En los textos de Rilke, de los surrealistas e incluso del mismo Sartre, hay mucho del psicoanálisis pasado y moderno, que a la luz de las doctrinas freudianas se vislumbra como una literatura fantástica que abre mundos increíbles para que los creadores accedan a un intento de renovación plástica en todos los niveles.

RILKE FREUD

 

Por: Diego Firmiano

Literatura: Rilke

Todo comienza en 1911 cuando el poeta austríaco Rainer María Rilke, después de terminar su novela autobiográfica “Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge”, siente que su vida está experimentando cambios súbitos. Se siente sin aliento para escribir. Casi que vive entre paréntesis por el estado mental en el que se ve después de tal experiencia literaria. Entra en pausa, y sin vacilar le escribe una carta a Lou Andreas Salomé, ex-amante de Nietzsche y luego de Freud, indicándole que se sentía -en palabras suyas- como si se “hubiera quedado como un superviviente desconcertado en lo más mínimo, sin nada que le ocupase.

Su esposa, amigos y hasta lectores de su obra, le recomiendan someterse a un tratamiento psicoanalítico, pues también padecía, producto de tal situación, trastornos psicosomáticos que lo inquietaban constantemente. Rilke entra en conversación vía correspondencia con el doctor Emil Freiherr von Gebsattel, perteneciente a la escuela freudiana, exponiéndole sus dudas sobre el método y la utilidad del tratamiento en su caso particular. La vacilación provenía de la novedad de la “ciencia”, pues en 1900, con la publicación de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, el psicoanálisis recién veía la luz como ciencia; anteriormente todo se basaba en un puñado de principios derivados de la experimentación en un diván.

Esas dudas hicieron que Rilke descubriera también que su trabajo literario tenía mucho que ver con las doctrinas del psicoanálisis. En las correspondencias con el doctor Gebsattel declaraba “aún tengo la sensación de que mi trabajo no es otra cosa que un auto-tratamiento de esta clase”. Y con toda claridad así era, pues la literatura, según creía, constituía un rival en el mismo terreno, por lo que temía cambiarla por una terapia clínica que en realidad fuera como un lavado de mente o como él mismo escribía, una limpieza, una formidable corrección de la página escrita de una vida.

El orgullo de Rilke le impedía sentirse “peligrosamente parecido a un alma infectada”. Finalmente y como si fuera una parodia, o un arrepentimiento programado, el poeta le confiesa al doctor Gebsattel que la idea de hacerse paciente suyo producto de la presión de su grupo de amigos y familiares, nunca había sido en serio. Antes bien, le confesaba en otra misiva, que se sentía fuertemente ligado a lo una vez iniciado, con toda la felicidad y toda la miseria que ello traía consigo, por lo que, en rigor, no le cabía duda de querer desear ningún tipo de cambio en su vida o alguna intervención de carácter externo. Las palabras finales de las últimas cartas al doctor fueron: en la medida en que me conozco, me parece seguro que si expulsaran mi demonio, también mi ángel sentiría algún mínimo sobresalto y por eso –le ruego que lo comprenda a ningún precio quisiera dar al fin ese paso. [1]

Evidentemente las ideas del poeta, por muy extrañas que parecieran, no eran equivocadas en relación con los aspectos del psicoanálisis. Su declaración “aún tengo la sensación de que mi trabajo no es otra cosa que un auto-tratamiento de esta clase”, no distaba mucho de revelar que, en la poesía, la novela y la obra de teatro, se encontraba un claro antecedente para fundamentar la naciente rama de la psicología humanista: el psicoanálisis. Así mismo, para que Rilke se negara al tratamiento psicoanalítico y para que en su poesía y sus escritos, hubiese encontrado elementos científicos, tuvo que haber visto en esta terapia psicológica, no una ciencia (lo cual hubiese sido lamentable) sino una teoría interpretativa del sentido, en otra palabras, una catarsis existencial.

 

Psicoanálisis: Freud

Freud escribía persuasivamente y tenía una imaginación científica portentosa que escondía tras un empaque científico. Revisó personajes y mitos clásicos y los puso en circulación con una nueva significación. Especialmente los clásicos griegos. Ya es familiar en el argot psicológico, definiciones como complejo de Edipo, Electra, entre otros. Freud entraba en la imaginación, los deseos, las palabras y las acciones de Sófocles, Moisés, Alejandro Magno, Shakespeare, Diderot, Dostoievsky los miraba con la nueva técnica que podía “curarlos” (aunque realmente eran definiciones psicopatológicas bosquejadas, por medio de palabras y acciones de estos personajes históricos). Una técnica que encontró casualmente, y que elaboró a partir  de los fenómenos psíquicos extraídos de las lecturas y la experimentación en la clínica con sus pacientes esquizofrénicos. Él mismo solía decir que lo que decía no era diferente de lo que habían dicho los poetas antiguos.

En los casos personales (los pacientes físicos) que atendió en su casa en Viena, y en su diván, nada ayudó más a alentar y experimentarcon el psicoanálisis que la sugestión hipnótica aprendida de su maestro Jean-Martin Charcot, de quien recibió enseñanzas directas cuando fue su estudiante. También la técnica de la asociación libre, y  luego “los símbolos freudianos” ayudaron a la propagación y euforia por el mito, base fundamental del psicoanálisis. Carl Jung le escribe a su maestro y amigo Freud, por lo que se cree fue la discordia entre ambos: Pienso, querido doctor Freud dice– que debemos dar tiempo al psicoanálisis para que se infiltre en la gente desde muchos centros, para revivificar entre los intelectuales la emoción por el símbolo y el mito.

En su inicio, las doctrinas de Sigmund Freud se emparejaban más con la literatura y el arte, que con las ramas científicas que abordaban clínicamente al hombre. El hecho de que Freud consumiera cocaína para calmar un dolor físico y habilitar sus sesiones terapéuticas, no influía en la elaboración de tal empresa psicológica. Pero la descripción y el método se prestaban para ser tildada de “experimento con la fantasía incontrolada de las personas”, y por eso no se veía claramente como ciencia sino como estimulante imaginativo. Freud soñó una noche que le ponía el orinal a su padre y, al verle su miembro, despierta del sueño y se dirige al baño a miccionar. Esto se interpretó como un trauma (herida) contenido desde la infancia, cuando a los 8 años se había orinado en el dormitorio de sus padres, recibiendo su regaño: “este niño no llegará a nada”. La traducción del sueño era: “padre, he logrado ser alguien”, por eso le sostenía el orinal [2].

A partir de ahí, sus contemporáneos no podían tomar esas nuevas ideas de otra forma. Si el psicoanálisis reflejaba tales “experimentos” artísticos, se tomaba como tal. Así es que los europeos no solo los detractores de Sigmund Freud tomaban estas ideas más como literatura fantástica, que como terapia profesional sobre los sueños, el alma o el sexo. El psicoanálisis no curó a  nadie.

El peso de esta nueva experiencia fue en parte por la creación de conceptos de parte del mismo Freud. Y no es sólo un mal chiste decir que Freud fue psicólogo en la medida en que inventó palabras que solo él entendía y enseñaba: sus ideas fueron fantásticas e ingeniosas. Desde la creación de su terapia, surgieron muchas neurosis, histerias y psicopatologías en algunos europeos, que fueron a su vez sus pacientes directos. Por eso se prefería hablar de psicoterapia más que de psicoanálisis.

Aunque obvio que la escuela freudiana y las posteriores ramificaciones de esta novedad, se tomarían con toda seriedad en el mundo de la medicina mental, y para eso fue necesario la rebelión de esos hombres que se separaron del fundador, y establecieron escuelas rivales. Alfred Adler, Otto Rank, Wilhelm Reich y Carl Jung. Al final, Freud supo que el psicoanálisis había llegado a ser un fenómeno mundial. Sospechaba que América podría ser su tierra prometida y era plenamente consciente de que su nombre había pasado a la casa del lenguaje.

 

Surrealismo: Breton

Freud y el psicoanálisis habían entrado de contrabando en la literatura. Llegó por medio del surrealismo encabezado por Tristán Tzara, Guillaume Apollinaire, y sobre todo por André Breton, que inconformes, rechazaban el formalismo, la lógica y la realidad: buscaban su propio significado indagando en el subconsciente, la vía que abrió Freud para descubrir, definir y crear.  Por eso el surrealismo intenta (con éxito en su tiempo) devolver sus derechos a la imaginación, agotar las experiencias que tiene su raíz en lo inconsciente, lo subconsciente y lo onírico: “si las profundidades de nuestra mente albergan fuerzas desconocidas capaces de multiplicar las de la superficie o de combatirlas victoriosamente, tenemos todos los motivos para apresarlas; apresarlas primero y luego someterlas si es preciso al control de la razón” [1][3]

Las ideas del psicoanálisis se presentaban como una nueva herramienta hermenéutica para abrir un nuevo campo semántico de las palabras. Los surrealistas descubrieron nuevas sensaciones, que podían ser plasmadas de muchas formas.“Breton advierte: ‘Calma. Quiero adentrarme a donde nadie se ha adentrado. Calma. Tras de ti, lenguaje amadísimo'”. El nuevo sentido que esta corriente le insufló a la palabra literatura ya decía mucho de sus propuestas artísticas. Para ellos la literatura era ruido, palabras que no siempre tienen que ser las de siempre. Por eso la palabra dadá (nombre del movimiento) creada por Tzara, no significaba nada, salvo el balbuceo de un niño cuando aún no puede vocalizar bien la palabra papa: da-da. Aunque es obvio que el surrealismo no se trataba solo de literatura, sino de otra cosa: de manifestación, de consigna, de documento, de “bluff”, de falsificación si se quiere, pero, sobre todo, no de literatura; se sabrá también que de lo que se habla en este movimiento, literalmente es de experiencias, no de teorías o mucho menos de fantasmas [1][4]. Casi que inevitablemente, podríamos decir, nace una estética literaria en la mitad del siglo XIX que llevaría el bagaje del psicoanálisis freudiano.

Según Breton del que se cree erróneamente fue el creador de la palabra surrealismo– la tarea del poeta y el artista, consistía en hurgar en el subconsciente y en los sueños hasta hallar una realidad nueva y cognoscible. Las tesis del manifiesto surrealista, como las de plasmar a través de la escritura automática las imágenes y enunciados que afloraban del inconsciente, concretarían las experiencias que de ese modo se hallaban en su interior en forma de instrucciones: “Provéase de algo para escribir después de haberse instalado en un lugar lo más propicio posible a la concentración de su mente. Créese el  máximo estado de pasividad o receptividad del que sea capaz. Olvídese de su genio y sus talentos propios, así como de los ajenos. Tenga presente claramente que la literatura es uno de los caminos más tortuosos que cabe transitar. Escriba rápidamente sin tema previo; hágalo tan rápido que no pueda retener nada sin ceder a la tentación de releer lo escrito. Si es exacto que en todo instante existe en nuestra conciencia una frase desconocida que espera ser expresada, la primera frase vendrá ya por sí sola”[1][5]. La ciencia psíquica freudiana era ahora la musa de inspiración frente a nuevas realidades literarias. Aunque el mismo Breton no haya sido tan importante como escritor sino como animador cultural.

 

Jean Paul Sartre

Tiempo después el filósofo Jean Paul Sartre, quien también parece que abogaba por una escritura automática, y que simpatizaría con el surrealismo de una manera extraña, soñaría una noche que un grupo de cangrejos lo seguían a todas partes. Con una sinceridad increíble, manifestaría a sus amigos y colegas que, debido al consumo de anfetaminas, había tenido alucinaciones con un grupo de cangrejos que lo seguían a todas partes. Igual que Raine María Rilke,  producto de esto, también padecería trastornos psicosomáticos. Así, tras visitar a un psicólogo, “un tipo joven que desde entonces es amigo mío, Jacques Lacan”, dice, concluyeron (el joven psicólogo neo-freudiano y él mismo) que los cangrejos representaban su “temor a perder a los compañeros de grupo”. Esta vez, a diferencia de la experiencia del poeta austríaco Rainer María Rilke, Jean Paul Sartre cedería ante la terapia psicológica, para encontrar una explicación que se alojaba no en el inconsciente, sino en la forma de como la sociedad consumía su vida en solitario y lo sumía más y más en un solipsismo intelectual, que lo consagró en vida y en muerte. En los textos de Rilke, de los surrealistas e incluso del mismo Sartre, hay mucho del psicoanálisis pasado y moderno, que a la luz de las doctrinas freudianas se vislumbra como una literatura fantástica que abre mundos increíbles para que los creadores accedan a un intento de renovación plástica en todos los niveles.

[1]R.M .Rilke, op, cit., vol. 3, 192, carta de 24-1-1912 a Emil Freiherr von Gebsattel.

[1]Appignanesi, Richard. Freud. Ediciones Era Naciente. Buenos Aires. 2002. Pág 49.

[1]cit. En P. Waldberg, der surrealismus, p. 90

[1]Benjamin, Walter. El Surrealismo, la última instantánea de la inteligencia europea. Ediciones Taurus. Madrid. 1980. Pág 2.

[1]Riha, Karl. La experimentación en el lenguaje y la literatura: El programa del surrealismo. Ediciones Akal. Madrid. 2004. Pág 627