Sin libros no hay lectores y viceversa

 

“Si echamos un vistazo global a la historia, vemos que lo que ha fomentado el desarrollo del pensamiento intelectual de la humanidad no fue el primer alfabeto, ni siquiera la repetición óptima de un alfabeto, sino la escritura en sí. Como el psicólogo ruso del siglo XX Lev Vigotsky decía en Pensamiento y lenguaje, el acto de poner la palabras y los pensamientos por escrito estimula y en sí mismo cambia las ideas. A medida que los humanos fueron aprendiendo a utilizar la lengua escrita cada vez con más precisión para trasmitir sus ideas, su capacidad para el pensamiento abstracto y las ideas novedosas se incrementó”.
Maryanne Wolf, Cómo aprendemos a leer. Historia y ciencia del cerebro y la lectura, Ediciones B, Barcelona, 2008, p. 86.
Por: Iván Rodrigo García Palacios
Fueron los griegos los que convirtieron la escritura, la lectura y los libros en un negocio lucrativo de producción, conservación y divulgación de las producciones artísticas, científicas y especulativas de la imaginación y del pensamiento e hicieron de ello un negocio que perdura hasta ahora.
Mejor dicho, crearon un mercado de editores, distribuidores, escritores y lectores, o sea, la ley de la oferta y la demanda, en donde, según el capitalismo, el dinero y la utilidades son los jueces. Salvo que en estas cuestiones de las artes y de las ciencias el juez es el tiempo.
Y lo más notable. Es más que conocida y sabida la revolución cultural que los griegos iniciaron, pero lo más asombroso es que, al mismo tiempo, provocaron otra evolución en los cerebros que se fue extendiendo a todos los lectores y escritores, porque, como ya lo han demostrado los neurocientíficos, los cerebros de las personas que son lectores y escritores se desarrollan de una manera específica y, a su vez, desarrollan unas habilidades y capacidades de pensamiento y expresión poderosas y particulares.
Entonces, de no haber sido por esos griegos, las cosas serían muy otras ahora.
Por supuesto que antes de los griegos ya había escritura, lectura y libros, pero o eran para asuntos administrativos de la economía doméstica o de las leyes o para la conservación de los asuntos religiosos, pero nada que ver con la creación de arte, ciencia y las abstracciones de la mente.
Además estaban circunscritos a ámbitos cerrados y altamente selectivos, a pequeños grupos. Y, por supuesto, nada de eso tenía que ver con los negocios y el mercado de libros que necesita comunidades mayores para existir.
Y es que los asuntos de la escritura y la lectura también tiene su propia historia, por una parte, como asunto cultural y, por la otra, como negocio económico. Pero también hay un asunto sobre el que apenas se empieza a explorar, ya que apenas se están empezando a desarrollar las herramientas adecuadas.
Ese asunto es el impacto evolutivo que sobre el cerebro ejercen la escritura y la lectura, así como la acción por la que provocan un cambio que amplifica y potencia su capacidad y habilidades para el manejo de información y su comunicación, porque eso fue lo que significó el cambio del soporte para la conservación y el almacenamiento de la memoria de la cultura al pasar de la oralidad a la escritura, con lo que se multiplicó exponencialmente la expansión de la capacidad y habilidad para la exploración del conocimiento y de la acumulación del saber en una espiral sin fin que hoy tiene a la humanidad en los comienzos de otra gran trasformación cognitiva que apenas empezamos a entender.

Mural en la Universidad de Atenas de Eduard Lebiezki, sobre un dibujo de Carl Rahl – fragmento – Los filósofos de Atenas. Imagen / Samlib

Nacimiento de un negocio lucrativo

Fue en Atenas, entre los siglos V y IV a. C., donde se reporta el primer comercio de libros y la presencia de librerías. Y es en ese período de cien años cuando ese negocio se consolidará, como negocio y como la transición de lo oral a lo escrito.
Las primeras referencias a un mercado de los libros, la existencia de librerías y de la denominación de la figura de los libreros, aparecen a mediados del siglo V a. C. en las obras de los autores de comedias.
En Los embaucadores de Aristómenes se emplea el término bibliopòles para referirse a los libreros. Lo que se complementa en la comedia Cheirogàstores (la gente que aplaca su hambre con el trabajo de sus propias manos), en la que se incluye un lugar entre los puestos del mercado para aquellos que comerciaban con los libros. Por su parte, otro comediógrafo, Eupolis, habla de “un lugar donde se compran los libros”.
Y ya para el año 414 a. C.
En la magnífica comedia Las aves (puesta en escena por vez primera en el 414 a.C.), Aristófanes representa a sus conciudadanos atenienses precipitándose a las librerías, «hacia los libros», inmediatamente después del almuerzo para conocer las novedades y discutir allí mismo sus méritos y defectos. Las librerías se habían convertido ya en punto de encuentro y lugar de conversación para el público con intereses literarios (Tönnes Kleberg, Comercio librario y actividad editorial en el Mundo Antiguo. En: Guglielmo Cavallo (Dir.) Libros, editores y público en el Mundo Antiguo. Guía histórica y crítica, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 54).

Lo que dijo Platón de Anaxágoras

 

Anaxágoras , fragmento del mural pintado por Eduard Lebiezki sobre un dibujo de Carl Rahlen La universidad de Atenas. 

Cierro este repaso cronológico a la antigüedad griega con Platón, al que puede considerarse como el máximo exponente de la transición de aquella cultura de la oralidad a la escritura y del mercado de los libros en Atenas, sin desestimar que él hizo sus propias críticas y recomendaciones sobre esos asuntos, en particular en su diálogo Fedro. Pero también lo invoco aquí por su referencia al mercado de los libros en su diálogo Apología de Sócrates, cuando le dice a Méleto:
[…] los libros de Anaxágoras de Clazómenas están llenos de estos temas? Y, además, ¿aprenden de mí los jóvenes lo que de vez en cuando pueden adquirir en la orquestra, por un dracma como mucho (Platón, Apología de Sócrates, Gredos, Madrid, 1985, p. 163).
En aquel momento el comercio librario en Atenas debía de estar concentrado junto a la llamada orchestra, una terraza semicircular en el mercado, al pie de la Acrópolis.
Las estatuas de los tiranicidas Harmodio y Aristogitón estaban orientadas hacia abajo, hacia los talleres de libros y sus clientes. Se podría considerar este detalle en concreto como un símbolo no del todo despreciable del papel que tenía el libro al servicio de la libertad. Si esta interpretación es correcta, allí se podían adquirir a precios reducidos, si se tenía necesidad de ello, entre otros, los escritos del filósofo Anaxágoras, comenta Tönnes Kleberg en el artículo ya mencionado.
El otro y más célebre de los filósofos griegos de los siglos V y IV a. C. fue Sócrates, que no escribió ningún libro, pero del que todo su pensamiento fue trasmitido para la posteridad en los libros de sus discípulos: Platón y Jenofonte, y por los recuerdos de Aristóteles, quien no vivió en su tiempo, pero al que conoció bien por las enseñanzas de Platón, como lo anota en sus libros.

Rollos y pergaminos

Claro que en aquella época los libros no eran como los que conocemos ahora, sino que eran rollos de papiro o pergamino (piel de animales tratada, técnica que fue desarrollada en Pérgamo) y no eran impresos, sino copiados a mano por escribanos.
Parece que fue un negocio floreciente. Fueron los libros de los filósofos naturales y científicos y luego los de los sofistas y, también, los de Platón, a pesar de las críticas de Platón a la escritura, y los libros de Aristóteles y los de los filósofos de las escuelas que les siguieron y otras tantas que empezaron a emerger, tales epicúreos y estoicos, escuelas estas que buscaban el conocimiento tanto del bien supremo, la felicidad, como del mal supremo, el sufrimiento.
Al igual, se vendieron los libretos de las tragedias y las comedias, junto con la poesía y con las novelas de romance y aventuras, como las de Longo –Dafnis y Cloe–, Aquiles Tacio –Leucipa y Clitofonte– y Jámbilico –Babilónicas–, y entre todos ellos hicieron que el negocio de los libros fuera un negocio lucrativo y de largo aliento, de tan largo aliento que aun perdura con todas sus trasformaciones.
Y es que los escritores griegos bien sabían de la importancia de publicar sus obras. Véase lo que dice Eric G. Turner sobre ello en Libros, editores y público en el Mundo Antiguo. Guía histórica y crítica:
Muy probablemente Isócrates siguió el ejemplo de Protágoras y utilizaba la voz de un discípulo, dado que, como repite a menudo, carecía de requisitos esenciales como energía y el saber impostar la voz. Pero estos lògoi se ponen también en circulación en varias copias a partir de una lista de distribución: diadidònai es la palabra usada por Isócrates. De su discurso Contra los sofistas, que es citado en la Antidosis, dice “una vez escrito, lo puse en circulación”. La formulación más completa aparece más de una vez en otro lugar: “distribuir entre los interesados”. El procedimiento tiene alguna semejanza con el de un estudioso moderno que envía separatas de sus libros; ni siquiera la motivación es diferente. Isócrates, a propósito de la publicación original de sus obras, dice: “cuando estas obras fueron escritas y puestas en circulación, conseguí una amplia reputación y atraje muchos discípulos”. En otra parte se dice que algunas de sus obras eran leídas en Esparta. 

Safo leyendo uno de sus poemas de un papiro Fotografía / Wikimedia

Y, por supuesto, según las leyes del mercado, ese negocio no se habría dado sin la existencia de un número cada vez mayor de lectores dispuestos a comprar los libros, mejor dicho, un mercado, un nicho, como dicen ahora. Lo que lleva a la emergencia de más escritores interesados en escribirlos y de los comerciantes con la expectativa de obtener utilidades por ellos.
Y, por supuesto, también fue un negocio globalizado, por eso los comerciantes de libros atenienses llevaron su mercancías por todos los rincones del imperio griego y más allá, a las ciudades persas.
Fueron aquellos tiempos realmente asombrosos. Y será el helenismo el gran mercado de los libros, pero eso lo contaré en la próxima Lectura lúdica.