Centenares de personas muy cultas se aferran a versiones falsas relativas a hechos que podrían comprobar fácilmente.

 

Por / Gilbert Keith Chesterton*

Hay muchos libros que creemos haber leído sin que en realidad lo hayamos hecho. Existen muchos otros que creemos recordar sin que verdaderamente hayan estado en nuestras manos, ni nuestra mirada recorrido sus páginas. Tal vez se plasmó una impresión original en el cerebro, pero esta se ha ido transformando con el paso del tiempo y nuestros cambios mentales han trocado el olvido en memoria. Recordamos sólo nuestros recuerdos. Son muchas las personas que creen recordar las obras de Swift o de Goldsmith, pero, en realidad, son ellos los autores de Los viajes de Gulliver o de El vicario de Wakefield tal y como los recuerdan.

Macaulay, a pesar de ser un lector atento y poseer una prodigiosa memoria, se encontraba completamente seguro de que el Animal Bramante moría al final de The Faerie Queene, pero estaba en un error. Un amigo mío, hombre brillante y culto, citó una estrofa en la que, según su opinión, no se podía cambiar una sola palabra, y la citó mal. Centenares de personas muy cultas se aferran a versiones falsas relativas a hechos que podrían comprobar fácilmente. El director de un periódico religioso, al censurar a los radiales, aseveró reiteradamente, tras contradicciones y negativas, que el catecismo ordena a un niño «que cumpla su obligación en la situación de vida a que Dios ha tenido a bien llamarle». El catecismo, por supuesto, no dice semejante cosa, pero el periodista estaba tan seguro de sus palabras, que ni siquiera se molestó en abrir su libro de oraciones para comprobar la fidelidad con el original. Cientos de personas están convencidas de que han leído en la obra de Milton: «Mañana, a nuevos campos y pastos nuevos». Cientos de personas están seguras de que los jesuitas predican que el fin justifica los medios; muchas de ellas aseguran que han leído una declaración de los jesuitas al respecto, pero es imposible que lo hayan hecho.

Pero más extraño aún es que la memoria pueda jugarnos esas malas pasadas con respecto a la intención artística de obras realmente buenas. Hasta hace alrededor de un año yo creía que conservaba un recuerdo vívido de Robinson Crusoe. Conservaba, es cierto, en mi memoria, algunas imágenes del naufragio y de la isla; sobre todo del hecho excepcional de que Crusoe tuviera dos espadas en vez de una. Esa es una de las características principales del auténtico Defoe: la poesía trascendental de lo accidental y lo desordenado, la novela misma de lo no novelesco. Pero descubrí, asombrado, que había olvidado por completo la sublime introducción, que otorga a esta toda su dignidad espiritual: el relato de la insignificancia de Crusoe, sus dos escapadas del naufragio y las consiguientes oportunidades para el arrepentimiento; y, finalmente, la recaída sobre él de esta condena extraña… la condena al alimento, la seguridad y el silencio, condena más extraña que la muerte.

No estoy en situación de considerarme superior a mis colegas en la crítica cuando ponen de manifestó que no han leído debidamente los libros, que, por casualidad, yo he leído debidamente. Pero debo señalar un caso que me ha impresionado especialmente. Las críticas más cultas y autorizadas de la versión dramática de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en lo que se refiere a la novela original de Stevenson son erróneas. No puedo hablar de la obra teatral, ya que no la he visto, pero conozco muy bien la novela, que es más de lo que puede decirse de quienes la han criticado a la ligera en la presente ocasión. La mayoría de ellos han dicho que Stevenson era un artista encantador, pero no un filósofo; que su ineptitud como pensador queda patente en su novela. Entonces comienzan a describirla con la más violenta inexactitud, tanto en su fondo como en los detalles. Un olvido completo de la intención de la obra. Una idea, sobre todo, se ha fijado firmemente en sus mentes, y me atrevo a decir, gracias a sus palabras, en las de otras personas. Creen que, en la magna obra de Stevenson, Jekyll es la personalidad buena y Hyde la mala; o, en otras palabras, que el protagonista es completamente bueno cuando es Jekyll y completamente malo cuando es Hyde.

Ahora bien, si Hamlet hubiera matado a su tío en el primer acto, este efecto no trastornaría todo el drama de Shakespeare más que lo que esto trastorna toda la novela de Stevenson.

Jekyll y Hyde no tiene nada que ver con concepciones patológicas acerca de la «personalidad doble del alma humana». Eso era una hábil estrategia y, como el mismo Stevenson parece haber pensado, un artefacto desafortunado. Creo que el autor pensaba que el recurso de los polvos medicinales que transformaban en Hyde al doctor Jekyll resultaba un poco burdo, pero debía construir un relato moderno y realizar la transformación mediante la medicina, a menos que quisiese que su fábula fuese un cuento de hadas primitivo haciendo que su personaje sufriera las terribles mutaciones mediante la magia.

Pero, en realidad, Stevenson no le daba ninguna importancia ni a una cosa ni a la otra, comparándola con la idea implícita en la metamorfosis; y esta cuestión no tenía nada que ver con polvos ni personalidades dobles, sino únicamente con el cielo y el infierno, al igual que Robinson Crusoe.

Stevenson se sale de su camino para señalar el hecho de que la personalidad de Jekyll no era perfecta, sino que en realidad era una persona herida moralmente. Tenía un «aire taimado» a pesar de su noble presencia, era nervioso, reservado, aunque no malévolo. Jekyll no es el hombre bueno; Jekyll es el hombre corriente y enteramente humano. Ahora bien, lo que consume y marchita es la costumbre de ser Hyde; y es en esto donde reside la excelente moraleja de Stevenson, una moraleja tan elevada como contraria a la que normalmente se otorga a esta magistral novela.

Lejos de predicar que el ser humano puede fragmentarse en dos facetas, en dos caras de la misma moneda, el hombre bueno y el hombre malo, sugirió que el ser humano no puede dividirse de ese modo ni mediante la monstruosidad de la ciencia ni con el milagro de la imaginación.

La moraleja de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde no es que el ser humano se pueda dividir en dos partes diferenciadas, sino que esa disociación no es posible en el hombre.

Hyde es realmente el mal inocente y puro. Representa la verdad –expuesta por cientos de leyendas sobre pecados secretos e hipócritas comportamientos– de que existe el mal, contrario al bien, tiene poder de aislamiento, ese endurecimiento contra todo lo exterior, de manera que un hombre se hace ciego para la belleza moral y completamente reacio a conmoverse por los gritos de la humanidad.

El ser que persigue alguna manía inmoral alcanza una sencillez de alma abominable, actúa sólo por un motivo. Por lo tanto, se convierte en algo parecido a Hyde, o a esa figura horrible de los cuentos de Grimm, «un hombrecito hecho de hierro».

Pero todo el propósito de Stevenson se habría perdido si Jekyll hubiera mostrado la misma homogeneidad horrible. Precisamente Jekyll, a pesar de todos sus defectos, posee bondad, posee también la conciencia del pecado, alberga en su interior una gran humildad. Conoce las profundidades de Hyde, como los ángeles saben todo respecto a los demonios.

Stevenson señala especialmente que ese contraste entre la celeridad ciega del mal y la omnisciencia casi aturdida del bien no es una peculiaridad de este caso extraño, sino que constituye el problema de la conciencia de ustedes y de la mía. Si me emborracho, olvidaré la dignidad; pero si me mantengo sobrio, puedo desear ardientemente la bebida. La virtud tiene la pesada carga del conocimiento; el pecado tiene a veces algo de la levedad de lo impoluto.

*Traducción de Jorman Lugo.