La verdadera memoria no consiste en recordar, sino en tener a la mano los medios de volver a encontrar. Y en Walter Benjamin tenemos esos medios de recordarlo: los libros. Ahí lo encontramos, a propósito de su pasión lectora y su don de coleccionista de libros raros y olvidados. Adelante.

BWANDFRIENDS

Por: Diego Firmiano

“Ya habrán oído hablar de personas a las que la pérdida

de sus libros ha llegado a enfermar,

y de otras a las que su adquisición ha convertido

en delincuentes”

                                                                                                                Walter Benjamin

Desembalo mi biblioteca

 

A pesar (y pasar) de los años, la figura del filósofo alemán Walter Benjamin sigue suscitando en América Latina un creciente interés entre los universitarios, historiadores y literatos.  Y uno se pregunta: ¿Se debe esto a su atracción magnética o a su fin trágico? A lo que hay que responder que ni lo uno, ni lo otro, sino que este “resurgir” se centra en Benjamin como prototipo de hombre de cultura. Al pensador de enfoques nuevos que escapa de cualquier clasificación, y que su estilo es un universo de sentidos; al apasionado por los libros y coleccionista consumado de volúmenes que, aunque pobre y viajero, logró tener una vasta biblioteca.

Y desde aquí es que se plantea el tema de cómo conjugar la vida de este gran filósofo, pobre, apasionado, coleccionista, viajero, con el hecho de haber adquirido una biblioteca aparentemente sólida. ¿Quién cuidaba su colección de miles de volúmenes, libros selectos, manuscritos, etc. que poseía en Alemania y Francia mientras iba de un lugar a otro? ¿Influyó en su muerte, como dijo Hannah Arendt, el separase emocionalmente de su biblioteca? Hay que ir por partes.

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En esa Europa convulsionada, un golpe[1] súbito lo despertó a ver los libros como valores reales, bienes inaccesibles. Esta epifania fue lo que aceleró el que tuviese una vasta biblioteca auténtica e impenetrable e incomparable como llamaba a sus miles de volúmenes que poseía. Así es que se llega a saber por documentos y apartes biográficos del filósofo que la forma de aumentar esta biblioteca fue él mismo escribir los libros que anhelaba: los escritores son, efectivamente, personas que escriben libros no por pobreza sino por insatisfacción con los  libros que podrían comprar pero que no les complacen[2].

img.rtve.esAnte los temores de la extinción de una cultura popular, escribe textos sobre jeroglíficos, la navidad, juguetes rusos. Cree en la promesas de los libros infantiles y las leyendas al pie de la letra como diría Theodor Adorno[3]. Nos queda la duda si era acaso esta actividad un juego literario, un romanticismo o un corto circuito intelectual. Aunque lo que no sorprende es que en la forma filosófica y madura de escribir se encuentre un nivel que une espíritu, imagen y lenguaje, que seguro se deriva de esta forma de hacer un minué con la literatura popular de la época.

Benjamín tenía como regla que ningún libro se ganara un espacio en sus estantes, si antes no era leído.  Su adquisición consistía en prestarlos (mayormente en bibliotecas públicas) con la intención de no devolverlos[4], y comprarlos, que consideraba la mejor vía, pero la menos tranquila, por la grave situación económica que atravesó durante mucho tiempo. Su precariedad y sus viajes ayudaron a agudizar el sentido de selección[5] de buenos títulos y autores.

Por el carácter de historiador, Benjamín tenía la minuciosidad de un coleccionista y un anticuario, revolviendo estantes en viejas librerías, pujando en subastas por volúmenes que nadie quería, desenterrando polvorientos tomos en la Bibliothèque Nationale, despertándolos de la muerte. O, cuando estudiaba libros famosos, era para iluminar lo que se escondía en las esquinas y rincones de esos textos, allí donde los autores no esperaban que se posara la mirada de los lectores[6].

9788497167840En su obra íntima Desembalo mi biblioteca, Benjamín enlaza una forma de leer, aparentemente extraña, con una pasión que lleva dentro: la de coleccionista.  “No exagero: para el coleccionista verdadero, la adquisición de un libro antiguo equivale a su renacimiento. Y en esto reside el aspecto infantil que, en el coleccionista, se compenetra con el aspecto senil[7]”.  Una pasión de dirección única, que conduce a la vía de la remembranza, ya que los recuerdos no se guardan en compartimientos o en cofres, sino que en ellos lo pretérito se une íntimamente con lo presente. Esa es la trampa positiva, apasionada, que oculta Benjamín; lo fragmentado, pero no aislado, (igual que un vidrio partido unido por una fina lámina) y que lleva al interesado en su obra a leerle en todas las direcciones posibles.

Es obvio que no se trata de una simple relación de posesión, sino de descubrir un destino en los libros, de apelar a un saber exacto, de un encuentro y, recurriendo a las palabras del autor, de un lado mágico.  Lo infantil y lo senil, la infancia y la vejez, son las dos caras de esa pasión. La solemnidad visionaria y la curiosidad virgen constituyen al buen coleccionista que intenta renovar el mundo. Esto lo diferencia –según el filósofo– del mero aficionado que busca meras reediciones.

Su dicho era que al libro su destino solo se lo podía otorgar un coleccionista : “…se cuenta entre los mejores recuerdos del coleccionista el instante en que acudió en ayuda de un libro al que tal vez nunca en su vida había dedicado un pensamiento, y mucho menos un deseo, solo por haberlo visto abandonado en el libre mercado y sentirse incitado a comprarlo, igual que en los cuentos de Las mil y una noches el príncipe puede comprar una hermosa esclava para darle la libertad. Para el coleccionista de libros en efecto, la verdadera libertad de los libros se encuentra en algún lugar de sus estanterías[8]”. Ya que en esencia el coleccionista es un hombre privado.

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Benjamín temía a los campos de concentración, pero no huía de los campos de colección de libros que el mismo catalogaba y en los cuales se sumergía sin tiempo.  No hay duda de que hay en el autor distintos modos de leer, que difícilmente podríamos señalar por estadios. La literatura infantil fue uno de estos espacios en los cuales abrió un camino (aun a costa de perder su matrimonio con Dora Pollack) y contribuyó de manera teórica.  Así es que escribe: Panorámica sobre el libro infantil, Abecedarios de hace 100 añosInfancia en Berlín hacia 1909, esta última,  una de sus obras biograficas más importantes, narrada casi que a golpe de tradicion oral y recuerdos.

Los  cuentos infantiles lo mantenían viviendo entre líneas.  Disfrutaba mucho de esas unidad narrativa inquebrantable que encontraba en la literatura para niños. Sobre esto diría de forma romántica que en una literatura perfecta todos los libros deben ser solo un libro  Su pasión lectora era integral al punto de interesarse por los tebeos y las novelas de criadas que, con sus ilustraciones, pertenecían más a la cultura popular, que a la “alta cultura”.

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Benjamin Walter, Paul Gauguin (nieto del pintor post-impresionista) y otros amigos en la bahía de San Antonio. 1933

El fin de su pasión bibliofila no fue menos tragico que su propio final como judío perseguido. En una ocasión le confió momentáneamente su biblioteca a amigo Beltolt Bretch, con quien tenía una vasta correspondencia.  Y es en la segunda guerra mundial donde la mitad de sus libros se los confisca la Gestapo en París y la otra mitad se queda en Alemania al sufrir el exilio. Como bien dijo sobre Benjamín la ensayista argentina Beatriz Sarlo: “Una biblioteca (bien lo saben los perseguidos de todos los regímenes) es lo primero que se pierde”. Así es que abandona en contra de su voluntad sus libros físicos, literalmente, para siempre, pero jamás las ideas que sustrajo de ellos con tanta minuciosidad.

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Si existió un Benjamín histórico (y si alguien está interesado en el Walter Benjamín de piel) uno de sus mejores amigos ya ha dicho los suficiente de su memoria[9]  y un documental se adentra al misterio que rodea su precoz deceso[10]. Esto sin mencionar que los años 90 en Argentina, Colombia y otros países del sur, los homenajes por su nacimiento y muerte fueron exhaustivos y tanto la academia como las tertulias, construyeron y de-construyeron intelectualmente al pensador alemán.

Ahora, lo que interesa es el Walter Benjamín metafísico, el símbolo de filósofo y pensador que fue y esto en relación con su pasión lectora, ya que la biblioteca era para él un espacio de intelectualidad, vagabundeo y ocio, y los libros, un vínculo con la memoria.  Las conjeturas de si había Nazis en Port-Bou, o si la maleta que perdió contenía el mejor libro jamás escrito por el autor, son eso, conjeturas, que pueden aislar lo mejor en vida de un gran hombre de letras, de libros y colecciones espectrales.

 

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Tumba de Benjamin Walter en Port Bou. Europa.

 

[1] Se desconoce que propició ésta epifanía libresca.

[2] Ibid, pág 18.

[3] Adorno Theodor. Sobre Walter Benjamin. Ediciones Catedra. Madrid. 1970. Pág 7.

[4] Suponiendo que Benjamin haya robado muchos libros de las múltiples bibliotecas que visitó durante su temporada febril de lectura o que sus  estantes de libros lo hayan vuelto un buen lector, coleccionista y escritor.

[5] Walter Bejamin llama a esta virtud “Instinto Táctico”. Aprender a seleccionar libros por fechas, lugares, formatos, propietarios anteriores, encuadernación, etc.

[6] Buck, Morss, Susan. Walter Benjamin, escritor revolucionario.

[7] Benjamin Walter. Desembalo mi biblioteca: el arte de coleccionar. Centellas. Barcelona. 2012. Pág 15.

[8] Ibid, Pág 22.

[9] Theodor Adorno, que era menor que W. Benjamín, escribió en su obra “Prismas”: caracterización de Walter Benjamín (1962), que luego amplió en un libro biográfico del autor titulado: sobre Walter Benjamín (1970).

[10] http://www.whokilledwalterbenjamin.com/