Vicente Verdú es un escritor español nacido en Elche en 1942. Es Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de París. Además de ser miembro Nieman para el Periodismo de la Universidad de Harvard, se ha desempeñado como Jefe de la sección de Opinión y Cultura del diario español El País, donde también publica regularmente columnas de opinión. Con el artículo La vida sorda obtuvo el premio Miguel Delibes en 1997.  Algunas de sus obras son: Si Usted no hace regalos le asesinarán, El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción, Yo y tú, objetos de lujo y Apocalipsis Now, entre otros.  A continuación presentamos su breve texto El pueblo y la ciudad. En El Boomeran(g) podrán leer textos breves del autor.

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Puede tomarse por una perogrullada, pero el lugar donde se vive nos hace la vida. Nos la hace, la deshace o la modifica. Más aún: no somos los mismos en el pueblo donde nacimos y en la ciudad donde trabajamos. Un racimo de personas nos saludan en las calles del pueblo y más de uno nos detiene para mantener una conversación. En la capital, sin embargo, vamos de aquí para allá como partículas brownianas que salimos  o entramos en casa sin más compañía habitual que nosotros mismos. Así en los pueblos apenas hay tiempo de pensar en solitario por las calles y la experiencia se expande entre las peripecias que relatan los demás.

En la gran ciudad, por el contrario, el entorno es acaso tan populoso como mudo. No nos dice nada. Más bien nos tapona los sentidos y es en esa  tesitura en la que nos buscamos adentro la conversación. No hablamos nunca o casi nunca por las aceras y ese silencio se prepara para dialogar con uno mismo. Extrovertirse en el pueblo e introvertirse en la ciudad son  movimientos antagónicos que afectan tanto al alma como a la gesticulación, pautan el habla y la meditación. Es fácil deducir que los osos no son lo mismo en su medio natural que en un zoológico. El zoo está concebido  para exhibirlos y el oso no tiene prácticamente nada que hacer ni cazar. Solo estar de aquí para allá. Con ello se aburre o se ensimisma y de ahí el aire de tristeza de las fieras en su cautiverio. Habrá momentos felices en los que incluso el tigre parece  alegrarse ante la visita, pero de ordinario habita ese espacio hacinado para darse de bruces en él. Ni siquiera con sus iguales se sentirá realmente  acompañado puesto que la compañía verdadera no se gesta sino en la acción conjunta. O bien, somos mejores amigos de aquellos con quienes emprendemos algo común.  De esta complicidad se desarrolla un afecto amistoso con argumento, memoria y voluntad. Sin actividad conjunta la vida pierde mucho nivel y, al cabo, todos nivelados en la acción unida igual a cero nos desvanecemos  “abarrotados” en la jaula o en la gran ciudad.