Teniendo en cuenta esas profecías dispares y muy asustado, manda a llamar al astrólogo Babilo y este le aconseja que el efecto de estos se puede prevenir sacrificando la vida de personas ilustres.

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Por: Diego Firmiano

El artista

Desde pequeño, la música había sido una de las disciplinas artísticas en las que fue instruido, al parecer por el bailarín que tuvo a su lado en sus primeros años de vida. Su afición por el arpa lo había llevado a admirar profundamente al maestro Ternum, el mejor arpista de la época. Por eso cuando subió al trono, no dudó en mandarlo a llamar al palacio para que estuviese con él todo el tiempo. Le hacía entonar el instrumento en las comidas, en los descansos y hasta cuando se iba a dormir. Poco a poco empezó a ejercitarse en este arte, poniendo especial cuidado en las técnicas que le harían un buen cantor. Ya confiado, quiso presentarse en escena pero su voz débil y sorda no le ayudó; repetía constantemente el proverbio griego: “La música no es nada si se la tiene oculta”.

Osado y atrevido, se aventuró a ejercer su don inicialmente en las provincias. Se presentó en Nápoles y un terremoto sacudió la ciudad, pero sin importarle cantó hasta el final. Cantó además en Anzio y Albano y no desperdiciaba lugar para cantar, solo teniendo intervalos de pausa para asentar su voz. Le agradaban en gran manera los aplausos. Los primeros que recibió en la ciudad de Alejandría fueron pocos, pero Nerón, sin desánimo, eligió jóvenes, caballeros, plebeyos y mozos para que aprendieran diferentes formas de aplaudir y le ayudasen cada vez que cantara. A este grupo los llamó los “Augustiniani”. Pagaba a cada uno cuarenta mil sestercios y sí era escogido era obligación pertenecer a la compañía. Siempre se expresaba sobre ellos como “los compañeros de su gloria y los soldados de su triunfo”.

Con el deseo reprimido de cantar en Roma, aceleró los juegos Neronianos para que se presentaran antes de tiempo y preparó un concurso de músicos que debían inscribirse previamente. Ante los ruegos de los capitalinos de que cantara (aunque realmente él mismo se había hecho rogar por el público) anunció su participación en el concurso, poniendo su nombre en la urna con lista de los demás artistas para ser elegido por suerte como los otros. Cuando entró en escena, los prefectos le llevaban el arpa, detrás de él venían los tribunos militares y en derredor suyo sus amigos más íntimos. También representó personajes de tragedia griega con la condición de que las máscaras de los héroes y de los dioses se parecieran a Octavia su mujer.  Actuó en varios obras, entre ellas Hércules Furioso; curiosamente, en la representación de esta, un soldado joven al verlo encadenado, como exigía la obra, corrió a ayudarle.

Se convirtió en un activista, tomando parte en todas las luchas de los artistas. Cantó en todos los lugares a los que viajaba, descuidando así los asuntos prácticos del imperio. Era tanta su afición que cuando cantaba nadie podía salir del teatro por ningún motivo. Se cuenta que algunas mujeres dieron a luz en sus espectáculos y varias personas intentaban saltar las murallas para escapar; otros simplemente se hacían los muertos para que los sacaran sin más. Nerón se sometía a todas las leyes que le imponía el teatro y en una ocasión, en una representación de una tragedia, dejó caer el cetro, recogiéndolo con su mano temblorosa, por miedo a ser expulsado.

Después de sus muchos viajes artísticos entró en Roma en un carro arrastrado por caballos blancos, vestido de púrpura y con la corona olímpica en su cabeza. Detrás de su carro, estaban los augustiniani, los aplaudidores asalariados. Cuando pasaba  por la calle, le lanzaban pájaros, cintas y pastelillos. En su alcoba colgó las coronas y llenó su recámara con las estatuas que lo representaban con traje de músico, como si fueran los Music Awards ganados. Nunca descuidó el arte musical. Cuidaba su voz al extremo de no proclamar nada en voz alta, usando la voz de otra persona. Y cuando levantaba la voz, su maestro de canto le advertía que debía cuidar su pecho.

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La decadencia del artista

La decadencia del imperio comienza cuando dos cometas se asoman en el cielo durante su reinado. Según la opinión general, ese evento anunciaba a los señores el fin del mundo. Nerón ya había oído por parte de otros astrólogos que un día lo destituirían y otros le decían que iba a conquistar el imperio de oriente. Teniendo en cuenta esas profecías dispares y muy asustado, manda a llamar al astrólogo Babilo y este le aconseja que el efecto de estos se puede prevenir sacrificando la vida de personas ilustres. Así es que entonces descubren coincidencialmente dos tramas urdidas por Pisón en Roma y Vinicio en Benevento. Los exilia y manda a matar a muchas personas, previniendo un posible derrocamiento de su trono. Se aleja del senado y lo amenaza con abolirlo.

Empezó un odio y desconfianza hacia todo lo que le rodeaba, hacia el pueblo romano y sus dirigentes. Fue en una conversación que un pariente suyo dijo: “que todo se abrase y perezca después de mi”, y Nerón, aprovechando la ocasión, agregó“viviendo yo”  y empezó la amenaza de quemarlo todo. Le desagradaba todo lo que habían hecho sus predecesores; se quejaba que las calles eran angostas e irregulares y por consejo de Tibelino hizo prender fuego a la ciudad. El incendio duró 6 días y 7 noches continuas. Y el pueblo no pudo refugiarse más que en los monumentos y en las sepulturas. Todo lo arrasó el fuego, todo lo que la antigüedad había dejado como memorable. Nerón contempló el incendio desde lo alto de la torre de Mecenas, encantado, decía, por la belleza de la llama. Y cantó en traje de teatro  “La Toma de Troya”. Después se apoderó de los cadáveres y los escombros y pidió ser remunerado desde las provincias para reconstruir la ciudad, demanda que casi lleva a la quiebra a todas las hijas de Roma. Les echó la culpa a los cristianos y a los judíos, condenándolos a morir en el circo romano de las maneras más crueles. Y a estos males se añadían otros más que presagiaban la caída del gobierno de Nerón: pestes, guerras, derrotas, hambrunas,  además de las críticas que recibía el emperador por medio de epigramas anónimos, cuestionando su desempeño. Por esto desterró de Roma y de Italia a los filósofos y cómicos y ordenó a su preceptor, Séneca, que se quitara la vida.

Se concentró en su rutina de ir al gimnasio mientras llegaban cartas de las diferentes provincias solicitando una toma de decisiones para salvar los intereses de Roma, ante la sublevación de las Galias y las Españas. Durante ocho días no contestó ninguna carta. Hasta que se levantó y le dijo a los senadores que vengaran a la república. No le preocupaba en absoluto salvaguardar el imperio, lo que le robaba el pensamiento eran las críticas hacia su voz, y por eso constantemente preguntaba al azar si era acaso el mejor artista del país. Mientras tanto le seguían llegando más cartas que recibía con una indiferencia total. Ante rumores de sublevación, quiso mandar a asesinar a los gobernadores, jefes del ejército y a los desterrados de Roma, pero abandonó rápidamente estas ideas por la imposibilidad de ejecutarlas. Solo terminó destituyendo a los cónsules, asumiendo así la autoridad total para recuperar las Galias de nuevo para Roma con su arte.

Preparó una expedición con carros que llevaban los instrumentos de música, y a sus concubinas les hizo cortar el cabello como hombres y las armó con escudos y hachas como auténticas Amazonas. Pero sus excesos estaban llegando a su fin. Los ciudadanos empezaban a odiarlo por las malas políticas de hacienda y la gota que derramó el vaso fue cuando llegó de Alejandría una nave cargada de arena para las luchas de la corte. La indignación fue general. Desde ahí empezaron los ultrajes para el emperador.Sobre la cabeza de una estatua suya colocaron un moño de mujer con la inscripción griega: “Llegó, finalmente, la hora del combate”; al cuello de otra estatua suya ataron un saco y escribieron en él: “yo nada he hecho, en cambio tú mereces el saco”. En las columnas escribían que sus cantos habían despertado a los galos, y durante la noche gran número de ciudadanos, fingiendo reñir con esclavos, pedían a grandes voces un vengador (vindex).

Enloquecido por el rumor total de sublevación, se enfureció, mandó a llamar a Locusta para que le preparara el mejor veneno y buscó refugio en casa de sus amigos, pero nadie le abrió la puerta. Desesperado, huyó lejos y su liberto Faón le ofreció su casa de campo en la vía a Salaria, a cuatro millas de Roma. El senado le declaró enemigo de la patria y lo buscaba para castigarle de acuerdo a las leyes. Paranoico por la crueldad del castigo y acercándose ya los jinetes con la orden de arrestarlo vivo, recitó en tono poético y en griego la frase: “Oigo el paso veloz de animosos corceles” y se clavó enseguida un hierro en la garganta ayudado por su secretario Epafrodio. Su última voluntad fue que no le arrancaran la cabeza para no afectar su voz y que lo quemasen entero. Y así fue.