedra en los espacios del anonimato; asimismo, un sujeto censurable no es el que se ha forjado con la inmundicia de las calles, con el hollín que deposita la existencia en su vida. Quizás, por ello, Orhan Pamuk argumenta que los suburbios son paisajes que se descubren en cualquier ciudad del mundo, ante los ojos del transeúnte pasajero.

Lo subterráneo y lo miserable no hacen parte de la memoria del subsuelo, o de esa condena inexorable a la cual está abocada la derrota y la suciedad; también habitan la superficie: se revelan con la luz del día; se desatan en la oscuridad de la noche. Es más: la ciudad, avistada desde lo profundo, es subterránea porque doblega nuestra voluntad a sus placeres mundanos, encerrándonos en una jaula emocional de la que nos es imposible salir, aunque las rejas estén abiertas. Y, en este mismo sentido, el hombre somete a la urbe a través de sus ideas, de sus antojos, de esos laberintos inciertos y vulgares por los que deambula encantado.

Ilustración / The Art Of Animation / Pinterest

Estas condiciones dejan claro que ningún ser humano muere con la muerte y ninguna ciudad fenece con las ruinas, porque la muerte y las ruinas no son esas heridas que cicatrizan con el tiempo; son, más bien, aquellos vestigios que, como la burbuja, no anuncian la ola en lo superficial, sino la fuerza del agua y el mundo oculto en la profundidad.

Por eso, al hombre y a la metrópoli los ata la subterraneidad: porque la paz en sus tumbas no manifiesta, bajo ninguna circunstancia, el desespero y la inmundicia que los interpeló en sus vidas.

En cuanto a los no-lugares es importante precisar, entonces, que no se refieren, exactamente, a la inexistencia de ciertas áreas o espacios en los que deja de residir el ser humano. Un no-lugar es un lugar al que deslegitimamos con nuestra ausencia, con nuestra indiferencia. O, tal vez, un no-lugar es ese sitio que nos segrega, que nos expulsa.

Así, no mirar las flores en el jardín del parque es un lugar que nosotros convertimos en un no-lugar. De hecho, para Marc Augé un no-lugar existe igual que un lugar, puesto que ninguno de los dos es bajo la pureza de sus formas.

Verán: un no-lugar es todo aquello que puede estar determinado por el terror, por el aturdimiento, por la congoja, por el peligro; sin embargo, también se remarca por lo esporádico, por la ausencia, por la discontinuidad. Un ejemplo de ello son los cementerios, las zonas rojas, los espacios vulnerables donde el hurto, las navajas y las drogas son el núcleo de su esencia.

En tal caso, el prostíbulo, para el visitante asiduo es un lugar, pero, asimismo, un no-lugar para el sujeto que apenas los conoce. De igual forma sucede con un museo, con una institución, con una iglesia, con una biblioteca: son sitios en los que se vislumbran, a veces, no-lugares.

Esos no-lugares surgen, precisamente, porque muchos de nosotros somos no-seres de dichos escenarios. Incluso, la ciudad es en la medida en que nosotros seamos y, por defecto, la urbe no es porque nosotros tampoco somos. Es algo así como el vampiro que le huye a la incandescencia de sol, a las quemaduras que lo harán cenizas.

Por consiguiente, tanto los lugares como los no-lugares están transversalizados por sus propias éticas, por sus propios civismos, por sus maneras particulares de libertad. No obstante, el hecho de que algunos sujetos seamos no-seres en esos no-lugares no impide que allí haya una vida con un rumor diferente, puesto que los individuos que existen en dichos no-lugares se mueven alrededor de unos principios morales más viscerales, más coagulados, más densos; en torno a aquello que la oscuridad no alcanza a ocultar.

Ilustración / Roldan-56 / Pinterest

Así, lo subterráneo no es una fosa común donde se arrojan los despojos humanos y citadinos de la metrópoli; es al revés: la subterraneidad reconcilia lo bello con lo grotesco, lo humano con lo monstruoso, lo criminal con lo sustancial; demuestra, en el fondo, que el fuego es esa hoguera que protege o esas flamas que llagan la piel, porque la mugre y el hedor son tan necesarios como el silencio y la armonía.

La ciudad subterránea y los no-lugares que la componen es la mejor manera de gritar al mundo que la enfermedad no pertenece exclusivamente al hombre; además, por las arterias de la urbe también corren el sufrimiento, el padecimiento, esa tortura psicológica en la que se descubre que el exceso de miel también es amargo.

En este sentido, los lugares y los no-lugares son a imagen y semejanza de los seres y los no-seres que deambulan por las calles o las grutas de la urbe. Esto significa que el hombre y la metrópoli son en el tanteo de sus nerviosismos, en la exploración de sus complacencias. En otros términos, lo subterráneo no se desmorona desde adentro, sino desde afuera, con la fisura en la piel, con esa grieta que se resquebraja en la pared.

En esta antropología de la ciudad se desvela que lo subterráneo es como las espinas de las rosas: enseñan que el dolor es un artificio de lo bello, porque el éxito o el fracaso de una urbe, y del ser humano como tal, no se miden por la separación ilógica del bien y del mal; se calcula, en esencia, por la capacidad que tiene el hombre para habitar los no-lugares (de manera física o imaginaria) y patentar, indiscutiblemente, los lugares a los que retorna.

Es importante recalcar que los no-lugares también pueden ser aquellos espacios en los que la etiqueta nos divide, o la autopista por la que pocas veces nos movilizamos; incluso, un no-lugar es la sala de cine a la que no asistimos, o la discoteca a la que no vamos; tal vez, sea el parque temático que no visitamos porque el encierro de los animales es un no-lugar en el que muchos de nosotros no podemos sentir la libertad; quizás, ese no-lugar exista por el término que lo evoca, y nada más. Los no-lugares, nos dice Michel de Certeau, son tan reales como los espacios en que se encuentran o como los imaginarios con los que se convocan.

A mi modo de ver, la esencia de lo subterráneo no es el sentimiento de culpabilidad que tenemos hacia lo descarnado, menos aún el acto violento y canalla de no cantarle a la miseria porque allí se anida lo miserable. En lo profundo del mundo moderno, lo subterráneo ya no pertenece a la cueva platónica donde el hombre le temía a la luz. Hoy es diferente porque el ser humano reconoce en su sombra la proyección de su cuerpo, pero desconoce en su organismo la función de su ser.

Las ciudades son, en esencia, cadáveres en pie; y nosotros, extrañamente, muertos vivientes que nos alimentamos de ellas. Con frecuencia es así porque la materia fría de la urbe se deteriora con el vaivén de nuestras ausencias y porque la fetidez de nuestra carne no anuncia la muerte del hombre que vivió; fecunda, más bien, la transición que hay entre el ser y el no-ser, entre los lugares y los no-lugares. Es decir: esos relatos físicos y simbólicos, tal vez subterráneos, que nos trascienden al existir.

La subterraneidad y los no-lugares resultan inabarcables, inconmensurables, porque ellos no echan raíces en los andenes de las ciudades; palpitan, desde luego, en el interior de nuestros corazones. Por ello, toda metrópoli se descubre en sus tragedias porque el rostro de lo monstruoso no nos hace huir; al contrario, plasma sus huellas en nuestra piel para que aprendamos a desdibujar los sentimientos y las pasiones, los afectos y los rencores, la ilusión y los desencantos; en el fondo, todas aquellas cosas que nos visitan y nos acosan.

Lo significativo de esta postura consiste en pensar lo subterráneo y los no-lugares como esa realidad concreta en la que florecen el hombre y la ciudad, porque son claramente dos cuerpos que se mediatizan en una relación umbilical que une la sangre con el cemento, las ideas con el metal y las palabras con los suburbios callejeros.

Subterránea es, entonces, cualquier metrópoli. No importa si es oriental u occidental. Y no interesa la latitud porque en cada escenario, sea un lugar o un no-lugar, el hombre es un espacio vivo que no se acaba con la muerte, pues nada detiene su inefable transcurrir entre lo posible y lo imposible, entre lo imaginario y lo real, entre esos escombros psicológicos que lo denuncian como un ser golpeado por la existencia y ese raro placer que le produce la descomposición de su carne en las ruinas de la urbe.

Es una infamia decir que el silencio es el mundo subterráneo de la palabra, o que el ruido no es esa materia fundamental en la que se cincela la música; asimismo, sería una injuria creer que las cloacas en la ciudad no son tan necesarias como las playas en el mar.

@wilmar12101

 

Referencias

  • Augé, M. (1996). Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Editorial Gedisa.
  • Certeau, M. (1990). La invención de la vida cotidiana. Las artes del hacer. Madrid: Editorial Gallimard.
  • Pamuk, O. (2007). Estambul. Ciudad y Recuerdos. Bogotá: Editorial Random House Mondadori.