Pensar en el tiempo rítmico en vez del tiempo histórico, en la apropiación y polémica y no en la interpretación, y en la descontextualización en contra de la contextualización, avisa cambios de métodos objetivos de estudio a inclinaciones subjetivas de indagación.

 

Por: Gustavo Adolfo Vargas Ramírez

En ‘¿Por qué la historia? Ética y posmodernidad’, Keith Jenkins pone punto final, apocalíptico, a la historia. Con sus argumentos intenta construir un féretro donde pueda depositarla. Resulta ser un abordaje del pasado en el tiempo y cimentado en la modernidad el cual no responde a los problemas del presente ni a los retos del futuro.

Keith Jenkins

Keith Jenkins

Su postura se basa en una lectura crítica sobre la función de la historia desde un pensamiento posmoderno. Sin embargo, podría leerse sin enfatizar la muerte de la disciplina y, de paso, la búsqueda de otra manera de indagar en el tiempo. Podría ser un movimiento reaccionario cuya intención es atacar la mala utilización de la historia, su moldeamiento para construir un discurso lineal, totalizador.

La revisión del trabajo de Elizabeth Deeds Ermarth y David Harlam, por parte de Jenkins en el tercer capítulo de su libro, demuestra el intento por encontrar posturas posmodernas adecuadas a otra concepción del tiempo pensado en el presente y el futuro. No es, a mi parecer, una muerte literal, es, mejor pensarlo de esta manera, una muerte de lo infinito, de la historia hecha con la intención de construir una identidad en bloque, general, con un punto fundacional inalterable.

Pensar en el tiempo rítmico en vez del tiempo histórico, en la apropiación y polémica y no en la interpretación, y en la descontextualización en contra de la contextualización, avisa cambios de métodos objetivos de estudio a inclinaciones subjetivas de indagación. Erradicar la división de sujeto y objeto y reconocer que los dos pueden ser uno, prioriza la intervención del lenguaje en la construcción de realidades, no de una realidad. El relativismo del cual tanto acusan a los posmodernos aún no se sostiene en sí mismo para consolidar su argumento, pero halla una base en la postura espacial desde donde una persona puede acercarse al mundo y así crear su propia historia.

Esto se concentra para Jenkins en la poca atención hacia el pasado como, digamos, ente regulador de lo que debemos ser. No importa el pasado como tal si nos genera aprehensiones a moldes éticos y culturales ligados a una única narrativa histórica. En este caso, la linealidad y el contexto dado por los historiadores tradicionales, podría decir Jenkins, de la modernidad, del espectro de occidente