El rock es, pues, la guarida en la que descansa el lobo. Porque su música cambia los imaginarios, revoluciona las ideas; despoja el alma de la cárcel de su cuerpo.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“En el rock reconoces algo verdadero,

como en todo el arte de verdad.

Si es real, normalmente es sencillo,

y si es sencillo, es verdadero”

John Lennon.

 

Gritos, voces guturales, guitarras, vestimentas estrafalarias, lenguas de fuego que arden en el escenario, extraños rituales enmascarados, regueros espesos de una sangre aparente y bateristas desquiciados que ponen el mundo patas arriba: eso es el rock. Un maldito golpe eléctrico que revienta el corazón. Cómo no enloquecer con esa bomba psicosocial con la que Slipknot nos estalla la razón.

 

Desde la década de los 50 hasta nuestro tiempo, el rock se ha transformado tantas veces como la música lo ha permitido. Este género subversivo, en su fase primitiva, deviene del blues, del country, del góspel, del jazz y del folk, de esos ritmos que estaban en el filo de la censura. A la orilla del abismo. Justo en esa onda densa del ruido. All Along The Watchtower, tema de Bob Dylan, e interpretado por Jimmy Hendrix, resuelve el lío de la estridencia como una característica propia de la música revolucionaria. O de esa melodía extraña para gente extraña, de The Doors.

Sin embargo, como lo vulgar, dicen algunos, no echa raíces en los oídos cultos ni en los escenarios de alta alcurnia, el rock se adueñó de algo más humano: de la libertad del ser. Asimismo, de sus ansiedades, de sus penas; de esas zozobras que revientan la burbuja sin haberse parido. Por ello, el rock no es un antecedente de lo callejero. Tampoco un cliché de lo acabado. Es, en esencia, un precedente de ese vínculo indiscutible que hay entre el hombre y la ciudad, entre la carne y el metal.

El rock es, pues, la guarida en la que descansa el lobo. Porque su música cambia los imaginarios, revoluciona las ideas; despoja el alma de la cárcel de su cuerpo. En otros términos, le entrega al hombre la salvación y el poder, porque no desvela este mundo, ni lo suplanta; construye otro, quizás desconocido, pero no menos real. Tal cual lo hace Pink Floyd con su tema Another Brick In The Wall.

Eso es el rock: un diálogo con lo que no es. Porque el tedio no se ahuyenta con el desprecio, sino con el coraje. Por ello, este género musical se ha encumbrado en lo más alto de la montaña: porque en lugar de aislar, vincula, ata; revela. Señala el camino de la congoja no como una ausencia; más bien, lo hace como una presencia. Porque no puedo destruir aquello que relego al confín del olvido. Es decir: el rock es como ese espejo en que la imagen que te mira no es el rostro que te ve. Y ese reflejo simbólico del todo es sustancial: porque el hombre en lugar de desconocerse deber reconocerse como es.

Negar el rock y su legado es volver a la consciencia de lo transitorio. Porque el rock no es fruto del azar, ni del cálculo; menos aún, del destino. En el fondo, domar el sonido a través del rock trajo como consecuencia una conclusión fundamental: demostrar que el ruido en la música es como la roca en la arquitectura: flexible, maleable, blanda.

Y en este punto es crucial comprender que no hay en el rock ninguna nostalgia por lo bello, por el sonido diáfano, limpio, acaramelado. Pues, en sí, la locura, el éxtasis, el infierno, el limbo, la fusión, eso que otros rechazan, el rock lo lleva al culmen. A lo sublime, diría Kant. En una Bohemian Rhapsody, como Queen.

Confieso que el rock es una experiencia innata para los espíritus industriales. Para aquellas personas que no ven en la navaja el arma, sino el símbolo. Porque el rock es una pulsión: el éxtasis de esas tensiones internas que se armonizan, como el rasgueo de las guitarras. O el retumbar de la batería. Quizás, similar a ese bajo que, en realidad, es la tierra en la que germina lo musical.

Puro e impuro: así es el rock. Puro porque, al igual que cualquier pieza sonora, debe crearse bajo las medidas estrictas del metro musical. En tal caso, con los mismos parámetros y conceptos teóricos han elaborado sus obras Rajmáninov o Haggard, por ejemplo.

Cuando lo icónico y lo estereotipado sucumben ante el rock, comprendemos por qué es la palabra de los solitarios, la maldición de los escogidos, la penumbra de los desnudos. Y ello lo hace, precisamente, impuro.

El rock es el antifaz en el que se oculta el vacío: el todo y la nada. Así las cosas, los rockeros no tenemos más remedio que encarnarnos en esos sonidos impuros. Por lo vivido, por lo padecido, por esa condena existencial de lo sufrido; por esa The Final Victory, de Haggard.

Puede decirse, entonces, que el rock es el estado antagónico y amorfo de la música. Pues su fuerza disruptiva potenció esa otra manera subversiva para hallar la libertad. Y allí, en sus rasgueos, en sus estridencias, el ser humano se despojó de ese sonambulismo tosco y rancio de épocas anteriores y descubrió, para beneficio propio, y de las generaciones futuras, esa licencia en la que el rock no es forma, sino sustancia, vida, explosión: marejada.

Así, la música como arte tiene la obligación de reinventarse a través de sus géneros. Y ello es lo que ha realizado el rock: cristalizar en sus diferentes manifestaciones esa voluntad creadora que se agolpa justo en el núcleo de la música. Verán: con este género estamos ante la presencia de una creación absolutamente revolucionaria, en tanto que refleja esa otra condición humana en la que se instaura la tragedia.

Solo el rock, como género aislado –habría que escribirlo entre comillas–, revela con plenitud la voz amordazada de los desahuciados, de los silenciados socialmente, de los confinados al infierno del susurro cultural. Y lo expongo así porque el rock fue, es y seguirá siendo el asidero de los otros, de los condenados, de los mal juzgados.

Con el transcurrir del tiempo, el rock se expandió por el planeta como lo hace el fuego en la mecha de la dinamita. Y sucedió de esta forma porque escuchar a Metallica, a Disturbed, a Iron Maiden, a System of a Down, a Rammstein, a The Monkey Artics, y un sinnúmero más de bandas que no cabrían en el papel, no es una ruta de escape ni, mucho menos, el velo en el que se resguarda, temerosa, la realidad; es todo lo contrario: el rock es el aposento en el que se encuentra el hombre moderno con la música.

Hoy, en el ardiente acontecer del mundo, del rock no brotan ni la decadencia ni la muerte; menos aún los fusiles o las sociedades dolorosamente quietas; lo que sobrevive al horror de lo humano, a través del rock, es eso que no podemos olvidar nunca: la música. Y es casi imposible olvidarla porque el estilo del rock no nos abisma sobre las sombras, en torno a los acantilados; la magia de sus estridencias es luz para las almas sumidas en la inconformidad.

Drogas, sexo, pinchazos, locura, destrozos, enfermedades y seres oprobiosos, eso es lo que se piensa del rock; sin embargo, la infamia se robustece menos que la verdad y, por lo tanto, hoy el rock no es un género más; es la banda sonora del universo entero, porque hace muchos años que la vida y la muerte se doblegaron ante la presencia escénica y musical de este género aparentemente desquiciado.

Si algo sabemos es que el rock es inmortal porque es tierra de nadie y territorio de todos; asimismo, porque tuvo la capacidad de transformarse una y otra vez no solo en su forma, sino, también, en su esencia, sin perder ese fuego que resplandece cuando la obra es arte. You rock!

@wilmar12101

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