Perderse en Fiducentro no es nada fuera de lo cotidiano. Sus pasillos, que marcan todos los caminos posibles entre puerta y puerta, nivel y nivel, alguna vez se plantearon como articulación del sector comercial.

 

Por / Juan Camilo Betancur Jaramillo

«¡Brindemos por el fracaso!»

Cuando el ocaso se incendia es hora de seguir el rastro que nos ata inexorablemente al parque. En el parque converge la amistad. Convergen los cuerpos ansiosos de pasto e imágenes de hojas cayendo de lo alto, ávidos de ritmo y con la atención secuestrada por la plasticidad de la carne y los ligamentos.

El encuentro lo tejen los gestos, las miradas, las voces; en últimas, el cuerpo y su despliegue. ¿Hasta qué punto el cuerpo es cuerpo y el mundo es mundo?, ¿cómo logra la perspectiva del cuerpo afectar la perspectiva de la mente? Una sola sustancia hay, pensaríamos en la inmanencia si estuviésemos de acuerdo. Leer es escribir. Escribir, leer. Tal vez por eso cuando ponemos —con firmeza— los pies en la tierra y nos extendemos para tocar el cielo es cuando con mayor facilidad ponemos nuestras manos en la hierba. Experimentamos así la conexión de los opuestos, el ciclo vital.

Leemos nuestros cuerpos, leemos el espacio. Nuestro cuerpo es territorio. Así se muestra cuando los pies se alzan hacia el cielo y el cabello es raíz vegetal. Cuando la cara se dibuja con trazos de hematita se abre un nuevo mundo ante nuestros oídos, el pálpito de la ciudad. Cuerpo y territorio son la misma cosa, los derviches comprendieron el giro del universo a través de sus espirales danzantes. Así el cuerpo es baile, imagen, texto. El cuerpo se lee. El territorio se lee.

Fotografía / Juan Camilo Betancur J.

Caminar es una forma de leer el territorio, nos lo recuerda Fernando González. Nos da consciencia del vínculo del cuerpo con el mundo. Hace falta interpretarlo, claro está. Hay que hacerle preguntas, cuestionar nuestra interacción, examinar cómo nos moldeamos mutuamente. Una pirámide marca la salida del parque. En su interior se despliegan ajados laberintos, olvidados por las dinámicas de la ciudad moderna.

Si leer es comprender códigos internos, leer el territorio es buscarnos en él, hallarlo en nosotras. Perderse en Fiducentro no es nada fuera de lo cotidiano. Sus pasillos, que marcan todos los caminos posibles entre puerta y puerta, nivel y nivel, alguna vez se plantearon como articulación del sector comercial. No obstante, en él hemos escrito su fracaso, que es el mismo éxito. El desenfreno comercial, tan opuesto al ideal lector nietzscheano, compite con su hermeticidad y falta de homogeneidad.

De algo tengo relativa seguridad: los centros comerciales son iguales en todas partes. Es la psicología del espacio en su praxis. Su voraz facilidad guía a los estupefactos consumidores como si un hilo rojo conectara su bolsillo con las cajas registradoras. En Fiducentro no se encuentra nada de esto —si es que algo llegara a encontrarse en él—. Se disloca de la norma, rompe el código común y se comunica con nosotras en su propio lenguaje; un lenguaje que empezamos a captar cuando buscamos en él nuestra huella, que no es otra más que su recorrido mismo.

Lejos de la fantasía de convergencia de capital, este lugar encontró su autodeterminación, la soberanía de hacerse a sí mismo. Mientras la ciudadanía le relegaba al olvido, sus torres no fueron aglutinación de grandes flujos de caja, ni de corbatas gastadoras; ahora lo habitan pequeñas oficinas que, aunque sus paredes sean de vidrio, no requieren de mayor visibilidad. Fiducentro reclama soberanía sobre el lenguaje cuando, ante la interpelación que le convoca a ser centro, responde con su devenir en la periferia. Desde las sombras produce su propio espacio; halla en el olvido, en la posibilidad de lo que queda sin decirse, una manera de escribir su propia historia.