Voces de ultratumba: entre lo divino y lo mundano

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En la lucidez de sus juicios vislumbro, entre líneas, que ni siquiera Satanás podría resistir la presencia del ser humano en el infierno.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“Si el pensamiento es vida,

fortaleza y aliento;

y la carencia de pensamiento es muerte

entonces yo soy una mosca feliz

ya vivo, ya muerto”

William Blake.

 

William Blake fue un hombre atormentado por el más allá, por esas voces de ultratumba que a veces nos revelan con más claridad las cosas antes que la misma realidad. Este poeta inglés encarna el símbolo de lo intangible, es como un portal a otras dimensiones.

Al leer sus palabras y sus poemas pictóricos uno pre-siente que ese aliento moribundo de la vida no se descuaja del cuerpo yerto y sepultado. A mi modo de ver, en la simbólica de Blake se denuncia todo lo contrario: es el hombre vivo el que permanentemente bombea fetidez con cada hálito de su corazón, con cada actitud desarraigada, con cada palabra que emite desde su ignorancia.

En este sentido, para que un ser humano se desprenda de la hediondez de su existencia y de la tragedia que lo rodea, William Blake, por medio de sus poética-pictórica, propone cuatro núcleos fundamentales para cultivar al hombre vital que debe habitar la tierra: el campo energético, la capacidad intelectual, el marco emocional y, por supuesto, el desarrollo de la imaginación.

La propuesta poética de Blake es extraordinaria en la medida en que vincula los significados profundos de las palabras con el simbolismo arcano que se puede descubrir en el color y los trazos de las ilustraciones. Es decir: cada escrito tenía su hondura semántica y, al mismo tiempo, su representación pictórica. En tal caso, el poema se lee a partir de la palabra, pero, también, por medio del dibujo, del grabado.

Con esta nueva estrategia creativa, la del verso pintado, Blake daba a sus poemas un plus en el que podría dejar ver, por un lado, la inocencia y, por el otro, la maldad. Así, entre ese equilibrio de contrarios, el poeta del más allá tejió una tela de araña tan fuerte y tan potente como para dejar pasar el viento entre sus agujeros y, a la vez, tan cruda y despiadada como para atrapar al pez incauto que se entretiene con la corriente apacible del río.

Sin embargo, estas metáforas del viento y del pez son, desde toda óptica, inocentes, pues, en el fondo, lo que pretendía Blake con sus poemas era revelar que el hombre es como una mosca que se entrega a la red de sus debilidades, al placer de sus bajas pasiones, al destajo de su ser hasta convertirlo en tierra árida, en el remolón de arena donde ni siquiera florece la sinrazón.

El caso de William Blake es muy particular porque, en sus poemas-pictóricos, contrapone lo divino y lo mundano, lo angelical y lo demoniaco, lo espiritual y lo carnal; en sí, nos hace mover entre el universo inocente y experiencial que deviene del escenario psicológico (anímico) y del mundo real.

Esta dualidad es comprensible en su obra, puesto que el poeta inglés asistía a la iglesia anglicana y, en su filosofía puritana, sugería que tenía la capacidad de hablar tanto con los ángeles como con el mismísimo demonio.

Lo oscuro habita en la obra de William Blake.

La poesía de Blake no se debe comprender como la consecuencia metafórica del uso de los tropos en la elaboración de sus poemas. En Blake hay un eco más profundo, más latente, más potente. De hecho, ese eco desenmaraña, para la posteridad, lo que los artistas ulteriores consideraron el arte conceptual.

Esto significa que el poema como expresión del arte debe entenderse como una unidad que involucra el tejido lingüístico, el diseño pictórico, la presentación formal, el uso de las normas y licencias poéticas y, desde luego, la repercusión social y cultural que tendrá la obra para la época en que se vive; además, para las que vendrán.

El arte conceptual de Blake está fundamentado en una premisa esencial: ni el lenguaje de signos ni el lenguaje del color deben subordinarse entre sí, porque, en lo hondo de sus significados, ambas creaciones comparten las mismas posibilidades de expresión: se abocan por una preocupación idéntica: denunciar, por medio de la creatividad, la ingenuidad y el primitivismo humano.

La escritura epistolar fue otro de los géneros que cultivó el poeta inglés. En sus cartas, remitidas a sus pocos amigos y a algunos artistas de la época, daba cuenta del hombre como un animal que irrumpe, de cuajo, en la escena tranquila de la naturaleza. Incluso, en la lucidez de sus juicios vislumbro, entre líneas, que ni siquiera Satanás podría resistir la presencia del ser humano en el infierno.

En cuanto al uso del lenguaje, para algunos, Blake usaba burdamente las palabras; sin embargo, para la gran mayoría, su forma particular de escribir y de utilizar los signos de puntuación lo encumbró como un sujeto creativo y transgresor porque sus escritos, en apariencia arbitrarios, simplemente se hilaban a la luz de esa estructura profunda y arbitraria en la que se erige el lenguaje mismo, la palabra.

Por estas razones, al leer la obra de William Blake, uno descubre que en cada verso hay una puerta que esconde un jardín, o un bosque, o un mundillo subterráneo; tal vez, un ángel que nos lleva de la mano por el camino del bien; quizás, un macho cabrío que nos lame las orejas sin apenas percibirlo.

Este universo de interpretaciones solo deviene de esos contrastes lingüísticos y de aquellas figuras y símbolos subyacentes que surgen, como un fuego inesperado, en la medida en que uno va leyendo.

Dichos giros lexicales, y la acción de leer a Blake, desvela que el horror no es horrífico del todo, porque en la tormenta, tan abocada hacia lo horrendo y lo destructivo, también hay belleza y creación, limpidez. En otros términos, si no hay contrarios y contradicciones, el efecto no será la progresión, porque todo lo enunciado lo devorará la decadencia, la insignificancia.

En este sentido, Blake propone las contraposiciones literarias y lingüísticas como una manera particularmente humana para demostrar que el hombre es un ente que se sofoca ante uno de los grandes dilemas existenciales: si el corazón se sobrepone a la razón, el saber es apenas una mota de polvo que se desvanece con el viento; pero, si la razón condena al corazón, todo sujeto es una entidad fría, mortal, abandonada a las confusiones del materialismo.

En relación con estos presupuestos, la realidad, para Blake, es un hartazgo, un hastío mundanamente aburrido. Es más: el universo real, de acuerdo con el poeta inglés, carece de sentido, porque la palabra no tiene como fin describir la rusticidad de la roca; en realidad, el propósito es mucho más esencial: el poema muestra, con pequeños visos, el espíritu de la materia, el alma volátil que se resguarda en el repliegue fino de carne; en sí, nos revela el ánima que se agazapa en la roca.

El clamor de Blake no va en una sola dirección. Por un lado, los excesos y delirios de su obra no pueden confundirse con una simple hipérbole que hace cómica la sátira, porque, en su desnudez poética, William Blake nos empuja al abismo de lo desconocido para descubrir que en lo salvaje también se anida la novedad. Por el otro, es una especie de llamado a la herejía, porque el sacrificio de lo mundano sacude la moralina tóxica de nuestro ser, lo que exige reinventarnos lejos de las ataduras sociales, políticas, religiosas y sexuales.

En la vasta obra poético-pictórica de Blake se vislumbra un anticipo al romanticismo y, al mismo tiempo, funda las bases del artista que se sumerge en la contracultura. Por tanto, en sus poemas reside, de forma equilibrada, lo físico y lo espiritual, lo emocional y lo racional. En otras palabras, se trata de hallar, en la mordedura, tanto el dolor como el sabor, que, aunque sea paradójico, ambas situaciones conservan, cada una, su carga de placer.

Bajo su influjo, cualquier lector comprende que el reflejo en el espejo es tan vivaz como el sujeto que se observa en la masa del cristal. Sin embargo, Blake nos reventaría el espejo por una simple razón: no es fundamental descubrirnos en la densidad de la materia, porque es mucho más importante hallarnos en el rasgo quebrantado, en la pieza rota de nuestra ruptura existencial; en esa línea peligrosa en la que se tambalean los ángeles y los demonios que nos consumen, que nos devoran.

La psicodelia en William Blake solo demuestra que sus versos fueron el medio para que otras voces dejaran expuesto, a través de sus poemas pintados, que ante el autoritarismo de la realidad simplemente nos queda el repudio y la rebelión, esa forma tan apocalíptica y humana en la que pueden vincularse el cielo y el infierno, lo divino y lo profano.

@wilmar12101

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