Pero es muy probable que en el relato que da nombre al libro premiado, Encancaranublado, sea en donde con mayor lucidez y elocuencia se problematiza la identidad caribeña. En este relato se nos presenta la pequeña barca migrante de un haitiano que remonta el mar Caribe… Vea la primera parte aquí.

  

Por: Cristian Cárdenas Berrío

Otro tema: una cierta conciencia

El segundo tema que habita en forma constante la obra de la escritora boricua es La conciencia política y cultural del caribe antillano. En el libro Encancaranublado, ganador del Premio “Casa de las Américas” de 1982, nos da múltiples evidencias de ello, así como en sus columnas de opinión. En El jueguito de La Habana, mediante una prosa rítmica, un coro y una puntuación casi ausente, nos muestra de manera metafórica el papel de Cuba con respecto al Caribe. En este relato, aparecen un Ernesto (¿el Che?), Batista, José Martí y su puñetazo que se oye hasta Haití, el romance fundacional de Cecilia Valdés, así como una lluvia que cae con inmisericorde martilleo permanente durante todo el cuento. Toda la revolución se encuentra cifrada en la narración, así como una enigmática Marcela, que como el Godot de Beckett existe porque se la nombra, pero que a diferencia de la Marcela del disco de Orlando Marín no se le quema la casa, sino que nunca llega debido a la lluvia; así su identidad perece en lo que parece ya un vendaval.

En Jamaica Farewell, veremos un filón más político y una de las primeras formas de esa conciencia antillana nombrada en el párrafo anterior, algo que podríamos denominar -un poco en la línea del pensamiento de Cornejo Polar- una fragmentada pancaribeñidad, si se nos permite el oxímoron. En este relato se narra, de manera irónica y mordaz, la última sesión del “Vigésimo Congreso para la Unidad Caribeña”, donde asisten representantes de todas las Antillas mayores, menos Cuba, presididos, claro está, por el buen vecino de la confederación de estados norteamericanos. El congreso transcurre entre dimes y diretes, dardos y cardos, anacronías históricas y sincronías temporales, que vuelan de lado a lado de la mesa como un proyectil que viaja raudo “de Alaska a Tierra del Fuego, volviendo siempre, como dardo teledirigido, al corazón de La Habana: octava plaga, quinto jinete, temido tiburón de agua dulce”

Luego de selectivas, delictivas y deliberadas intervenciones de cada uno de los representantes; después del consabido brindis por la formación de la Confederación Antillana soñada por Ramón Betances y Eugenio M. de Hostos; en seguida de los patrióticos insultos e indultos de algunos pocos delegados y posterior a la recurrente, pero necesaria, discusión en torno al prestigio de los valores literarios nacionales por parte de cada uno de los comisionados, quienes como es obvio pertenecen a lo más granado de la ciudad letrada caribeña, cada uno de los dignatarios es llevado entre un mar de abrazos y brazadas, en aquel océano de cocteles, a sus respectivos hoteles.

Sin embargo, el delegado martiniqués, “atleta empedernido”, decide estirar un poco las piernas y echa a andar por las calles de Kingston aprovechando la brisa marina del comienzo de la noche. Su ánimo no podría ser mejor, absorto en su ideal caribe de melao de caña, de olor matutino a piña dulce y tersa piel canela de alguna mulata dispensadora de agradecido cariño, el representante de Martinica barruntaba cadencioso:

Por encima de las particularidades regionales, de las pequeñas diferencias irritantes […] el Caribe era, en verdad, una sola patria. Negros, chinos, mulatos, indios y blancos, se amalgamaban, bajo el ala protectora del águila estrellada, en un solo ser: para juntar los pedazos, separados a golpes de historia, del viejo y siempre nuevo continente isleño.

Un andrajoso rastafariano, cuchillo en mano, puso el filo de su daga en la azabache y delegataria yugular del martiniqués, para exigir perentorio la entrega del dinero que llevara encima.

No obstante, la peripatética reflexión del representante se vio interrumpida por una presencia inesperada que salto del ideal Caribe platónico que venía soñando, al real caribe hiper-individualista de una Jamaica empobrecida. Un andrajoso rastafariano, cuchillo en mano, puso el filo de su daga en la azabache y delegataria yugular del martiniqués, para exigir perentorio la entrega del dinero que llevara encima. El aturdido comisionado solo acierta a manifestarle a su atacante, en una lengua chapucera y a caballo entre el inglés, el español y el francés, que ambos son caribeños, hermanos isleños, que por favor entienda. Monserga ante la cual el asaltante, responde con urgencia: “- Shit, man, gimme money…”

Desenlace atroz pero efectivo en la economía del relato -y en la de la composición de Poe- muestra con claridad que aquella unidad antillana aún dista mucho de ser una realidad tangible. El caribe de cucaña del delegado se estrella contra la realidad de una nación pauperizada y de agónicos habitantes, algunos de los cuales han encontrado en el delito una vía de supervivencia, ya que las cuestiones de estómago -como mi saciado y satisfecho lector sabe- no dan tregua.

Pero es muy probable que en el relato que da nombre al libro premiado, Encancaranublado, sea en donde con mayor lucidez y elocuencia se problematiza la identidad caribeña. En este relato se nos presenta la pequeña barca migrante de un haitiano que remonta el mar Caribe, con el ánimo de alcanzar el sueño de ser cobijado por el ala de verdes dólares de la mencionada águila estrellada. Durante la travesía el mismo mar le arroja a su embarcación otros hermanos isleños, uno dominicano y otro cubano.  Con mucho de miedo y algo de esfuerzo logran superar el triángulo de las Bermudas, allí donde la leyenda dice que naufragan hombres, objetos y esperanzas, ellos consiguen vencer y salir con los sueños empapados pero íntegros.

El pequeño bote es -obviamente- representación del universo antillano, lo llamativo aquí es lo que tiene lugar dentro de la embarcación, los objetos, los hombres y los nombres…

El pequeño bote es -obviamente- representación del universo antillano, lo llamativo aquí es lo que tiene lugar dentro de la embarcación, los objetos, los hombres y los nombres… Todo en ella nos da la medida de profundidad de la identidad caribeña. Lo primero que encontramos es que la anhelada unidad que debiera ser nota común entre los tres migrantes pronto se resquebraja, el haitiano rápidamente se ve relegado en su propia barca por efecto de la exclusión, primero frente a “la dictadura cervantina” que imponen los otros dos (66,6% de los pasajeros) hispanohablantes que él ha socorrido, luego por el nacionalismo rampante del dominicano, quien lo llama con el despectivo término “madamo” y acusa a los haitianos de quitarles el trabajo en los cañaduzales. De nuevo vemos que la pancaribeñidad queda reducida a un huero saludo a la bandera, al enfrentarse a nuestra inhumana condición.

Además del tema de la unión caribeña, ya tratado en otros cuentos, en Encancaranublado la autora nos plantea que lo propio caribeño pasa necesariamente por el mestizaje como forma de nuestra identidad. Dos formas encuentra la escritora para darle solución poética a la pregunta por el ser antillano. La primera es la urdimbre cultural de nuestros pueblos. Los tres navegantes son todos afroamericanos, pero sus nombre son occidentales, inculturados entre nosotros por el “conquistador” -el haitiano, Antenor: El que lucha contra los hombres; el dominicano, Diógenes: Nacido de Zeus (Dios); el cubano, Carmelo: Viña de Dios, jardín- y la gastronomía de aquella “stultifera navis” es toda autóctona de tierras precolombinas, nos dice el narrador que llevaban “ […] casabe, dos o tres mazorcas de maíz reseco, un saquito de tabaco y una canequita de ron […]” Es claro que el tejido cultural de nuestras naciones, tiene su origen un telar híbrido.

La segunda solución poética al problema de la identidad caribeña la encuentra en el sincretismo religioso. En el relato aparecen las divinidades africanas y occidentales: “El mar estaba jumo, perdido y el bote se remeneaba más que caderas de mambó en servicio de Dambalá. […] fue sin duda un milagro conjunto de la Altagracia (Alailá), la Caridad del Cobre (Oshún) y las Siete Potencias Africanas […]”. La alusión a la “Cachita” no es gratuita, recuerde el lector que la Virgen de la Caridad del cobre se le apareció a tres hombres que navegaban en una canoa, un afro y dos indígenas, aquí esta pues cifrada en clave estética la condición sincrética de nuestra identidad, el mestizaje cultural propio de nuestras sociedades.

El cuento finaliza con el rescate de los tres navegantes por parte de un barco de bandera estadounidense, donde se les recibe con altivo, aunque pragmático desdén, y de manera inmediata los asignan a la parte baja del navío: “El capitán, ario y apolíneo lobo de mar de sonrojadas mejillas, áureos cabellos y azulísimos ojos, se asomó para una rápida verificación de catástrofe y dijo: – Get those niggers down there and let the spiks take care of ’em. Palabras que los incultos héroes no entendieron tan bien como nuestros bilingües lectores.” Aquí el lector no solo se da cuenta del displicente procedimiento igualatorio del gringo, para quien todos son indiferentemente negros, sino que aparece un índice que el narrador desplegará plenamente andado un poco más el relato, este es la expresión “spiks”, excluyente y peyorativa palabra que se usa para referirse al angloparlante de origen hispano y que por su acento queda en evidencia.

Pero, ¿quién o quiénes son los “spiks? Tan solo unos cuantos renglones más adelante el lector se dará cuenta. “Ya iban repechando jalda arriba las comisuras de los salados labios del trío, cuando el puertorriqueño gruñó en la penumbra: – Aquí si quieren comer tienen que meter mano y duro. Estos gringos no le dan na gratis ni a su mai. Y sacó un brazo negro por entre las cajas para pasarles la ropa seca.”. Esto nos dirá el narrador y sin querer queriendo -como dijera aquel filósofo cínico mexicano que vivía en un barril de alguna vecindad del D.F.- se nos presenta un punto cardinal de la reflexión de la autora sobre la identidad antillana. Aquello que Luis Rafael Sánchez introdujo a golpes de verbo y elocuencia en el DRAE, la puertorriqueñidad y el papel del llamado jardín de las Antillas dentro del Caribe americano.

Queda claro que los “spiks” son los puertorriqueños que viven -como estado libre asociado- en los bajos del unitario barco realizando el trabajo manual más exigente, son ellos también una suerte de intermediarios entre el Tío Sam y lo que él considera su anchuroso y dichoso “backyard”, es decir, todos nuestros países. Menester es decirlo, Ana Lydia Vega es una declarada independentista, por tanto considera el asimilacionismo como uno de los males que aqueja a su nación, sus principios con respecto a este particular son inamovibles, al punto de escribir una dolorosa y dura respuesta a quien en su momento constituyera una guía para las mujeres escritoras de la isla en la década del setenta con su revista Zona de carga y descarga. Ella es Rosario Ferré quien en un artículo tomará partido de manera abierta por el asociacionismo, escrito que produjo la respuesta de nuestra escritora en un texto, ya afamado, publicado el cinco de diciembre de 2008 en el periódico “El nuevo día”, titulado Carta abierta a Pandora. Pero más allá de la discusión política que puede llegar a ser apasionada -dudo que apasionante- y regresando al motivo de estas líneas, lo cierto es que el áureo capitán gringo de Encancaranublado, consigue a fuerza de repudio y abuso, lo que nuestros líderes y sus discursos no han logrado en siglos; logra lo que no pudo la tragedia inminente del naufragio físico en la pequeña embarcación; esto es, la unidad del Caribe representado en los tres personajes de las Antillas mayores, unida en el dolor, aunque sea para afrontar juntos el naufragio cultural en el fondo del carguero norteamericano.

 

Nuestra manera de decir

El tercer tema presente en la obra de la escritora puertorriqueña es Lo popular, materializado en el habla de la gente del común, así como el humor y la picardía propias de los habitantes del Caribe. Ana Lydia Vega es heredera de Quevedo por línea directa de Luis Palés Matos, teniendo y manteniendo, al tiempo, relación con Guillermo Cabrera Infante y Luis Rafael Sánchez, en segundo y primer grado de familiaridad respectivamente.

Pero el uso del habla popular no es una opción deliberada por el color local o por lo que entre nosotros se dio en llamar criollismo. Por el contrario, constituye una declaración de independencia lingüística, una búsqueda de nuestra expresión, tal y como quería ese otro caribeño de nombre Pedro Henríquez Ureña. Como se sabe, una lengua es una cultura, una manera de ser, sentir y apalabrar la vida, una forma de parcelar el horizonte de sentido, en otras palabras, con la lengua se lotea el mundo.

León Laleau

Es por esto que la tarea de moldear el bronce de Quevedo para que cante nuestras desgracias y transmita nuestros afectos es urgente. La escritora bien puede compartir esos versos del haitiano León Laleau: “Este corazón obsesivo que no concuerda /Ni con mi lengua ni con mis ropas /Y sobre el que muerden como un arpón /Sentimientos prestados y costumbres /De Europa. ¿Sentís este sufrimiento /Y este desasosiego a ningún otro igual /De domesticar con palabras de Francia /Este corazón que me vino de Senegal?”

Nuestro -heredado- español estaba hecho para nombrar las sutiles gamas de la aridez castellana, para cantar los lances heroicos de los esgrimistas de las noches valencianas o para acompasar la jota aragonesa en medio de los vapores etílicos de algún bar zaragozano. Pero esa misma lengua castellana al enfrentarse a nuestro océano vegetal “donde el verde es de todos los colores” enmudecía. Cantar las febriles aventuras de nuestros cimarrones y caciques indígenas, así como los agitados trances independentistas de nuestros criollos por fundar naciones libres allí donde apenas acababan de pasar del lazo a la “tecnología” del grillete, era una tarea más que titánica para el telar de Cervantes; y ni que decir acerca de cómo palidecían las metáforas gongorinas a la hora de acompasar, rítmicas, la rumba antillana. Es por esto que la puertorriqueña echa mano del habla popular, por ser nuestra creación, por ser el resultado de haber estrujado y amasado, con una paciencia de quinientos años, la lengua del conquistador para hacerla nuestra, para llorar, reír, amar y odiar -a nuestra manera- en ella.

Ese terreno desconocido que es la lengua materna solo se domestica cuando se es capaz de hacer un chiste en ella. Es por esto que el humor es parte capital en la poética de Ana Lydia Vega. La risa es el único capital verdadero que posee el pueblo, además de ser una manera de resistencia frente al embate cotidiano de la realidad. El humor en nuestro caso -a diferencia de los existencialistas franceses- no es una postura filosófica entroncada con el cinismo, nuestra risa es, a la vez, posibilidad y encuentro, desfogue y ansia, y esto es lo que entiende la escritora boricua. Hamlet encontró en la locura método y metodología, nosotros en la risa hallamos gesto y ademán, aunque sea para hacernos los locos. Otro puertorriqueño -tal vez el más afamado de esa isla-, Héctor Pérez Martínez, cantaba aquello de “vamo’a reír un poco […] porque esta risa no es de loco […] me dicen que yo estoy loco/ pero se están cayendo de un coco,” y con rima consonante, fraseo ibérico, pero sabor latino Lavoe nos habla de la risa como posibilidad de enmendar e impugnar la realidad. Todo un Hamlet antillano; aunque también es posible que Hamlet sea un Lavoe británico.

Los ejemplos del humor y la ironía (esa forma del chiste que ostenta la aristocracia intelectual) en la obra de la autora llegan a ser múltiples y variopintos, solo basta fijarse en algunas de las citas aquí mencionadas. Aunque el lector en este momento, y frente a la ausencia de citas, pueda pensar en la pereza de quien esto escribe, lo cierto es que más bien somos deudores de Gracián, cuando acuñó aquello de que si lo bueno breve dos veces bueno.

Finalmente, y como nadie ignora, Diógenes, para burlarse de Platón, desplumó una gallina en medio del Ágora ateniense, mostrando y demostrando lo “procedente” del ideal platónico. Desde aquella ocasión cualquiera puede pensar que la filosofía en occidente no ha sido otra cosa que la persecución, por parte de unos cuentos idealistas, de una gallina pelada; sin embargo, existen aves que bien merecen una persecución. Ana Lydia Vega es la bípeda implume que es necesario rastrear; acoso intelectual, afectivo y efectivo, por entre temas y conceptos que la autora insiste en no permitir que perezcan distantes.

Para Artemisa, Kalipigia y Anadiomena. Mi panteón personal.

@criscarbero