el pulso del mundo pareció detenerse y las miradas fueron puestas en un campo veraniego en el que se celebraba el rock, la vida, la libertad, el flower power del hippismo

 

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Cartel del Festival de Woodstock que destaca a Hendrix y Joplin, que morirían al año siguiente.

 

Por: Jaime Flórez Meza

 

En agosto de 1969 los Estados Unidos tenían motivos para celebrar y otros para lamentar: justo el mes anterior se había producido el alunizaje de la misión Apolo 11, que suponía un triunfo en la carrera espacial en la que los dos mayores imperios del planeta se habían embarcado.

Pero si a nivel interestelar Estados Unidos iba un paso adelante de la Unión Soviética, en la guerra fría que desde los cincuenta sostenían ambas potencias a través de los múltiples conflictos bélicos transnacionales en los que tomaban parte (Corea, Cuba, Vietnam…), las cosas eran bien distintas: Vietnam era una tragedia en todo sentido que mantenía una seria inestabilidad política y social en el país, que estaba destruyendo  una generación en el campo de batalla y en el de la propia sociedad estadounidense.

Además, el asesinato en 1968 de Martin Luther King y Robert Kennedy había desatado una ola de violencia y protesta inaudita en el país; los movimientos sociales se habían levantado contra el statu quo, en defensa de los derechos civiles, en contra de la guerra y el reclutamiento de más jóvenes destinados a ella, los universitarios protestaban en masa, la represión gubernamental se hacía sentir con toda su saña. 1969 era el primer año de gobierno de Richard Nixon y el desastre social no podía ser peor.

De otro lado, el país y el mundo estaban estupefactos ante un crimen perpetrado el 9 de agosto por miembros de la Familia Manson, como era conocida la pandilla dirigida por el sociópata Charles Manson, que asesinó a la actriz Sharon Tate, esposa del director Roman Polanski, y a cuatro personas más en su residencia de Hollywood. La bellísima actriz, de ocho meses y medio de embarazo, recibió once puñaladas. En contraste, seis días después se iniciaron al otro del país, cerca de Nueva York, los tres días de música, paz y amor más célebres de la historia moderna: el Festival de Música y Arte de Woodstock.

 

Michael Lang, un inquieto joven mánager de una banda de rock, fue el artífice de este evento junto a otros tres visionarios. El antecedente era el Festival Internacional de Música Pop de Monterey, realizado dos años atrás en San Francisco, que consagró a Jimi Hendrix y Janis Joplin, entre otros. Al otro lado del Atlántico, en Londres, los Rolling Stones habían tocado en un multitudinario concierto en el Hyde Park, a poco de la muerte en julio de uno de sus miembros, Brian Jones. La banda sería protagonista de un trágico concierto a fines de aquel año.

Lang y sus socios querían realizar un gran concierto pop al aire libre, con un cartel de músicos de primera línea y una enorme audiencia, pero sus expectativas no superaban las cien mil personas. Para ello habían alquilado un terreno lo suficientemente amplio cercano a la pequeña villa de Woodstock, en Bethel, en el estado de Nueva York.

La afluencia de público resultó absolutamente mayor de lo esperado: alrededor de 500 mil personas. Oleadas de jóvenes llegaron de muchos estados, las vías de acceso colapsaron y algunos músicos no pudieron llegar a tiempo para la apertura la tarde del viernes 15 de agosto.

Le correspondió entonces al cantante afro Richie Havens inaugurar el certamen de rock más grande del mundo pocos minutos después de las 5 de la tarde. Los organizadores tuvieron que contratar helicópteros para transportar músicos, médicos y llevar alimentos. Y se vieron forzados a permitir la entrada gratuita de masas inacabables de gente, entre las que había decenas de millares de hippies y activistas de la contracultura estadounidense (se dice que los yippies, movimiento izquierdista radical liderado por Abbie Hoffman, exigieron a los organizadores 10 mil dólares a cambio de no sabotear el festival).

Lang diría que financieramente Woodstock era una debacle. No le faltaría razón pues no fue sino al cabo de diez años que la millonaria deuda contraída con los bancos pudo ser saldada. La edición de un álbum discográfico y un largometraje documental dirigido por Michael Wadleigh, que contó para el montaje con el entonces novel realizador Martin Scorsese, lanzados ambos en 1970, son los principales registros de un acontecimiento musical, político y cultural que desafió todos los cánones sociales de la época.

 

Durante esos tres días (que culminaron el lunes 18 en la mañana con el memorable recital de Jimi Hendrix, el más largo que dio en vida) el pulso del mundo pareció detenerse y las miradas fueron puestas en un campo veraniego en el que se celebraba el rock, la vida, la libertad, el flower power del hippismo que, al decir de muchos, fue la última utopía del siglo veinte y probablemente del segundo milenio. Aunque el movimiento hippie había sido denigrado y puesto en la picota pública (el mismo Charles Mason había militado en él) y se creía de algún modo liquidado, los tres días de música fueron una demostración de vitalidad, pacifismo y capacidad de congregación, de hacerle oír al mundo canciones, palabras y gestos de fraternidad y libertad a cambio del ruido de ráfagas y bombardeos en Vietnam y otros lugares del mundo.

En el cierre del festival Hendrix emuló en su guitarra esos ruidos y tocó el himno de los Estados Unidos, en un acto simbólico, contestatario y provocador como lo fue todo el festival. El tema Vietnam Song, de Country Joe MacDonald, se convirtió en un himno anti-bélico coreado por decenas de miles de asistentes.

Otro momento inolvidable fue la interpretación de With a little help from my friends, de los Beatles, por Joe Cocker. El festival había logrado convocar a algunos de los más grandes artistas de la música pop como Jimi Hendrix, The Who, Janis Joplin, Carlos Santana, Joan Báez, Crosby Stills Nash & Young o Jefferson Airplane, y de otros géneros como el inefable músico indio Ravi Shankar, cuya influencia en el pop es significativa: baste recordar que le enseñó a tocar el sitar al Beatle George Harrison.

 

Woodstock

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Panorámica del mítico festival

 

Entre la audiencia no solamente corrió el LSD y otras drogas, también hubo sesiones de yoga que lo recomendaban en lugar de cualquier experiencia alucinógena. Se reportaron 5.162 casos de atención médica, entre ellos 797 por abuso de drogas, dos muertes -una por sobredosis de heroína y otra por accidente-, al menos dos partos y ocho abortos involuntarios.[1]

Woodstock era el mayor acto contracultural de la década y del siglo que avanzaba. Y aunque se realizaron otras ediciones del festival (en los años 79, 89, 94 y 99, que no fueron ni la sombra del primero) y muchos macro conciertos pop en todo el mundo -algunos por causas altruistas como el Concierto para Bangladesh de 1971, organizado por George Harrison, o el Live Aid de 1985-, el Woodstock de 1969 quedó como un ineludible referente de la música en vivo -y el arte en vivo-: un insuperable evento de paz, creación y libertad en medio del caos que significó su realización.

 

El impacto cultural de Woodstock animó a otros a organizar sendos festivales a ambos lados del Atlántico. Uno de ellos fue el de Altamont, en California, promocionado como el Woodstock de la costa oeste, que contaría con los Rolling Stones como invitados centrales. Sin embargo, Altamont fue peligrosamente distinto. Al grupo británico, en la cima de su popularidad, no se le ocurrió peor idea que aprobar para la seguridad del festival a los Ángeles del Infierno (Hell’s Angels), hordas de jóvenes anárquicos que se movilizaban en vistosas motocicletas. La organización fue un desastre total (entre otras cosas el escenario sólo tenía un metro de altura y no se había instalado baños portátiles para el público). Desde un comienzo los Hell’s Angels hicieron uso de la violencia para controlar a los asistentes (se estima que había 300 mil). Un miembro de la banda Jefferson Airplane fue agredido por uno de los motociclistas y todo empezó a salirse de control.

Durante la actuación de los Stones un joven negro armado intentó subir al escenario, los improvisados guardaespaldas lo agredieron, él intentó usar su revólver y fue apuñalado mortalmente por uno de ellos. Ahí terminó todo. El documental Gimme Shelter (1970), título de una famosa canción de la banda británica, recoge ese trágico momento.

 

La fiebre de conciertos al aire libre no tardó en extenderse por el mundo, hasta Colombia tuvo su Woodstock criollo cerca de Medellín: el Festival de rock de Ancón, llevado a cabo en junio de 1971 en La Estrella, municipio aledaño a Medellín. Los ingleses tenían el suyo desde 1968: el Festival de la Isla de Wight. La magia de Woodstock, sin embargo, se había esfumado.

Los músicos se encontraron esta vez con jóvenes radicales, airados y escépticos que les gritaban cosas del tipo no son más que unos burgueses farsantes vendidos al sistema, posando de revolucionarios y no hacen nada por revertir las injusticias sociales. A su turno y en un tono enérgico la cantante de folk Joni Mitchell intentó deshacer las afrentas reafirmando que sí había un sentido y compromiso social en artistas y festivales como el de Wight.

Lo que sí quedó en claro en la era post Woodstock, por así llamarla, es que la contracultura corría el riesgo de terminar convertida en moda, en objeto de consumo, como de hecho ocurrió con muchos íconos contraculturales, y esa era una de sus batallas: evitar su mercantilización. Lo más significativo, en mi opinión, es que ese odioso e inevitable fenómeno logró, de alguna u otra manera, difundir sus ideales libertarios por todo el mundo. Y que el arte -como la música, que es el arte primordial- dentro de su infinita y creativa inutilidad tiene la fuerza suficiente para despertar los cuerpos y unir a los pueblos en nombre de la paz. Y si en algunos casos hubo víctimas y hechos que lamentar -como en un concierto durante la gira de The Who por Estados Unidos en 1979, que hubo de ser suspendida tras la muerte de once personas por una estampida de fanáticos en Cincinatti- no se le puede achacar la responsabilidad a la música como tal.

 

El legado de Woodstock no ha perdido vigencia. Un caso a destacar a nivel internacional por sus dimensiones es el de Rock al Parque, el festival que desde hace veinte años se realiza anualmente en Bogotá con la participación de bandas y solistas de distintas latitudes, cuya organización, continuidad e importancia lo han situado como el más importante de Latinoamérica en su género.

 

El rock and roll cumplió en 2014 sesenta años. Era difícil imaginar en los cincuenta que una expresión marginal tendría la fortaleza para trascender todas las fronteras y convertirse en un bien cultural de la humanidad. El aporte de Woodstock en tal sentido fue fundamental.

 

 

[1] http://www.elmundo.es/elmundo/2009/08/11/cultura/1250001383.html