Vivimos dos momentos virales opuestos: uno que consiste en salir y marchar en las calles por medio de la protesta social, pero luego ha llegado un segundo, que obliga a las poblaciones urbanas a abandonar las calles, las aglomeraciones y las multitudes. 

 

Por / Alberto Antonio Berón Ospina*

En tiempos como los que corren es importante recuperar algunos trabajos históricos que han mostrado la relación entre enfermedades, política, desastres y salud pública, partiendo para esto de dos libros que contribuyen a ese propósito, debido a que muestran el impacto de las enfermedades colectivas sobre los más frágiles de la tierra, pasando a ser figuras biopolíticas cuyos nombres de clasificación son los sanos, enfermos o recuperados.

Epidemias y virus ordenan parte de la historia humana, una larga serie de miedos que la humanidad ha experimentado, como bien lo narra Jean Delumeau en su obra El miedo en occidente. El historiador analiza cómo los pobres eran representados en los relatos de la antigüedad: seres temerosos, mientras a los príncipes se les calificaba de heroicos por su capacidad de desafiar el miedo; sentimiento productor de reacciones fisiológicas ante una situación que despierta en el hipocampo cerebral un estímulo que circula veloz por el cuerpo. Recordemos cómo miedo e ira son dos sentimientos que provocan reacciones encontradas.

¿De qué solemos tener miedo? El historiador Delumeau muestra cómo cambió en la civilización occidental el temor a lo desconocido: el mar, el bosque, la selva, la noche y la peste. La última se multiplicó durante la llamada Edad Media, conocida como tifus, viruela, gripe pulmonar, «muerte negra» extendida por toda Europa entre 1348 y 1351. Para citar solamente un caso: Florencia pasó de tener 110 000 habitantes a contar con 50 000 en 1351 ¿Exageraciones del cronista Bocaccio? Aun a finales del siglo XIX las causas de la pestilencia pertenecían a las brumas de la especulación: polución de emanaciones, mortandad a gran escala de ratas, pulgas. Eran los barrios más carentes de higiene donde se padecían primero los estragos.

Alegoría del triunfo de la muerte. Pintura del ‘Deutsches Historisches Museum Berlin’, autor desconocido.

El arte barroco supo expresar en retablos y grabados la lección que la peste legaba: la letalidad violenta y rápida de la violencia divina, sin distingos de clase. Los habitantes de las ciudades escapaban mientras unos esqueletos armados de flechas les persiguen para inocular el virus que derrumba la fortaleza de los cuerpos a través de fiebre, vómitos, conjuntivitis dilatada, ganglios protuberantes, delirio y muerte.

Pero en el siglo XIX, superadas en apariencia las pandemias en el poderoso mundo industrial, emergen nuevos problemas, casualmente en los barrios a donde era arrojada la clase trabajadora. La llamada «higiene racial» mereció en el 1900 tertulias, asociaciones y congresos, tal como lo cuenta el historiador cultural George Bensoussan. La sociedad de la higiene reunía temas prioritarios inspirados en el darwinismo. Su discurso se basó en los avances de la ciencia positiva y el lenguaje utilitario. Los higienistas oponían a los principios revolucionarios de Libertad, Igualdad, Fraternidad otros de inspiración biológica, como Determinismo, Desigualdad, Selección.

La eugenesia o selección racial se convertiría en la ideología que inspiró la higiene racial. La noción de la raza a partir de determinaciones biológicas hizo carrera en la Alemania anterior a la consolidación del nazismo. El judío, el negro, el asiático entraron a formar parte de renglones biológicos inferiores. Progresivamente en el siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI, las diversas manifestaciones de epidemias han sido combatidas por los gobiernos con prácticas “biopolíticas” que terminaron afectando emigrantes, pobres, etnias y pueblos. La cuarentana, la concentración administrada en lugares de confinamiento hacen parte de la técnica de invasión política.

En el momento que vivimos, el miedo a la trasmisión viral, sirve a los gobiernos no solo para proteger la salud pública, ya de por sí deteriorada en muchos lugares del mundo, sino también para dictaminar leyes de excepción, que neutralicen la llamada ira popular, legalicen prohibiciones como las grandes reuniones, hasta llegar a los decretos de cuarentena.

En las naciones donde la democracia liberal se encuentra más arraigada, los medios de comunicación realizan un fenomenal despliegue para evidenciar un panorama de incertidumbre. Monumentales ciudades turísticas se ven de súbito despobladas de turistas en sus calles y terrazas, convirtiendo la preocupación por tomar la selfi en urgencia por conseguir tapabocas.  Los abrazos y besos han sido remplazado por el constante lavado de manos y uso del antibacterial. Los controles migratorios en los aeropuertos se potencializan buscando un terror invisible que llega en el estornudo de turistas rubias y asiáticos.

Vivimos dos momentos virales opuestos: uno que consiste en salir y marchar en las calles por medio de la protesta social, pero luego ha llegado un segundo, que obliga a las poblaciones urbanas a abandonar las calles, las aglomeraciones y las multitudes.

Primero fueron las furias e iras colectivas desatadas por las calles del mundo, encarnadas en multitudes de todo tipo, los jóvenes en  Asia, los «chalecos amarillos» en Francia, desempleados en España, feministas y denunciantes de feminicidios, estudiantes, víctimas de la violencia, sindicatos, movimientos sociales en Chile y Colombia, aglomeraciones que igualan y talvez superan los movimientos alternativos de Mayo del 68, movimientos que sin duda  han tenido la capacidad de  desafiar a los gobiernos.

Un movimiento viral de vastas proporciones motivado por la creciente conciencia de la injustica. ¿Qué tanto impacta esto en los duros escudos del poder instituido?, ¿cuál es la capacidad inmunológica del capitalismo?

Pero si el primer movimiento fue tomar las calles por asalto, llega una segunda situación viral, que plantea lo contrario: la concentración, el aislamiento, el encierro, la distancia como política pública. Hoy, que los flujos trasnacionales llevan imparables polvos de virus hacia todas partes del planeta, experimentamos un proceso de ralentización de las existencias, intervención de las fiestas, los carnavales, los motines, las protestas a nombre de la salud pública. ¿Cómo saldrá a flote la sociedad civil y los movimientos sociales de una cuarentana mundial? Por ahora, pareciera que solo a los cuerpos de los ciudadanos les correspondiera la peor parte.

 

Bibliografía

Jean Delumeau (2002).  El miedo en Occidente. Taurus: Bogotá, Colombia.

Georges Bensousan (2015). La Europa genocida: Ensayo de historia cultural. Revista Anthropos: México.

*Profesor Universidad Tecnológica de Pereira